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«No digas tonterías, Isaac»

Yo, Asimov. Memorias

Isaac Asimov

Editorial Arpa, Barcelona, 2023.

Traducción de Teresa de León

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Isaac Asimov fue un autor tan prolífico que no escribió una autobiografía, sino dos. La segunda, finalizada en 1990, es la que acaba de recuperar Arpa, con la misma traducción de Teresa León que ya publicara Ediciones B por primera vez en España en 1998.

Aunque esta biografía cubra doce años más que la primera, publicada en dos tomos en 1979 y 1980 respectivamente, y de la que no hay edición en español, no la escribió para incorporar nuevos sucesos importantes de estos años. De hecho, Asimov llevó una vida tranquila, dedicada casi exclusivamente a escribir, de modo que lo que nos ofrece en Yo, Asimov es sobre todo una panorámica de su vida, con la intención de reflejar sus pensamientos, sentimientos y personalidad, así como de trazar un relato de su relación con la escritura, incluyendo muchas semblanzas de escritores y editores de ciencia ficción y otros amigos. Precisamente, da la sensación de que buena parte de la motivación de escribir este libro fuera mostrarse agradecido con muchos de sus amigos, quizá sabiendo que no le quedaba demasiado tiempo, pues moriría dos años después.

No sorprende que alguien como Asimov, que escribió sobre tantos temas, acabara recayendo en la autobiografía si, como él confiesa, hablar de sí mismo era precisamente su tema favorito. Y es que Asimov no se avergüenza de cierto egocentrismo ni practica la falsa modestia en estas páginas. Al fin y al cabo, escribió unos quinientos libros y miles de artículos; no fue desde luego alguien corriente. Pero además de talento, para poder escribir tal cantidad de libros hay que invertir muchas horas y, efectivamente, Asimov dedicaba prácticamente toda la jornada a escribir, huyendo de tomar vacaciones y de viajar en avión, pues a pesar de ser ejemplo de pensamiento racional en tantos temas, siempre le dio miedo volar, lo que limitó mucho también el área en la que impartió sus conferencias.

  «Alguien incapaz de escribir si no cuenta con cuatro horas ininterrumpidas no será prolífico», nos dice, y él podía escribir casi en cualquier circunstancia, ser interrumpido y volver de nuevo a su máquina de escribir sin perder el hilo. Tanto le gustaba escribir que cuando le preguntaron si le gustaban más las mujeres o escribir, dijo, con su habitual humor y a modo de respuesta, que podía escribir durante doce horas sin cansarse.

Aunque en algunos libros su participación fuera menor, limitándose por ejemplo a escribir una pequeña introducción a cada relato ajeno que antologaba, lo cierto es que escribió muchísimo y no solo relatos y novelas de ciencia ficción o divulgación científica o histórica, facetas por las que es más conocido, sino también relatos de misterio —como sus Cuentos de los Viudos Negros—, ensayos sobre aspectos tan diversos como la Biblia o Sherlock Holmes, guías de lectura sobre Shakespeare, Byron o Milton, libros para niños, poesía y hasta libros de humor.

Asimov fue un escritor de oficio que hizo de las letras su forma de vida. Después de su trabajo en Filadelfia para el ejército durante la Segunda Guerra Mundial y su fugaz paso por la vida académica y docente en la universidad de Boston, convirtió la escritura en el centro de su vida, aunque sacrificara con ello otras facetas, como quizá la familiar.

A menudo, muestra en estas páginas su preocupación por contabilizar sus libros y sobre todo por que sus ingresos se vieran incrementados año tras año, pero no porque le interesara el lujo o acumular riquezas, sino porque era para él una buena forma de aquilatar su talento.

Considerado uno de los tres grandes de la ciencia ficción, junto con Ray Bradbury y Frank Herbert, a ese género pertenecen sus obras más conocidas, como la serie Fundación o los relatos de robots. Pero también fue un gran divulgador científico, quizá uno de los más importantes del siglo XX, junto con su buen amigo Carl Sagan, y escribió no solo de su especialidad, la química, sino prácticamente acerca de todas las ciencias, desde la física a la biología, pasando por astronomía o matemáticas. Su Introducción a la Ciencia, teniendo en cuenta los años transcurridos desde su última revisión en 1984, sigue ofreciendo una amplia panorámica de los aspectos fundamentales de la ciencia que toda persona culta debiera conocer. También la Historia fue una de sus pasiones y hoy día los varios tomos de su Historia Universal Asimov, editada en España por Alianza, son también una buena forma de acercarse de forma amena a muchos periodos históricos.

En el ámbito literario, su relevancia y prominencia en la ciencia ficción es indudable y su influencia puede medirse por las muchas adaptaciones televisivas o cinematográficas de su obra, pues es quizá junto con Philip K. Dick uno de los autores que más argumentos de ciencia ficción ha facilitado al cine, hasta el punto de que incluso algunas historias se han considerado suyas sin serlo, como la de Viaje alucinante, pues Asimov noveló a posteriori la historia de la película de 1966, solventando de paso alguno de los errores científicos en los que la película incurría.

Precisamente sorprende que en un texto en el que Asimov cita a tantos compañeros de la ciencia ficción, no mencione a otro pilar de este género, Philip K. Dick, ni en esta ni en su primera biografía. Quizá Dick, sobre el que pesaba el estigma de la enfermedad mental y el consumo de drogas, puede considerarse en muchos aspectos el reverso de Asimov; un escritor que no tuvo mucho reconocimiento en vida ni obtuvo grandes ingresos como escritor, pero que desde la otra costa del país también escribió una obra fundamental, aunque no fuera hasta el estreno de Blade runner, solo tres meses después de su muerte, cuando empezara realmente a valorársele.

Asimov, en cambio, si obtuvo éxito y reconocimiento. Casi todo el mundo conoce sus famosísimas tres leyes de la robótica, que enunció en su relato «Círculo vicioso», y que después se han repetido hasta la saciedad en casi cualquier libro, película o artículo que mencione la robótica. Y no digamos ahora con el auge y el furor que despierta la inteligencia artificial.

Pero la que sin duda es su mejor novela —como él mismo reconoce en esta autobiografía— es Los propios dioses, una obra extraordinaria, especialmente en su parte central, que no solo ningún aficionado a la ciencia ficción debería perderse, sino que debería estar incluida en el canon literario del siglo XX —si la ciencia ficción no siguiera considerándose un género menor—, ya que no solo construye un universo coherente basado en reglas tan distintas a las de nuestro mundo, sino que consigue transmitirnos otra forma de existencia, algo quizá más en la línea de lo que es habitual en obras de Dick, como Ubik. Dividida en tres partes, cada una de las cuales lleva por título un tercio del verso de Schiller, Contra la estupidez los propios dioses luchan en vano, recibió los premios Hugo, Locus y Nébula.

Pero volviendo al texto de la autobiografía, Asimov nos cuenta por supuesto momentos importantes de su vida, como su infancia de niño prodigio que aprendió a leer por su cuenta antes de ir a la escuela y que siempre tuvo una portentosa memoria; los años trabajando en la tienda de sus padres, lo que le dio acceso a las revistas Pulp de la época; su vida de estudiante en la que, según escalaba niveles académicos, iba viendo declinar su brillantez; su paso por la docencia e investigación en la Universidad de Boston; su participación tan fugaz que ni llegó a serlo realmente en la Segunda Guerra Mundial, aunque previamente trabajara en la Naval Air Experimental Station en Filadelfia contribuyendo así a ganar la guerra; o su primer matrimonio infeliz, al que llegó con escasa experiencia.

Pero el hilo conductor no es la sucesión temporal de sus días, sino su carrera como escritor y, dentro de ella, la relación con otros escritores y editores, especialmente con los de su principal casa editorial desde 1950, Doubleday. Editores que, según nos cuenta, solían decirle «no digas tonterías, Isaac» cuando quería devolver un anticipo o hacerse cargo de algún gasto, mostrando en esa frase la relación cordial con sus editores, a los que la traductora se empeña en llamar «realizadores», término extraño en el contexto editorial, seguramente en un intento de resolver el que nosotros usemos la misma palabra para lo que el inglés usa dos, editor y publisher, distinguiendo así a quien realmente trabaja con el texto y con el autor de quien pone el dinero o dirige la empresa.

La buena relación con sus editores, a los que visitaba todos los martes, la plasma bien Asimov, al contar que, en una comida con varias personas del equipo editorial, entre bromas, alguien dijo que «el único escritor bueno es el escritor muerto» provocando las risas de todos —también de Asimov—, como si él no fuera un escritor, sino uno más del equipo.

Asimov se encarga de contarnos otras muchas anécdotas que nos lo muestran como una persona afable, que bromeaba a menudo, y que no perdía ocasión de practicar un inocente coqueteo con las mujeres. Nos describe también su participación en muchos clubes y sus visitas a las ferias de ciencia ficción, donde igualmente abundaban las bromas y la cordialidad.

También nos habla de su salud, como sus problemas coronarios que le provocaron una angina de pecho y lo obligaron a someterse a un bypass en 1983. Precisamente esa operación le ocasionaría los problemas de riñón que lo llevarían a morir en 1992 de un fallo renal, aunque en realidad aquí es donde Asimov tiene que omitir algunos detalles, pues, lo cierto es que cuando escribe esta autobiografía ya sabía que en aquella intervención había contraído el VIH, hecho que decide escamotearnos. La razón creo que queda clara en una anécdota que escribe en relación con el ataque cardiaco sufrido en 1977, precisamente cuando preparaba su primera autobiografía. Su médico le preguntó entonces si quería mantenerlo en secreto, porque «hay personas que piensan que, si se sabe que han sufrido un ataque al corazón, serán discriminados y no conseguirán nuevos trabajos o tareas para realizar». Asimov contestó que eran tonterías, «seguro que escribo algún artículo sobre esto. (Y lo hice)».

Desgraciadamente no pudo comportarse de la misma forma cuando supo, tres años antes de morir, que había contraído el VIH, y no fue hasta 2002, cuando su mujer, Janet, confesó la auténtica causa de su muerte durante la presentación de la que de alguna forma podemos considerar la tercera autobiografía de Asimov, It’s Been a Good Life, una selección de sus diarios y otros escritos biográficos reunidos por Janet. Es probable que saber que sufría sida influyera en su decisión de escribir Yo, Asimov y determinó ese tono de despedida y agradecimiento que se refleja en estas páginas en las que, como hemos dicho, abundan las semblanzas de quienes fueron importantes para él.

Entristece pensar que su muerte prematura, con tan solo 72 años, se viera además empañada por el estigma que la ignorancia y los prejuicios dejaron caer entonces sobre los enfermos de sida. Seguro que él hubiera preferido no solo contar que padecía la enfermedad, sino sin duda escribir artículos o incluso un libro sobre ello. Que un personaje de la relevancia de Asimov hablara de su enfermedad hubiera contribuido a desestigmatizarla, igual que Rock Hudson hizo que la sociedad la viera de otra manera, pero no podemos culparlo de haber preferido no perjudicar a su querida esposa Janet y a su hija Robyn ni amargarse esos últimos años sintiéndose discriminado o apartado.

Yo, Asimov nos sirve pues para conocer mejor al gran escritor que fue, asomarnos a su personalidad y sus ideas sobre aspectos como la religión, el racismo o el sionismo, y conocer cómo era el mundo de las revistas de ciencia ficción en la que fuera precisamente la edad de oro de este género, así como ver el día a día de un escritor tan prolífico en una época previa a internet en la que una buena memoria y una buena biblioteca eran más que suficientes para escribir de casi todo. Si eras Isaac Asimov, claro.

 Un acierto, por tanto, que Arpa haya optado por reeditarla, pues Asimov es un referente de la ciencia ficción y la divulgación científica, y sus libros siguen entusiasmando a lectores de todo el mundo.

Valentín Pérez Venzalá ha sido editor de la revista Minotauro Digital y dirige la editorial Minobitia.

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