Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!


La traición progresista
Alejo Schapire.
Península, Barcelona, 2021.
160 p

La deriva reaccionaria de la izquierda.
Félix Ovejero
Página Indómita, Barcelona, 2018.
384 p.

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Quizá sería conveniente desde el principio poner todas las cartas boca arriba, pues despejaríamos ambigüedades y suspicacias en un asunto tan propicio a esa receptividad recelosa, es decir, a malentendidos y susceptibilidades. Esto que van a leer, si tienen la paciencia de hacerlo, sobre todo después de las precisiones con las que les amenazo, se parece menos que nunca a una reseña convencional, en particular si por tal se entiende el análisis distanciado y sistemático de unas determinadas obras, las que figuran con sus fichas escuetas en el frontispicio de este artículo. Habrá, no obstante, quien pese a todo la considere así porque hoy el concepto reseña, como ya ha pasado con el de novela, contiene o admite cualquier cosa, pero para quien esto escribe la puntualización que sigue es en este caso inexcusable. En primer lugar, porque el crítico –este que les habla- no se plantea aquí un objetivo asimilable a la frialdad analítica ni a una posición de pretendido desapego, au dessus de la mêlée: tanto es así que ni se molesta en disimularlo o, más aún, hace gala de todo lo contrario, su implicación intelectual y hasta –si no se malinterpreta- sentimental en los problemas que abordan estos libros. Segundo porque, paradójicamente -o quizá no tanto, si atendemos a las consecuencias últimas de este planteamiento- los libros antedichos constituyen en esta ocasión, más de lo habitualmente convenido, un punto de partida o, a lo sumo, unas referencias que le sirven al autor de estas líneas como desencadenantes o reactivos para una efusión torrencial que está más emparentada, como acabo de confesar, con una determinada formación o educación sentimental que con una mera disquisición racional, aunque esta no renuncie a ser el basamento de aquella.

             De hecho, la elección del título que antecede a estos párrafos pone de relieve el carácter particular o, insisto de nuevo, la implicación personal que impregna este artículo. No se puede elegir el concepto de traición de modo impune, o sea, sin asumir las consecuencias, tanto en lo que se refiere al punto de vista como en lo tocante a las derivaciones subjetivas del discurso. Es cierto que me podría haber escudado en que tal vocablo aparece en el mismo título de uno de los volúmenes que nos ocupan, el de Schapire, y de una forma que deja un margen nulo a las especulaciones, tal es su contundencia. Aunque no emplea ese vocablo, el otro ensayo, el de Ovejero, apunta en el mismo sentido de forma diáfana. Así que, como digo, no me hubiera sido difícil camuflarme o parapetarme en la previa elección de los autores mencionados. Pero no me parecía intelectualmente honesto actuar así, pues no hubiera sido otra cosa por mi parte que incurrir en eso que caracteriza el consabido refrán español como «tirar la piedra y esconder la mano». No, mejor ir de frente y por el camino recto. Lo confieso, pues, sin ambages: yo también me siento traicionado por la izquierda realmente existente y, como tal, escribo este comentario en consonancia y sintonía con los autores de estos libros, heridos todos por la deriva reaccionaria –por emplear el sintagma de uno de ellos- que han tomado los partidos y organizaciones sedicentes progresistas de todo el mundo, pero en particular, los de las sociedades avanzadas, que antaño nos servían de modelo y vanguardia.

Acabo de escribir heridos y no meramente decepcionados, desengañados, desencantados o algo parecido, porque para hablar con propiedad habría que reconocer la existencia de una herida intelectual y sentimental que sigue abierta, que sangra y que duele. En otros términos, nos reconocemos en una orfandad que, por lo menos aquí y ahora, no acertamos a asumir. Como es obvio, no nos sirve cambiar de acera: no somos simples oportunistas de la política que estemos dispuestos a migrar hacia el sol que más caliente en cada momento histórico. Al contrario de los políticos al uso –y del dictamen marxista: de Groucho, claro- nosotros sí teníamos (y seguimos teniendo) principios y, como creíamos (y creemos) en ellos, no los podemos transmutar fácilmente. Así que nosotros nos vemos en la misma trinchera de siempre, defendiendo esos ideales (los clásicos, para entendernos: libertad, igualdad, justicia, solidaridad) que ahora gran parte de la izquierda desprecia o incluso conculca, si no de palabra, si de facto. Por eso, en definitiva, nos sentimos traicionados.

            Antes que nada, antes incluso de la traición, fue el desconcierto. Desde hace dos o tres décadas intuimos que algo no iba bien, pero no sabíamos bien qué. En palabras de Ovejero, «la izquierda anda mal. Pero muy mal. Y desde hace bastante tiempo». La sinopsis histórica, sin embargo, parecía ofrecer un escenario más luminoso que sombrío. Cayó el Muro, se desmoronó el «socialismo real» en el que nunca creímos, implosionó la URSS: sin necesidad de suscribir el veredicto de Fukuyama sobre el fin de la historia, era evidente que el siglo XX terminaba con el triunfo clamoroso de la libertad en buena parte del mundo y muy en particular en Europa y en el llamado mundo occidental. Incluso bien podría decirse que en las sociedades más avanzadas del planeta el triunfo de la socialdemocracia –conviene enfatizar: socialismo y libertad a partes iguales- era aplastante, hasta el punto de que las opciones alternativas, desde el conservadurismo tradicional al liberalismo clásico, tenían que rendirse a la evidencia. Dicho de otra manera, todos asumían unas pautas de comportamiento que en última instancia se guiaban por un horizonte común: el Estado del bienestar no se toca. Las crisis coyunturales podían poner a prueba la funcionalidad del sistema pero nadie vislumbraba la necesidad de ir más allá de correcciones puntuales que dejaban intactos los cimientos y pilares de la edificación política. ¿Entonces?

No andaba descaminado Felipe González cuando, en una fecha tan temprana para lo que estamos tratando como 1990, advertía que «También se puede morir de éxito». Es verdad que la reflexión del presidente del gobierno español tenía más corto alcance y se situaba en un contexto más específico (el 32º Congreso del PSOE) pero, aun así, no puede dejar de contemplarse como un anticipo visionario de lo que nos esperaba a la vuelta del milenio. Recuerdo por mi parte que también hace ya bastante tiempo leí un ensayo de Horacio Vázquez Rial que se titulaba La izquierda reaccionaria. Síndrome y mitología (déjenme de paso que subraye la significativa concomitancia de los títulos). El libro del polígrafo argentino radicado en España estaba datado a comienzos de 2003 y se publicó ese mismo año en Ediciones B (hay reediciones posteriores). Como me he propuesto ser sincero, me veo obligado a reconocer que leí entonces el libro de Vázquez Rial con cierta displicencia y hasta un punto de desagrado, porque su análisis me pareció desorbitado y, sobre todo, reputé que hacía el tipo de trabajo sucio de socavamiento ideológico y cuestionamiento de la praxis del socialismo democrático que solo podían agradecerle –y aprovechar- nuestros adversarios políticos. Ahora, con ocasión de escribir estas líneas, retomo el libro, repaso mis subrayados y compruebo con estupor que todo lo que me dispongo a decir… ¡estaba ya allí! ¿Cómo pude estar tan ciego? Compruebo incluso –lo menciono como dato anecdótico, pero no por ello menos significativo- que Rial cita algún que otro artículo del profesor Ovejero, que también andaba ya bien avisado de lo que se avecinaba.

No quiero adentrarme ahora en un comentario más pormenorizado de aquel libro de 2003, pues queda muy lejano en el tiempo. Desecho también por los mismos motivos de distancia temporal otras obras que podrían encuadrarse en la misma órbita, como el famoso Manual del perfecto idiota latinoamericano… y español, de Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa. Yo tengo una edición de 1996 (Plaza & Janés, Barcelona), pero creo que también en este caso hay ediciones posteriores. La causa inmediata de este artículo es el libro de Alejo Schapire, que es del año en curso, pero me ha parecido pertinente referirme también a La deriva reaccionaria de Ovejero porque, aunque no es ya su última obra publicada, no hay tanta lejanía cronológica como en los libros aludidos anteriormente. Con todo, no pretendo equiparar en ningún sentido ambos libros, porque son radicalmente distintos. Schapire es un periodista bonaerense radicado en Francia que escribe tomando como referencia básica lo que ocurre en el país vecino, aunque alude también a otros escenarios. Su ensayo es una obra breve y directa, escrita para un público generalista. Un opúsculo de estas características, que muchos reputarán de superficial, tiene la ventaja de llegar a cualquier tipo de lector. Justo lo contrario de lo que ocurre en el caso de Ovejero. El profesor barcelonés, que no requiere presentación alguna, nos ofrece como en él es habitual una obra densa y prolija, de ardua lectura en algunas de sus páginas y que, indudablemente, requiere de otro tipo de lector, no solo atento sino bien curtido en los entresijos del pensamiento económico y político en general y del análisis marxista en particular.

Más allá del mensaje esencial, coincidente en uno y otro caso, hay otras diferencias que trascienden los matices o incluso el rigor en la indagación. El periodista argentino se refiere, como no se le habrá escapado al lector atento, a la traición progresista, esto es, apunta no solo –y hasta me atrevo a decir, no principalmente- a la izquierda política en sentido estricto (líderes, ideólogos, partidos, sindicatos) sino a todo el conglomerado que sociológica y culturalmente se presenta o autodefine como paradigma del cambio, el progreso y la modernidad, para desenmascarar tanto la vaciedad de estos conceptos como, sobre todo, descubrir una praxis absolutamente contradictoria con dichos principios. Por su parte, La deriva reaccionaria… es un sugestivo título que, una vez leído el libro, resulta ser más un excelente reclamo publicitario que una síntesis ajustada al contenido del mismo. El volumen de Ovejero, que tiene páginas magníficas y destellos de auténtica profundidad analítica, adolece de falta de unidad y cohesión interna: por momentos parece que el autor ha compilado aquí reseñas y artículos de la más diversa procedencia, hilvanados –eso sí hay que reconocerlo- con suma habilidad pero que, pese a todo, no terminan de dar la impresión de obra de nuevo cuño sino de yuxtaposición de materiales preexistentes. Es una lástima porque reescritos ex novo o simplemente adaptados para la ocasión, hubieran podido servir perfectamente a los objetivos de una obra que, al no haber sido así, se pierde, sobre todo por su parte central, en disquisiciones específicas relativamente lejanas al asunto central que aquí nos ocupa.

Pero vayamos ya a lo esencial que, según lo argumentado en los párrafos que anteceden, pivota básicamente sobre el aspecto de traición. Lo que otorga el carácter distintivo a estos libros no es la crítica global y pormenorizada a la teoría y praxis de la izquierda y, en general, a las corrientes progresistas, sino la perspectiva desde la que se hace dicha crítica, que no es la de un planteamiento doctrinal alternativo –tradicional, autoritario o liberal, pongo por caso- sino la de autores que se reconocen formados en la izquierda, militantes en la izquierda y hasta contumaces creyentes en los principios que han dado sentido a la lucha de la izquierda en el mundo contemporáneo. Por ello, según Schapire, puede hablarse de una auténtica «ruptura sentimental». En este aspecto, La traición progresista es tan diáfana como contundente, hasta el punto de que dicha ruptura se presenta bajo la forma de divorcio traumático, el que acaece cuando después de una larga convivencia uno de los miembros se convierte en irreconocible para el otro: «Para quien ha crecido y se ha educado en una tradición intelectual, para quien ha defendido con el verbo, la manifestación pública y el voto una visión del mundo, supone consumar una separación en los peores términos». Schapire escribe así «para quienes han comprobado azorados cómo la izquierda que ayer luchaba por la libertad de expresión en Occidente hoy justifica la censura en nombre del no ofender; esa que ayer comía curas y ahora se alía con el oscurantismo religioso en detrimento del laicismo para oprimir a la mujer y a los homosexuales; esa que a la liberación sexual responde con un nuevo puritanismo, que de la lucha contra el racismo ha pasado a alimentar y justificar (…) el antisemitismo».

Como en toda ruptura traumática, las palabras las carga el diablo y se disparan a matar. Por otro lado, cada cual oye y entiende lo que quiere oír y entender. En todo caso, el acuerdo es ya imposible. Las acusaciones de traición vuelan como puñales: ¿quién traicionó a quién? ¿Es la izquierda hoy existente la que traicionó sus principios, como defienden estos autores o más bien estos se han convertido en quintacolumnistas de la derecha? Si antes se vituperó a muchos intelectuales como tontos útiles en la estrategia estalinista o comunista en general, ¿no serán ahora estos disidentes los tontos útiles de la ofensiva conservadora? Ovejero, por su parte, no se permite muchos titubeos en este sentido. Tomando también otro símil de la vida cotidiana, encuentra a la izquierda en general sumida en un narcisismo adolescente, cuando no directamente presa de un infantilismo que causa bochorno y estupor a un tiempo. Las izquierdas, si no todas, sí una parte muy representativa de ellas, argumenta, están defendiendo hoy las mismas causas que han combatido hasta hace poco: «una parte de la izquierda, muy representada entre nosotros, se ha vuelto comprensiva con la sinrazón religiosa, simpatiza con quienes quieren levantar comunidades políticas sostenidas en la identidad y manifiesta una antipatía sin matices contra el proceso globalizador. Incluso se muestra dubitativa de la peor manera a la hora de valorar la ciencia y el progreso científico. Llevada por la necesidad de “pensar a la contra”, acaba no pocas veces en el absurdo, peleando contra sí misma, contra sus conquistas».

El planteamiento de Ovejero nos lleva al meollo de la cuestión. Esta izquierda infantil, adolescente, zombi o reaccionaria, que son los calificativos que emplea, no es en última instancia más que una izquierda antiilustrada. He aquí la clave. Su concepción adanista de la realidad viene a ser la expresión del «abandono del compromiso con la racionalidad». Si antes hablábamos de un tipo de ruptura –la de estos críticos con la izquierda-, esta escisión se nos presenta más categórica. Desde Kant sabemos que el hombre se redime a sí mismo en cuanto ejercita de modo autónomo su razón. Pero no tenemos que ir tan lejos. La propia Internacional anima a identificarse con «la razón en marcha», un consejo que la izquierda actual parece haber olvidado. Desde el 68 –en esto coinciden Schapire y Ovejero- los motores de la protesta son otros. La rebelión juvenil no solo alumbró un nuevo sujeto revolucionario –la juventud, por el hecho de serlo- sino que creó otras legitimidades: «la edad se convirtió en argumento», escribe Ovejero. Lo peor, con todo, fue poco después «la aparición de un nuevo oscurantismo revestido de progresismo, que sustituye los argumentos por la intimidación». No todo fue tan brusco, obviamente, pero debe reconocerse que el proceso se vivió aceleradamente en la mayor parte de las sociedades desarrolladas. Otros factores, no imputables a esta deriva ideológica, coadyuvaron a intensificar y consolidar esta transformación de fines y métodos: por decirlo brevemente «unos sistemas democráticos que alientan el infantilismo de los ciudadanos, su miopía, cuando no su ceguera». El Estado del bienestar, que el profesor barcelonés defiende, aunque sin ocultar sus disfunciones, se entiende más como suministrador de prestaciones, asumidas como derechos, que como fuente de deberes, aunque solo sea para su sostenimiento. De ahí que la política en la mayor parte de los sistemas democráticos se haya convertido en campo abierto para la demagogia y el populismo. En términos cínicos, todos los líderes podrían confesar al unísono: «sabemos exactamente lo que debemos hacer; lo que no sabemos es cómo salir reelegidos si lo hacemos».

Convengamos, pues, en aras de la ecuanimidad, que no toda la culpa es de la izquierda, ni mucho menos. Pero, en cualquier caso, no son las responsabilidades de otros partidos o ideologías ni las perturbaciones inherentes al sistema democrático los asuntos que interesan a estos autores, que se limitan tan solo a examinar el desconcertante rumbo del progresismo en el cambio de milenio, sobre todo en cuanto supone de cesura con una tradición anterior, la de los siglos XIX y XX. Nadie puede poner en duda que en esa tesitura histórica, las izquierdas tenían por fuerza que renovarse, aunque solo fuera por la transformación radical del sujeto revolucionario por antonomasia, la clase obrera, y la consecución de sus principales objetivos históricos, tanto en el aspecto económico como en el político y social. Lo que se cuestiona es que tal renovación se hiciese desandando parte del camino andado o, dicho de otra manera, que las nuevas causas fueran contradictorias con las antaño defendidas por el progresismo, las que constituían su razón de ser. Tanto Schapire como Ovejero ponen el acento en las cuestiones de identidad, por encontrar en esta nueva obsesión la fuente de casi todos los males. La emancipación preconizada por las izquierdas o era para todos –para toda la humanidad, en su formulación más enfática: el «género humano», como decía la Internacional- o no era. La liberación de los oprimidos resultaba así indisociable de la igualdad, tanto en la meta ansiada como en las estaciones de paso. Una política basada en la diferenciación de los seres humanos por etnia, sexo (o género), lengua, religión o cualquier otra variable, resulta incompatible con el universalismo que daba sentido al progresismo.

Amplios sectores –partidos, intelectuales, publicistas, ideólogos, organizaciones diversas en el ámbito laboral o cultural- que se consideran progresistas han minado las bases de la triada clásica, libertad, igualdad y fraternidad. Esta última es imposible si, lejos de ser todos hermanos, primamos por ejemplo la lucha contra el heteropatriarcado o contra el supremacismo blanco. En consecuencia, sucumbe la segunda ficha, la del ideal igualatorio porque, muy al contrario, para superar supuestos agravios seculares de colectivos diversos, la legislación fomentará la desigualdad ante la ley en forma de discriminación positiva. La propia libertad dejará de ser un bien supremo, al tener que supeditarse a otros bienes superiores, como el respeto a la identidad o los valores ancestrales de determinadas culturas. Que haya intereses específicos para defender estas causas es algo que puede entenderse perfectamente. Lo que no se entiende es que sea la izquierda y las asociaciones progresistas las que hagan bandera de ello. La aceptación subyacente de un contundente relativismo cultural –valga la paradoja- conduce al abismo y en último término dinamita el concepto de verdad y, por ende, el armazón doctrinal de la izquierda clásica. La crítica del comportamiento occidental en otros tiempos –imperialismo, colonialismo- se extiende a sus propios valores, entendidos como símbolos opresores y por ello objeto hoy día de abierto repudio. Ya ha dejado de ser noticia el hecho de que en muchos planes universitarios se omita el estudio de la cultura griega o la civilización romana, por constituir claros ejemplos de sociedades esclavistas y patriarcales.

La deriva reaccionaria de la izquierda adopta en nuestro país su expresión más sorprendente y escandalosa en sus relaciones con los nacionalismos periféricos. La fascinación que siente la izquierda patria realmente existente -esto es, PSOE, Podemos y grupos afines- hacia esos movimientos nacionalistas -vasco, catalán y gallego- solo es equiparable, en forma inversamente proporcional, a los sentimientos que despierta en ella la nación española, sus símbolos y su historia. Se ha pretendido explicar y justificar tal «delirio» (término que emplea Ovejero) por la apropiación franquista de los emblemas patrios pero, sin minusvalorar ese factor, resulta innegable que se trata de un asunto de mayor calado, que hunde sus raíces en nuestra conflictiva historia contemporánea y que ahora, en este nuevo milenio, se potencia con la defensa a ultranza de las identidades de toda laya (en nuestro caso, de territorios y lenguas). Alentar e incluso exacerbar la deriva centrífuga de nuestro Estado autonómico pasa por ser, no se sabe por qué conjuro, una manifestación conspicua de progresismo. Ya nos hemos acostumbrado, como si fuera lo más natural del mundo, a que la izquierda española se alinee sin fisuras con unos movimientos nacionalistas, como el catalán y el vasco que, independientemente de sus fuertes componentes xenófobos y en algunos casos hasta reaccionarios, defienden intereses particularistas y privilegios de unos ciudadanos sobre otros. ¿Dónde queda la lucha por la igualdad que ha preconizado siempre la izquierda? Ovejero que, por razones obvias, es particularmente sensible a este asunto, apunta que el silencio progresista ante los desmanes nacionalistas devino pronto en complicidad y a la postre, desembocó en autocomplacencia, no exenta –añado yo, por mi parte- de unas buenas dosis de cinismo desacomplejado, que para algo sirve la superioridad moral. Ahí tienen, sin más, a toda la izquierda nacional alineada con los herederos y usufructuarios de ETA; o aprobando y aplaudiendo el indulto de los golpistas catalanes y pactando luego con ellos la gobernabilidad de España, esa misma nación que odian con todas sus fuerzas. Todo sea en nombre del progreso.

            Me resisto, como habrá podido apreciarse, a focalizar la traición progresista en nombres propios, porque creo que la deriva reaccionaria trasciende las políticas específicas de unos determinados dirigentes y, por descontado, las propias fronteras nacionales. Con todo, creo que este repaso quedaría incompleto si no añadiera un par de apuntes personales. Desde la perspectiva actual puedo decir que para los izquierdistas de mi generación y, en particular, para los que desarrollamos nuestra labor profesional en el ámbito educativo, la traición de la izquierda empezó casi con la llegada del PSOE al poder, allá por los años ochenta. Entonces, bien es verdad, como confesé antes, no nos atrevíamos a hablar de traición, porque estábamos confundidos o desconcertados. ¿Era progresista cargarse el bachillerato? ¿Era la LOGSE, por ejemplo, la expresión cimera de una moderna reforma educativa? Los que concebíamos la educación como el único medio que tenían las familias modestas para que sus hijos prosperasen, creíamos que hablar de igualdad significaba igualdad de oportunidades, o sea, igualdad de partida, no el «todo vale» que al final solo beneficiaba a los que disponían de más medios. Creíamos en el estudio y el esfuerzo, es decir, que la escuela no podía degradarse en recinto meramente lúdico. Creíamos que aula y guardería eran cosas distintas. Creíamos que el papel del profesor no era el de ocurrente animador cultural. ¡Ay, ingenuos! Por no apartarme de la experiencia personal y sin dejar de ceñirme a la órbita que mejor conozco, como historiador no podía dar crédito –al principio, claro; ahora ya todos estamos curados de espanto- a la manipulación grosera y sectaria de la historia inmediata que el PSOE, sus intelectuales y sus palmeros mediáticos efectuaron ya bien entrados los noventa. Se acordaron de la Guerra Civil, las fosas y la memoria histórica solo cuando vieron amenazada su supremacía, como armas para deslegitimar al adversario y… ¡después de una década en el poder sin haber hecho nada al respecto! ¿Cómo podían ser tan cínicos? Luego, para rematarlo, llegó la mitificación de la Segunda República, utilizada por no pocos como ariete contra nuestro vigente sistema constitucional, el más exitoso de toda nuestra historia contemporánea. ¡Qué cosecha!

            Hoy la izquierda defiende sin rubor alguno que hombres y mujeres no sean iguales ante la ley. Es la misma izquierda que se solaza en agraviar los símbolos católicos pero pide respeto reverencial para el hiyab o hasta para el burka como muestra de su plena aceptación de la diversidad cultural. En sus análisis, la noción de identidad ha desplazado a todas las demás categorías, empezando naturalmente por la de clase. Los nuevos agraviados, los proletarios de este milenio, son ahora las minorías, sean del tipo que sean: sus reivindicaciones son siempre justas, no porque lo sean en sí, sino por venir de quienes vienen. La parte que se dice más comprometida de esa izquierda, la que más acremente censura a los países capitalistas, no tiene empacho en recibir subvenciones y hacer negocios con las dictaduras más abyectas (léase Irán o Venezuela). Buena parte de los intelectuales progresistas se identifican como tales en cuanto que han abrazado sin rebozo el multiculturalismo y el relativismo cultural, sustituyendo la razón por el sentimiento, la universalidad por la pertenencia, la certeza por la sensación: en el mejor de los casos, solo se admite un pensamiento débil que se encuadra en una realidad concebida como universo líquido. Si nadie puede acceder a la verdad, la única opción posible es el respeto a todas las opiniones, salvo aquellas que queden estigmatizadas de antemano como fascistas. En estos casos la censura no solo es legítima sino una necesidad imperiosa. Si no se llega a tanto, siempre caben los boicots, acosos, escraches y amenazas. En la práctica, las organizaciones de izquierda funcionan como una secta, con sus dogmas y su sometimiento al líder de turno. Y, en cuanto partidos, con una implacable voracidad institucional, siendo la independencia judicial la primera damnificada. Lo mismo hace la derecha, se me argüirá. Cierto. Pero, ¿no habíamos quedado en que nosotros éramos diferentes?

            Así las cosas, solo podemos terminar esta reflexión con la pregunta leninista: ¿qué hacer? Dicho más claramente, ¿se puede seguir siendo de izquierdas cuando se constata su deriva reaccionaria o la traición progresista? Para mucha gente y, me temo, las nuevas generaciones, formadas ya en este escenario posmoderno, la respuesta es bien fácil, aunque probablemente sea porque la propia pregunta carezca de sentido para ellos, al no constatar reacción ni deriva alguna. En cualquier caso, lo más probable es que se resuelva de modo tautológico: la izquierda es la que es, que es como decir «esto es lo que hay». Ya lo decía Gila cuando narraba lo que argüían los paisanos a la viuda del boticario, víctima de una inocentada salvaje: «Si no sabe aguantar una broma, márchese del pueblo». Pues eso, márchese. Schapire no sabe dónde ir, se queda en tierra de nadie. No quiere renunciar a los principios que conformaron la izquierda histórica pero no los halla en ningún lado en la izquierda actual. Ovejero es más sutil. Aunque nunca llega a hacerlo explícito, late en él lo que podríamos llamar el optimismo de la voluntad. Se nota en que más de una vez matiza su crítica: no yerra «la izquierda», sino «una parte de la izquierda». Y, por supuesto, están los principios o valores. Sin ellos, dice, «no hay práctica política racional (…) En este sentido, resultan imprescindibles. Imprescindibles e inmutables. Los principios, como tales, no caducan. Los ideales de la Revolución francesa siguen vigentes, y lo seguirán en cualquier horizonte imaginable, salvo revisiones radicales de lo que conocemos sobre la naturaleza humana que por ahora ni siquiera podemos concebir. Otra cosa es cómo se institucionalizan, cómo se llevan a la práctica. La aspiración última es la de organizar la vida colectiva de acuerdo con ellos». Como es obvio, a nuestra izquierda patria, ahora en las mieles del poder, atenta solo al último movimiento táctico, ayuna de principios, todo esto le sonará a música celestial. ¿Hay otra izquierda posible?

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