JOHN GRAY Y EL LIBERALISMO AGONÍSTICO DE ISAIAH BERLIN


Isaiah Berlin
JOHN GRAY
Alfons el Magnànim, IVEI Valencia, 1996

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Isaiah Berlin es entre nosotros poco más que el autor de una distinción entre dos conceptos de libertad. Una distinción feliz, que por ello se ha convertido en lugar común y a la que ha quedado amarrado su nombre. Sin embargo Berlin es mucho, muchísimo, más que esto. John Gray, en este libro que transpira la empatía del discípulo y su intimidad profunda con la obra que comenta, se aplica a desvelarnos esta obra casi secreta, minuciosa, riquísima y llena de matices y cautelas. Una obra que había quedado oculta para aquellos no iniciados debido a la fragmentación de sus libros (mayoritariamente compuestos de artículos heterogéneos), a la pluralidad y peculiaridad de los clásicos que frecuenta y a la aparente y engañosa distancia temporal de los problemas que le acucian. Problemas que sólo aparentemente, repito, son de los siglos XVIII y XIX . Porque lo que preocupa centralmente a Berlin (en la lectura de Gray, que me parece correctísima) son problemas centrales de la modernidad que siguen siendo nuestros. Quizás más nuestros que nunca. No olvidemos que éste es el tiempo de la modernidad radicalizada, tardía o de la posmodernidad.

La respuesta a tales problemas filosóficos y políticos es precisamente su liberalismo agonístico. Un liberalismo cuyo núcleo central es la constatación de la pluralidad irreducible e inconmensurable de bienes humanos, del pluralismo. De bienes además en conflicto, antagonistas, que ya no convergirán, progreso mediante, en un falaz futuro. El agonismo significa, sobre todo, descrédito de los sueños racionalistas y de armonía de la Ilustración. Y sin embargo, liberalismo. Pero no el liberalismo de cartilla del doctrinario neonato. El liberalismo de Berlin tiene un componente trágico. Busca rescatar los ideales de la Ilustración tras la constatación de sus límites. Estos últimos son principalmente la fragmentación de lo humano, la contextualidad de los sujetos y sus identidades y la impotencia de la razón para ir más allá de la iluminación. Pero junto a ellos está la capacidad creadora del hombre que nos muestra la historia. Una capacidad de autocreación que ya no se articula en el excesivo sujeto autónomo que se autodetermina, sino en nuestra capacidad situada de elegir. Una capacidad de elegir que constituye nuestra modesta y valiosa libertad positiva y que sólo puede ser protegida en su pluralidad mediante la libertad negativa.

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