Operación Derrota

SABER PERDER

David Trueba

Anagrama, Barcelona

Vivir es saber perder, ganar es más episódico. Saber perder es imprescindible para ser feliz. Pero vivimos una gran mentira que es la aspiración a la perfección. Con las imperfecciones que acumulas hay que generar momentos de plenitud y felicidad. Hay que hacer lo que uno quiere y no dejarse contaminar por esta Operación Triunfo generalizada». Así desmenuzaba David Trueba (Madrid, 1969) los propósitos de su novela, Saber perder. Vivimos en la sociedad del espectáculo con los medalleros esperando a los triunfadores. Nada menos literario que un triunfador. Algo más literario, un triunfador que cae al vacío desde la cima. Y todavía más, el nervio de la novela, los ángeles con caras sucias que sobrevuelan derrotas. El perdedor despide un aire de romanticismo. El fugitivo da un mejor folletín que el perseguidor. Ahí está el conde de Montecristo, o Jean Valjean abanderando a los miserables. En la literatura y el cine de Trueba el destino del perdedor se entrevera con la rebeldía de la edad. En su película La buena estrella, el adolescente protagonista constata que está solo en el mundo tras la muerte de sus padres en un accidente. El trago amargo lo compartirá con un abuelo que se siente extraño en la ciudad y quiere recuperar su memoria volviendo al pueblo rural. En Cuatro amigos, el escritor y cineasta lanza a la carretera una tetralogía de la inmadurez. Solo (nombre de La guerra de las galaxias), Blas, Claudio y Raúl van de viaje para pasarlo bien y, de paso, dejar de lado sus «responsabilidades históricas», esto es, tomar conciencia de la edad y afrontar la vida.

En Saber perder encontramos también cuatro personajes entre la asunción de la derrota y los retos del cumpleaños que sobrellevan individualmente sus cuitas: Leandro, Lorenzo, Sylvia y Ariel. Los tres primeros son de una misma familia. Un viejo profesor de música, Leandro, ve cómo se consume en un hospital su esposa, Aurora; Lorenzo ha sido abandonado por su mujer, ha fracasado laboralmente y ha saldado esa derrota matando a su socio; su hija Sylvia es atropellada por Ariel, un futbolista argentino, fichaje de bambalinas que no responde a las expectativas del club y oye silbidos cuando toca el cuero. Distribuida en cuatro partes, la novela interroga sobre el deseo, el amor, la identidad personal y la sensación del fracaso.
Entre los miembros de la familia no hay vasos comunicantes; cada uno intenta salir de su respectivo atolladero a su manera: Leandro, puliéndose la jubilación e hipotecando su casa para sufragar sus visitas a una casa de citas donde ha conocido a Osembe, prostituta africana que le hace recobrar cierta hombría e instinto de protección y le ayuda a soportar los crepusculares fines de semana. De cada encuentro con Osembe, Leandro sale con una mala conciencia que le hace volcarse en su mujer agonizante, mientras su decadencia física encarna la destrucción ineluctable que aguarda al mundo occidental.

Lorenzo va a la deriva: su crimen es absurdo y en ningún momento parece justificar ninguna línea narrativa: su personaje es el más difuso de los que esboza el autor. Intentará rehacer su vida tras conocer a Daniela, una vecina sudamericana que le hace recobrar el instinto de superación. Su crimen se revela innecesario y resulta ser un lastre del que Trueba no sabe cómo deshacerse. Mejor trabajados, los personajes de Sylvia y Ariel confirman la pericia del autor para trazar caracteres juveniles. La relación entre ambos le permite a ella superar los problemas sexuales que manifestaba con chicos de su generación, mientras que para Ariel supone un lenitivo para su frustración deportiva.

Con un estilo realista, sin concesiones al experimentalismo, Trueba va destilando las vivencias de sus personajes con un ritmo moroso que en algunos pasajes de la novela adolece de cierta reiteración. Las sucesivas visitas del jubilado Leandro al burdel reiteran clichés sobre el contraste entre la belleza juvenil y la senectud que podrían resolverse en menos páginas. En cuanto a la relación entre Sylvia y Ariel, es la mejor trabajada en su contexto futbolístico, aunque en su tramo final va decayendo para ceder protagonismo a la rehabilitación de Lorenzo, ese personaje que resultaba incómodo para su creador y que gana relieve cuando trasciende su inverosímil peripecia criminal y se implica en los problemas de su anciano padre y su hija. En ese momento, Lorenzo reconocerá a esos seres queridos que hasta entonces le parecieron unos extraños, obsesionado como estaba por afrontar el trauma matrimonial, sobrevivir profesionalmente y buscar coartadas para su crimen.

Los protagonistas de Saber perder participan en una Operación Derrota que ofrece dos lecturas. La más denotativa, el concepto de la «derrota» como aprendizaje individual que, si no nos mata, nos hace más fuertes y conscientes de nuestras limitaciones; la otra lectura –más, digamos, geométrica– aludiría a los cambios de rumbo que la pérdida o el fracaso imprimen en determinado momento. La agonía de su mujer lleva a Leandro a un camino turbio que, al mismo tiempo, le permite sobrevivir, aunque sea a costa de liquidar su cuenta corriente. Al final de la escapada retomará las fuerzas para impartir de nuevo esas clases de música que dieron sentido a su vida. La ruptura matrimonial permitirá a Lorenzo transitar por los ambientes de una inmigración que le sirve de refugio para recomponer su dignidad. Su enamoramiento de Daniela, esa mujer que le enseña a sustituir el afán de la conquista amorosa y machista por la dosificación de los sentimientos y el respeto, lo va dibujando como persona y le hace más «apreciable» para el lector. Es justo entonces cuando el personaje comprende mejor su deterioro moral: «Cuando la casa dejó de ser un refugio, la familia una garantía de felicidad, cómo se murió la complicidad, el amor». De la mano de placeres carnales y lujos sólo accesibles a privilegiados de la fama como el futbolista Ariel, Sylvia se hará mujer. El argentino se despedirá de los campos españoles con el suficiente coraje para seguir adelante. Las tres generaciones familiares se reunirán en torno al fracaso bajo un mismo techo: Sylvia con Lorenzo, su padre, y el abuelo Leandro. La pena máxima de la muerte de Aurora les hará salir de sus celdillas y compartir problemas. Unas miradas sobre la existencia y la maduración personal que el autor madrileño ya reflejó en La buena estrella y Cuatro amigos.

Trueba compone con estilo austero y algún altibajo narrativo una novela pedagógica y contrarresta los cantos de sirena de esa Operación Triunfo que algunos pretenden identificar con el motivo de la existencia. Saber perder es aprender la lección de las cicatrices. 

Ficha técnica

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