La trasgresión como motor de la emancipación femenina

Transgresoras. Una historia cultural de las mujeres

Cristina Guirao

Madrid, Libros de la Catarata, 2024

112 págs.

La tradición que conforman las contribuciones y logros de las mujeres a la cultura y al desarrollo social se extiende de forma ininterrumpida desde la antigüedad hasta nuestros días. Dicha tradición es de una extraordinaria riqueza y resulta esencial como fuente y referencia cultural. Tanto las numerosas escritoras, científicas, artistas, o de otros ámbitos, que a título individual han hecho aportaciones a las humanidades y al conocimiento científico-técnico de todos los tiempos, como el entero colectivo de mujeres, han resultado esenciales en la creación y desarrollo cultural, estableciendo una clara línea del saber producido por ellas del que no teníamos memoria. Los estudios de género han fundamentado sólidamente la continuidad de ese saber a lo largo de la historia, y hoy en día constituye un hecho indiscutible. No sólo han sacado a luz las contribuciones individuales, numerosísimas y que hay que incorporar a la tradición cultural como primer paso, sino que estos estudios han sido capaces de proyectar una mirada que se fija en las mujeres, crea memoria histórica y, bajo ese prisma, fuerza a revisar las categorías interpretativas y la periodización de la historia.

En este tema ha profundizado e investigado Cristina Guirao en su último ensayo Transgresoras. Una historia cultural de las mujeres. La profesora de Sociología de la Universidad de Murcia incide en la necesidad no sólo de rescatar estas aportaciones individuales de creadoras y científicas, sino sobre todo de modificar las narrativas culturales fomentadas en cada momento histórico que han excluido sistemáticamente las aportaciones de autoría femenina. Hay que cambiar el relato con el que nos han contado la historia, pues al ser ocultadas las contribuciones de las mujeres y, por tanto, quedar excluidas del acervo cultural colectivo, se legitima esta ausencia y se provoca una gran pérdida cultural, pero no sólo para las mujeres, sino también para los hombres. Resulta un fraude para todos hacer pasar un relato androcéntrico y parcial por uno universal, referente de mujeres y hombres. Y esto representa un verdadero fracaso social, ya que a todos incumbe ese conocimiento y a todos nos es sustraído.

No conocer partes significativas de nuestro pasado y nuestro bagaje cultural nos deja, a hombres y mujeres, con menos recursos para afrontar los nuevos retos del presente y el próximo futuro. La supresión de la tradición cultural de las mujeres es responsable del desconocimiento cultural y lleva a creer que no ha existido dicha genealogía del saber femenino. Esto les otorga un estatus de marcada irrelevancia social. Al no poder anclarse en una tradición cultural que las autorice, su posición en la sociedad se debilita y les dificulta alcanzar la legitimidad social que, como individuos de pleno derecho, les corresponde.

El capital simbólico que acumula nuestra cultura como producción de sentido se ha elaborado desde una mirada masculina que ha determinado el canon cultural de Occidente. Dicho canon supone la aceptación y el repliegue a unos valores androcéntricos que, en el caso de las mujeres, no son los suyos. De ahí que haya y siga siendo necesario la subversión de dichos valores, la transgresión del canon masculino para abrir la posibilidad de un universo simbólico propio de la mujer y la conquista de su autonomía.

Guirao insiste en la necesidad de visibilizar los procesos y estrategias mediante los cuales se ha constituido el sujeto mujer como sujeto cultural y esos procesos conllevan, como su agencia central, el acto de transgredir unas normas masculinas y unos roles sociales que han confinado a la mujer al ámbito privado del hogar y la han exiliado del ámbito profesional y artístico. La transgresión, en este caso, deviene un concepto positivo, alejado de toda condena moral: únicamente a través de la desobediencia de la ley masculina y de la insumisión al papel performativo otorgado a las féminas por el hombre, la mujer ha conseguido su independencia. Toda mujer libre repite la desobediencia fundacional de Antígona: el rechazo a la ley autoritaria de los hombres. La transgresión se convierte, de este modo, en el motor esencial de transformación y progreso de la mujer. Tan solo oponiéndose al orden social androcéntrico, transgrediéndolo, yendo más allá de sus límites, se ha podido constituir el sujeto mujer, un sujeto relativamente reciente, como nos recuerda acertadamente Cristina Guirao, pues comenzó a despertar a mediados del siglo XIX, al reclamar mayor educación y mayores derechos.

Para comprender la historia cultural de las mujeres es necesario, pues, hacer esta historia de las transgresiones femeninas y de los suplicios y castigos que estas han supuesto para ellas, pues las rebeldes al orden patriarcal han sido condenadas como locas, raras, histéricas, prostitutas y apartadas, por ello, del espacio común como peligrosas. La historia cultural de las mujeres no estaría completa sin la historia de sus rebeliones, de sus desobediencias, de sus resistencias. «El sujeto mujer que somos hoy debe más a las excéntricas que al ángel del hogar. Debe más a la rebelión que al sometimiento, debe más al espacio que se abre más allá del límite de lo permitido, desde el que es posible hacer lo que no es posible hacer» (págs. 10-11).

Pero no olvidemos que la sumisión al poder no sólo se logra a través de la coacción y el miedo, sino también a través de las diferentes disciplinas y dispositivos del saber, como ya indicó Foucault. Subvertir el orden simbólico conlleva romper la cadena de transmisión pedagógica, renunciar a las formas canónicas de producción del conocimiento. Hay que atreverse a asumir la ironía socrática de «no saber nada», de ejercer el distanciamiento hacia los saberes tradicionales para encarar la vida y la realidad desde nuevas perspectivas descentradas, atípicas y atópicas que descubran nuevos temas de reflexión y, sobre todo, nuevos modos y lugares de pensamiento. Guirao trae a colación el relato de Kafka «El gran nadador», cuyo protagonista gana una olimpiada paradójicamente sin saber nadar. Este «no saber» ha de ser ejercitado por la mujer que busque crear un orden simbólico nuevo como insumisión al sistema tradicional de conocimientos. Pensar desde la periferia es el lugar adecuado para un pensamiento crítico, puesto que «rompe las miradas hegemónicas y cuestiona la soberanía de la supuesta objetividad de la razón patriarcal» (pág. 53). Este pensamiento descentrado implica una desterritorialización que otorga la posibilidad de reflexionar desde un punto de vista diferente. Esta mirada desde los márgenes, desde el exilio de los centros del poder y del saber, abre la puerta a otra forma de escritura, al par que se atreve a pensar en aquello mancillado por la filosofía tradicional, empezando por un cuestionamiento político del ámbito privado («Lo personal es político»).

Por otro lado, Cristina Guirao apunta que las formas de representación cultural de la mujer a lo largo de la historia han supuesto una violencia simbólica hacia ella, al haber creado estereotipos que la cosifican y la devalúan como un ser dependiente y subalterno sobre el que se ejerce el poder. Raras veces las mujeres han sido sujeto de la historia. Casi siempre han sido objeto de dominio y de sometimiento. Una de las tareas encomendadas al feminismo, por tanto, es la deconstrucción de «la cultura que subalterniza» a la mujer para crear espacios al margen del poder, espacios de resistencia que se conviertan en proyectos emancipatorios.

En el ámbito del arte y de la literatura, es necesario cuestionar el relato que se centra en la figura del genio individual y de la musa inspiradora y la desigualdad que estos conceptos introducen. Ninguna obra de arte es fruto sólo de la genialidad de un sujeto, sino de las circunstancias sociales, económicas, ideológicas en las que esa obra se inscribe. Además, es extraño observar el hecho de que, siendo las mujeres las mayores consumidoras de cultura, tengan menor acceso a los medios de distribución de sus producciones culturales. Existen todavía barreras patriarcales en la cultura que actúan de freno a la visibilización de las obras de autoría femenina.

Esa falta de visibilidad es muy notable en el género ensayístico. El 80% de los ensayos que se publican en España están escritos por hombres. Tan sólo el 20% llevan una firma de mujer. En este género, cultivado por una élite intelectual legitimadora del sistema del conocimiento aceptado, la mujer sigue teniendo difícil acceso, al cuestionarse aún su solidez intelectual. No basta con lograr un cuarto propio, como aspiraba Virginia Woolf, sino hay que lograr formar parte de esa élite intelectual, del espacio del aparecer público, en términos arendtianos, que crea las condiciones oportunas para la acción de transformar y crear una nueva sociedad más igualitaria y en la que sea posible la dignidad de la persona. Las mujeres debemos aspirar a formar parte de ese lugar desde donde se toman las decisiones para lograr otro mundo posible más humanizado.

Un debate interesante que plantea Guirao y que constituye una crítica al feminismo actual, es la incapacidad de este de plantear un proyecto de emancipación colectiva, al centrarse excesivamente en cuestiones identitarias. Apoyándose en Wendy Brown, Cristina Guirao señala que hay que saber «menos quiénes somos y más saber qué tenemos que hacer». «Demasiada epistemología centrada en la búsqueda del quién soy deja suspendida en la nube de la construcción y la deconstrucción a la subjetividad femenina y, en el peor de los casos, la diluye en proyectos multiidentitarios que se pierden en la demanda cultural desde el resentimiento» (pág. 42). No hay que olvidar la praxis política de la construcción de un mundo en común.

Pero ¿qué hora es en la historia cultural de las mujeres?, se pregunta Cristina Guirao. Su respuesta no puede ser más alentadora: «estamos en el momento justo para reescribir la propia historia con las categorías que nos permitan ser nosotras mismas, para crear las condiciones de posibilidad que nos permitan tener un proyecto emancipador propio». Para ello, este ensayo imprescindible nos marca el camino, al permitirnos comprender las dinámicas transgresoras que han logrado y siguen logrando la visibilización de la producción cultural de las mujeres.

Mercedes Gómez-Blesa es doctora en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid; ensayista y crítica de arte, ha centrado sus investigaciones en la obra de las intelectuales y artistas de la Edad de Plata y, muy especialmente, en la de María Zambrano, de quien ha editado muchas obras y a quien ha consagrado el ensayo La razón mediadora: Filosofía y Piedad en María Zambrano. Sus últimos ensayos son Modernas y vanguardistas. Modernas y vanguardistas. Las mujeres-faro de la Edad de Plata (2019) y Estéticas de la ausencia (2021).

Conferencia en el Lyceum Club Femenino de Madrid, febrero de 1935.
Conferencia en el Lyceum Club Femenino de Madrid, febrero de 1935.

Ficha técnica

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