Los capitalistas rojos

por Julio Aramberri

Una Larga Marcha hacia Xintiandi

La expresión china xintiandi puede traducirse como «nuevo paraíso». De hecho, ése es el sentido que se le da en las escuelas de la República Popular para explicar a los jóvenes estudiantes el cometido del Partido Comunista Chino: forjar xintiandi, un mundo mejor, un nuevo paraíso, vaya. Gracias a su asociación positiva con el Partido, la expresión ha pasado con éxito al mundo del marketing y de ahí ha dado su nombre a zonas residenciales, a tiendas de ropa y decoración, a cines y teatros, a hoteles y restaurantes; a lo que se tercie. Sólo una tropa de mala entraña puede resistirse a la llamada del paraíso.

Xintiandi es, pues, el nombre de uno de los espacios residenciales y de ocio más conocidos de Shanghái. Es un enclave peatonal ubicado en la antigua Concesión Francesa, en un área de shikumen o casas con pórticos de piedra labrada. El Xintiandi de Shanghái ilustra eso que entre los planificadores urbanos suele llamarse placemaking, o creación de espacios para estilos de vida, generalmente relajados y exclusivos, es decir, propios de gente con posibles. Pese a su aspecto venerable, las edificaciones actuales han sido construidas de nueva planta, manteniendo el modelo tradicional para crear un ambiente apacible y sereno, ajeno al ritmo frenético de la ciudad que las rodea. Allí se agolpan conocidos restaurantes, reposterías, galerías de arte, tiendas de moda, bares y cafés, discotecas. La velocidad rabiosa que aviva la competencia entre las grandes ciudades globales ha desplazado el filo de lo más nuevo hacia otros vecindarios, como Tianzifang o Changle Lu (lu equivale a avenida), pero, al igual que Nanjing Lu o Huaihai Lu, las calles comerciales por antonomasia, Xintiandi se reinventa sin cesar para mantener su popularidad. De hecho, es uno de los vecindarios más caros de la ciudad.

No es una novedad. También en el barrio de shikumen donde hoy se levanta Xintiandi residía gente acomodada en 1921, cuando se fundó el Partido Comunista. La casa del evento, hoy convertida en Museo del Primer Congreso Nacional del Partido Comunista Chino, está a dos pasos de allí, en el número 76 de la calle Xingye, a la sazón 106 Rue Wantz del distrito francés. ¿Qué se les había perdido a los comunistas por aquellos pagos tan escasamente proletarios? Lo que lleva a otra pregunta: ¿cuántos y quiénes eran?

No fue la revolución soviética de 1917 la única consecuencia de la ignominiosa Gran Guerra. Otras muchas se dejaron sentir por los rincones del mundo. En China, la más inmediata surgió del movimiento del 4 de mayo de 1919. El país había participado en la guerra en las filas de la Triple Entente (Gran Bretaña, Francia y la Rusia zarista) y sus representantes en las negociaciones de paz de Versalles reclamaban la abolición de los privilegios de extraterritorialidad de las potencias extranjeras y, ante todo, la devolución a la soberanía de China de los territorios de la provincia de Shandong anteriormente cedidos a la derrotada Alemania del káiser y, en especial, la ciudad puerto de Qingdao, estratégicamente situada sobre el mar Amarillo. Shandong, la cuna de Confucio, ocupaba entonces, al igual que hoy, un lugar especial en la conciencia colectiva de China y su ocupación por los extranjeros era una daga en el costado de la nación.

A su manera, la Nueva Cultura apostaba por un liberalismo de rasgos chinos, es decir, dominado por un intenso nacionalismo

Las pretensiones chinas, empero, quedaron en baldío. La extenuada China de aquellos tiempos no podía codearse con la única potencia local en ascenso, el Imperio del Sol Naciente, y al final fue Japón el que se alzó en Versalles con el santo y la limosna. Los aliados, que ahora incluían a Estados Unidos, le reconocieron su derecho a subrogarse en la antigua concesión colonial alemana. Esa afrenta sacó a las calles a los estudiantes de Pekín el 4 de mayo en un movimiento de protesta que se extendió luego a otros sectores sociales y a diversas ciudades del país. Sus reivindicaciones, ante las cuales los aliados se mantuvieron impertérritos, y su consiguiente frustración, iban a empujar a muchos activistas hacia el movimiento conocido como Nueva Cultura, que se había extendido tras la caída de la dinastía manchú en 1912.

La Nueva Cultura tenía muchas cuentas que saldar con la cultura tradicional de China. Abogaba, ante todo, por la demolición de sus instituciones básicas (familia patriarcal, confucianismo); respaldaba encaminar al país hacia el desarrollo científico y tecnológico sin el cual, decían sus seguidores, China estaba condenada al atraso; y, en una contradicción que iría acentuándose con el paso del tiempo, se declaraba a favor de impulsar los derechos individuales, los valores democráticos e igualitarios y la liberación de las mujeres, y, a la vez, quería conservar una total independencia frente a la dominación cultural extranjera. A su manera, la Nueva Cultura apostaba por un liberalismo de rasgos chinos, es decir, dominado por un intenso nacionalismo.

Lu Xun, posiblemente el más destacado de sus miembros, podía así combinar su escaso entusiasmo por la China tradicional con el rechazo de las influencias culturales occidentales. Hasta el final de sus días, en un gesto simbólico, Lu prefirió vestir en público un changpaoVéase A Pictorial Biography of Lu Xun, Zhengzhou, Henan Literature and Art Publishing House, 2007. La dinastía Qing (1644-1911) había impuesto a la mayoría Han una serie de rígidas reglas de apariencia para distinguirlos o, en su caso, asimilarlos a sus nuevos señores manchúes. La mejor recordada será, sin duda, la obligación para los hombres de llevar rapada media cabeza y el resto del pelo, que no debía cortarse, sino recogerse en una coleta. Pero había otras, como la de vestir un changpao (hombres) o un qipao (mujeres). El changpao era un traje talar a modo de sotana, abotonado al lado izquierdo y de largas mangas en forma de herradura, que en invierno servían para cubrir las manos y resguardarlas. en vez de la combinación occidental de chaqueta y pantalón que habían adoptado muchos de sus compatriotas. Su changpao servía también para poner en berlina a los japoneses, que habían asimilado hasta el ridículo los chaqués, las chisteras y, de paso, los peores modales de los imperialistas blancos.

La Nueva Cultura, pues, acogía en su seno a nacionalistas de varia lección que, con el tiempo, iban a discurrir por caminos bifurcadosEntre sus miembros se contaban, por ejemplo, Zhou Zuoren, el hermano de Lu Xun, que consideraba nauseabunda la ópera de Pekín y acabaría sus días en la República Popular; Hu Shih que adoptó posiciones abiertamente liberales y marchó con Chiang Kai-shek a Taiwán en 1949; o Cai Yuanpei, que falleció en 1940, lo que, como a Lu (que murió en 1936), le libró de tomar posición ante el maoísmo triunfante.. A dos de ellos se les tiene por los padres del comunismo chino, aunque no participaran en las sesiones de su congreso fundacional. Eran Li Dazhao (ejecutado en Pekín en 1927) y Chen Duxiu (que se convertiría en la cabeza de la fracción trotskista en 1929). Ambos dedicaron grandes esfuerzos a la divulgación de la obra de Marx y de LeninSobre la relación entre la Nueva Cultura y la recepción del marxismo en China, véase Ishikawa Yosihiro, The Formation of the Chinese Communist Party, Nueva York, Columbia University Press, 2013, capítulo 1.. Como tantos adalides del socialismo, ni Li ni Chen provenían de la clase obrera, sino de la intelligentsia y, según la vulgata marxista, habría que definirlos como burgueses. Tampoco era muy diferente la extracción social de los doce participantes chinosSus nombres eran Chen Gongbo, Chen Tanqiu, Deng Enming, Dong Biwu, He Shubeng, Li Da, Li Hanjun, Liu Renjing, Mao Zedong, Wang Jinmei, Zhang Guotao y Zhou Fohai. Les acompañaban dos representantes de la Internacional Comunista (Comintern).: profesores, estudiantes y gente con letras, pero sin empleo fijo, como el propio Mao Zedong, es decir, pequeños burgueses, lumpenintelligentsia, aventureros. Había también alguno de la alta burguesía. El shikumen que acogió al primer congreso pertenecía a la familia, rica y poderosa, de Li Hanjun, uno de los delegadosVéase Hans van de Ven, From Friend to Comrade. The Founding of the Chinese Communist Party, 1920-1927, Berkeley, University of California Press, 1992.. Su hermano mayor, Li Shucheng, era un acaudalado prohombre local que, con el tiempo, se convertiría en el primer ministro de Agricultura del maoísmo triunfante. Otro de esos casos de conjunción entre familias del gran capital y socialismo revolucionario que, aun llamativos, no han sido infrecuentes en la historia de las revoluciones plebeyas. Como decía Aleksandr Solzhenitsyn, «ser revolucionario resulta más sencillo cuando uno pertenece a la gente bien y no a las otras clases sociales».

La impronta

El congreso fundacional se celebró a finales de julio de 1921Las sesiones se celebraron del 23 al 31 de julio, la mayor parte en la casa de la Rue Wantz, hoy convertida en museo. Por razones de seguridad, la última se desarrolló en un barco en medio del Lago del Sur, en Jiaxing, provincia de Zhejiang. Véase Tony Saich y Benjamin Yang (eds.), The Rise to Power of the Chinese Communist Party. Documents and Analysis, Londres y Nueva York, Routledge, 2015. y sus doce delegados representaban a no más de sesenta comunistas repartidos por el país. No es propósito de este escrito discutir la historia del Partido Comunista Chino, pero resulta imprescindible recordar sus metas programáticas, porque aún se mantienen en la retórica oficial. La estrategia que el partido naciente se proponía era enormemente ambiciosa para una fuerza tan minúscula como la que sus delegados representaban y, al tiempo, escasamente original, ya que, en síntesis, no hacía sino copiar la desplegada por los bolcheviques.

El nuevo partido impulsaría un proceso revolucionario de largo alcance iniciado con una insurrección armada a protagonizar por el ejército proletario. Con la derrota de las clases capitalistas, la toma del poder permitiría iniciar la reconstrucción de la sociedad china sobre los intereses de la clase obrera e impulsar una rápida mengua de la desigualdad. A su término, un término cuyo plazo no se cifraba, las diferencias sociales habrían desaparecido, fundidas todas las clases en un único pueblo comunista donde resultaría insostenible la lucha de clases. Entre esos dos jalones del proceso revolucionario se extendía una etapa transicional, previsiblemente muy larga, en la que los medios de producción y las tierras serían confiscados y convertidos en propiedad de toda la sociedad. Lógicamente, la resolución terminaba con una declaración de afiliación a la Tercera InternacionalAlexander Pantsov y Steven Levine, Mao. The Real Story, Nueva York, Simon & Schuster, 2015, p. 102..

Era una candidatura al liderazgo de la revolución sustentada en una legitimidad doble y no bien avenida. Por un lado, algo habitual en los seguidores de Marx, apelaba a la fe en una sociedad perfecta, ahora bautizada comunista, donde manarán a caño abierto las fuentes de la abundancia y cada quien podrá satisfacer sin límites todas sus necesidades. Ese xintiandi iteraba ante los creyentes el mito milenarista de la cornucopia vencedora de la escasez. Pero, como resulta imposible prometer su cumplimiento durante la vida de la generación presente y las que le sigan, para no agostarse, la fe requiere otros agarraderos tangibles que auguren el éxito de la empresa. Por ahí entra la segunda fuente de legitimidad: la convicción de que únicamente los creyentes tienen capacidad para asegurarlo, pues sólo ellos cuentan con el arma ausente del equipamiento intelectual de anteriores movimientos utópicos: el partido comunista que aúna la fe con la ciencia social para dirigir en exclusiva el largo proceso de transición entre la revolución y el comunismo. Tal era la lección que los fundadores extraían de la revolución soviética que se proponían emular.

Pocos se hubieran tomado en serio esas aspiraciones en el momento de su formulación. Sin embargo, veintiocho años después, el 1 de octubre de 1949, Mao iba a proclamar en Tiananmén el nacimiento de la República Popular y el comienzo de la transición al socialismo que había hecho posible el Partido Comunista Chino. Aún hoy, la Constitución revisada del Partido aprobada en 2012 formula su estrategia de forma muy parecida a la de los fundadores en 1921:

El Partido Comunista de China es la vanguardia de la clase obrera china, del pueblo chino y de la nación china. Es el núcleo que lidera la causa del socialismo con rasgos chinos e impulsa el desarrollo de las fuerzas productivas avanzadas, marca la trayectoria de la cultura avanzada de China y defiende los intereses de la inmensa mayor parte del pueblo chino. El más alto ideal y la meta suprema del Partido es la victoria del comunismo [...]. El marxismo-leninismo ha descubierto las leyes que rigen el desarrollo de la sociedad humana. Sus ideas esenciales son correctas y mantienen una vitalidad formidable. El alto ideal del comunismo perseguido por los comunistas chinos sólo podrá alcanzarse cuando la sociedad socialista se haya desarrollado al completo y haya avanzado al máximo. El desarrollo del sistema socialista hasta su apogeo será fruto de un largo proceso histórico. Mientras los comunistas chinos preserven los principios fundamentales del marxismo-leninismo y perseveren en el camino que requiere la situación específica de China y que el pueblo chino ha acogido por su propia voluntad, la causa socialista en China acabará por coronarse con la victoria final.

Se diría que no ha habido cambios estratégicos en los ochenta y cinco años que han pasado desde el congreso de fundación y, sin duda, eso es lo que defiende a banderas desplegadas la dirección actual del Partido, pero no ha sido así. Entre el acto revolucionario fundacional, satisfactoriamente superado con la toma del poder, y el final feliz de la realización del comunismo –una peripecia sin contenido semántico y carente de fecha de caducidad–, lo que cuenta es la aspiración de los comunistas a hacerse con la hegemonía del proceso político. Pero, la legitimidad en que el Partido Comunista Chino la basa ha cambiado considerablemente hasta convertirse en algo muy distinto de la inicial.

En tiempos de Mao, el avance en la construcción socialista se atuvo estrictamente al modelo estalinista de planificación central. Ese tipo de economía ha fracasado en todas las sociedades que, de grado o por fuerza, lo adoptaron. En definitiva, en la Unión Soviética se convirtió en el principal obstáculo para el desarrollo económico, lo contrario de lo que sus defensores prometían, y el desastre acarreó una creciente pérdida de legitimidad para las elites dirigentes. Tanto o mayor daño causó otra circunstancia inesperada. Con el parto de la sociedad de la abundancia convertido en el parto de los montes, el régimen impuso una creciente desigualdad de incentivos para mantener la fidelidad de los cuadros dirigentes y el mañana gozoso quedó hecho trizas. El estalinismo se convirtió en un régimen basado en el privilegio en el que los bienes escasos se distribuían de forma proporcional al lugar ocupado en la estructura de la sociedad planificada. Los puestos superiores tenían acceso a recursos de todas clases que nunca llegaban a los productores de base. Y así se generaba una doble dinámica que menoscababa su legitimidad inicial.

Carente de incentivos reales, la base obrera y los campesinos reducían al mínimo su esfuerzo productivo y profesaban un cinismo creciente hacia la ideología y las instituciones oficiales con una resistencia fundamentalmente pasiva: «Ellos hacen como que nos pagan y nosotros hacemos como que trabajamos» era el apotegma que resumía la actitud de la gran clase proletaria. Los cuadros medios y altos de la nomenklatura tampoco se hacían ilusiones. El disfrute de privilegios estaba estrechamente ligado a su posición política, y ésta era más que frágil. Guénrij Yagoda o Nikolái Yezhov, los hombres más poderosos y temidos de la Unión Soviética en los años treinta, pasaron sin juicio y en un santiamén ante un pelotón de ejecución; a otros menos afortunados les esperaban largos años en el infierno de Kolyma. Un régimen así deviene profundamente inestable y quebranta cada vez más la menguante fe en la causa de los privilegiados de las siguientes generaciones revolucionaria. La China de Mao (1949-1976) siguió un camino parecido, aún más convulso si cabe, durante su espacio del «corto siglo XX» del que hablaba Eric Hobsbawm.

Aunque la sociedad soviética se mantenía sobre un esqueleto de privilegios y desigualdad que poco tenía que envidiar a las aristocracias del Antiguo Régimen, su desaparición final no estaba necesariamente escrita para todos sus imitadores. Los estragos de la época maoísta y el hundimiento del sistema soviético entre 1989 y 1991 amenazaron con llevarse por delante al régimen chino, pero sus nuevos dirigentes decidieron dar un salto en el vacío de la teoría con el invento del socialismo con rasgos chinos. En la realidad, Deng Xiaoping y sus seguidores eran conscientes de que, si el Partido quería seguir liderando la vida social y política, tenían que ganar la batalla económica.

En suma, acogieron la restauración de un capitalismo limitado por un sector público gigantesco que controlaba todos los sectores estratégicos y cuyo control, por tanto, se mantenía en sus manos. El nuevo sistema se inspiraba en la Nueva Política Económica seguida en la Rusia soviética entre 1922 y 1928. Lenin la describió certeramente como una etapa de «capitalismo de Estado» sometido al régimen obrero de la Unión Soviética. Era una apuesta arriesgada para un régimen como el chino que, en la esfera política, estaba decidido a resguardar su impronta totalitaria, es decir, a no permitir la existencia de ninguna organización intermedia entre los millones de individuos que constituían la sociedad en su conjunto y a quienes quería mantener atomizados, y la red omnipotente del Partido. Allí donde no podía erradicar cualquier acomodo independiente, como sucedía en el terreno de la familia o de las creencias religiosas, el régimen instauró políticas, como la de «un solo hijo», que le permitían inmiscuirse hasta en las decisiones más personales de los padresA pesar de su actitud acomodaticia con otros aspectos del régimen chino, Mo Yan, primer premio Nobel de Literatura de nacionalidad china (Gao Xingjian, el ganador del año 2000, que nació en China, había obtenido la francesa en 1968), narra una turbadora descripción de sus consecuencias en Rana, trad. de Yifan Li, Madrid, Kailas, 2011)..

Los reformistas se limitaron a permitir la existencia de agentes independientes en algunos sectores de la vida económica, es decir, aceptaron la aparición de mercados libres, y, al tiempo, se reservaron un control estricto sobre ellos a través de la política fiscal y monetaria. La primera consecuencia de esa decisión fue el inicio del dinámico crecimiento económico que ha experimentado China en los últimos treinta y cinco años, una prueba más, por si fuera menester, de la esterilidad de los sistemas de planificación central. De paso, la mejora de condiciones de vida para el conjunto de la sociedad ha extendido la confianza en el liderazgo del Partido Comunista y reforzado una legitimidad que había quedado maltrecha al final del maoísmo.

El nuevo sistema mantiene aún rasgos que propician una profunda inestabilidad interna, que se debe a las limitaciones políticas que impone el liderazgo político, así como a la sumisión de los empresarios privados a los órganos del Partido. A su vez, el patrimonio privado de los dirigentes y el de sus familias dependen de una eventual pérdida de influencia en la esfera política. La corrupción por el privilegio ha cedido el paso a transacciones oscuras y relaciones muy poco transparentes entre el sector público y el privado, sin duda la mayor amenaza a la legitimidad de los dirigentesEn un trabajo sobre la evolución de los regímenes postsoviéticos, Aviezer Tucker ha resumido esta contradicción como la característica del totalitarismo tardío: «Los derechos de la elite del totalitarismo tardío estaban desalineados con sus intereses […]. No quería estar dominada por una superioridad que pudiese privarle arbitrariamente de los privilegios que ella misma les había concedido […]. La elite del totalitarismo tardío gozaba de numerosas libertades negativas. Lo que quería eran derechos» (The Legacies of Totalitarianism. A Theoretical Framework, Nueva York, Cambridge University Press, 2015, p. 24)..

No es ésta, sin embargo, la cuestión que me propongo abordar en esta entrega. Antes de examinar cómo el control sobre la política económica va íntimamente ligado a una corrupción rampante e inextirpable, parece necesario referirse a las estructuras básicas del régimen político chino y recordar el papel que desempeña en ellas el Partido Comunista.

Una polis con rasgos chinos

Desde un punto de vista formal, China tiene una estructura política similar a la mayoría de los países modernos, con órganos especializados en la propuesta y ejecución de actividades legislativas, administrativas y judiciales. Esa organización ha sido aceptada y sancionada por la Constitución actualmente vigente, que es la cuarta en la historia de la República Popular. Fue aprobada en 1982 y ha sido objeto de diversas revisiones, la última de ellas en 2004. Así como sus antecesoras respondieron a las necesidades coyunturales de la situación política, la Constitución de 1982 se adoptó para dar estabilidad institucional al proceso de reformas económicas y políticas iniciado en 1979, la fecha convencionalmente aceptada para marcar el nuevo rumbo del país tras el período de dictadura personal de Mao Zedong. Sin embargo, como sucedió en la extinta Unión Soviética y en los Estados que se organizaron políticamente siguiendo su modelo, la Constitución carece de mecanismos para garantizar su cumplimiento. La de 1982, impulsada por Deng Xiaoping, contiene, al igual que la Constitución estalinista de 1936, una parte dogmática en la que se proclaman los derechos fundamentales de los ciudadanos de China de forma similar a como lo hacen las Constituciones de los países democráticos, pero no despliega mecanismos jurídicos que permitan protegerlos.

A la cabeza de la República Popular se encuentra su presidente, un cargo hasta ahora desempeñado por el secretario general del Partido. La presidencia tiene un papel fundamentalmente ceremonial. El órgano supremo en la vida política del país es el Congreso Nacional del Pueblo, un parlamento unicameral responsable de elaborar y aprobar las leyes; proponer y nombrar a los más altos representantes del Estado; y supervisar las actividades del Gobierno. Son las suyas funciones también ceremoniales, pues tanto por su composición como por sus mecanismos de funcionamiento, el Congreso no da un solo paso sin el impulso del Partido Comunista y bajo su estricto control. En definitiva, fuera de los medios oficiales chinos, una mayoría de analistas considera que su función no es otra que extender un sello de aparente legitimidad popular a decisiones previamente tomadas extramuros por los verdaderos protagonistas de la vida política, es decir, el Partido Comunista Chino y sus órganos superiores de decisión.

Con cerca de tres mil miembros, el Congreso Nacional del Pueblo es el parlamento más numeroso del mundo. Sus sesiones plenarias responden a una coreografía muy elaborada. Junto a los trajes grises y las cabelleras perfectamente peinadas y teñidas de un negro juvenil que ostentan sus miembros, mayoritariamente hombres, las notas coloristas corren a cargo de unos pocos delegados, generalmente mujeres, que representan a las cincuenta y cinco minorías étnicas reconocidas en el país y se atavían con sus pretendidos arreos típicos. Los parlamentarios se sientan en un amplio semicírculo, presidido desde un estrado más elevado por los órganos de dirección; llegan puntualmente a las sesiones; aplauden a rabiar cuando lo exige el guión; votan todo lo que hay que votar; no hacen preguntas inconvenientes porque sus parlamentos necesitan ser previamente autorizados; y nunca protagonizan actos ajenos al protocolo. Son una cumplida metáfora de las masas –obedientes y satisfechas– con que sueñan los dirigentes supremos.

Si se impone la hora de Pekín en todo el territorio sin tener en cuenta que su extensión cubre cinco husos horarios, no cabe esperar nada en asuntos de mayor importancia

Tan pulida conducta pública es lo menos que puede exigirse a unos representantes que no son sino una excrecencia burocrática. Salvo por algunos empresarios y representantes de la sociedad civil designados ad hoc, los mecanismos de selección de los miembros del Congreso garantizan que la mayoría ostente una condición funcionarial y, por supuesto, sean miembros del Partido. En un amplio trazo, a los congresistas los designan otras asambleas legislativas similares de inferior rango territorial (provinciales, urbanas, de distrito) controladas por los gobernantes de ese nivel y por el Partido. Todos los designados conocen a la perfección los requisitos de sus puestos de trabajo, tan escasos en funciones como jugosos en las sinecuras que los acompañan, y desempeñan su papel a la perfección. El Congreso Nacional del Pueblo celebra una sesión plenaria anual en el mes de marzo. Durante el resto del año sus funciones quedan en manos de una Comisión Permanente que se reúne cada dos meses. Ritualmente, los medios de comunicación celebran las titánicas tareas desarrolladas durante sus sesiones y la importancia capital de las decisiones adoptadas.

En los mismos días de marzo sesiona también la Conferencia Política Consultiva del Pueblo Chino , una coincidencia de actividades conocida como Lianghui, o Dos Sesiones, que crea la impresión de una intensa actividad política. En la realidad no sucede en ninguna de las dos nada que no haya sido previamente decidido por el Partido Comunista. La Conferencia, que carece de competencias legislativas, desempeña, sin embargo, un papel crucial en la dramaturgia política china. Al igual que lo hacían los países satélites de la Unión Soviética, el régimen comunista chino niega ser unipartidista y la Conferencia le sirve de coartada en su diplomacia pública. El Partido la define como el Frente Unido y Patriótico del Pueblo Chino y agrupa en su seno a otros partidos en los que, pese a su evidente falta de independencia, cifra su pretensión de ser un régimen multipartidista. Todos ellos están firmemente controlados por el Partido Comunista. También forman parte de la Conferencia algunos individuos que el régimen define como demócratas independientes y personalidades nacionalmente relevantes, así como organizaciones de masas dependientes del Partido Comunista Chino, por ejemplo la Liga de la Juventud Comunista o la Federación China de Mujeres. La Conferencia Política Consultiva del Pueblo Chino actúa, pues, como un senado consultivo de partidos, asociaciones y notables que apoyan y dan consejo a los dirigentes comunistas. Las sesiones de la conferencia, igualmente coreografiadas al detalle, son más flexibles que las del Congreso Nacional del Pueblo. En cualquier caso, unas y otras no aportan más que ruido a un proceso político que se mueve en el secreto de unos corredores de poder que, ciertamente, no pasan por allí.

Las funciones ejecutivas de Gobierno y Administración son competencia del Consejo de Estado, un órgano que preside el primer ministro (segundo personaje en rango en el Comité Permanente del Politburó: véase infra), apoyado por uno o más vicepresidentes, varios consejeros y una Secretaría General. En el Consejo de Estado se agrupan veinte ministerios, tres comisiones interministeriales permanentes (Desarrollo y Reforma; Salud y Planificación Familiar; Asuntos de las Minorías Étnicas), el Banco Central y el Tribunal de Cuentas. También controla directamente a otros organismos autónomos importantes (por ejemplo, la Comisión del Mercado de Valores y Xinhua, la agencia oficial de noticias) y dirige las actividades de comisiones interministeriales para problemas específicos (conocidas como grupos de dirección). Como en todos los países, las competencias del Consejo de Estado son amplísimas y su ejecución depende de una enorme burocracia. A diferencia de los gobiernos de los países democráticos, el Consejo de Estado no está sometido a un verdadero control parlamentario ni se ve limitado por exigencias de transparencia informativa.

Las entidades territoriales, sean provinciales, urbanas o de distritos rurales, reproducen uniformemente en su escala estructuras legislativas y de gobierno idénticas a las centrales. China es un país rígidamente centralizado. Si los dirigentes imponen la hora de Pekín en todo el territorio sin tener en cuenta que su extensión cubre cinco husos horarios, no cabe esperar nada distinto en asuntos de mayor importancia política.

Finalmente, la administración de justicia está encomendada a un conjunto de tribunales populares de diversas instancias encabezados por un Tribunal Supremo. Los jueces se reclutan mediante un sistema de exámenes; están sometidos a incompatibilidades (no pueden tener negocios, participar en instituciones sin ánimo de lucro ni ejercer la profesión de abogado); y pueden ser cesados por causas más o menos semejantes a las que rigen en otros países. Las funciones de acusación pública corresponden a la fiscalía, cuyos miembros, según su rango, son nombrados por Congresos Populares de diferentes niveles (nacional, provincial y demás). La judicatura y la fiscalía están apoyadas en sus funciones por los ministerios de justicia y de seguridad pública. Los rasgos chinos del sistema, sin embargo, fueron claramente definidos en 2007 por el entonces presidente del Tribunal Supremo: «Una concepción correcta del poder judicial exige aceptar la dirección del Partido», decía en una declaración que permite hacerse una idea cabal de su independencia.

El poder tras el biombo

De Ci Xi, la emperatriz consorte que dominó la última etapa de la dinastía Qing, solía decirse que era el poder en la sombra, más precisamente tras el biombo. De acuerdo con las normas del gineceo chino, Ci Xi no podía participar directamente en las reuniones de gobierno, así que las seguía oculta tras un biombo y desde ese aparente escondrijo intervenía en sus deliberaciones. Si formalmente la estructura del poder político en China no dista mucho de la que han adoptado muchas otras sociedades, su sistema operativo es, sin embargo, bastante más enrevesado. Tras los órganos de poder aparente, en todas sus dimensiones, ya sean los que se reúnen en la Gran Casa de Pueblo de Tiananmén, ya los de una modesta asamblea de pueblo, el Partido Comunista chino se ocupa de ejercer su poder desde detrás del biombo, y lo hace con total firmeza.

Todas las sociedades modernas encajan en su seno a individuos y grupos sociales muy variados y, en general, les permiten organizarse de acuerdo con sus intereses, sin mayor traba que el respeto a las leyes. La metáfora que suele aplicarse a las leyes es la del cauce o conducto descubierto por donde corren las aguas, que dice la Real Academia. En los regímenes totalitarios comunistas, los cauces pueden variar en cualquier momento de acuerdo con las decisiones del grupo de ingenieros sociales que se congregan bajo las siglas del Partido Comunista. Son ellos quienes se encargan de definir las políticas que van a adoptar y ejecutar los órganos formales de gobierno descritos. Como el orden social no brota espontáneamente, la función del Partido es doble. Por un lado, definir los únicos cauces permisibles de interacción social y, por otro, velar por que las instituciones que agrupan a individuos y masas se amolden a sus exigencias. Su metáfora básica es la de vanguardia. Sus miembros saben o intuyen con mayor rigor que el resto de su sociedad hacia dónde tienen que dirigir las energías del conjunto. Y para ello, tienen que controlar, cuanto menos abiertamente mejor, todas y cada una de sus actividades.

¿Cómo conseguirlo? La solución se atribuye a los comunistas rusos. Durante la Guerra Civil de 1917-1922, el Ejército Rojo no sólo tuvo que organizar a toda prisa a grandes contingentes de soldados de origen campesino, a menudo analfabetos, al tiempo que carecía de una oficialidad bien preparada. Sus dirigentes decidieron, pues, echar mano de los antiguos mandos del ejército zarista. Se calcula que, al comienzo de la guerra, tres cuartas partes de la oficialidad roja se reclutó entre ellos, lo que comportaba un gran riesgo. Las simpatías políticas de la mayoría estaban con el enemigo, con lo que, se suponía, no dudarían en traicionar a la causa revolucionaria en cuanto tuviesen ocasión. Apareció entonces la figura del comisario político, un personaje que compensaba su impericia guerrera con una intensa entrega a la revolución. En cada unidad militar, comenzando por el escalón elemental de las compañías, el Partido nombraba uno de igual graduación que el oficial que las mandaba. El comisario tenía poder para anular las órdenes de los oficiales profesionales cuando lo creyera necesario. Esa dualidad entre competencia profesional y cacumen político resultó ser una combinación muy eficaz.

En China, cuyas instituciones revolucionarias se inspiraron copiosamente en las de la Unión Soviética, el sistema de comisarios políticos pasó paulatinamente a todas las instituciones del paísHasta las instituciones de mayor complejidad profesional, como universidades, hospitales o centros financieros públicos, cuentan con sus correspondientes oficiales políticos. Su papel en la reforma financiera ha sido examinado por Sebastian Heilmann, Regulatory Innovation by Leninist Means. Communist Party Supervision in China’s Financial Industry., en cuyos distintos escalones, desde los más básicos hasta la cumbre, convive la línea profesional con la política, cada una de ellas con su misión específica. Aunque a menudo ambos miembros de la diarquía sean miembros del Partido, los cuadros ejecutores están continuamente sometidos al control de los políticos. De esta forma, el Partido Comunista cumple con su misión de dirigir a toda la sociedad china. Conviene, pues, referirse a su actual organización institucional.

El órgano supremo de dirección del Partido Comunista Chino es su congreso nacional. A lo largo de su historia ha celebrado dieciocho, el último de ellos a finales de 2012. No habían tenido una cronología rigurosa, pero desde el Duodécimo Congreso (1982) se han celebrado con una periodicidad quinquenal. En tiempos de Mao, los miembros del congreso eran designados directamente por los dirigentes superiores del Partido, pero el sistema cambió con el programa de reformas de Deng Xiaoping. Desde entonces los delegados son elegidos por los militantes del nivel territorial correspondiente de entre una lista de candidatos cuyo número excede a su número efectivo, de forma que los votantes pueden elegir dentro de esos límites a quiénes y en qué lugar van a representarles. Las listas de candidatos, por supuesto, siguen siendo decididas por los correspondientes órganos de dirección.

Entre las principales tareas de los congresos figura la elección de los miembros del Comité Central, el órgano supremo del Partido entre congreso y congreso. El Comité Central se reúne en sesión plenaria al menos una vez al año. En la actualidad está compuesto por 205 miembros titulares y 171 suplentes, que no tienen derecho a votar en las sesiones formales. Los titulares generalmente les superan en rango; aunque no hay reglas precisas, por lo común todos tienen la categoría administrativa de ministros. Desde los tiempos de la reforma ha ido imponiéndose la regla no escrita de que deben retirarse al cumplir los sesenta y cinco años. El Comité Central elige al secretario general del Partido, el cargo supremo que ha sustituido al de chairman o presidente con el que se designaba a Mao Zedong, y a los miembros del Politburó y su Comité Permanente. El Comité Central confirma también a los componentes de su Secretariado, un órgano coordinador que ha gozado habitualmente de gran poder, a propuesta del Politburó.

 Xi Jinping, Zhang Dejiang, miembro del Comité Permanente del Politburó de China, Wang Qishan y el primer ministro chino, Li Keqiang

Actualmente, el Politburó está compuesto por veinticinco miembros, que ocupan también los escalones superiores de la estructura política formal del país tanto en organismos nacionales como provinciales. Aunque tampoco en esto haya reglas claras, el Politburó celebra reuniones mensuales. El poder colectivo máximo se concentra en su Comisión Permanente, cuyo número de miembros ha variado en diferentes congresos. En la actualidad son sietePor orden de precedencia son los siguientes, con su responsabilidad entre paréntesis: Xi Jinping (secretario general y presidente de la República); Li Keqiang (primer ministro y presidente del Consejo de Estado); Zhang Dejiang (presidente del Congreso Nacional del Pueblo); Yu Zhengsheng (presidente de la Conferencia Política Consultiva del Pueblo de China); Lui Yunshan (Propaganda, secretario primero del Secretariado del Partido); Wang Qishan (Anticorrupción, secretario de la Comisión Central de Investigación Disciplinar) y Zhang Gaoli (vicepresidente del Consejo de Estado). y, entre ellos, Xi Jinping ostenta la máxima autoridad como secretario general. Como es imaginable, el nombramiento de estos cargos superiores, cuyos mecanismos reales de designación se mantienen en el más estricto secreto, es objeto de toda clase de cábalas y predicciones sobre su poder real, sus conexiones y sus aspiraciones, un equivalente de la kremlinología que pretendía revelar y predecir los entresijos del poder en la Unión Soviética. Aunque los analistas de Zhongnanhai tratan de emplear técnicas sofisticadasVéase la revista periódica que da cuenta de las variaciones que se producen en su seno, China Leadership Monitor, publicada por la Hoover Institution de la Universidad de Stanford, en especial los números 40 a 51, en los que se analiza su composición desde el Décimo Octavo Congreso, en el que se eligió a la dirección actual. para seguir sus pistas, buena parte de sus pronósticos resultan desacertados. Con buen acierto, Kerry Brown señalaba hace poco que «pensar que alguien pueda tener línea directa con Zhongnanhai no es más que una bobada».

El Comité Central nombra también a los máximos componentes de otras dos importantes instituciones: la Comisión Militar Central y la Comisión Central de Inspección Disciplinaria. La Comisión Militar Central es el mando supremo del Ejército de Liberación Popular, de la Policía Armada Popular y de las milicias populares (fuerzas no regulares) y su presidente, nombrado por el Congreso Nacional del Pueblo, es el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Salvo en el período inicial de Hu Jintao, la presidencia ha recaído sobre el Secretario General del Partido Comunista Chino. De la Comisión Central de Inspección de Disciplina nos ocuparemos en detalle en otra entrega de esta serie.

Por debajo de esos órganos centrales se encuentran las organizaciones territoriales o especializadas y los militantes del Partido. Las organizaciones territoriales reproducen, con pequeñas diferencias, la estructura piramidal del Partido nacional y suelen ser elegidas de acuerdo con los mismos criterios. Por su parte, los sesenta miembros de 1921 se convirtieron en ochenta y nueve millones en 2015. Los miembros del Partido Comunista Chino representan, pues, alrededor de un 7% de la población total del país.

¿Quiénes son? Según datos del Comité Central de principios de 2016, en 2015 el Partido estaba compuesto en sus tres cuartas partes por hombres. El grupo de edad mayoritario (40%) tiene entre treinta y uno y treinta y cinco años; si se le suma el 15% de menores de treinta, más de la mitad (55%) de los miembros actuales nació después de la muerte de Mao y son los hijos y nietos de la generación reformista. Un 93% pertenece a la mayoría étnica de los Han, cuyo peso es algo superior al que tiene en el conjunto del país (91,5%). Por profesión, el grupo mayoritario lo componen miembros del sector agrario (29%), seguido de cuadros ejecutivos y de la Administración (26%), jubilados (18%), funcionarios (8%), trabajadores fabriles (8%), estudiantes (3%) y otros (8%). El Partido experimentó un rápido crecimiento durante el secretariado de Hu Jintao (2003-2012), pasando de sesenta y seis millones de afiliados en 2002 a ochenta y cinco millones en 2012. Con Xi Jinping ha seguido creciendo hasta los ochenta y nueve, pero a un ritmo mucho menor en porcentaje: la media anual estuvo con Hu en torno al 2,5% y descendió hasta el 13% en 2015. Según explica el Comité Central, la reducción se debe a los criterios, más estrictos, de reclutamiento que se adoptaron en 2013.

Las áreas urbanas son las que han contribuido en mayor medida a la reciente expansión del número de militantes y al mayor peso de los que cuentan con una amplia educación formal. Por el contrario, las organizaciones del Partido en las zonas rurales tienen dificultades para habérselas con los cambios que les impone el crecimiento económico. De hecho, el porcentaje de trabajadores del campo en el conjunto (29%) es muy inferior a su presencia demográfica (43%). Los órganos oficiales apuntan que la tendencia general a la representación de las clases medias en el seno del Partido está haciendo perder importancia a su base tradicional con una eventual repercusión desfavorable sobre su legitimidad.

Con sus millones de miembros, el Partido ha ampliado espectacularmente su control sobre la sociedad por comparación con las burocracias dinásticas de antaño y ha penetrado en casi todos los ámbitos sociales. Su presencia se hace sentir en todas las grandes instituciones económicas estatales, ya sean de nivel nacional, provincial o local, por medio de sus comisarios políticos, piadosamente conocidos como delegados del Partido, y en las empresas privadas de mayor tamaño con la formación en su seno de comités o células que asesoran y empujan a los empresarios a seguir la línea de masas. De esta manera, una gran proporción de sus miembros están directamente implicados en la dirección de la economía china. Ellos son quienes programan, controlan y ejecutan las decisiones de inversión pública y, en buena medida, privada. Su capacidad de decisión, sin duda, está limitada por el nivel al que hayan llegado en el seno del Partido, pero hay buenas razones para designar al conjunto de sus miembros como los capitalistas rojos«El Partido ha dejado de ser una fuerza parcialmente guerrillera dirigida por personajes de extracción rural que recordaban su lucha por la supervivencia, como sucedía en tiempos de Mao. Ha experimentado casi cuatro décadas de una reforma paralela a su propia transformación desde 1978 [...]. Esto crea una equivocada impresión de que los miembros actuales del Partido han vuelto por completo la espalda a todo aquello que los líderes del Partido y sus militantes hicieron y creían antes de 1978 y del comienzo de su gran transformación socioeconómica» (Kerry Brown, Modern China’s Revolutionary Dream.. En definitiva, son ellos quienes adoptan las decisiones económicas y, cada vez más, se apropian por diversos mecanismos del excedente.

El sueño chino de Xi Jinping

Esa tendencia llegó al apogeo en los años del mandato de Hu Jintao. Al estar tan íntimamente imbricados en la marcha de la economía macro y micro, la tendencia natural de estos burócratas metidos a empresarios les empujaba a una retirada ideológica. Con Hu, al comunismo como reclamo de legitimación cotidiana lo sustituyeron fórmulas como la «sociedad armónica» o el «desarrollo científico», que lo relegaban a los discursos de los días de fiesta mayor en que casi nadie reparabaKerry Brown, Hu Jintao. China’s Silent Ruler, Londres, World Scientific Publishing Company, 2012.. Al tiempo, en una disonancia creciente entre fines y medios, muchos cuadros utilizaron al Partido en beneficio propio como mecanismo de movilidad social y de obtención de riquezasRichard McGregor, The Party. The Secret World of China’s Communist Rulers. Nueva York, Harper-Collins, 2010..

Desde su designación como secretario general, Xi ha tratado de contrarrestar esa tendencia con un rearme ideológico. En uno de sus primeros discursos como Secretario General, en noviembre de 2012, Xi lanzó la idea del sueño chino, un arquetipo para el rejuvenecimiento de la nación, «el más alto sueño que haya podido tener China en los años recientes», y que –resumía– consiste en que «el futuro y el destino de todos y cada uno de los chinos se vincule firmemente al futuro y al destino de la nación». No por omitida la conclusión resultaba menos clara. El sueño chino de Xi Jinping es la recuperación del papel central que China había tenido en Asia (para el mandarinato de otros tiempos, Asia era el sinónimo del mundo a secas) y que había perdido durante los cien años de humillación que siguieron a las guerras del opio.

Algunos observadores han visto en esta reivindicación del nacionalismo como programa una muestra de que Xi renunciaba, de hecho, al marxismo. Es una discusión que puede dar pie a pulidas intervenciones en foros académicos, pero no parece que fuera ésa la intención del flamante secretario general. Tal vez Xi se olvidaba del marxismo, pero en absoluto daba de lado al leninismo y a su idea central de que el futuro y el destino de los individuos se subordinan a las miras y a los planes de la nación. Y como a la nación china la define su vanguardia, el Partido Comunista, es a la voluntad de éste a quien tienen que uncirse.

Nada tan peligroso, pues, como que la vanguardia sea incapaz de ejercer su papel dirigente, ya por el desafío de quienes no se identifican con ella, ya por la desidia de sus integrantes, a la que contribuía el deseo de enriquecerse que se había disparado en tiempos de Hu Jintao. La imagen pública que desde el primer momento iba a proyectar Xi era la opuesta: la de un líder accesible, austero, campechano y deseoso de sumar su suerte a la de unas masas en cuyo espejo y modelo quería convertirse.

Su estrategia de rejuvenecimiento nacional se ha orientado desde entonces en una doble dirección: represión de los disidentes y rearme moral e ideológico del Partido. Desde su llegada al poder, los grilletes que el régimen no había cesado de imponer a sus opositores se han agarrotado aún más. Desde la condena impuesta a Liu Xiaobo y otros firmantes de la Carta 08 no se ha reproducido una sola acción coordinada de oposición frontal al régimen, pero sí han aparecido grupos de disidentes de variada condición que reclaman garantías para el ejercicio de algunos derechos específicos reconocidos en la Constitución. Todos ellos han sido perseguidos sin tasa. La represión se ha cernido sobre los defensores de los derechos humanos, abogados laboralistas, grupos feministas, sindicalistas, dirigentes de protestas ciudadanas, periodistas, editores, partidarios de mayores derechos para grupos étnicos en un rosario inacabable que no puede detallarse aquí.

Los militantes del Partido Comunista Chino tienen que ser conscientes de la necesidad de ser fieles a su ideología, al colectivo, a su centro y a su línea de masas

Destacaré sólo un ejemplo que subraya la esquizofrenia represiva. A principios de marzo de 2015, la policía detuvo y maltrató a un grupo de cinco feministas que planeaban conmemorar el Día Internacional de la Mujer con manifestaciones pacíficas contra el acoso sexual en los transportes públicos. Difícilmente podía eso chocar con las campañas del Partido contra la violencia doméstica y la discriminación de género. Específicamente, las leyes chinas persiguen el acoso sexual. Las cinco mujeres fueron, sin embargo, acusadas del delito de crear alborotos, algo difícil de perpetrar cuando fueron detenidas antes de llevar a cabo sus acciones y sólo por planearlas. No es el suyo el caso más sangrante de represión, pero señala a las claras la decisión policial de no permitir la menor actividad que escape a su control, aunque se encamine a los mismos fines que el Gobierno dice perseguir, y a pesar de que los nuevos dirigentes se habían propuesto el imperio de la ley como una de sus metas reformistas.

Una de las novedades de la política represiva ha sido la aparición en la televisión nacional con frecuencia creciente de algunos detenidos que han reconocido públicamente los cargos que se les imputaban sin haber sido aún sometidos a juicio y han pedido perdón por sus crímenes. Así sucedió tras la detención de más de doscientos abogados laboralistas en todo el país.

A la represión se ha sumado una limitación feroz de cualquier clase de agrupaciones independientes. A principios de 2016 entró en vigor una ley que coartaba las actividades de las ONG extranjeras. A mediados de agosto de 2016 se anunció una nueva norma para reforzar el control de todas las entidades sociales domésticas, ya fueran ONG (incluidas las semigubernamentales), fundaciones de servicios sociales o agrupaciones laborales. Todas ellas están obligadas a inscribirse en un registro oficial y a aceptar en su seno a los comisarios del Partido. Esas medidas completaban la Ley de Seguridad Nacional promulgada en julio de 2015, en la que se especificaban con gran detalle las amenazas punibles por acciones contra el Gobierno, la soberanía y la unidad nacional de China, así como contra sus intereses en la economía, la sociedad, el espacio cibernético y el que circunda al planeta. El control de la Gran Muralla digital sobre los usuarios de Internet se ha hecho sofocante. Recientemente, los censores de Shanghái han prohibido los menores comentarios sobre la marcha a vídeos online, aunque sean emojis.

Si el perfeccionamiento de la panoplia represiva ha sido una preocupación incesante de sus tres primeros años en el poder, en 2016 Xi ha encauzado su actividad hacia un rearme ideológico y organizativo del Partido Comunista y ambas vertientes han confluido con un aumento acelerado de su poder personal. El primer aldabonazo ideológico se dio al filo de las Dos Sesiones el pasado marzo cuando la revista Qiushi, el órgano del Comité Central, recordaba que la fidelidad al Partido se caracteriza por una total lealtad hacia el Comité Central y su secretario general, así como a las teorías, principios y políticas en que se funda. La revista aludía a una innovación de estas últimas atribuyendo a Xi una formulación de lo que llamaba las Cuatro Consciencias. En resumen, los militantes del Partido Comunista Chino tienen que ser conscientes en todo momento de la necesidad de ser fieles a su ideología, al colectivo, a su centro y a su línea de masas. A lo largo de las Dos Sesiones un gran número de los participantes mostró su entusiasmo por tamaña aportación teórica. Las Cuatro Consciencias, decían, completaban otro magnífico cuarteto anterior, el de los llamados Cuatro Cabales, que Xi había evocado desde que accediera a la Secretaría General: construir cabalmente una sociedad próspera; profundizar cabalmente en la reforma; gobernar a la nación de acuerdo cabal con la ley; regir al Partido con mano cabalmente dura.

Desde ese momento, Xi comenzó a hacer llamamientos continuos a la disciplina. A finales de marzo proponía un aumento de los estudios sobre la mejor forma de construir el Partido. El 1 de mayo prevenía a las escuelas de cuadros del Partido contra la adopción de valores capitalistas occidentales. El 7 de junio, Wang Qishan, el dirigente de la campaña anticorrupción, defendía la necesidad de construir una «jaula institucional» para dirigir al Partido con mano dura, definiendo estrictamente los criterios de lealtad política: no respetarlos sería severamente castigado. «La vacilación en la fe ideológica es la peor de las vacilaciones. El declive de un partido político a menudo comienza con la pérdida o la ausencia de la fe en sus ideales», resumía Xi en la ceremonia de conmemoración del nonagésimo quinto aniversario de la fundación del Partido Comunista Chino. El 7 de agosto cargaba contra las facciones en una seria advertencia a los tibios. Un mes más tarde, el Diario del Pueblo recordaba a los miembros del Partido su obligación de pagar regularmente las cuotas y de ponerlas al día si las tenían atrasadas. El viento disciplinario soplaba por doquier, impulsado por el recuerdo de las gestas heroicas de los partícipes en la Larga Marcha, uno de los cuales era su propio padre, Xi Zhongxun.

Las llamadas a la uniformidad ideológica y a la disciplina subrayaban cada vez más la importancia del propio Xi como cabeza del Partido. Entre el 24 y el 27 del pasado mes de octubre entró en sesión el Sexto Pleno del Comité Central con una agenda centrada en cuestiones organizativas. Pocos días antes, la Tribuna del Pueblo, una publicación filial del órgano oficial del Partido, proponía que se otorgase a Xi el tratamiento de hexin. Esa palabra, generalmente traducida como centro o médula, tiene un profundo significado en la tradición del Partido Comunista. Su primer uso político se atribuye a Deng Xiaoping, cuando explicó que cada generación del Partido Comunista había tenido un hexin. Mao había sido el de la primera, Deng el de la segunda y su sucesor, Jiang Zemin, iba a ser el de la tercera. Convertirse en hexin equivalía, pues, alcanzar el rango de líder supremo, alguien cuyas decisiones eran indiscutibles y de estricta observancia. Al final de su reunión, la agencia oficial de noticias Xinhua anunció que Xi Jinping era el nuevo centro del Partido.

Hu Jintao no había conseguido esa distinción. Desde su elección, el Partido se había puesto de acuerdo, un acuerdo no oficial, en que su dirección debía de ser colectiva y el secretario general nada más que un primus inter pares. El comunicado de Xinhua no menciona esa fórmula y, por el contrario, acaba insistiendo en que «los miembros del Partido Comunista Chino deben ser aún más conscientes de la necesidad de mantener su integridad política; tomar siempre en consideración la perspectiva más amplia; obedecer al Comité Central como el centro que es del liderazgo chino; y actuar en acuerdo cabal con sus políticas. Es igualmente de la mayor importancia que mantengan sus pensamientos, su política y su práctica en la línea marcada por el Comité Central con el camarada Xi como centro para que el Partido se mantenga perdurablemente unido y poderoso. Un Partido Comunista Chino poderoso y consolidado con una fuerte dirección como su centro será capaz de impulsar hacia delante a toda la nación en una Nueva Larga Marcha».

Desde el ascenso al poder de Xi Jinping se ha producido una larga discusión en medios académicos y de comunicación sobre su creciente deseo de imitar y reeditar a Mao Zedong. Su nuevo estatus como dirigente supremo lo acerca a esa meta. Los más avisados, sin embargo, señalan que «a medida que afina y pule su narrativa de redención nacional, Xi tiene buen cuidado de escoger lo que le interesa de entre la herencia de Mao. Quiere ser Mao, el héroe, sin convertirse en el Mao creador de caos».

No es una tarea fácil. La China de hoy es muy distinta de la que Mao dejó hecha un guiñapo. Es una sociedad más moderna, más culta, más deseosa de vivir bien. Sin duda, ninguno de esos rasgos ha evitado en otros momentos y en otros lugares derivas infernales. Xi quiere imponer una rigurosa disciplina en el Partido y en toda la sociedad para permitirse llevar adelante su sueño nacionalista aun a costa de cercenar las ventajas de que han acabado por gozar muchos de sus seguidores. No es seguro que vayan a seguirle en ese empeño todos los capitalistas rojos.

01/11/2016

 
COMENTARIOS

Antonio Barron 17/03/17 05:07
Falta de libertad y represión caracterizan a China.
En mi país, México, lo mismo.
Que alguien me explique, ya que el artículo, aunque bueno, no lo hace, ¿por qué China es próspera y avanza como la economía 1 del mundo, y mi patria está sumida en la desgracia?

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