Elvira Navarro
La sangre está cayendo en el patio
Barcelona, Random House, 2025
144 págs.
La crítica ha sido unánime en la alabanza a este libro de relatos cortos de Elvira Navarro. Es un paso más en una trayectoria en la que la autora se ha convertido en un testigo de la soledad, el desasosiego y la oscuridad de la ciudad contemporánea. Sigo recomendando en clase La trabajadora como testimonio narrativo de lo urbano y las vidas urbanitas, pero esta colección de cuentos trasciende el relato más o menos descriptivo para ingresar en una suerte de literatura weird sin seres raros al estilo de China Mièville, con quien, sin embargo, mantiene un hilo común en el tratamiento de la ciudad como un fenómeno existencial, una suerte de huis clos, de espacio cerrado donde la existencia es supervivencia, en todo caso algo ajeno y ominoso, lejano de las vidas ensimismadas. Una suerte de paseo por el amor y la muerte, de urbana comedia o descenso a los infiernos de calles sin ubicación. El otro, en los relatos que componen este libro, está siempre sumido en una niebla de incertidumbre y extrañeza. «El recogedor de animales», el que más me ha impresionado, me ha llevado a los universos de Coetzee en Desgracia o tal vez de Kafka.
Todos los relatos son estremecedores sin ser gótico barato. Son auténticos ejemplos del neoexistencialismo que está sustituyendo (para bien) a los pastiches posmodernos y a la literatura del yo-yo. Con Mónica Ojeda, Mariana Enríquez y otras escritoras, la narrativa de Elvira Navarro está alcanzando a los rincones oscuros de la existencia. Nada que ver con el neomisticismo al uso, pero sí cercano a la etimología de mystikos, es decir, lo relativo a los misterios. Y qué misterio hay mayor que la ciudad sin límites en la que ya habitamos (que no excluye, al contrario, las falsas escapadas al campo o el turismo de masas, no más que paseos por la periferia de la ciudad).
Me impresionan de estos relatos, y en general del resto de su literatura, cómo la figura de una mujer sola, frágil y ensimismada, que recorre los bordes de la ciudad, o abandona o pierde su trabajo ―otra suerte de paso y paseo a la periferia― alcanza cotas de universalidad que hablan de la condición humana situada en una geografía sin sentido, sin ubicación. No tengo la menor duda de que Sartre y Simone de Beauvoir habrían entendido muy bien estos relatos.






