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The X-word

En otros idiomas (por ejemplo, en inglés), cuando no se desea pronunciar plenamente una palabra malsonante, palabra que, pongamos, empieza por «X», se dice «la palabra que empieza por X» o the X-word.

La malsonancia puede ser de diversos tipos. Hay palabras feas, que suenan mal sin que se pueda evitar. Hay palabras ofensivas, directas o genéricas, hay palabras obscenas, también hay palabras huecas, que no suenan a nada. Hay palabras que suenan y resuenan. O que nos las resuenan quienes quieren que las oigamos cuando no queremos oírlas. Hay palabras, por fin, que, cuando dichas, desencadenan cataclismos y hay palabras que sanan, incluso si se pronuncian una sola vez.

En el principio fue el verbo, la palabra. Y cuando el verbo se hizo carne empezó todo el lío.

Hoy, incomparable gemelo, no nombraremos la palabra que casi nadie quiere oír, para que no nos llamen agoreros o aguafiestas. Un agorero es alguien que te fastidia el futuro, mientras que un aguafiestas es alguien que te fastidia el presente, especialmente si el presente te da la sensación de que te lo estás pasando a lo grande, de fiesta. Aunque la verdad es que entre el presente y el futuro, en puridad, solo cabe un papel de fumar… puesto de canto.

El papel de fumar es un logro civilizatorio cuyo uso va mucho más allá del que se imaginan muchos. Sirve, además de para lo que su nombre indica, para detener casi al instante la hemorragia de un pequeño corte en la piel, producido al afeitarse o cuando el filo de una hoja nos corta la yema de un dedo, cosa que sucedía en nuestros tiempos infantiles con frecuencia y que ahora apenas se ve. El papel de fumar solo rivaliza con el papel-biblia, que, en el fondo, viene siendo una especie de papel de fumar desde que Marx dijera aquello de que «la religión es el opio del pueblo». Marx, sin embargo, se refería a que, dada la miserable condición de campesinos y proletarios a mediados del siglo XIX, el único consuelo que les quedaba era la religión, lo que tiene poco que ver con la interpretación posterior de que la religión adormecía al pueblo, cuando en realidad era su consuelo. Por lo visto, hasta que llegó el comunismo.

Pues bien, nuestra X-word de hoy es «la-palabra-que-empieza-por-R» y que, obviamente, en un ejercicio de coherencia y honestidad con nuestros amables lectores, no vamos a pronunciar hasta bien entrada a fin de evitar disgustos innecesarios, que ya vienen solos sin necesidad de provocarlos.

La situación que describe la-palabra-que-empieza-por-R es aquella en la que el PIB real (en volumen) registrado en un trimestre cualquiera en la economía cae, respecto al registro del trimestre precedente, durante, al menos, dos trimestres consecutivos. ¡Exacto, avisado lector! Eso que acabas de pensar es lo que describe la-palabra-que-empieza-por-R.

En España, la última vez que sucedió una situación descrita por la-palabra-que-empieza-por-R fue, como puede apreciarse en el gráfico adjunto, en los dos primeros trimestres de 2020, en los que estalló la Covid-10 (se declaró la alarma el 14 de marzo, al final del primer trimestre) y tuvo lugar un fortísimo parón de la actividad económica como consecuencia del primer (y casi absoluto) confinamiento. En estos dos trimestres, el PIB descendió un 5,39% anual en el primero y un 17,65% en el segundo, pasando su índice de volumen de 111,41 a finales de 2019 a 86,80 a mediados de 2020. Un descenso acumulado del 22,09%.

En el verano de 2020, el índice del PIB aumentó un 16,08% sobre el del trimestre anterior y, tras una leve caída en el invierno de 2021, se mantuvo en crecimiento continuado hasta el primer trimestre del presente año, cuando el índice del PIB trimestral español alcanzaba un valor de 107,44, es decir, un 3,56% inferior al índice del PIB registrado a finales de 2019.

Las previsiones de PIB trimestral (FUNCAS) para lo que queda de 2022 (incluyendo el II trimestre, sobre el que no disponemos todavía de un registro oficial) nos dicen que en el trimestre de primavera, recién finalizado, se registrará un crecimiento trimestral de alrededor del 0,7%, del 0,5% en el trimestre de verano, a pesar del turismo, y que el crecimiento del PIB trimestral en el otoño de 2022 será del 0,0%. El PIB trimestral español se estancaría, probablemente, a final del presente año determinando una tasa de crecimiento de la economía española en el conjunto de 2022 del 4,2%.

Con R de recesión

En principio, pues, no cabe hablar de recesión en lo que queda de año. Pero si el PIB trimestral se estanca a finales de 2022 una vez ponderadas todas las incertidumbres, incluida la prolongación de la invasión de Ucrania y la correspondiente escasez y carestía de las materias primas energéticas y alimentarias, estaremos en un terreno problemático. Un terreno en el que podrían crecer las tensiones de un invierno sin gas en Europa y una inevitable recesión en Europa central. Lo que acarrearía graves consecuencias para toda la Unión Europea, el Reino Unido y los EE. UU.

La inflación que se espera en lo que queda de año (FUNCAS), no bajará del 10% hasta septiembre y seguirá por encima del 8% hasta diciembre. La media anual de 2022 será del 8,9%. Para 2023, se espera que la media de las tasas anuales de enero a diciembre sea del 4,8%.

No habiendo caído en la recesión en 2022, lo cual tiene no obstante una probabilidad baja y no cabe descartarlo del todo, y en un marco de clara desaceleración de la inflación, como se acaba de comentar, tampoco 2023 debería ser un año con trimestres recesivos para la economía española. Aunque esta, según avanzan diversos servicios de estudios (FUNCAS, ya citado), crezca moderadamente (alrededor del 2,0%) y el PIB no pueda alcanzar en este año el nivel de 2019.

Esta perspectiva, conviene insistir, podría cambiar después del verano si llegado octubre Alemania (y la UE) no ha encontrado la manera de completar sus reservas de gas para el otoño y el invierno que vienen.
La economía de los EE. UU., según la mayoría de los analistas, tiene una elevada probabilidad de entrar en recesión a finales del presente año. No solamente está sufriendo una elevada inflación importada, como el resto de los países avanzados, sino que su Banco Central, la Reserva Federal, ya ha iniciado antes que otros bancos centrales el aumento de su tipo de interés de referencia y anunciado futuras subidas. Este movimiento está indicado para frenar el sobrecalentamiento de la actividad y los males que esto trae consigo (inflación y mala asignación de recursos), ya que encarece el crédito para el consumo o la inversión. Pero la elevada inflación no suele dejar indiferentes a los responsables de la Fed.

En Europa, el Banco Central Europeo ya ha anunciado muy claramente que subirá (moderadamente) los tipos antes de que acabe el año. Un anuncio de efectos más moderados que la subida de tipos en sí, como lo ha hecho la Reserva Federal. El BCE sabe que este prudente movimiento avisa, pero no hace tanto daño como la subida inmediata de tipos. Y también sabe que arriesga más que la Fed en lo que se refiere a atajar la inflación, pero son opciones de política monetaria que, por otra parte, siempre han diferenciado a estos dos grandes bancos centrales.

Una recesión ordinaria (un ciclo bajista de entre un año y año y medio) es un serio contratiempo. Y, si acaba dándose, sería la segunda de la presente década en tan solo tres años. En ausencia de dos elementos que mencionaremos a continuación, caería el empleo, aumentarían el paro, el déficit y la deuda, aunque mejoraría la balanza de pagos (algo es algo).

Dos elementos pues que abonan la tesis de que la economía global se encamina hacia una recesión con mayor o menor probabilidad en cada país. En primer lugar, una fuerte inflación importada que podría enquistarse, o acelerarse, si no se atajaba, provocando una grave crisis en la economía. Y, por otra parte, un elevado riesgo de recesión a corto plazo si los bancos centrales intervienen para atajar la espiral inflacionista subiendo sus tipos de referencia.

Lecciones aprendidas

Los paradigmas económicos se han visto alterados en gran medida por la crisis financiera, la pandemia y la guerra. En menos de tres lustros, la economía mundial ha pasado de las promesas de la globalización a tener que convivir con las consecuencias de prácticas financieras viciosas a gran escala (las subprime), el parón de las cadenas globales de suministro (la pandemia) y la disrupción de los mercados de materias primas energéticas y alimenticias (la invasión de Ucrania y la guerra).

Al estancamiento del PIB en el periodo le ha seguido el desempleo, el aumento de la desigualdad y el aumento de la deuda pública. Tres problemas de gran dimensión que solo se resolverán cuando se normalicen las condiciones productivas (demanda y oferta agregada) y los equilibrios básicos de precios (inflación moderada) y tipos de interés (costes y rentabilidades razonables).

Ahora, se inicia un ciclo de aumentos de tipos por parte de los Bancos Centrales, lo cual, en el fondo, no deja de ser una normalización después de largos años de tipos ultra reducidos que han marcado también, como una gran anomalía, el periodo transcurrido desde 2008. Puede que la recesión que tanto se teme sea una buena purga de algunos de los problemas que han caracterizado a esta larga etapa de estancamiento que dé paso a esa necesaria normalización.

Obviamente. La economía global y de cada país no gira en el vacío. Las condiciones geopolíticas globales deberán también normalizarse en la medida de lo posible, al menos en 2023, con algún tipo de arreglo en el gravísimo conflicto de Ucrania.

De ser este el curso de los acontecimientos, o en cualquier otro escenario, sería bueno poder hablar de la eventual recesión de 2023 con normalidad, y no como material de lucha partidista cargando las tintas a las atribuciones sobre quién es el responsable de la dicha recesión, por encima y más allá de los datos objetivos y las opiniones de los analistas acreditados. Tan grave como atribuir la recesión a los gobiernos de turno sin fundamento es el negar su eventual ocurrencia por parte del gobierno de turno. Atengámonos todos a los análisis solventes.

Y, sobre todo, confiemos en que hay políticas que se pueden adoptar con los debidos consensos. La peor consecuencia de las recesiones es el desempleo y la quiebra de empresas. La segunda es un riesgo inherente al emprendimiento, lo que no quiere decir que no deba protegerse a las empresas porque ello equivale a proteger al empleo. Pero si una recesión es la purga habitual de los excesos de los tiempos de expansión, dejemos también que las actividades inviables y los empleos innecesarios den paso a una mejor asignación de recursos.

La protección a los trabajadores y los empresarios que pierden, respectivamente, sus empleos o sus negocios, es otra cosa. Y, precisamente, lo que muestran las lecciones aprendidas de la crisis financiera y la pandemia es que dicha protección es posible mediante los ERTE (extensión del Kurzarbeit alemán de 2009) y los programas de ayudas directas a los trabajadores autónomos y pequeños empresarios. Todo a un coste que debe ser limitado también, como muestran las lecciones aprendidas de la crisis de la deuda soberana de 2011 y la intervención de los Bancos Centrales hasta la actualidad.

Ahora toca acomodar una grave situación inflacionaria, muy probablemente al coste de una recesión. La vuelta a la normalidad no será fácil pues no sabríamos muy bien a qué normalidad referirnos en las actuales circunstancias bélicas y geopolíticas generales. No conviene exagerar un horizonte recesivo, pero tampoco es cuestión de negar esa eventualidad cuando todos los países de nuestro entorno la admiten.
Algo hemos aprendido en estos tres tormentosos lustros transcurridos. Apliquemos las lecciones aprendidas y atrevámonos a pronunciar la-palabra-que-empieza-por-R. Si no lo hacemos, volveremos a equivocarnos si es que eso llega a suceder.

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