Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

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En varias de nuestras entradas en Una Buena Sociedad, sus modestos corresponsales hemos apelado a la virtuosa colaboración entre los sectores público y privado –colaboración compartida con las organizaciones de la sociedad civil y la ciudadanía misma– como si de una formula se tratase para el avance de la sociedad, tanto en democracia como en libertades.

La colaboración con la que comenzamos nuestra reflexión de hoy es un fenómeno histórico. Ni siempre ha existido, ni siempre ha sido voluntaria. Pero siempre coexiste con el conflicto, generalmente de clases. En ocasiones, la miopía y avaricia humanas crean infiernos de los que se sale a duras penas y hasta resultan en concesiones de los poderosos al resto de la sociedad. Colaboración forzada, pero colaboración, al fin y al cabo. La primera mitad del siglo pasado en Europa fue uno de esos infiernos y creemos que el sacrificio, en vidas y haciendas, del común de las gentes durante aquellas aciagas décadas pudiera haber llevado a los poderosos a aceptar (¿es tolerar un mejor término?) concesiones que dieron lugar al Estado del Bienestar de la posguerra. Existen muchas otras ocasiones, sin embargo, en que la desgracia accidental precipita la búsqueda de colaboración porque genera incentivos y resultados positivos para la gran mayoría de los grupos sociales, tanto poderosos como sin poder.

Otro aspecto de la colaboración entre los sectores público y privado es su ámbito, ya sea el internacional, el estatal o el municipal. Ejemplos de ámbito internacional son los esfuerzos para erradicar enfermedades tropicales, incluyendo a la ONU, gobiernos nacionales, ONGs y empresas de la salud y farmacéuticas. Ejemplos de ámbito nacional son la creación de los estados de bienestar en muchos países avanzados, incluidos sus precedentes previos a la Segunda Guerra Mundial. Con respecto al ámbito municipal, vamos a dedicar nuestra entrada de hoy a la ciudad moderna, un ejemplo de colaboración virtuosa con consecuencias mucho más profundas de lo que generalmente se cree. La ciudad moderna es fruto de la desgracia. Y de la desgracia resurgió y volvió a resurgir, como el Ave Fénix, de sus cenizas.

Dentro de una semana se conmemorará en Boston, la ciudad donde uno de nosotros vive, el 150 aniversario del incendio que, en pocas horas, redujo a ruinas humeantes una parte considerable de la ciudad, conocido desde entonces como «The Great Boston Fire of 1872»https://bostonfirehistory.org/fires/great-boston-fire-of-1872/. Esta efemérides motiva nuestra entrada de hoy, pero la catástrofe que se conmemora no fue ni la primera ni la más importante de las catástrofes que llevaron a un replanteamiento radical de la ciudad en el mundo occidental. Hagamos un breve resumen de algunas de estas catástrofes, incluyendo una descripción de cómo los diversos componentes de nuestra teoría de la colaboración virtuosa encajaron en un todo mucho más valioso que la suma de sus partes, en todos y cada uno de nuestros ejemplos. Al albur de esta afirmación, queridos lectores, afirmaremos también que esta moderna moda de utilizar la palabra «sumar» para referirse a los deseos de progresar nos parece algo premoderno y casi medieval. La palabra adecuada debe ser «multiplicar», ¿no es así, sapientísimo? Veamos por qué.

Plagas, cenizas y lodo

1832, Londres, Birmingham, Manchester, Leeds y Nottingham. Como consecuencia de la imparable revolución industrial, las ciudades en la primera mitad del siglo XIX en el Reino Unido crecían en condiciones cada vez más insalubres para los millones de proletarios que acudían a ellas. Epidemias de gripe, tifus y tuberculosis se sucedían unas a otras a medida que los desechos humanos llenaban las canaleras, los sótanos, los ríos y los canales, y hasta las calles. Y la epidemia de cólera de 1832 sacudió a la sociedad británica en sus cimientos como ninguna otra lo había hecho hasta entonces y forzó al gobierno británico a enfrentarse a los costes del capitalismo industrialUna de las fuentes que hemos utilizado para nuestra columna de hoy, y que creemos es uno de los artículos más informativos y mejor escritos sobre este tema es https://www.theatlantic.com/magazine/archive/2020/10/how-disaster-shaped-the-modern-city/615484/, de Derek Thompson, colaborador habitual de la excelente revista mensual The Atlantic, publicado en el número de octubre de 2020..

La esperanza de vida al nacer bajó en ciudades de más de cien mil habitantes a 26 años. Las medidas que el gobierno británico, las ciudades y ciudadanos individuales tomaron en décadas sucesivas elevó la esperanza de vida a los 40 años en 1880 y superó los 60 en 1940.

La contribución individual que más impacto benéfico tuvo fue, sin duda, la de Edwin Chadwick, protegido del filósofo utilitarista Jeremy Bentham, que ya antes de la epidemia de 1832 venía desarrollando avanzadas ideas sobre el arte de gobernar, incluidas la jornada laboral reducida, el énfasis en preventive policing y la creación de pensiones públicas. Chadwick y un equipo de colaboradores, llevaron a cabo la que se considera como una de las primeras investigaciones de salud pública, dando lugar a la ciencia del mismo nombre. Su informe final, The Sanitary Conditions of the Labouring Population of Great Britain, publicado en 1842 puso patas arriba las ideas convencionales sobre la insalubridad de las ciudades emergentes, hasta entonces achacada a los defectos morales individuales, para fijarla definitivamente en los fallos del entorno urbano.

El autor del artículo que venimos citando (véase la nota 2), Derek Thompson, afirma, y no podemos sino estar de acuerdo, que aunque hoy no se cita a Chadwick junto con Marx y Engels, el trabajo de aquel fue instrumental para avanzar la revolución progresista en el gobierno en países occidentales. Y, añadimos, la influencia de Chadwick se vio «multiplicada» por la atracción a su causa y a sus ideas de multitud de individuos, organizaciones, agencias municipales y nacionales (servicio público), órganos legislativos y empresas privadas, cuya participación fue desde proporcionar innovadoras soluciones de ingeniería, hasta aceptar las necesarias regulaciones. Un triunfo del progreso que la colaboración virtuosa permite.

16 de diciembre de 1835, Nueva York. Con los ríos, pozos y cisternas de la ciudad de Nueva York helados, un incendio en uno de los almacenes del distrito comercial de Lower Manhattan se convirtió en cosa de horas en un infierno visible a más de ciento cincuenta kilómetros de distancia. Los bomberos no pudieron hacer nada y el fuego solamente se contuvo tras la voladura de los edificios en su perímetro, ordenada por el alcalde Cornelius Lawrence.

No solo se levantó una nueva ciudad, de piedra en lugar de madera, sino que, a setenta kilómetros al norte de ella, agencias de la alcaldía adquirieron terrenos para construir un lago de ciento sesenta hectáreas, del que arrancaban tuberías y túneles para suministrar agua potable a todas las esquinas de Nueva York. Esta maravilla de la ingeniería civil –the Croton Aqueduct– se inauguró en 1842 y no solo resolvió el problema de disponer de agua para apagar incendios, sino que desató una revolución higiénica y dio fin al ciclo de epidemias que, como en las ciudades británicas de que hemos hablado, había sido la maldición de la vida urbana hasta entonces.

8 de octubre de 1871, Chicago. En el curso de tres días, un fuego que comenzó en el suroeste de la ciudad se convirtió en un incendio que llegó hasta la orilla del lago Michigan, destruyendo veinte mil edificios, y todo el distrito comercial y financiero, de una extensión de tres millas cuadradas (777 hectáreas). Tres días después, el diario Chicago Tribune publicó un editorial anunciando que «los habitantes de esta ciudad anteriormente hermosa han resuelto que CHICAGO SE ALZARÁ DE NUEVO»Una copia facsímil del editorial: https://www.newspapers.com/clip/33466876/editorial-declaring-that-chicago-shall/.. Y vaya si se alzó. Nos dice Derek Thompson en su espléndido artículo que en 1875 los turistas que visitaban Chicago queriendo ver la devastación del incendio se quejaban de lo poco que se veía.

El resurgir de Chicago fue tal que la población se triplicó en los veinte años posteriores al incendio y, presta atención Sapientísimo, al crear grandes extensiones de tierra edificable en la que milagrosamente habían sobrevivido las comunicaciones ferroviarias, se crearon las condiciones para la aparición de una estructura urbana por antonomasia: el rascacielos. La nueva construcción se alzó hasta alturas nunca antes vistas, propulsada por la riqueza de las empresas y los negocios que habían sufrido las mayores pérdidas durante el incendio y por nuevos materiales como esqueletos de acero, capaces de soportar mayores pesos. Los escombros se utilizaron para extender la orilla hacia el interior del lago. Las compañías de seguros y la municipalidad exigieron construcciones resistentes al fuego y los mayores costes aceleraron la innovación tecnológica. Chicago sigue siendo hoy una de las ciudades icónicas del mundo.

9 y 10 de noviembre de 1872, Boston. En poco más de doce horas, el fuego que comenzó en el distrito comercial y financiero de Boston redujo a cenizas unas 26 hectáreas de edificios, en su mayoría de piedra y ladrillos, incluidos edificios volados con explosivos en la periferia con la idea de parar el avance del incendioVéanse, https://bostonfirehistory.org/fires/great-boston-fire-of-1872/ y https://en.wikipedia.org/wiki/Great_Boston_Fire_of_1872. El fuego campó a sus anchas debido a la deficiente preparación. Entre estas deficiencias se encontraban alarmas no conectadas telegráficamente a los parques de bomberos, escaleras cortas para llegar a los tejados de madera de los altos edificios, insuficiente presión en las tuberías de agua e inexistente control del almacenaje de productos inflamables, uno de los principales agravantes en el gran incendio de Boston, junto con la incapacidad para cerrar las líneas de gas.

A pesar del precedente de Chicago un año antes, las lecciones aprendidas entonces no fueron aplicadas a tiempo para prevenir la catástrofe de Boston, pero la reconstrucción del distrito comercial destruido, impulsada por un comité de ciudadanos, fue completada en menos de dos años. Las agencias municipales, empresas y habitantes colaboraron en la reconstrucción, facilitada por la disposición de abundantes indemnizaciones por los inmuebles asegurados (los edificios del distrito comercial estaban sobreasegurados). Un estudio publicado en la American Economic Review en 2017, documenta el aumento del valor de los terrenos en el distrito afectado, en parte debido a la ampliación de calles y rediseño de las parcelas en lotes más grandesVéase https://www.aeaweb.org/articles?id=10.1257/aer.20141707.. Fue de Boston, en los años que siguieron al incendio de 1872, de donde surgió el código municipal de construcción que en 1905 dio lugar al primer código nacional estandarizado de la construcción en Estados Unidos. La energía y espíritu cívico a que dio lugar el gran Incendio de Boston fue, en muchos de sus aspectos, la misma que se manifestó tras el incendio de Chicago.

10 de marzo de 1888, Nueva York. En este sábado, Walt Whitman exaltaba el fin del invierno mientras dos enormes tormentas, una cargada de humedad proveniente del Golfo de México y la otra un frente frío acercándose desde Minnesota, colisionaron encima de la ciudad. Los neoyorkinos se levantaron al lunes siguiente con los versos de Whitman en The New York Herald y con montañas de nieve de hasta dieciséis metros de altura.

La ciudad se paralizó. Cientos de habitantes murieron a consecuencia del frío y del hambre. El shock psicológico fue tan severo como el que causó el terremoto de Lisboa de 1775, nos dice Derek Thompson. Las vías de ferrocarril elevadas y los miles de postes de cables eléctricos para los tranvías y el servicio eléctrico, apenas podían verse.

Tras el shock inicial, la jungla de acero y cables que el asombroso crecimiento de Nueva York venía creando desde hace décadas se convirtió en subterránea, una transformación acelerada por los noventa días de plazo que la ciudad dio a las compañías eléctricas y telefónicas para sumergir sus cables, algo que permitió a muchos ciudadanos ver la luz del día a través de sus ventanas por primera vez. En lugar de ternes elevados, surgió el metro de Nueva York. La ciudad experimentó un segundo renacimiento tras el incendio de 1835.

La ciudad moderna es como el Ave Fénix

Si las plagas, el fuego y los elementos causaron a menudo la destrucción de la ciudad, la determinación, el ingenio, la organización y el esfuerzo de sus habitantes, de sus gobernantes y de sus visionarios le permitieron resurgir de sus cenizas y reinventarse. En los ejemplos que hemos resumido, esta reinvención fue gracias a la colaboración virtuosa. Nos dirán algunos que si habrá habido corrupción en contratos municipales, que si los Robber Barons de Estados Unidos o que si el Imperio Británico. Y diremos que sí, sin duda. Pero añadiremos que, a diferencia de las autopistas a ninguna parte o los aeropuertos sin aviones, o los imperios que extraen ingentes cantidades de metales preciosos y los despilfarran por medio mundo, la reinvención de la ciudad moderna lleva casi doscientos años contribuyendo sin cesar al progreso de toda las sociedades en que se ha manifestado. Han transcurrido ciento cincuenta años desde el Gran Incendio de Boston y, además de sus imperecederos atractivos, la ciudad moderna muestra hoy, si no el riesgo de ser devorada por el fuego, los efectos de la congestión de vehículos, la degradación de la calidad del aire que sus ciudadanos respiran, y los precios y alquileres inalcanzables para cada vez más amplios grupos de sus habitantes, entre otros problemas. La ciudad del futuro ya está aquí, y tendremos que visitarla en una entrada, como diríamos… futura. Pero para aceptar y extender la ciudad del futuro hay que deshacerse de mucho material decimonónico y brutalista (años setenta del pasado siglo) que se ha venido acumulando durante al menos siglo y medio. ¿Estamos dispuestos a hacerlo?

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