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La decadencia de Occidente: ¿ahora sí es verdad?


Entre águilas y dragones. El declive de Occidente
Emilio Lamo de Espinosa
Premio Espasa 2021. Espasa, Barcelona, 2021.
390 p.

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Desde que Oswald Spengler publicara su celebérrima obra, inmediatamente después de la I Guerra Mundial –entonces, simplemente, Gran Guerra-, han sido incontables los ensayos, artículos, discursos, tribunas y hasta narraciones y obras artísticas que no han podido sustraerse al incuestionable hechizo de la rotunda acuñación del autor alemán, conjugando en sus diversas modalidades o con leves variaciones la misma estimación acerca de la deriva (decadencia, ocaso) del Viejo Continente o, en un sentido más amplio, del mundo occidental. De modo discreto, relegándolo a la condición de subtítulo, Emilio Lamo de Espinosa recoge una de sus múltiples variantes –El declive de Occidente– como epígrafe de su obra, justo detrás de un título más ambiguo –Entre águilas y dragones– que solo puede comprenderse cabalmente si se complementan ambos sintagmas. Pues la confrontación en el escenario internacional entre unas águilas aún orgullosas pero claramente debilitadas, que representarían a Occidente y unos dragones cada vez más potentes y voraces, que serían obviamente la encarnación de ese vibrante mundo oriental o asiático que pide paso, viene marcada por la desigualdad con que se reconocen los contendientes a estas alturas del siglo XXI o del nuevo milenio. Se mire por donde se mire, no hay vuelta de hoja: el mundo que viene será poseuropeo en un doble sentido. Primero, porque Europa dejará de ser el centro del mundo (de hecho, hace tiempo que lo ha dejado de ser), debiéndose entender este aserto con todas sus implicaciones, que no son pocas. Segundo, porque esa mengua de su protagonismo conllevará necesariamente no solo la pérdida de su preeminencia y acaso sus valores, sino su condena a una posición subordinada a las nuevas potencias que surjan –que están surgiendo ya- en el tablero internacional.

            ¿Ha de ser necesariamente así? Veamos. No se trata de establecer vaticinios calamitosos ni es de recibo a estas alturas caer en un rígido determinismo. En cierto modo, la cuestión es más sencilla y la expresa con notable desenvoltura el propio autor de esta obra en cuanto que asume con todas sus consecuencias su rol de sociólogo: por un lado, es indispensable recolectar e interpretar todos los datos del presente pero, una vez ya con ellos, hay que ampliar la perspectiva y considerar el largo plazo. Para ello, incluso en estos tiempos de inflexión histórica, «el mejor predictor del futuro sigue siendo el pasado». ¿Qué es lo que vemos, entonces? Limitándonos, para simplificar al máximo, a la pasada centuria, contemplamos sin el menor asomo de duda tres o cuatro rasgos determinantes de la evolución histórica: primero, el Viejo Continente en su conjunto o, para ser más precisos, algunas naciones europeas, se asomaban al entonces naciente siglo XX como el poder hegemónico e incontestable que impone su ley –o su ausencia de ella- a todo el orbe; segundo, en la cúspide de su poder, Europa se suicida en apenas tres décadas de múltiples conflictos civiles y dos pavorosas guerras mundiales; tercero, la última de estas hecatombes se cierra –mal cerrada, pero eso es otro asunto- con el triunfo incontestable de dos nuevas potencias ajenas a lo que hasta entonces ha constituido el corazón del Viejo Continente e incluso el propio territorio europeo queda repartido entre ellas (algo mucho más evidente en la parte oriental que en la occidental); tanto la tensión bipolar de la guerra fría como el desmoronamiento de uno de los bloques sucede ya en un mundo en el que Europa es, como señaló Octavio Paz, un mero «testigo pasivo». Sufre pero no decide. Aquella Europa que «había ganado el mundo», escribe Lamo, «se perdió a sí misma». Forzando la paradoja, «la misma Europa había pasado a ser extraeuropea», en el sentido de no depender de sí misma sino de fuerzas extrañas a ella.

            Un historiador quizá se empeñaría en rastrear las raíces del tiempo presente remontándose muchos decenios atrás, pero un sociólogo no se andaría con tantas contemplaciones. Todo empezó en 1989, viene a decirnos Lamo. De hecho, titula el primer capítulo de forma contundente: «1989: El año que cambió el mundo». Y, puestos a buscar símbolos, «1989 es, sobre todo, un muro». Cuando se echa abajo el muro de Berlín, se rompe también simbólicamente la señal más «visible de un mundo dividido y en conflicto». Hubo un momento eufórico en el que, por simple contraste con el tenebroso mundo que se dejaba atrás, parecía que se había encontrado por fin la salida de la pesadilla de la guerra fría (los bloques, la carrera armamentística, la amenaza nuclear). Baste recordar la popularización, más allá de eruditos y politólogos, de la acuñación de Francis Fukuyama: ¡nada menos que el fin de la historia concebida al modo hegeliano! El momento de ensoñación duró en todo caso, en opinión de Lamo, algo más de un decenio, hasta el brusco despertar del 11-S (de 2001, naturalmente): «habríamos vivido en un limbo de felicidad ahistórica, la posguerra fría, antes de regresar a la historia en la actual pos-posguerra fría». Disiento en parte de esta interpretación, que me parece sumamente esquemática y olvida entre otras cosas la conflictividad de la última década del pasado siglo pero, en todo caso, no me quiero detener en cuestiones menores pues lo importante, siguiendo siempre el planteamiento de estas páginas, es que el aparente triunfo de la libertad en 1989 –punto de llegada- nos conduce también a un punto de partida, el de un tiempo nuevo y «un nuevo mundo en el que entraba, por vez primera, toda la humanidad». Ello supone un abrupto cambio en las reglas del juego y, por supuesto, conlleva la irrupción de nuevos protagonistas que no quieren admitir más tutelas.

            Podría sugerirse con ello, por decirlo en términos simplificados, que modernización y occidentalización constituirían procesos contradictorios. No es esa, empero, la posición del autor, que aparece siempre sujeto a una prudencia o contención que a algunos puede parecerles excesiva. Pues, pese a todo, nos dice, el «viejo Occidente (…) ha triunfado como civilización y sus principales logros prosperan hoy en todas partes». Por expresarlo todavía más claramente y en palabras de Lipovetsky que el sociólogo hace suyas, allá donde se mire «modernizarse es todavía, en cierto modo, occidentalizarse». Ahora bien, junto a los logros conseguidos por la Unión Europea en tan solo unos decenios, que suponen dejar atrás siglos de confrontación intestina, sangrienta y destructiva, el horizonte inmediato presenta para los europeos unos desafíos formidables. Por una parte, los que proceden de sus contradicciones internas -¿qué es políticamente Europa?- pero, sobre todo, los que se derivan de su acomodo en un «mundo emergente» -capítulo tercero- en el que los europeos parecen tener todas las papeletas para salir perdiendo, desde la ardua sostenibilidad de su Estado de bienestar hasta su menguante crecimiento demográfico, por no hablar de otros retos económicos y políticos. En la tópica concepción que ha hecho fortuna, desde Napoleón, China ha despertado… y el mundo (más bien Occidente) reacciona temblando. Es una visión sesgada y lo que es más importante, radicalmente incorrecta, viene a decirnos Lamo, producto tan solo del ombliguismo occidental: tenemos que «revisar radicalmente nuestra visión de la historia del mundo y de nuestro lugar en ella». El predominio occidental, concebido bajo la categoría de «normalidad», no es, mirado desde una amplia perspectiva histórica, más que «una anomalía histórica». Debemos asumir que es ahora, en este nuevo tiempo, cuando trocamos ese brutal desequilibrio a escala planetaria en un mundo que, aunque dista mucho de ser más justo e igualitario, tiende inexorablemente a ello: «el mundo en su conjunto ha ganado en salud, prosperidad, libertad, educación, mientras la pobreza se ha reducido significativamente e incluso la desigualdad mundial ha disminuido».

            Siempre que se hacen afirmaciones de ese tenor, que suelen ser catalogadas como interesadas proclamas y, en el menos malo de los casos, muestras indudables de un optimismo infundado, se debe hacer la salvedad de que la disminución de la desigualdad global no solo no niega sino que lleva inevitablemente aparejados otros tipos de desigualdades, abriéndose a menudo grandes brechas no solo entre los países que despegan y los que quedan estancados, sino también en el interior de cada una de esas sociedades, entre grupos privilegiados que se aprovechan de dicho despegue y amplios sectores de la población que permanecen en la miseria. Al mismo tiempo, en el antaño llamado Primer Mundo, el propio proceso globalizador, con sus secuelas de deslocalización y otras transformaciones económicas, ha producido unas capas de nuevos desfavorecidos, los «perdedores de la globalización», auténtica cantera, como es bien sabido, para la demagogia xenófoba y populista. En suma, esto permite entender la llamada paradoja la desigualdad: mientras esta decrece a escala global, aumenta en el seno de todos los países, tanto ricos como pobres. Con todo, no es ese, argumenta Lamo, el principal problema que se dibuja en el futuro inmediato. Más allá de los contrastes sociales –por otra parte, nada desdeñables- y los desajustes del desarrollo a escala planetaria, «son los dilemas de la prosperidad, más que los de la pobreza, los que amenazan». En términos elementales y por utilizar uno de los conceptos del momento, ¿es «sostenible» este ritmo de crecimiento que ya no afecta a un puñado selecto de países sino a la humanidad en su conjunto? El planteamiento, como es patente, remite a un dejà vu, la trampa malthusiana, semillero del ecologismo radical. Pero aunque los recursos naturales no sean ilimitados –lo cual, simplemente, es una obviedad-, tanto el presente como el pasado nos muestran que las innovaciones científicas y tecnológicas pueden ayudarnos a diseñar un futuro mucho menos sombrío de lo que pretende un catastrofismo de inmerecido prestigio intelectual, sobre todo en sectores que se consideran paradójicamente progresistas.

            Tras ese bosquejo del escenario internacional a comienzos de este milenio, le llega el turno a los «grandes actores del desgobierno global», empezando por unos Estados Unidos a los que, por decirlo con la sorna de la célebre anécdota de Mark Twain, se les ha dado por muertos de manera exagerada o prematura. China toma en este nuevo siglo el relevo de la URSS como gran rival de los norteamericanos. Rusia queda en un tercer lugar, como «potencia sobrevalorada», apreciación que cobra todo su sentido por contraste con la «potencia infravalorada» que es la India. Tras las estrellas indiscutibles, una serie de potencias regionales rivalizan o se reparten áreas de influencia en una «multipolaridad asimétrica», generando un equilibrio inestable y, en el fondo, una «composición que se parece demasiado al viejo orden westfaliano europeo, solo que a escala mundial». Frente a la simplificación que generó la Guerra Fría, el actual estado de cosas es incomparablemente más complejo. Lo más preocupante, con todo, es la falta de instrumentos multilaterales que gestionen eficazmente los previsibles conflictos, pues las instituciones y organismos que proceden de la última guerra mundial se han revelado obsoletos e inútiles a tales efectos. No parece, además, que tal situación tenga posibilidades de transformarse en el corto y medio plazo. De ahí la insistencia de Lamo en el «desgobierno global» como rasgo definitorio del momento. Este «(des)orden internacional» constituye uno de los fracasos más sintomáticos de nuestro tiempo y revela el desfase existente entre unos problemas o asuntos que ya son siempre globales (clima, medio ambiente, economía, comercio, salud, terrorismo, ciencia) y unos instrumentos políticos claramente precarios en más de un sentido, que ponen de manifiesto un acusado «déficit de gobernanza mundial». Una situación que el autor caracteriza de un modo concluyente: frente a la legitimidad sin fuerza (la ONU como paradigma) solo somos capaces de ofrecer la fuerza sin legitimidad. Quizá sea este uno de los puntos en que más se quiebra el proverbial optimismo de nuestro autor, al punto de conformarse con conseguir que el mencionado desorden político mundial no vaya a más y, en última instancia, se nos termine escapando de las manos, generando consecuencias irreversibles. Pero aquí y ahora lo cierto es que no sabemos conjugar Hobbes con Kant, el Leviathan y la paz universal, siendo -como son- ambos necesarios. En otras palabras, es el conflicto, siempre irresuelto -¿irresoluble?- entre la pura fuerza y el rule of law.

            Tras una incisiva mirada a la globalización cultural –más gazpacho que crisol o ensalada, por emplear la peculiar terminología del autor-, Lamo dedica un capítulo al continente americano -«La occidentalización de América»-, que tiene como punto de partida una sugestiva pregunta: «¿Es “latina” América Latina?». En la medida en que la formulación de la pregunta afecta también a la consideración o catalogación de España, por obvias razones históricas, la respuesta se efectúa en dos fases: una primera, para desechar con cajas destempladas (es una «tontería» hablar de «civilización española» como algo distinto del mundo occidental) todo atisbo de excepcionalidad hispana, en los términos esencialistas que se pusieron de moda entre nosotros en la primera parte del siglo XX; una segunda, clara consecuencia de la anterior, para afirmar con rotundidad que, frente a los prejuicios de Turner, Huntington y muchos otros desorientados, por decirlo suavemente, América Latina es, por supuesto, latina, a fuer de hispánica o ibérica. Y, como resultado de su estimación, como corolario fundamental, «América Latina debe asumir su responsabilidad histórica en el marco de la civilización occidental». No se le escapará al lector que el planteamiento antedicho conlleva una constatación negativa: si se emplaza a Latinoamérica para que cumpla dicha responsabilidad es, simplemente, porque aquí y ahora no lo hace o, para ser más justos y precisos, no lo termina de hacer en la medida en que «parece hoy ensimismada en sus problemas y no acaba de asumir sus responsabilidades globales». Falta voluntad y convicción, se argumenta en estas páginas, y sin ellas se echa en falta una participación más decidida de esa gran parte del mundo en la gran contienda global que nos afecta a todos.

            Muy relacionado con esto último -esa contienda, a veces pacífica y otras, no tanto- está una breve reflexión sobre las características del poder en los albores del siglo XXI. El poder, ¿habilita o reprime?, se pregunta el autor. En la línea inclusiva o integradora que ya hemos tenido ocasión de apreciar en distintas ocasiones, Lamo viene a decirnos que ambas cosas, porque lo que se pone de relieve a estas alturas de la historia es que el poder, hoy más que nunca, es ambivalente. Dicho de otra manera, si constatamos que la noción de poder ha cambiado, si el poder ya «no es lo que era», esto implica un profundo cambio en el análisis de las relaciones internacionales y aun en la consideración del poder de los Estados soberanos. Más que ello, me interesa destacar la conclusión que sigue, porque caracteriza el tono del ensayo que nos ocupa: frente a la corrección política al uso, de tono hipercrítico, lastimero o catastrofista, Lamo, por el contrario, sostiene taxativamente que «el mundo va bien en su conjunto». Y, puesto a señalar el riesgo principal en este camino de progreso, no duda en poner el dedo en la llaga contra la demagogia rampante que alimenta a nacionalismos y populismos del más diverso signo. Se corre el riesgo, argumenta, de que para resolver los problemas que indudablemente persisten, se echen por tierra las soluciones que han funcionado hasta ahora, básicamente el Estado democrático, la economía de mercado y la racionalidad científica. El orden internacional que tenga que venir no puede prescindir de todas esas medidas si quiere ser, como presumimos, justo, libre, culto, próspero y solidario.

            Donde sorprendentemente –o quizá no tanto- se quiebra más el optimismo militante de Lamo (un rasgo que he destacado en varias ocasiones), es al hablar de nuestro país. Si el mundo parece dejar a Occidente a un lado, si Europa se muestra a menudo desorientada, España se dibuja como el eslabón más débil de la cadena: confusa, ensimismada, alicorta, provinciana, cainita, incapaz de estar a la altura de los tiempos y del mundo que alborea en el nuevo milenio. Hemos pasado en pocos años de «vanguardia, ejemplo, modelo o milagro» a contraejemplo y espantajo. Un balance «ciertamente descorazonador». Nuestro papel en la Unión Europea se ha «deteriorado», mientras que el «fracaso» es aún más visible en el frente atlántico y se acompaña con una notable mengua en la influencia sobre Latinoamérica y un preocupante impasse en las relaciones con el Magreb. Si Occidente en su conjunto, pero Europa en particular, como hemos ido subrayando a lo largo de este comentario, va a tener que acomodarse a un nuevo escenario, trocando su protagonismo de antaño por un papel probablemente secundario, España en ese contexto corre el riesgo de ser uno de los máximos perdedores entre los perdedores. Nuestra geografía nos condena a una «marcada marginalidad»; nuestro país es un perfecto ausente en el ámbito asiático y en el eje del Pacífico, donde se va a jugar el nuevo liderazgo mundial. Pero, más allá de los datos objetivos, lo verdaderamente preocupante es, en opinión de Lamo, la falta de autoestima nacional que se asienta sobre una suerte de despreocupación frívola por todo lo que ocurre en el mundo: una actitud aislacionista, endogámica y particularista –y, lo que es peor, en el fondo suicida- que el presente Estado autonómico no ha hecho más que fomentar, con sus tendencias sectarias, provincianas y cainitas.

            Pese a todo, el optimismo del autor termina aflorando incluso donde el panorama se atisba más sombrío. España, podemos leer aquí, tiene recursos sobrados para revertir el proceso. Hacen falta inteligencia, gestión y presupuestos. El problema no está en tener o no tener sino en querer o no querer. Aunque, en el fondo, ni siquiera esta última es una opción viable si pretendemos simplemente vivir dignamente en los nuevos tiempos. «Los españoles no tenemos alternativa: debemos repensar ex novo nuestra política exterior, pues los pilares sobre los que esta se ha construido (primacía de Occidente y de Europa; hegemonía americana; relevancia de la UE) están siendo barridos por la historia». No es, desde luego, el futuro que habíamos pensado y, mucho menos, el que hubiésemos deseado pero, a la postre, esto resulta indiferente. Esto es lo que hay, viene a decirnos el autor, y más vale hacerse a la idea y acomodarse a ello. Con esta llamada de atención se cierra un libro brillante en la forma, aunque también, forzoso es reconocerlo, poco innovador y nada rupturista, matices que me gustaría que se entendieran en la medida de lo posible sin menoscabo de su valor. Pues es patente que Lamo se ha propuesto escribir este ensayo desde la moderación y, hasta me atrevería a decir, desde el sentido común, renunciando a sorprender al lector con planteamientos rebuscados, trampantojos argumentales y, mucho menos, con predicciones aciagas. Con un sólido bagaje empírico, un lenguaje claro y una estructura consistente, el reputado sociólogo que es Lamo ha escrito un libro al alcance de todos los públicos, un excelente retrato del mundo que vivimos y un aviso de los desafíos que tenemos por delante, sin tocar a rebato. Su ensayo viene a ser una ajustada fotografía del presente y del inmediato futuro. Retomando las consideraciones que hacía al comienzo de este artículo, es más que posible que esta vez sí termine por ser verdad el declive de Occidente. Pero, al revés de lo que se pensó en su momento, cuando hizo fortuna esta acuñación, tal estado de cosas no significa la caída en el abismo. Aún desplazado del centro del mundo, Occidente tiene todavía muchas bazas que jugar. Tal es, al menos, la conclusión básica con la que Lamo de Espinosa cierra su rutilante singladura.

            Me permito, sin embargo, añadir una brevísima coda al hilo de los acontecimientos más recientes. Al poner en un primer plano de la reflexión, como hace Lamo, el posible declive de Occidente se corre el riesgo de distorsionar el papel de Europa como entidad autónoma, esto es, el ente político que se denomina Unión Europea, del que nosotros como nación formamos parte. Por decirlo con toda la claridad de la que soy capaz, yo no firmaría aquí y ahora la defunción del protagonismo de Occidente en el escenario global pero sí reservaría un dictamen contundente a la hora de certificar el ocaso político de la Unión Europea en este nuevo mundo del siglo XXI. Por decirlo en términos abruptos, si Occidente en su conjunto se libra de la quema, no es gracias a Europa sino a pesar de ella. En el fondo, este planteamiento no es más que la repetición de lo que viene sucediendo desde mediados del siglo pasado, cuando Europa tuvo que ser rescatada desde fuera, primero de Hitler, luego de Stalin (y aun esto último, relativamente, pues no toda Europa logró ser salvada). Ahora, con ocasión del conflicto ucraniano y la nueva amenaza rusa, vemos con claridad una vez más, por si hacía falta, que ante cualquier conflicto serio, Europa se deshilacha y la Unión Europea titubea sin hallar entre tantos ecos no ya una voz firme, sino tan siquiera una sola voz. El mundo del nuevo milenio será probablemente muy distinto del siglo XX pero hay una cosa del pasado que no ha cambiado ni cambiará en el futuro: las naciones, como cualquier otra colectividad o incluso cualquier individuo, tienen que hacerse respetar. Si no, tarde o temprano, están perdidas.

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