Calvinismo intelectualizante

El misterio de los misterios (¿Es la evolución una construcción social?)

MICHAEL RUSE

Tusquets, Barcelona, 328 págs.

Trad. Vicente Campos

Dice Willard V. O. Quine en su Pursuit of Truth (Harvard University Press, 1990): «No estará de más […] que nos recordemos de vez en cuando […] lo difícil que resulta someter la conducta humana a esquemas simplificadores; pero, mientras tanto, ganamos en claridad trazando fronteras imaginarias […]. El requisito de la intersubjetividad, por su parte, es el que hace de la ciencia algo objetivo» (traducción de Javier Rodríguez Alcázar para Crítica, Barcelona, 1992, págs. 20 y 22; las cursivas son mías). El conocido y, en su día, pionero filósofo de la biología Michael Ruse es un experto del mientras tanto. Lo hace en su obra mayor, recientemente actualizada, The Darwinian Revolution: ScienceRed in Tooth and Claw (separando, para que «aprendamos», las supuestas dimensiones teológica, filosófica y científica en los pensadores relevantes del entorno de Darwin), y lo hace ahora con el pensamiento de destacados biólogos de la evolución de su propio medio angloamericano.

Como en los tiempos que corren la teología no parece tener un papel director, Ruse discrimina en los autores que analiza entre una propensión filosófica (metafísica), englobada en lo que denomina valores culturales (construidos socialmente), y una tendencia epistémica (teórico-empírico-observacional), es decir, propiamente científica (realista). Es más, Ruse enraíza ese imaginario componente cultural en lo que Thomas Kuhn identificaría como la vertiente irracional del pensamiento científico, mientras que la inventada vertiente racional se sustentaría primordialmente en el falsacionismo popperiano. Nos topamos así con seres esquizoides, que sólo existen en la mente de Ruse, pero que éste presenta como radiografías más o menos precisas de lo que al autor reseñado se le antojan como seres reales.

En ese mundo de títeres epistémico-culturales, resulta que, como ejemplo introductorio, Erasmus Darwin (1731-1802) simplemente especulaba sobre la cuestión de la evolución y su discurso de referencia, la Zoonomia, rayaba en la charlatanería. Mientras, su ilustre nieto, Charles Darwin (1809-1882), hacía gala de una racionalidad al respecto un tanto deficiente, pero poco menos que exquisita para su época y lugar. Dicha racionalidad mantendría un tono cultural dominante, y por tanto poco científico, en Julian Huxley (hermano de Aldous y nieto de Thomas Henry, el «bulldog» de Darwin). Racionalidad que, empero, llegaría al virtuosismo epistémico en el padre de la teoría sintética de la evolución (síntesis del darwinismo y del mendelismo), Theodosius Gregorievitch Dobzhansky (1900-1975), aunque éste manifestase en escritos menores cierta irracionalidad pecaminosa (la creencia en una atmósfera divinizante, siguiendo a Teilhard de Chardin, en la que estaría inmersa la evolución del Homo sapiens), pero falta de carácter venial, dada la importancia de su obra epistémica.

Ya en el presente más inmediato, el autor del superventas El genegoísta (1976), el etólogo manqué inglés Richard Dawkins, sería un científico epistémicamente venido a menos, dado su abandono del trabajo teórico-experimental en favor de especulaciones que se le irían de las manos sobre lo que en esencia serían los porqués de la inexistencia de Dios frente a lo que sería la realidad más que evidente (literalmente) de la selección natural.

En esta galería de retratos, a dos colores, sigue el turno de otro conocido superventas, el del paleontólogo norteamericano Stephen Jay Gould, quien, aunque en menor grado que el anterior, presa de su propio éxito como divulgador cultural, se dedicaría igualmente a revestir la biología evolucionista, esta vez de un marxismo post-Naturphilosophie para mayor gloria de sus propios prejuicios culturales (lo malo, para Ruse, no es tenerlos, sino que dominen la escena).

Los dos próximos personajes, los evolucionistas de Harvard, Richard Lewontin y Edward O. Wilson, se salvan de la quema porque, aunque disten mucho de ser epistémicamente perfectos, se ajustan a los cánones etológicos para ejercer la actividad científica aprobados por Ruse, de manera que aunque tengan devaneos político-eticistas, la parte principal de sus vidas intelectuales estaría dirigida por esa racionalidad inefable, que mediante un ensayo y error impecablemente controlado, les hace navegar con seguridad por el mar de las mentiras (prejuicios) hacia la tierra prometida de la verdad (juicios fundamentados epistémicamente). De hecho, al parecer, si estos dos autores estuvieran «libres de pecado» cultural no existirían entre ellos las disensiones profundas que tienen sobre la naturaleza humana (Wilson estaría asociado a los prejuicios de Dawkins, mientras que Lewontin estaría a la par con Gould).

El metarrelato ruseniano se completa con el análisis de la obra, hasta la fecha, de dos científicos actuales (Geoffrey Parker y Jack Sepkoski, éste fallecido en 1999) que van camino del estrellato porque despliegan lo que Ruse considera como un perfil epistémico adecuado que en estos dos casos está casi, asombrosamente, libre de prejuicios culturales dominantes.

En suma, el calvinismo intelectualizante de Ruse nos conduce una vez más a ese mundo de «buenos» y «malos», de los «unos» frente a los «otros», de hagiografías y antibiografías que sesga radicalmente lo que quiera que sea que haya de comprenderse. Es posible que las disquisiciones de Ruse al respecto, profusamente documentadas y argüidas eso sí, valgan como entradilla a una primera aproximación desquiciadamente simplificada. Quedarse donde él permanece merece un comentario, en plan chascarrillo, en la línea del que Fernando Díaz-Plaja recoge en uno de sus Pecados capitales de los españoles: «Mire, profesor Ruse, no se canse, si ni siquiera creo en mi religión y eso que es la verdadera».

Ficha técnica

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