Dice el autor en uno de los relatos de este libro que quizás la esperanza sea, de todas, la forma más hermosa de ficción. Lo es, desde luego, si se tiene en cuenta que se trata también de una forma de felicidad ―para algunos, la única―, tan real como la propia realidad; y porque la ficción se hace no solo con tinta, sino con emociones como las que alimentan este libro, tan sutiles y sugerentes que uno empieza a creer en todo aquello que parecía que pertenecía a los otros: el amor, la esperanza o el encanto de la tristeza. De esta última decía Montaigne que no la amaba ni la despreciaba, aunque el mundo se hubiese dedicado, como por acuerdo previo, a honrarla con un favor particular. El filósofo francés era, como buen filósofo, un hombre fiel a la razón, al sentido, al dominio de uno mismo; León de Aranoa lo es, en cambio, a la pasión, al caos, a la Leonera. ¿Se puede ser fiel a todo esto sin esperanza?
Leonera, editado por Seix Barral, está compuesto por cien relatos breves. Todos ellos están escritos con un estilo muy particular, transitando entre el cuento, la poesía y el aforismo. Y en todos ellos se mezclan la ironía, el humor y la melancolía; por el paso del tiempo, por los amores que fueron ―¿y que siguen siendo, pese a haber dejado de existir?―, por los recuerdos apolillados, por las barras de los bares de mala muerte. En ese sentido, el autor nos puede recordar mucho a Joaquín Sabina, a quien Aranoa estuvo rodando durante trece años con motivo de Sintiéndolo mucho, su último documental. Antes, ya se había estrenado en este género haciendo Caminantes, Invisibles y Política, manual de instrucciones. Y es que, para el alien que no lo sepa, Fernando León de Aranoa hace películas. Documentales y ficción. De hecho, especialmente en este último campo, es uno de los mejores cineastas de nuestro país. Con Los lunes al sol hizo una película de «pobres», que conmovió a todos, a los unos y a los otros, y robó de un amigo las palabras que solo dedica a los grandes genios: «menudo hijo de puta». Poco después estrenó Princesas, otro drama social, pero esta vez protagonizado por dos prostitutas, que da la sensación de que son solo futuro y esperanza ―y, muy excepcionalmente, presente―, exprimiéndolas hasta hacerle un agujero en el pecho al espectador. Y cambiando el rumbo, o mejor dicho, las formas, hace no demasiado hizo estallar en carcajadas a toda una sala de cine con El buen patrón. Estos son algunos ejemplos dentro de su extraordinaria filmografía. Curiosamente, los relatos de León de Aranoa no se parecen en nada a sus películas y, paradójicamente, transmiten una sensación muy parecida. La misma que irradia físicamente, quiera o no, su autor.
Fernando León de Aranoa debe de ser un tipo muy melancólico. Un guionista clásico, de esos que pasan la noche en vela, que se despiertan a la hora de la misa y tienen un montón de amigos a los que quiere y no quiere ver. O quizás no sea nada de esto y sea un estupendo mentiroso, como suele ocurrir con los grandes artistas. Físicamente, es un hombre alto, serio, de cuerpo desgarbado e intimidante, coronado por una blanca melena de león. Parece ser un buen observador, siempre inmutable, como si desde su notable altura todo se viese con más distancia y claridad.
Ajeno a los encajes, el tinte o el doble cinturón, varias veces le he visto pasear por Lavapiés con una camiseta simple y unos vaqueros, caminando como si estuviese imantado a la tierra, haciendo enormes esfuerzos por no ceder a la atracción del suelo, por no permitirle a su cuerpo venirse abajo. Esa sensación, de lucha cansada, de pesar resignado, es la que me transmiten los relatos de Leonera. Textos de ficción que parecen escritos bajo el abrigo de la irrealidad nocturna, del día que no sabe si es uno u otro, frontera donde las palabras ganan en belleza y arrobamiento, mientras que las emociones, sin perder su intensidad, gravitan a nuestro alrededor un poco más ligeras.
Dijo Borges que muchos autores buscaban la profundidad sin conseguirla, mientras que Oscar Wilde, intentando ser ligero, la hallaba. Algo parecido le ocurre a León de Aranoa. Sus historias, así como los recursos que utiliza para contarlas, son muy sencillos, pero a través de esa naturalidad consigue producir un efecto intenso y duradero. «Hoy se me ha muerto una mano. No en el sentido literal: mi mano se mueve aún, obedece los impulsos conscientes o inconscientes de mi cerebro, y al mordérmela hoy mi sobrino Aitor, me ha dolido. Pero no puedo evitar sentir que ha muerto, ya no me pertenece más: ha dado una caricia que no sentía». El texto continúa, lúcido, mordaz, triste. Me resisto a copiarlo entero y dejo así el cebo preparado, invitando al lector a buscar el final en un ejemplar de Leonera.
Otro elemento característico de este libro es que la mayoría de los relatos aparentan estar escritos «en estado de gracia», es decir, del tirón. En ese sentido, muchos de ellos no responden a ningún orden clásico, sino más bien a una estructura basada en el instinto, en la búsqueda a través de la propia escritura, como si una fuerza superior hubiese llevado a su autor, a ciegas, por un camino concreto, siendo este un mero autómata condenado a prestarle su brazo. Esto hace que los relatos no transmitan la sensación de estar extremadamente trabajados ―retocados, cambiados, etc.―, sino de nacer de un impulso, de una maravillosa chispa que los convierte en algo dinámico, ligero y sorprendente.
Esta es otra diferencia con respecto al cine de León de Aranoa, ya que este último sí que es mucho menos caótico. En el arte, el orden es, generalmente, tan importante como el desorden. Las películas de los domingos por la tarde tienen una estructura perfecta, desde el punto de vista de la teoría del guion cinematográfico, signifique eso lo que signifique, pero eso no quita que suelan ser un peñazo predecible y soso. No obstante, el cine de León de Aranoa, tan atractivo, también suele respetar los grandes fundamentos de la biblia del guion. Pero como él es muy bueno, tú como espectador no sabes lo que va a pasar, y lo que ocurre, mientras ocurre, es fascinante. Así que te dejas llevar, como un barco a la deriva, y disfrutas de lo que tenga que venir.
En contraposición están los relatos de sus libros ―en 2013 publicó Aquí yacen dragones, muy similar a este e igual de recomendable―, que son menos ordenados, aparentemente menos trabajados y teóricamente menos perfectos que sus guiones. Pero como ocurre con el físico de los seres humanos, si bien un exceso de imperfecciones conduce a la fealdad, la belleza solo nace aplicando la dosis correcta. En ese sentido, un rostro demasiado perfecto no suele ser atractivo. A estas imperfecciones, en literatura, las llamamos licencias poéticas, y nunca mejor dicho para este libro, tan amigo del ritmo, de la sonoridad de la palabra, del desafío controlado a la gramática. Así que, si se me permite afirmar que Fernando León de Aranoa es un cineasta ordenado, todo lo contrario le ocurre como literato, un campo en el que vuelve a triunfar gracias al caos, a la imaginación, a la emoción y a su muy particular Leonera.
Alberto Herrera Fontalba (Ronda, 1996) es graduado en Historia del Arte por la Universidad de Granada y diplomado en guion por la ECAM. Este año ha sido uno de los tres finalistas del XXII Premio SGAE de Guion Julio Alejandro.






