Sobras

LA VOZ INTERIOR

Darío Jaramillo Agudelo

Pre-Textos, Valencia

640 pp.

35 €

El trasvase a la novela de ciertos poetas, con una obra lírica consolidada, no suele ocasionar una expansión o complicación del género, sino más bien, por desgracia, un encorsetamiento de los modelos convencionales. En contra de una opinión muy consensuada, los poetas son menos imaginativos que los narradores y poseen una conciencia de su proyección social poco evolucionada –o inmadura, si atendemos a su propensión religiosa–. En su definición primaria, la poesía, como la música, es un ars combinatoria. Con la novela, en cambio, se alcanza el grado máximo de mistificación. En una buena prosa, el beneficioso engaño del arte tal vez sea menos impetuoso, pero sin duda es más envolvente que lo que produce la misteriosa apelación del verso. Las magias, embaucamientos y seducciones del estilo de –pongamos por caso– Nabokov, contrapuestas a la reflexiva solvencia de –por ejemplo– Eliot, operan con una estrategia más compleja en el ánimo del lector. Por otro lado, los novelistas son aduladores respecto a las supersticiones de la tarea de escribir, lo que no les distingue demasiado del laborioso artesano; los poetas, sin embargo, vienen ya amparados por el prestigio de su denominación –poeta–, y este prestigio les infunde, en general, una irritante predisposición a comportarse como mistagogos. Y cuando un poeta afronta la elaboración de una novela sobre un poeta malogrado o desconocido, se da por supuesto que dicha novela debe incluir –acaso para reafirmar que el espíritu del poeta reside en su obra– buena parte de sus materiales inéditos.

¿Por qué no basta con narrar, por anodina que sea, la vida de un poeta? ¿Es que el poeta, como el santo, es una entidad extraviada en la condición humana? Un apunte de Canetti dice: «El prestigio que los escritores extraen de sus mártires: Hölderlin, Kleist, Walser. Y así, con todas sus pretensiones de libertad, amplitud e inventiva, no hacen más que constituir una secta». Y Gombrowicz, en un ensayo de su diario –que sería recomendable tener siempre en cuenta, antes de leer poesía–, titulado «Contra los poetas», escribe: «Pero, de todos los artistas, los poetas son probablemente los que con más ahínco se postran de hinojos –rezan más que los otros–, son sacerdotes par excellence y ex professio, y la Poesía así planteada se convierte sencillamente en una celebración gratuita. Justamente es esta exclusividad lo que hace que el estilo y la postura de los poetas sean tan drásticamente insuficientes, tan incompletos».

La «secta» denunciada por Canetti y la «celebración gratuita» que reprueba Gombrowicz se traen aquí a propósito de la edición de La voz interior, una gruesa, desbordada e inútil novela, a la que Darío Jaramillo Agudelo (Antioquia, Colombia, 1947) ha dedicado, según propia confesión, ocho largos años. «Hubiera seguido –apostilla–. Me detuve cuando descubrí que si continuaba, sería para no detenerme más». ¿Qué hace interminable esta novela? No, desde luego, su ambición, como podría parecer, sino el hecho de ser un insondable cajón de sastre. En la estela de Machado y Pessoa, pero de­sor­bi­tan­do la poética de los heterónimos, Jaramillo inventa a un poeta, Sebastián Uribe Riley, de infatigable obra inédita; la primera parte constituye, propiamente, su biografía, escrita por un amigo de la adolescencia, sirviéndose de los diarios del difunto y de ligeras entrevistas, algunas de las cuales no exceden los diez minutos; la segunda parte consta de una selección de su obra, compuesta por el único libro de poe­mas que Uribe publicó en vida, al que se agregan ensayos, aforismos, semblanzas de santos apócrifos, comienzos y argumentos de posibles novelas, y un tratado de teología –lo menos mediocre–, atribuido a un tal Walter Steiggel, heterónimo, a su vez, de Uribe, quien en su fiebre caligráfica se oculta siempre –o al menos lo intenta– bajo nombres distintos. «Sebastián es un hombre que busca disfraces para desnudarse», dice de él su biógrafo. La pretensión de La voz interior es ensalzar la discreta vida de Uribe y su entrega a la ocultación y el silencio. Además, claro está, de rescatar su obra de la amenaza del olvido. Gracias a una asignación vitalicia de su abuelo, se pudo dedicar a escuchar música, a pensar y escribir, además de dirigir una revista de poesía, que editó en aras del bien común, no para promocionarse a sí mismo. Ningún lector sensato encontrará magnetismo o encanto en Uribe Riley; sin embargo, para su biógrafo, fue un hombre enigmático, un ciudadano piadoso, un santo, un ser excepcional, «nunca había tenido caries, sus encías estaban sanas y perfectas». O sea, que su tránsito por esta ­tierra fue cosa del espíritu. En realidad, el único don patente de Uribe Riley radica en no ser peligroso, ni social ni simbólicamente. No es poco, tratándose de un poeta; pero de ahí deriva la balbuciente mediocridad de su obra, que su biógrafo nos endosa en más de doscientas cincuenta páginas.

Habíamos dejado sin responder del todo la cuestión de qué hace interminable esta novela. Pues bien, aquí está la respuesta: su incontinencia recopilatoria. Es imposible no sospechar que Darío Jaramillo Agudelo ha escrito La voz interior para encontrar cauce a la miscelánea de trabajos de incierto valor, amontonados a lo largo de los años. Notas a vuelapluma, pensamientos erráticos reducidos a frases de dudoso ingenio, reflexivos merodeos sobre el poder, la religión, la educación, la humanidad y otros jugosos temas, en fin, cualquier material literario le sirve de pieza para armar un puzle y adjudicarle su creación a su poeta inventado. No obstante, como en toda obra disgregada, también aquí hay vislumbres, y a veces un relámpago compensa las monótonas peroratas. Lo que es ya menos soportable es confundir biografía y hagiografía, o que el biógrafo se autocalifique, simplemente por hacer las averiguaciones básicas, de «biógrafo diligente». Pero aún peor es que, para convencer al lector de la sensibilidad de Uribe Riley, no se detenga ante el indiscriminado uso de cursilerías, indignas de una inteligencia cultivada. Ofrezco un ejemplo: «Era como si nos conociéramos desde la más tierna infancia, desde la más tierna infancia de varias reencarnaciones anteriores».

¿Llegaremos algún día a proclamar, otra vez, que no todo lo que está escrito vale como texto literario?

Ficha técnica

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