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Abundan estos días las noticias acerca del proceso de revisión histórica emprendido por algunas democracias occidentales cuyos gobiernos, presionados por una parte de la opinión pública e influidos por los debates intelectuales de las últimas décadas, lamentan públicamente haber participado del proyecto colonial decimonónico. El presidente francés, Emanuel Macron, había hablado ya de la colonización de Argelia como de un atentado contra los derechos humanos; ahora, el gobierno alemán ha alcanzado un acuerdo con Namibia para compensar a ese país por los daños infligidos a las etnias herero y nama. Y son varios los museos europeos que han comenzado a devolver las obras de arte que fueron incautadas durante el periodo de dominación colonial en Asia o África. Mientras tanto, el Ministerio de Cultura de Colombia ha retirado de Bogotá los monumentos a Cristóbal Colón e Isabel la Católica, incapaces de asegurar su integridad tras los ataques dirigidos contra ellas por indígenas de la etnia misak en el marco de las protestas contra el gobierno por su anunciada reforma fiscal. Nuestra época, marcada por la globalización, realiza así un movimiento reflexivo cuyo objeto es la intensa y salvaje globalización del siglo XIX; un movimiento que es, él mismo y a pesar de sus excesos presentistas, demostración del progreso moral experimentado desde entonces. Por escéptico que uno sea, habrá de admitir que exterminar al habitante del país lejano no es lo mismo que devolverle piezas de museo: algo vamos avanzando.

Para comprender aquel periodo de la historia mundial, podemos leer a historiadores como Jürgen Osterhammel, cuyo monumental trabajo sobre el siglo XIX no puede dejar de hacer referencia a la «retórica de la civilización» con que las potencias europeas acompañaron su expansión colonial. A su juicio, dejando a un lado el propósito imperial español de crear una cultura homogénea en todos sus dominios, la convicción de que la civilización europea constituía la referencia para el mundo entero representa una genuina novedad del siglo XIX. Y si bien la misión civilizadora global que deriva de ahí es un arma ideológica para la conquista imperial del mundo, descansa sobre la creencia de que el mundo será mejor si se organiza a la manera europea. Este proyecto cuenta con el apoyo de minoritarias fuerzas sociales en los países colonizados, afrancesados que compartían esa idea y veían en las herramientas jurídicas, constitucionales y económicas europeas el camino para sumarse al por entonces reluciente tren del progreso. Irónicamente, apostilla Osterhammel, es un proyecto inclusivo en la medida en que los europeos no quieren quedarse ellos solos con su civilización y se disponen a compartirla con el resto del mundo, en feroz lucha contra esos enemigos atávicos que son la naturaleza y la superstición.

Hay que suponer que ninguna de estas razones impresionó demasiado a Joseph Conrad, escritor inglés de origen polaco que The Economist ha descrito apropiadamente como «el primer novelista de la globalización». Desde luego, sus temas son todavía los nuestros. Y ahora que América Latina vuelve a experimentar turbulencias políticas de distinta intensidad, resulta más que recomendable fijar la atención en Nostromo, única de las novelas de Conrad ambientada en ese continente —que conoció apenas durante su larga vida como marino mercante— y de hecho situada en una república imaginaria llamada Costaguana. No es una obra que se mencione a menudo; solemos aludir al Conrad de El corazón de las tinieblas o, como mucho, a El agente secreto y Lord Jim. Pero Nostromo es, pese a algunos defectos menores, una de sus obras mayores. Publicada en 1904, precede en tres años a El agente secreto (que relata la historia de un anarquista que quiere volar el Observatorio de Greenwich) y en siete a la espléndida Bajo la mirada de Occidente (que se adentra en el mundo de los revolucionarios rusos del exilio). Es una novela desencantada, crítica con la modernidad occidental y nostálgica de un tiempo menos marcado —a juicio del autor— por los desnudos intereses materiales cuya fuerza se habría puesto de manifiesto durante la expansión europea a lo largo de Asia, África y América Latina. Aunque estas tres regiones, dicho sea de paso, no se encontraban en idéntica situación: los países americanos habían sido parte del imperio español durante siglos y quien llegaba a Colombia se encontraba con instituciones jurídicas asentadas e incluso alguna universidad.

Joseph Conrad

Los acontecimientos que narra Nostromo se sitúan en Sulaco, hermosa ciudad portuaria de Costaguana que, pese a una accidentada historia de revoluciones y pronunciamientos, vive un raro periodo de estabilidad bajo el dominio del dictador Ribiera. Descendiente de colonos ingleses, Charles Gould es un costaguanero que disfruta de la concesión de la mina de plata de la localidad, que jugará un papel decisivo en los acontecimientos que culminarán con la secesión de Sulaco. Gould apoya, política y económicamente, a Ribiera; se dice a sí mismo que lo hace para facilitar el progreso de Costaguana. Pero la riqueza de la mina, financiada por un empresario norteamericano, genera inestabilidad; un nuevo revolucionario, el General Montero, se levanta contra el gobierno e invade Sulaco. Para evitar que la plata caiga en sus manos, Gould encarga a Nostromo, italiano expatriado y jefe de capataces de legendaria eficacia, que esconda el precioso metal en una isla cercana para así poder venderlo en los mercados internacionales. Nostromo, respetado pero jamás aceptado por la burguesía local, cumple su misión en compañía del joven periodista Martin Decoud, quien se ve forzado por las  circunstancias a permanecer en la isla con la plata mientras Nostromo regresa a puerto. Decoud acaba suicidándose tras pensar que ha sido traicionado y Nostromo, pese a resultar decisivo en la victoria local contra los rebeldes, termina asimismo por sentirse también abandonado. Morirá en circunstancias patéticas en la Gran Isabel, la isla donde estaba escondida la plata, acribillado por el farero que lo confunde con un ladrón.

Este breve resumen no hace honor a la complejidad de la novela, cuyos acontecimientos son narrados de manera fracturada con abundantes saltos cronológicos y cambios en el punto de vista de los personajes. Nostromo es, en buena medida, un puzle. Para colmo, una de las voces que vertebran la narración es la del Capitán Mitchell, viejo médico de la localidad que acaba ejerciendo como guía local y relata la historia épica de la secesión de la manera más favorable para la autoimagen de los habitantes de la nueva república. La fragmentación del relato puede entenderse como parte de la crítica que Conrad hace de la trayectoria lineal de la narrativa del progreso; tal como se nos presentan los acontecimientos, es difícil saber qué es causa y qué es efecto en la turbulenta historia de Sulaco. De hecho, el contraste entre los bellos motivos invocados por el guía local y la realidad de lo sucedido sirven como denuncia de la distancia que media entre la retórica civilizatoria del imperialismo y su rapacidad material. Charles Gould, empeñado en salvaguardar su mina y detentador de un alto concepto de sí mismo, se expresa así:

«Lo que se precisa aquí es ley, buena fe, orden, seguridad. Cualquier puede recitar esto, pero yo pongo mi fe en los intereses materiales. Una vez que los intereses materiales han arraigado, puede contarse con ellos para imponer las condiciones que les permiten continuar su existencia»

Aunque la alusión a los intereses materiales tiene un propósito crítico, a Gould no acaba de faltarle razón: allí donde la moralidad no basta para vincular a los seres humanos de manera pacífica, el entretejimiento de sus necesidades puede funcionar como reemplazo. Por algo decía Montesquieu que la prosperidad limitaba la acción de los déspotas, temerosos de arruinar el delicado edificio que la sostiene. Pero, tal como señala Verónique Pauly en la edición inglesa del libro en Penguin Classics, Conrad redoblaría su crítica contra unas democracias dedicadas al cultivo de los intereses materiales en un ensayo publicado después de Nostromo. Desde ese punto de vista, Costaguana sería un Estado americano en general, pero también cualquier país objeto de colonización. Es llamativo, sin embargo, que Conrad no se limite a denunciar el papel de las potencias europeas: Holroyd, el millonario que compra la plata de la mina y apoya políticamente la empresa ejerciendo su influencia sobre el gobierno de Costaguana, es norteamericano. Su personaje representa al país que ya a mitad del siglo XIX se creía imbuido de un «destino manifiesto», nombre de la doctrina excepcionalista que inspiró la política exterior norteamericana una vez terminada la expansión hacia el Oeste. Refiriéndose a la disputa con Gran Bretaña por Oregón, que había sido un condominio británico-estadounidense hasta ese momento, el periodista John L. O'Sullivan escribe en 1845 que la demanda de los norteamericanos estaba basada en «el derecho de nuestro destino manifiesto a poseer todo el continente que nos ha dado la Providencia para desarrollar nuestro gran cometido de libertad y autogobierno». ¡Napoleón vive! Y Conrad se lo hace decir a Holroyd en tono profético:

«Dirigiremos el negocio del mundo, le guste o no al mundo. El mundo no puede evitarlo; y nosotros, supongo, tampoco».

No obstante, Conrad también es crítico con la tradición revolucionaria latinoamericana, que nos ha acompañado hasta hace bien poco bajo diferentes formas. Según el propio autor, Nostromo se basa en tres volúmenes de memorias y en el breve paso del propio Conrad por el subcontinente. Pauly anota que al escritor polaco parece habérsele quedado grabada la frase desencantada de Simón Bolívar: «La América es ingobernable. Los que han servido a la Revolución han arado en el mar». En la novela, los motivos de los revolucionarios carecen de cualquier nobleza: también ellos persiguen sus intereses. La sociedad costagüeña se encuentra así atrapada entre la sangrienta incompetencia local y la desnuda rapacidad extranjera: Conrad es un pesimista que no se permite el lujo del cinismo y entiende la modernidad como infortunio. Algunos personajes de Nostromo expresan ese punto de vista: el idealista Decoud tiene dificultades para aceptar la cruda realidad, mientras que el posadero italiano que había sido garibaldino se refugia en el recuerdo de aquella purísima empresa. La esposa de Charles Gould, por su parte, soporta estoicamente la fijación que su marido tiene con la mina y lamenta no disfrutar más de su compañía, sin dejar de manifestar dudas acerca del coste del progreso:

«El futuro significa cambio; un cambio completo. Pero incluso aquí hay cosas sencillas y pintorescas que a uno le gustaría ver preservadas».

Por contraste, el Capitán Mitchell se dedica a encubrir la relación entre historia y realidad cuando relata la historia de la revolución a los visitantes, creando así una mitología secesionista en la que nadie sale malparado. Dado que Conrad nos ha desvelado los motivos de sus protagonistas, haciendo gala de sus dotes para proporcionar hondura psicológica a sus personajes, nadie puede llamarse a engaño respecto de esa voluntad mitificadora. En su ensayo sobre Henry James, con quien tantas cosas le unían a pesar de sus obvias diferencias, Conrad postula la superioridad de la novela como medio de conocimiento sobre la historia:

«La ficción es historia, historia humana, o no es nada. Pero también es más que eso; se asienta sobre un suelo más firme, al basarse en la realidad de las formas y la observación de los fenómenos sociales, mientras que la historia se basa en documentos y en la lectura de textos impresos o manuscritos —impresiones de segunda mano. La ficción está más cerca de la verdad».

¡Qué va a decir él! Pero si toda la ficción acerca de la historia y sus catástrofes fuera como Nostromo, habría que darle la razón. Conviene señalar, a ese respecto, que se trata de una novela modernista: el propio Conrad se ve a sí mismo como un miembro vocacional de la modernidad literaria cuando responde a las quejas de su autor, William Blackwood, quien lamenta que no ha vendido tanto como podía esperarse. Sus novelas tienen por objeto, escribe Conrad, «la acción observada, sentida e interpretada (…), acción de seres humanos que sangrarían si se les pinchase y que se mueven en un mundo visible». De alguna manera, Conrad podía saber que sus novelas no serían demasiado populares; o que al menos no lo serían aquellas, como Nostromo, en las que el despliegue de las estrategias modernistas resulta más decidido.

Sea como fuere, el tratamiento que Conrad hace de Costaguana es ilustrativo de la primera mirada moderna de la modernidad, que contrasta con el tipo de aproximación que hoy podría llevar a cabo quien estuviera interesado en indagar de manera original en aquel periodo de la historia. Así lo demuestra la novela publicada por el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez en el año 2007, a la que llegué por amable recomendación del editor Miguel Aguilar tras preguntar yo en Twitter acerca del impacto que la ficción latinoamericana de Conrad hubiera podido tener entre los prosistas o ensayistas latinoamericanos. Lo cierto es que me extrañaba no haber leído jamás ninguna alusión a ella entre los escritores del boom; aunque tampoco he leído todas las páginas publicadas por los escritores del boom. Vásquez va más allá de la alusión o el homenaje; la suya es una novela montada a partir de Nostromo. Por algo se llama Historia secreta de Costaguana, país imaginario que no por casualidad Conrad modeló a partir de Colombia.

Vásquez, autor también de una breve biografía de Joseph Conrad, arma su ficción a partir de la voz narradora de José Altamirano, un colombiano que hace memoria de su vida. Su relato es una suerte de confesión, que se dirige a un jurado imaginario y a su hija Eloísa tanto como a Joseph Conrad, a quien Altamirano acusa de haberle robado su vida. Todo empieza con su padre Miguel, médico liberal nacido en 1820 que lucha contra el gobierno conservador de su país y termina por unirse al ejército rebelde que acaba con la dictadura del general Melo. Luego se marcha a Panamá, todavía parte de Colombia, donde tiene un encuentro amoroso con Antonia de Narváez, la esposa de un norteamericano que queda embarazada del narrador y guarda secreto de su existencia. El narrador descubre la verdad con veintiún años y viaja en busca de su padre hasta Colón, pueblo ligado a la construcción del Canal de Panamá. Allí da con su progenitor, ahora periodista, con quien se queda a vivir. Pero Altamirano senior morirá decepcionado tras el fracaso de la empresa constructora, mientras Altamirano junior se enamorará de la viuda de un ingeniero francés con la que tendrá una hija. Por desgracia, la esposa será víctima colateral de la Guerra de los Mil Días que enfrenta a liberales y conservadores en la Colombia finisecular. Deprimido, el superviviente Altamirano facilitará la separación de Colombia y Panamá al no denunciar el complot —que conoce— de las autoridades panameñas y norteamericanas; al declararse la independencia, viajará hasta Londres, donde trabará contacto con el Conrad que se documenta para escribir Nostromo. A modo de metáfora del colonialismo, Altamirano se indigna cuando lee la primera parte de Nostromo —publicada en una revista— y no figura en ella: visita a Conrad para acusarle de robar su vida y ahí concluye su peripecia o la parte de su peripecia de la que Vásquez nos hace partícipes.

Historia secreta de Costaguana mezcla ficción e historia, dando la vuelta a aquella frase de Borges en la que dice que solo en las páginas de la Historia prescinden los hechos memorables de frases memorables: la escritura es ágil y brillante, llena de fórmulas afortunadas. No obstante, una sensación de irrealidad se adueña del lector a medida que avanza en el absorbente relato; justo lo contrario de lo que sucede en Nostromo, cuyos lugares y acontecimientos son enteramente imaginarios. La razón acaso haya que buscarla en el descreimiento exhibido por Vásquez, que trabaja en su objeto —la historia y la recreación literaria de la historia— con materiales más posmodernos que modernistas; sin que su novela, por lo demás, pueda adscribirse sin más a la corriente posmoderna. Me explico: Conrad es un crítico de la modernidad, pero se inscribe en ella; Vásquez escribe después de la modernidad, o sea, acabada su primera fase y ejecutada ya la demolición posmoderna de los Grandes Relatos. También esta última, seguramente, está ya periclitada sin por ello haber sido «superada»: el proceloso curso del siglo XXI exige una nueva mirada sobre la realidad, incluida la realidad reconstruida de la historia; pero ese es otro asunto. La cuestión es que Vásquez ya no puede escribir como Conrad, aunque otros lo hagan o lo intenten. Su intención es dotar de ironía a la voz narradora y, por tanto, al relato de la historia trágica de su país en el siglo XIX. Esa combinación no es siempre exitosa.

No hay duda de que el narrador exhibe aquí plena conciencia histórica. Por eso puede decir que viene «huyendo de la Gran Historia», afirmar que «el Ángel de la Historia salvó a mi padre» o referirse al «Gran Suceso» antes de anunciar que se dispone a tomar la lupa para examinarlo de cerca. Estos mecanismos distanciadores, cuasi-brechtianos, no están en Conrad; porque Conrad estaba en otra parte y escribía pegado a los hechos, aunque los inventase. De alguna forma, el escritor polaco es cronista a fuer de novelista: su público no sabía del todo lo que Vásquez puede dar por descontado que el suyo sabe. De ahí que pueda titular un capítulo «La lección de los Grandes Acontecimientos» o hacer que el narrador se dirija a los «lectores del jurado». O jugar con las expectativas de los lectores desde el comienzo:

«Lectores: tengan paciencia. No quieran saberlo todo desde el principio, no investiguen, no pregunten, que este narrador, como un buen padre de familia, irá proveyendo lo necesario a medida que avance el relato…».

Más tarde abunda en este recurso, cuya finalidad es retratar al protagonista como alguien que conoce lo recursos narrativos y se sitúa por encima de ellos, haciéndoselo saber al lector:

«Ustedes, lectores de novelas románticas; ustedes, sensibleras víctimas de nuestra cultura folletinesca, esperan ahora un reencuentro de ley, con iniciales gestos de escepticismo, lacrimosas concesiones a las evidencias físicas, sudorosos abrazos en medio de la calle, sonoras promesas de recuperar el tiempo perdido».

Pese a las virtudes de la prosa de Vásquez y al interés que posee la imaginativa historia que se nos cuenta, este uso de la ironía resulta insatisfactorio. La razón acaso esté en el hecho de que la distancia que establece el narrador con el objeto de su narración termina por desactivar su carga de verosimilitud, privando así al lector de cualquier posible implicación emocional con sus personajes y acontecimientos. En otras palabras, la ironía se impone a la tragedia: la búsqueda de la ligereza termina con cualquier conato de seriedad. Es como si la suspensión de la incredulidad fuese demasiado lejos y terminara por darse la vuelta. Y así, empeñado en demostrarnos que no se deja engañar, el novelista crea un narrador tan sabihondo e irónico que terminamos por no dejarnos engañar nosotros.

Queda pendiente la pregunta acerca de cómo puede novelarse la historia una vez que tenemos conciencia de sus desastres y nos hemos inmunizado contra su retórica; aunque la revuelta secesionista en Cataluña nos alerta acerca del insuficiente grado de protección alcanzado en algunos rebaños humanos. Los volúmenes de Antonio Scurati sobre Mussolini, apegados a una sólida base documental, acaso señalen un camino de retorno a cierta literalidad; no es el único modelo posible, ni mucho menos, pero su éxito es sintomático de la nueva legitimidad atribuida a lo real frente a lo inventado. Tal vez porque la historia, creamos o no en la retórica que suele producirla, vuelve a atemorizarnos.

Nostromo 
Joseph Conrad
Penguin, Londres, 2007
544 pgs.

Historia secreta de Costaguana 
Juan Gabriel Vásquez
Alfaguara, Barcelona, 2007
296 pgs.

La transformación del mundo. Una historia global del siglo XIX
Jürgen Osterhammel
Crítica, Barcelona, 2015
1608 pgs.

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