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Si a algún país tienen que preocuparle las ramificaciones de un eventual abandono de la hipótesis zoonótica sobre el origen del Covid-19, ese país es China. Mientras la hipótesis del traspaso directo del virus de algún animal a los humanos mantenga un amplio séquito de partidarios, China podrá desviar con buena maña cualquier eventual responsabilidad por las funestas consecuencias que la pandemia ha acarreado al mundo entero. Así pues, con tal de que se abandone la hipótesis alternativa del accidente en un laboratorio del Instituto de Virología de Wuhan, sus dirigentes se contentarán con cualquier otra hipótesis. Siempre resultarán plausibles e… inocuas, que es lo que importa.

Una posición confortable porque, pese a haber sido Wuhan el lugar en donde la pandemia hizo su primera aparición, las posteriores políticas anti-virus del gobierno chino le habían ganado múltiples parabienes en los medios de comunicación general y en mucha literatura especializada en geopolítica. En el número 52 de la revista IDEESIDEES es una revista de pensamiento contemporáneo editada por el  Centre d’Estudis de Temes Contemporanis de la Generalidad de Cataluña y ese número monográfico estaba dedicado a La Xina davant d’un món en crisi. hay un ejemplo cercano y reciente de la empatía con la que a los representantes chinos les gusta que se les trate https://revistaidees.cat/la-xina-davant-de-la-crisi-de-lordre-liberal-internacional/.

«Desde que el Covid-19 llegó al mundo occidental, la situación de los Estados Unidos y sus aliados tradicionales y la falta de coordinación y eficacia de las instituciones multilaterales ante la amenaza global ha contrastado con la exitosa contención del virus y la “generosidad” china. El gigante asiático adaptó y remodeló audazmente su narrativa sobre los orígenes del virus, exhibió internacionalmente la brutal eficiencia de su modelo autoritario para contenerlo y lanzó una campaña global de ayuda sanitaria con especial atención a los países africanos, asiáticos y latinoamericanos. China presentaba una iniciativa global resuelta para atraer más apoyo a su modelo y se autoproclamaba líder global en su respuesta al Covid-19 tras la deserción USA. Cuanto más flaqueaba la administración norteamericana y más se acusaba a los europeos por su ineptitud en la gestión de la pandemia, tanto más progresaba a escala global la diplomacia china de las “mascarillas” a través de la exportación de equipos médicos, conocimientos y experiencia acumulada».

Pero ¿dónde quedarían «la exitosa contención del virus y la “generosidad” china» si la hipótesis zoonótica se desplomase?

Cuánto preocupa a China esa posibilidad lo revelan los extremos hasta donde está dispuesta a llegar. En los últimos meses las relaciones comerciales entre China y Australia han experimentado un retroceso rápido y sorprendente después del clima de armonía creado por un acuerdo comercial firmado en 2014. En 2020, sin embargo, China impuso aranceles a diversos productos australianos y acusó al país de racismo y crímenes de guerra. La cronología de la disputa muestra que Pekín decidió impulsar su escalada después de que el gobierno australiano pidiese una investigación independiente sobre los orígenes del Covid-19

Esa diplomacia wolf warrior no es, sin duda, la mejor opción para China, pero resulta indisociable de un sistema gubernamental opaco, autoritario e incapaz de soportar críticas del exterior sin perder la cara ante sus súbditos. Las dilaciones chinas para acoger a la misión de investigación de la OMS en febrero 2021, las maniobras para limitar al máximo sus trabajos y, finalmente, la virtual imposición al grupo de expertos de unas conclusiones rápidamente repudiadas por sus destinatarios ha colocado al país en una posición difícil.

Pero los hechos son testarudos y no desaparecen a voluntad. Poco a poco se va abriendo paso entre la comunidad científica la convicción de que son sus miembros quienes tienen algo propio que decir en este debate, más allá de las opiniones procesales y de oportunidad política que lo han alimentado hasta la fecha. Lo que importa es dar cuenta del proceder de los virus estudiados, como, por ejemplo, lo han hecho hace poco Steven Quay and Richard Muller, dos reconocidos virólogosQuiero agradecer la revisión de esta traducción por Laureano Castro que ha evitado los errores que yo habría cometido por mi cuenta y me ha dado un lustre que no merezco.. Según ellos, la razón más poderosa para defender la hipótesis del accidente de laboratorio proviene de los virólogos que han estudiado la huella genética del CoV-2, el nuevo coronavirus responsable de la enfermedad Covid-19.

En una investigación de refuerzo o ganancia de función (gain-of-function) un microbiólogo puede aumentar enormemente la letalidad de un coronavirus insertando una secuencia de ácido nucleico en un lugar especial de su genoma. Esa manipulación no deja huellas, pero altera su glicoproteína de espículaNo soy experto en la traducción de textos virológicos. Para los términos técnicos incluidos en ésta me he guiado por el Glosario Anglo-Español de Covid-19. facilitando que el virus inyecte su material genético en la célula a la que ha tomado por objetivo. Desde 1992 ha habido al menos once experimentos diferentes para añadir una secuencia especial en ese mismo lugar y el resultado final ha sido la aparición de virus cada vez más potentes.

Un genoma no es más que un conjunto de instrucciones para que la fábrica que son las células genere proteínas. Las instrucciones están escritas en un lenguaje formado por «palabras» de tres letras (tripletes), cada una de las cuales codifica para un aminoácido, la molécula con la que se construyen las proteínas. Dado que hay más palabras (64) que aminoácidos diferentes (20), existen sinónimos, es decir, algunos tripletes codifican para un mismo aminoácido. La secuencia especial que insertan los científicos para potenciar el virus incluye dos palabras repetidas (una doble CGG) que tiene como resultado la presencia de dos aminoácidos arginina seguidos en la estructura de la proteína modificada. La arginina puede ser codificada por seis tripletes diferentes, por lo que existen 36 posibilidades distintas de insertar esa instrucción. La secuencia elegida por los científicos (una doble CGG) es muy rara entre los coronavirus. La elección no es fortuita, ya que, de esta forma, pueden seguir la pista de los virus que han sido modificados artificialmente. Y, sin embargo, en el caso del SARS-CoV-2 esa es la secuencia que posee.

Ahí radica el problema. La secuencia exacta que aparece en el CoV-2, una doble CGG para codificar las dos argininas, sigue el camino menos esperable. En consecuencia, los proponentes de su origen zoonótico tienen que explicar por qué el nuevo virus, cuando mutó o se recombinó, eligió justamente la pauta que hubieran elegido los investigadores en busca de un refuerzo de función en laboratorio. Un cambio que indudablemente podría haber surgido al azar, por una mutación natural. O podría haber surgido también por recombinación con otros virus, el método más simple para que adopten nuevas capacidades, pero que exige que previamente algunos virus posean ya esa secuencia. Resulta difícil creer que -de entre todas las posibilidades existentes- el camino seguido por el CoV-2 fuera el de la combinación más rara, es decir, la que justamente usaría un investigador humano. Lo que abre paso a la conclusión de que la teoría preferible para explicar su origen haya sido un accidente de laboratorio.

Hay evidencia adicional. La más clara apunta a las dramáticas diferencias en diversidad genética entre CoV-2 y los coronavirus responsables de SARS y MERSSARS (Severe Acute Respiratory Syndrome) fue identificado en febrero 2003. MERS (Middle East Respiratory Syndrome) apareció en 2012 en Arabia Saudita.. A estos últimos se les reconoció su origen natural y evolucionaron rápidamente según infectaban a los humanos hasta que aparecieron variedades más contagiosas. Covid-19 no ha seguido esa evolución, sino que brotó entre los humanos en su forma ya más desarrollada y peligrosa. No hubo una «mejora» serial hasta que una variación menor apareció meses más tarde en Inglaterra. Un proceso similar de perfeccionamiento no tiene precedentes y sugiere un largo período de adaptación en laboratorio y anterior a su difusión entre el público.  

Y concluyen: «la ciencia sólo conoce una forma en la que eso pueda suceder: la simulación de una evolución natural mediante un crecimiento en células humanas hasta que alcanza el resultado perseguido. Justamente lo que sucede en las investigaciones de refuerzo de función. A los ratones genéticamente modificados para que muestren el mismo receptor de coronavirus que los humanos -los «ratones humanizados»- se les expone repetidamente al virus hasta conseguir su adaptación. […] La evidencia científica apunta, pues, hacia la conclusión de que el virus fue concebido y desarrollado en un laboratorio».  

Supongamos que esa conclusión acaba por imponerse entre los científicos e inmediatamente aparece la pregunta inevitable: si la evidencia provoca la idea de una intervención humana y el único laboratorio de donde se sabe con certeza que se han realizado experimentos de refuerzo de función es el del Instituto de Virología de Wuhan, existe una fuerte evidencia circunstancial sobre la responsabilidad de China. En términos procesales, una fuerte evidencia circunstancial es menos poderosa que, por ejemplo, la confesión de parte o la existencia de pruebas irrefutables que vinculen al autor de un delito con su perpetración, pero suele ser causa suficiente para que un juez o un jurado concluyan razonablemente quién ha sido su autor.

En esas condiciones habría que exigir a China que acepte responsabilidad, algo difícil de esperar. Desde el principio de la pandemia, China ha impedido a sus propios científicos y a los extraños profundizar en los orígenes del virus y en su forma de difusión. Hizo desaparecer las voces críticas que denunciaban desde el interior la responsabilidad del gobierno de Wuhan; se negó a ofrecer muestras de sangre para su examen independiente, destruyó el mercado húmedo de Huanan y, finalmente, impuso un absoluto control militar en el Laboratorio de Virología de Wuhan. Al tiempo impulsó noticias sin fundamento sobre posibles maquinaciones para exportar el virus a su territorio desde el biolaboratorio de Fort Detrick en Maryland. Los dirigentes chinos se niegan, pues, a aceptar la menor responsabilidad al tiempo que impiden la realización de una investigación independiente -la de la misión OMS en febrero 2021 ha sido desautorizada por sus propios autores- y se empecinan en mantener que allí no ha pasado nada. 

El gobierno de Pekín mantiene, pues, una estudiada pose exculpatoria que convierte en una propuesta estéril exhortarle a ofrecer transparencia y cooperación para que pueda mantener su imagen de ciudadano global responsable, como se proponía desde Financial Times.

Hay otras opciones. El anterior secretario de Estado, Mike Pompeo y Scooter Libby, otro destacado miembro del Partido Republicano, han invitado al presidente Biden a liderar una coalición de países democráticos que, dado su peso en la economía global, podría ejercer una notable presión para persuadir a China de que abandone sus peligrosas actividades de investigación, coopere en la investigación de los orígenes del coronavirus y pague parte de los daños causados por la pandemia en otros países.

Por el momento, empero, habrá que esperar al informe que el presidente Biden ha solicitado a sus servicios de información. No sabemos aún qué información le ofrecerán, pero después de la investigación de Vanity Fair sería ingenuo ignorar las diferencias tal vez insalvables que se enfrentan en el seno de la administración americana.

Sin embargo, el mayor obstáculo para una acción decidida de Estados Unidos, lo representa la tóxica división política de que adolece su sociedad. La victoria en 2016 del presidente Trump (ganador por votos en el Colegio Electoral pero perdedor por tres millones de sufragios populares frente a Hillary Clinton) nunca fue aceptada como legítima por una mayoría del Partido Demócrata y, en especial, de sus terminales mediáticas (NYT, WaPo, CNN, MSNBC, FaceBook, Twitter) que denunciaban, con razón o, muchas veces, sin ella, las supuestas fechorías de un presidente incapaz de respetar la ley. Los grandes medios globales, incluidos los españoles, les servían de altavoz exento de oposición ante la comunidad internacional.

El azote de Covid-19 fue una ocasión de oro para los deslegitimadores. Por un lado, el expresidente era perfectamente consciente de que la pandemia suponía el mayor peligro para sus posibilidades de reelección. Bajo su mandato, justo antes de su aparición, la economía USA había crecido a un 2,5% de ritmo medio anual -2,3% en los tres últimos años de Obama- y la tasa de desempleo había caído al 3,5%, la más baja de los últimos 50 años .

Por otro, la pandemia traería una fuerte recesión y, con su desparpajo habitual, de la boca del presidente salieron toda clase de despropósitos y también algunas propuestas sensatas para controlarla y evitar males a su candidatura. Hoy nadie se acuerda de su decidido apoyo a las compañías farmacéuticas que trataban de hallar una vacuna anti-Covid-19 (Operación Warp Speed), pero sí de que la hidroxicloroquina podía ser un tratamiento efectivo para el virus. En un trabajo de más de ocho mil palabras WaPo estableció un minucioso digesto de los pertinaces errores cometidos por el presidente casi a diario. Y, por supuesto, sus acusaciones a China como lugar de origen de la pandemia sólo aceptaban como un paso de kabuki para optimizar la posición americana en las negociaciones comerciales entre ambos países.

Sobre este último punto -la eventual responsabilidad china en la pandemia- la infatuación de los medios demócratas con la hipótesis zoonótica ha sido un arma de doble filo. Por un lado, les abría un oportuno flanco para redoblar los ataques contra el presidente y sus defensores. Si la Ciencia había establecido que el virus no podía haber surgido accidentalmente en un laboratorio de Wuhan dedicado a tortuosos experimentos de refuerzo de función sino sólo por transmisión desde algún quiróptero hasta los humanos a través del celestineo de otro animal, la Ciencia tenía que condenar con ardor implacable los dislates presidenciales sobre el accidente de laboratorio.

En su nombre había que expulsar de la cofradía racionalista a la Santa Compaña y denunciar sus patrañas ofuscadoras. A quienquiera que llevase la contraria al presidente «los progresistas estaban dispuestos a deificarlo para llenar su vacío. Y lo hicieron con el brío de un amante despreciado» . Su mayor icono, el doctor Fauzi, principal asesor científico del presidente, mantuvo serios encontronazos con Trump y eso lo convirtió en el Juan-Sin-Miedo de los zoonóticos. Al menos públicamente, pues sus emails personales obtenidos recientemente por WaPo y BuzzFeed News, muestran al respecto una posición más matizada, por no decir mucho más desahogada.

De esta forma, la unanimidad zoonótica del rebaño se convirtió en un haber en la cuenta de los grandes medios USA con algunas excepciones (WSJ y la cadena Fox de televisión entre otras). «En vez de perseguir la sugestiva posibilidad de que la versión oficial de China y la OMS pudiera no ser correcta, [los medios JA] se limitaron a darle su visto bueno y atacaron a todo aquel que no lo hiciera por chalado o xenófobo. Sus parientes ideológicos en Silicon Valley cerraron después las puertas bloqueando el acceso a las opiniones de quienes se salían de la versión consagrada». Por el gusto de atacar más y mejor a Trump, todos ellos acabaron cargándose a las espaldas el trabajo censor que, en otra situación menos perturbada, hubiera debido corresponder a sus colegas chinos. Así ha sucedido después del cambio impulsado por el presidente Biden que ha obligado a la agencia oficial Xinhua a desempeñar la faena que le correspondía«Tras enfangar la política china en Xinjiang, Tibet, Hong Kong y Taiwán y estigmatizar los esfuerzos chinos para asegurar un reparto equitativo de las vacunas [anti-Covid-19 JA] y una próspera Nueva Ruta de la Seda, Washington se ha aliado con sus medios en una exhaustiva guerra informativa contra China». La cita proviene Sinocism (9 junio 2021), un confidencial dedicado a la información sobre China.

Pero -y esta segunda consecuencia imprevista me parece aún más comprometedora- con su complejo síndrome de locura antitrumpiana, los medios USA renunciaban al examen de cualquier eventual responsabilidad china en la tragedia del SARS-CoV-2. La zoonosis la excluía por definición. Ah, las consecuencias imprevistas.

Lo que pasa en Las Vegas no siempre se queda en Las Vegas.

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