Ante el dolor

LA PIEDRA EN EL CORAZÓN

Luis Mateo Díez

Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona

Con cierta regularidad, Luis Mateo Díez nos entrega una obra que no pertenece a su conocido ciclo narrativo de Celama, sino que se halla más próxima a títulos como Apócrifo del clavel y la espina o La mirada del alma. En esta última novela, el autor abordaba el tema de la enfermedad que provoca conmociones físicas y espirituales y que afina de manera extraordinaria la propia sensibilidad del paciente. Ahora, en La piedra en el corazón, Luis Mateo Díez nos muestra la compleja y dramática situación en que han vivido y viven Nima y sus padres a raíz de la anorexia que progresivamente ha ido devorando a la joven, y que les obliga (especialmente a los progenitores) a realizar un denodado intento por buscar aquellas palabras que expliquen lo que está pasándoles y que son incapaces de expresar.

Estructurada en diez partes de características formales muy diversas (dado que hay apuntes de un diario, una carta sin fecha, una confesión, una nota suelta, el relato de un sueño, un soliloquio de la madre), La piedra en el corazón se inicia con un primer bloque narrativo que transcurre durante el atardecer del 11 de marzo de 2004 en Madrid, cuando Liceo (el padre de Nima) llega a su casa y se encuentra con varias llamadas de su hija en el contestador del teléfono, pero ésta no responde cuando él intenta devolvérselas. Dada la fecha de esa jornada, estas primeras páginas de la novela reflejan el ambiente de la tragedia que vivió Madrid y los sentimientos de las gentes, por lo que enseguida vemos a Liceo apresado en una serie de meditaciones sobre la desolación, el estupor, la irrealidad, el silencio atónito que se extiende por toda la ciudad, la indefensión, y el dolor ante la súbita certeza de que «todo puede romperse y estallar y de­sa­parecer en un instante perdido entre los momentos de nuestro extravío, apenas recién despertados». La conciencia de todo ello lo lleva a partir en busca de su hija, a la que encuentra sana y salva en un banco de unos jardines cercanos al apartamento donde reside la joven.

Se suceden después otras ocho partes que, desde la señalada variedad formal, vierten sobre todo el mundo interior de los personajes. Todas ellas se caracterizan por el fragmentarismo y por una escritura de sesgo elíptico que se apoya en una red de analogías e imágenes. En su conjunto, esas partes tan distintas y como deslavazadas conforman una amalgama de voces y tiempos desde los cuales se reconstruye el largo camino que condujo a la enfermedad de Nima, prestando especial atención a los indicios primeros que en el momento de manifestarse pasaron inadvertidos, y a las posibles circunstancias que explica­rían el posterior desenlace, sin olvidar el sentimiento de culpa de los padres y la mella que en el matrimonio causó su fracaso ante la hija. A destacar de esa dramática travesía son las reflexiones sobre la incomunicación, que llevan aparejadas otras que se interrogan sobre las palabras y las posibilidades de la ficción para entrar en el secreto del corazón de Nima.

Con una escritura que opera desde la elipsis, más que contar o narrar, Luis Mateo Díez plantea ese conflicto dramático a ráfagas, seleccionando únicamente aquellos momentos culminantes que cobran pleno sentido cuando al drama personal se le sobrepone la magnitud de la tragedia de aquel 11-M, que es el suceso que sacude al fin la conciencia de Nima y la lleva a aceptar el retorno a la consulta del doctor Cremades y el reinicio del tratamiento clínico que había abandonado.

En esta última parte –«El desierto»–, regresamos al presente del relato, la mañana del 12 de marzo, y asistimos al verdadero «despertar» de la muchacha: «Fue entonces […] cuando escuchó el ruido del televisor que había quedado encendido y, al asomarse al salón, las imágenes de los trenes reventados chocaron en sus ojos […] cuando el dolor es de tantos, como si en lo particular el sufrimiento restituyera su diminuto espacio y los ojos de Nima no despegaran la lágrima de su propia condolencia, el amargo sabor de la enfermedad y el desamparo, porque entre los cadáveres recogidos estaba su propia muerte, del mismo modo que estaba su propia enfermedad y su propia vida».

Ficha técnica

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