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Hibernación secesionista en la Cataluña fragmentada

image_pdfCrear PDF de este artículo.

               El diecisiete de diciembre de 2021 cayó en viernes. El último viernes de faena antes de Navidad. A las doce del mediodía dicté una conferencia en la sala Ernest Lluch del Congreso de los Diputados. Se accede a ese auditorio desde la entrada en la esquina de la Carrera de San Jerónimo con Cedaceros. Los organizadores andaban algo inquietos por el día, las medidas de seguridad y las cautelas exigibles con la plaga viral arreciando de nuevo, aunque la sala ofrecía un buen aspecto cuando tocó comenzar. Dominaba la concurrencia un venerable contingente de exdiputados y exsenadores, cuya Asociación había asumido la organización del evento en comandita con los Periodistas Europeos en MadridEl evento reproducía una sesión celebrada, un mes y medio antes, en el Círculo Catalán, organizada por la sección madrileña de Sociedad Civil Catalana. Por razones logísticas hubo que cambiar de sede y horario en varias ocasiones y acabó siendo un acto semiclandestino. De ahí surgió, sin embargo, la iniciativa de llevarlo al Congreso de los Diputados.. Se veían también rostros de sabios conocidos. Pocas señoras. Deserción unánime de los parlamentarios en activo de la casa: en una jornada como esa estaban todos ellos en «los territorios», dijeron.

               Debía presentar mi libro Fragmented Catalonia: divisive legacies of a secession push (New York: Rowman and Littlefield, 2021), y la fórmula escogida era una disertación dedicada al meollo cuantitativo de ese ensayo (32). Es decir, a la serie de hallazgos estadísticos que habían permitido discernir los vectores primordiales de la fractura de la sociedad catalana. Una ostensible división política que había surgido como consecuencia del envite de secesión que culminó en 2017. Avisé que iba a abrumar al auditorio con un torrente de datos durante una hora larga y que debían procurar seguir mis indicaciones con atención, porque la visibilidad del material gráfico en las dos pantallas laterales, en lo alto del escenario, era precaria. El presente artículo resume lo esencial de lo expuesto y discutido en aquella sesión.

  1. La trinchera política.

             Comencé ilustrando la división política en Cataluña con los datos de la Figura 1. Puede observarse ahí que, desde que se introdujo una pregunta directa sobre la secesión en los sondeos que efectúa la Agencia Oficial de la Generalitat (CEO), con encomiable regularidadBarómetros de Opinión Política, BOP, https://ceo.gencat.cat/ca/barometre/., la proporción de ciudadanos que quieren la secesión y la de los que no la quieren se ha mantenido prácticamente invariable desde 2014. Redondeando las cifras hay aproximadamente un 45% de la población catalana que manifiesta su aspiración de cortar con España, hay otro 45% de población que quiere permanecer en ella y hay también un 10% de agnósticos o no interesados en la cuestión. Así seguía en Mayo de 2021, la última vez que se preguntó eso en un sondeo CEO.

              La ciudadanía catalana ha dado repetidas muestras, sin embargo, de percibir esa división de un modo muy peculiar. Hay algo más de la mitad de ella que reconoce la fractura sin ambages, pero hay también casi una mitad que la niega de un modo rotundo. Eso puede apreciarse en la Figura 2 que recoge ese curioso fraccionamiento de opinión en unos datos que proceden de un sondeo de Metroscopiahttps://metroscopia.org/articulos/., porque los Barómetros y otras encuestas oficiales no inquieren sobre la cuestión. En esa Figura puede constatarse, asimismo, que son los votantes de partidos unionistas quienes reconocen la división, mientas que los votantes de los partidos secesionistas la niegan. Llama la atención, además, que donde se reproduce de un modo casi perfecto esa partición de opiniones es entre los votantes de los Comunes (el Podemos catalán). Por el contrario, en los unionistas hay una opinión taxativa sobre la vigencia de la división, como así ocurre también, aunque en sentido negativo, entre los votantes secesionistas.

Figura 1. Respuestas a la pregunta «¿Quiere Ud. Que Cataluña se convierta en un Estado independiente?», en el período 2014-2021. Datos de los Barómetros CEO (Centre d’Estudis d’Opinió, la agencia oficial de sondeos de la Generalitat de Cataluña, https://ceo.gencat.cat/ca/barometre/). En la parte inferior de la Figura aparecen los porcentajes obtenidos en el sondeo CEO sobre el Contexto Político, de Mayo del 2021. Los Barómetros CEO se llevan a cabo en muestras representativas de la población catalana mediante entrevistas personales que suelen alcanzar entre los 1.500 y los 2.000 entrevistados.

      

Figura 2. Encuesta de Metroscopia «Cataluña: balance de situación». Entrevistas a 1500 electores catalanes mayores de 18 años efectuadas entre el 10-13 de setiembre de 2019 (htpps://metroscopia.org.artículos).

                   Se trata de un fenómeno ciertamente curioso que puede que responda al monumental esfuerzo propagandístico desplegado por las instituciones autonómicas y las fuerzas secesionistas para vehicular la convicción de que «Cataluña es un solo pueblo», intentando contrarrestar así cualquier indicio que pudiera apuntar a una fractura social importante.            

                Tuve que recordar, no obstante, que todavía no nos habíamos movido del ámbito de las opiniones y aunque presenten una regularidad tan consistente como la ilustrada en la Figura 1, hay que tomarlas siempre con cautela. De ahí que decidiera acercarme en el siguiente paso de aquella charla a los resultados de las elecciones autonómicas, para contar así con datos de comportamiento electoral que pudieran añadir ingredientes a la cuestión. La Tabla I recoge esos datos.          

                Si se redondea la diferencia en cada una de esas contiendas, tal como viene en la Tabla I, la diferencia entre el total de los votantes secesionistas y el total de los unionistas se sitúa alrededor de los 150.000 votos. Esa es la mínima distancia que separa a unos de otros, en tres circunstancias muy distintas: las elecciones de 2015, planteadas por el Gobierno de la Generalitat como un plebiscito sobre la independencia; las del 2017, convocadas por el Gobierno central para clausurar la suspensión de la Autonomía catalana que había sido decretada ante la proclamación (fallida) de independencia; y las de febrero de 2021, celebradas en un angustioso contexto pandémico. La estrecha ventaja unionista en votos (no así en escaños), se quebró en esos últimos comicios culminados con una pobre participación y habiendo perdido, el segmento unionista, cerca de un millón de votos, mientras que el campo secesionista adelgazaba en unos 600.000. Esa mayor reticencia unionista en acudir a las urnas facilitó el vuelco porcentual a favor del secesionismo, con el mismo margen de diferencia, que consolidó así su mayoría en el Parlamento autónomo.  

                Por consiguiente, no sólo los sondeos de opiniones reflejaban una división enquistada entre dos mitades de la ciudadanía catalana, sino que el comportamiento electoral reiterado reprodujo esa partición. Es decir, el tema no consistía en debatir sobre la innegable división, sino en dar con los vectores que permitieron erigirla y ahondarla una vez que las fuerzas políticas que han gobernado Cataluña, en la última década, pusieron rumbo firme hacia la secesión.   

2. Vectores primordiales de la fractura catalana

                 Mi tarea, en la siguiente parte de la disertación, consistió en mostrar un conjunto de hallazgos longitudinalesEsos hallazgos provienen de una serie de estudios longitudinales culminados por el terceto formado por Josep Ma. Oller (Universidad de Barcelona), Albert Satorra (Universidad Pompeu Fabra) y Adolf Tobeña (Universidad Autónoma de Barcelona), en los últimos cuatro años. Esos trabajos han permitido caracterizar los vectores primordiales de la división creada por la campaña secesionista en Cataluña (23,24,25) y han conseguido, por cierto, una notoria repercusión en la literatura internacional sobre la materia. La conferencia madrileña y este artículo proceden, en gran medida, de esa fructífera tarea de colaboración y es imprescindible hacerlo constar que permitieron discernir los vectores cruciales para el surgimiento de la fisura entre unionistas y secesionistas (23,24,25). Esos análisis longitudinales incluyeron, en total, a 92.038 encuestados, en 47 Barómetros CEO.

                   A partir de la serie completa de datos de los Barómetros del CEO se plasmaron los cambios evolutivos, a lo largo del período 2006-2020, de los sentimientos de identidad nacional («sentimientos de pertenencia») de la ciudadanía catalana, y se contrastaron luego en relación con otras variables relevantes. Las gradaciones sobre el «sentimiento de pertenencia» son un indicador plausible de la división entre secesionistas y unionistas: los primeros declaran una vinculación afectiva casi exclusiva con Cataluña, mientras que los segundos cultivan afectos identitarios más permeables, con una doble adscripción dominante con España y Cataluña. Esa ostensible grieta entre dos formas principales de identificación nacional es reciente y surgió como consecuencia de la intensa polarización en el tema de la secesión. También se aplicaron herramientas para detectar «puntos de ruptura» relevantes asociados a eventos singulares que pudieran haber acentuado la polarización social (23,24). 

                En la Figura 3 se muestra la evolución de la identidad nacional («sentimientos de pertenencia»), a lo largo del periodo 2006-2020. Es una variable cualitativa con seis valores distintos: «sólo español», «más español que catalán», «tan catalán como español», «más catalán que español», «sólo catalán» y «DK/NA» (no sabe/no contesta), a partir de la ampliamente usada escala Linz-Moreno (10,13,20), que aparece en todos los sondeos CEO. Se estimaron los porcentajes respectivos a partir de las respuestas a 47 sondeos, durante el periodo 2006-2020, en muestras de 2500-1500 personas, alcanzando un total de 92.038 individuos encuestados. En conjunto, hubo un aumento global del 13 por ciento de los que se sienten «sólo catalanes» y una caída del 7 por ciento de los ciudadanos que se sienten «tan españoles como catalanes», lo cual supone una considerable reducción de la adscripción nacional dual.

Figura 3. Evolución de los Sentimientos de Pertenencia (Identidad Nacional) en el periodo 2006-2020. La columna del extremo superior derecho de la Figura denota los distintos segmentos de Identidad Nacional confesada, con sus distintos colores. La magnitud de los cambios mayores se representa mediante las flechas verticales (ascendente y descendente) a la derecha de la Figura. El recuadro delimita el periodo crucial del cambio de tendencia, en la segunda mitad de 2012.

                        El elemento más destacable, en esa Figura 3, son los cambios en 2012 del tamaño de dos segmentos cruciales en cuanto a la identidad nacional. Aquel año, el grupo de identidad nacional «tan catalán como español» inició un descenso notorio que superó los 15 puntos porcentuales, mientras que el segmento con identidad nacional única «sólo catalana» inició una escalada abrupta de más de 15 puntos. Las líneas verticales discontinuas de la Figura 3 señalan acontecimientos que pudieron haber sido relevantes para las oscilaciones de esos perfiles identitarios a lo largo del periodo. Tales eventos fueron: la fecha de aprobación de un nuevo Estatuto de Autonomía (Nuevo Estatuto 2006); la resolución del Tribunal Constitucional (TC) que sancionó diversos artículos de esa norma como contrarios a la Constitución y modificó su preámbulo (junio de 2010); el pico de las protestas del movimiento 15M (15M peak, junio de 2011); las elecciones autonómicas del 25 de noviembre de 2012 (25N); la consulta no-vinculante sobre la independencia del 9 de noviembre de 2014 (9N); las elecciones autonómicas del 27 de septiembre de 2015 (27S); el referéndum ilegal sobre la secesión del 1 de octubre de 2017 (1 Oct.) y las elecciones autonómicas del 21 de diciembre de 2017 (21D). Los puntos de ruptura crucialesMediante la aplicación del paquete ECP (R) diseñado para el análisis de puntos de cambio múltiples no paramétricos de datos multivariantes, que implementa un algoritmo jerárquico divisivo para detectar puntos de cambio razonables (23,24). , durante el período, se indican como líneas discontinuas rojas

               A partir de ahí, se mostraron las variaciones de la identidad nacional en dos grandes segmentos de la ciudadanía: los que tienen como primera lengua (la familiar o materna) la catalana, versus los que tienen al castellano como primera lengua. Eso era perentorio porque diversos estudios anteriores, ya sea a partir de sondeos o de resultados electorales, habían establecido la preeminencia de esa división etnolingüística vinculada a los orígenes familiares (6,18,19).

                En segundo lugar, se evaluaron los cambios de la identidad nacional en función de las preferencias de seguimiento de los medios de comunicación: la televisión y la radio oficiales, de ámbito regional, controladas directa o indirectamente por el gobierno autónomo catalán (que emiten exclusivamente en lengua catalana), versus otras televisiones y radios generalistas, porque se había destacado también la importancia de este factor (12,30,31).

               Por último, se exploró el papel de diversas variables económicas y sociales relevantes que han contribuido a discernir, asimismo, la agrupación de rasgos distintivos que caracteriza la división política entre secesionistas y unionistas.

2.1. El factor «lengua familiar/materna»

             Las oscilaciones en los sentimientos identitarios se hicieron mucho más ostensibles al contrastar los segmentos mediante el fraccionamiento de los ciudadanos por su primera lengua (materna/familiar)Hasta el verano de 2011, la pregunta de los sondeos CEO inquiría explícitamente sobre la «lengua familiar», aunque después cambió a la «lengua infantil en la familia». Ese cambio supuso una disminución de los porcentajes de personas que respondieron «ambas lenguas» y se incrementó algo el grupo de lengua materna castellana, sin afectar, de modo apreciable, al resto de variables analizadas.. Hay dos grupos lingüísticos cuantitativamente importantes en Cataluña: los ciudadanos que tienen como lengua familiar/materna, la catalana (Figura 4) y los ciudadanos cuya lengua familiar es el castellano (Figura 5). Representan el 38,5% y el 55,6% de la población total, respectivamente (según el sondeo de marzo del 2019). Las personas que tenían «ambas lenguas», castellano y catalán, como idioma familiar/materno representaban un 3,0 % de la población. El resto tenía proporciones muchos más reducidas.

Figura 4. Evolución de la Identidad Nacional (Sentimiento de Pertenencia, en %), en ciudadanos cuya primera lengua (familiar/materna) es la catalana (38,5% de la población total, en el sondeo de marzo de 2019). El recuadro en rojo delimita el período de cambios más notorios.

                                En el segmento cuya primera lengua es el catalán (Figura 4) puede observarse que el cambio más destacado lo protagonizó el enorme y abrupto viraje hacia una identidad monolítica, «sólo catalana», acompañado también de un descenso acusado del sentimiento de identidad dual «tan catalán como español». Todo ello en torno a las elecciones autonómicas del 25 de noviembre de 2012. En el segmento cuya primera lengua es la castellana (Figura 5) se apreció un descenso suave de la identidad «tan catalán como español» y un aumento algo más remarcable del sentimiento «más catalán que español», consignables asimismo al mismo período de 2012.  

Figura 5: Evolución de la Identidad Nacional (Sentimiento de Pertenencia, en %), en los ciudadanos cuya primera lengua (familiar/materna) es el castellano. (Un 55,6% de la población total, en el sondeo de marzo de 2019). El recuadro en rojo delimita el período de cambios más notorios.

                  Si la comparación entre esos segmentos lingüísticos se hace respecto del apoyo o rechazo de la secesión se obtienen diferencias abrumadoras. En el período 2015-2019 la fracción de ciudadanía cuya primera lengua es el catalán muestra un apoyo sostenido a la secesión superior al 70%, en comparación con un apoyo de alrededor del 25% en el segmento cuya primera lengua es el castellano (Figura 6). Es una diferencia superior a los 50 puntos, una brecha raramente alcanzable al fraccionar las preferencias de los ciudadanos.  

Figura 6. Evolución del apoyo a la secesión en funcion del Segmento lingüistico (2015-2020).Datos de Barómetros CEO durante ese período.

                           Todos esos datos indican, por tanto, con una gran robustez estadística, que la frontera idiomática fue el vector crucial para la brusca y encrespada polarización en la adscripción nacional y el apoyo a la secesión. Esa variación de fondo afectó, de un modo mucho más notorio, a los ciudadanos de lengua familiar catalana. 

2.2. Segmentos lingüísticos y medios de comunicación.

                         Eso llevó a analizar las posibles vías de influencia para conseguir esos cambios tan aparatosos. Con ese propósito, se ponderó la incidencia de los medios de comunicación mediante una aproximación longitudinal similar a la anterior. Se creó la variable «seguimiento de noticias» teniendo en cuenta las respuestas de los encuestados en los Barómetros CEO que indicaban preferencia por seguir las noticias/debates políticos ya sea a través de medios públicos autonómicos (televisión o radio exclusivamente en catalán), o a través de los medios de comunicación generalistas que emiten para España entera (23,24).

                    Aparecieron cambios muy sustantivos en la identidad nacional «sólo catalana» que dependían de la primera lengua, pero también de tener el hábito de seguir los medios públicos autonómicos. Esos media oficiales contribuyeron a incrementar, en gran medida, la proporción de gente que se adscribía a una identidad nacional monocorde «sólo catalana». La relevancia de esos efectos se cimentó en comparaciones estadísticas muy robustas. Al repetir los contrastes para las variaciones en la identidad «tan español como catalán», se obtuvo también evidencia de cursos distintivos que dependían del idioma familiar y del seguimiento selectivo de los medios (autonómicos versus generalistas). Los efectos de esos media autonómicos fueron asimismo poderosos en el sentido de erosionar la identidad dual, confirmando de nuevo su rol como ariete de cambio en la adscripción nacional (23,24). Por el contrario, al llevar los análisis al seguimiento de los media generalistas públicos o privados, excluyendo a los de ámbito regional, no apareció ningún efecto que condujera a incrementos de la identidad nacional «sólo español». En este caso, había una gran estabilidad en las tipologías de adscripción nacional, en el segmento de ciudadanos que afirmaban seguir las noticias y el debate político a través de la televisión y la radio generalistas (más del 30% de la población, en los sondeos CEO). Por lo tanto, aunque ningún «media» sea estrictamente neutral, no se detectó un sesgo de influencia potente de esos media generalistas sobre la dirección de la identificación nacional.  

                   Combinando todas estas medidas se creó una representación de conjunto (23,24) de la brecha entre secesionistas y unionistas que dependía tanto del idioma familiar/materno como de la auto-adscripción a burbujas comunicativas resultantes de seguir o no seguir los medios autonómicos públicos (Figura 7). Eso permitió obtener una estimación de la probabilidad de ser secesionista o unionista utilizando tan sólo esos dos ingredientes.

Figura 7: Apoyo a la secesión (en %) según el idioma familiar y el seguimiento de los «media» autonómicos públicos. El área de las barras es proporcional al tamaño poblacional de cada segmento de ciudadanía encuestado (denotado en los identificadores de la parte superior del gráfico). El apoyo a la secesión (%, en el interior de las barras), corresponde a los valores promedio del período 2015-2019. A partir de microdatos de los sondeos CEO en ese período.

                  Dependiendo de la lengua familiar (catalán o castellano) y teniendo en cuenta, asimismo, si un ciudadano sigue las noticias a través de medios regionales públicos o no, se podía predecir la probabilidad de apoyar la secesión de Cataluña, en un hipotético referéndum legal de autodeterminación. Esos cálculos daban unas magnitudes del 16,6% de apoyo a la secesión para el segmento D de la Figura 7 (ciudadanos cuya lengua familiar es la castellana que no siguen las noticias en medios regionales), en contraste con el apoteósico 86,3% de apoyo secesionista en el segmento A (ciudadanos de lengua familiar catalana que siguen las noticias en medios autonómicos públicos). Conviene subrayar que los primeros son mayoritarios – un 42,5%, en el conjunto de la población catalana -, y los segundos son un 23,4% de esa ciudadanía.

               Por consiguiente, mediante tales perfiles se pudo delimitar, con consistencia, la naturaleza de la ciudadanía unionista y secesionista en Cataluña, a lo largo de la última década. Los secesionistas férreos son un 24%, aproximadamente, y ese contingente está formado por ciudadanos cuyo primer idioma es el catalán y prefiere seguir las noticias y el debate político a través de los media públicos regionales (TV3 y CatRadio). Los unionistas alcanzan un 43% y son ciudadanos de idioma familiar castellano que siguen las noticias y el debate político en los media  generalistas con cobertura para toda España. Quedan unos restos considerables del 14% por un lado, formado por ciudadanos de ascendencia familiar e idioma catalán, que prefieren los media generalistas y un 11% de ciudadanos de lengua castellana, que prefieren los media regionales. Ese considerable y entrecruzado 25% podría decantarse de un lado u otro en sus opciones a favor o en contra de la secesión, dependiendo del contexto político y las perspectivas personales (32).  

                  Es decir, puede estimarse, redondeando los porcentajes, que hay un 64-68% de catalanes con identidad dual (con diferentes gradaciones). Una tercera parte de ellos tienen dudas serias, sin embargo, en cuanto a la conveniencia o inconveniencia de la secesión. Frente a ellos, hay un 23-27% de catalanes irreductibles: alérgicos a cualquier intento de recomponer un barniz hispano, por más liviano que fuese el acabado del nuevo maquillaje. Por consiguiente, la división política emerge esencialmente desde ahí, roqueña y atrincherada en la frontera lingüística principal y el seguimiento de medios. Los restos (entre un 5-10%) son población flotante o residentes ajenos al litigio.                 

2.3. Rebeldes privilegiados.

               El papel que pudieran haber jugado las variables económicas en el surgimiento del envite secesionista ha sido muy discutido. Llaneras (16) destacó la interacción entre los factores económicos y el origen familiar en las opciones a favor o en contra de la secesión, partiendo de sondeos CEO cercanos al tenso otoño del 2017. La independencia interesaba sobre todo a los catalanes nativos: el apoyo era más alto entre los ciudadanos nacidos en Cataluña y también entre los que tenían, al menos, un progenitor nacido allí, con un máximo de apoyo (el 75%) por parte de quienes tenían una larga ascendencia familiar nativa. Entre los ciudadanos procedentes de otras regiones españolas o del extranjero, y también para los nacidos en la región pero con ambos padres inmigrantes, la secesión no era nada atractiva. La discrepancia entre apoyar o rechazar la secesión dependía, asimismo, de los ingresos familiares: los ciudadanos con rentas más altas y los que respondían «vivimos cómodamente» eran los más favorables a ella. Por el contrario, la mayoría de encuestados con los sueldos más bajos y los que confesaban «muchas dificultades económicas» estaban en contra de la secesión. Mediante un análisis sofisticado del voto en elecciones autonómicas del 21 de diciembre de 2017, el equipo de Maza (17) consignó, por su parte, la prioridad de los orígenes familiares y el menor peso de los factores económicos en el apoyo a los partidos secesionistas, en concordancia con otros estudios (5,9,28). Boylan (6) también había mostrado, usando los sondeos CEO del período 2011-2013, que la identidad nacional (ser catalán o asimilado), era un predictor mucho más potente de la aspiración a la secesión que los agravios por un trato fiscal injusto o por otras razones de índole económica.  

               Los perfiles longitudinales de nuestros estudios mostraron la relevancia de las segmentaciones económicas en las preferencias a favor o en contra de la secesión (25). Se pudo cubrir el período entero del envite secesionista a partir de otra variable de los sondeos CEO: los «ingresos netos familiares al mes». Se estudió la evolución de los ingresos netos de los hogares, en la población catalana, en el periodo 2006-2020 y luego se repitieron los contrastes para cada segmento lingüístico principal, según el idioma familiar: el catalán o el castellano. También se analizaron las interacciones del apoyo a la secesión en un hipotético referéndum de autodeterminación según el idioma familiar y la variable «ingresos netos del hogar>3000 €/mes o menores de esa cifra».  

Figura 8. Evolución de los ingresos netos mensuales de los hogares (2006-2020), comparando la ciudadanía con idioma familiar catalán versus castellano. Nótense las diferencias económicas (medianas de los ingresos familiares netos al mes, en el eje de ordenadas), entre los dos segmentos idiomáticos principales de la ciudadanía catalana. LM: idioma familiar/materno (LM Castellano: 56% de la ciudadanía; LM Catalán: 36%; LM Ambos idiomas: 6% (fuente: EULP2018- Enquesta Usos lingüístics de la població, Institut Estadístic Catalunya; https:// www.idescat.cat/pub/?id=eulp). Elaborada a partir de Barómetros CEO 2006-2020.

                 La Figura 8 muestra la evolución de la situación económica en función de la lengua familiar. Los hogares cuyo primer idioma es el catalán consignaron unos ingresos superiores a los de lengua familiar castellana a lo largo de todo el período. Los efectos de la crisis económica fueron más acusados, además, en estos últimos. La evolución de los ingresos muestra que los efectos más intensos de la crisis económica, durante el periodo 2010 a 2018, se dieron de forma retardada, como en el resto de España, pero los hogares de idioma catalán ya se habían recuperado plenamente en 2017.

                     Se contrastó entonces la variable binaria «ingresos netos del hogar >,< 3000 €/ mes» con los dos segmentos en función de la «lengua familiar/materna», para discernir su posible relación con el apoyo/rechazo a la secesión, en un hipotético referéndum de autodeterminación (Figura 9). Los resultados mostraron un efecto muy potente, de nuevo, de la lengua familiar: los hogares de habla catalana eran predominantemente secesionistas, mientras que la gran mayoría de las familias de habla castellana eran unionistas. Hubo asimismo un efecto consignable de los niveles de ingresos familiares en la probabilidad de apoyar la secesión, aunque de mucho menor calado en comparación con el idioma: los hogares más ricos indicaron un mayor apoyo a la secesión, en ambos segmentos. Cabe remarcar que esa diferencia era algo más acusada, incluso, en el segmento de habla castellana, aun partiendo de cifras de apoyo a la secesión muy bajas: es decir, también predominan los privilegiados, económicamente, entre los escasos secesionistas de idioma familiar castellano.

Figura 9: Influencia de los ingresos netos de los hogares y del idioma familiar, en el apoyo a la secesión (2015-2020). Además del enorme efecto del idioma familiar/materno en el apoyo a la secesión, nótese la influencia distintiva de los niveles de ingresos, en cada segmento idiomático. En el de lengua castellana se observa, incluso, una tendencia a un superior apoyo secesionista diferencial en los hogares con mayores ingresos. Junto a cada etiqueta (arriba, a la derecha) se indican los porcentajes de cada segmento poblacional en el sondeo de marzo de 2019; los restos hasta el 100% corresponden a «no sabe/no contesta». 1M = mil euros/mes. (FML: lengua familiar/materna). Elaboración a partir de microdatos de los sondeos CEO.

                          Finalmente, se comparó el apoyo a la secesión en diferentes estratos obtenidos teniendo en cuenta sus límites de resistencia económica (en meses), ante una circunstancia de crisis económica muy severa (Figura 10). Los resultados mostraron que el apoyo a la secesión se acompañaba de unos límites de resistencia muy superiores: los ciudadanos con recursos financieros más elevados eran más partidarios de ella. Una tendencia similar apareció, asimismo, cuando la medida fue la percepción de la situación económica familiar durante el último año. Cuanto más halagüeña era esa percepción confesada, tanto mayor el apoyo a la secesión.

Figura 10: Apoyo a la secesión y bienestar económico. Izquierda: la secesión era más popular entre los ciudadanos que tenían unos límites de resistencia económica superiores (en meses), en una circunstancia de crisis económica grave (Barómetros CEO 2016-2017). Derecha: también era más popular la secesión entre quienes tenían una percepción favorable de la evolución de sus economías familiares durante el último año. (Barómetro CEO Julio 2019).

                En conjunto, por tanto, todos esos hallazgos indicaron, de forma sólida, que la aventura secesionista en Cataluña fue animada y mantenida por segmentos sociales que gozaban de mayores recursos económicos y de un cojín más holgado de seguridad pecuniaria o patrimonial. Es decir, fueron amplios sectores bien instalados de la sociedad catalana quienes apoyaron y protagonizaron ese prolongado movimiento de segregación. Rebeldes privilegiados, en definitiva (25,32).

                  Thomas Piketty, el celebradísimo estudioso de las desigualdades económicas, se sumó a ese diagnóstico, dedicando un capítulo de su última obra (27), a deslindar posibles incentivadores de algunos movimientos secesionistas contemporáneos, usando el ejemplo de Cataluña como paradigma del ventajismo de ciertos sectores bien situados al propiciar, desde sus confortables atalayas, una separación forzada del marco democrático español. Eso fue un aldabonazo porque había calado, entre muchos académicos y en buena parte de la opinión ilustrada internacional, la noción de que los factores económicos contaban poco o nada en la ignición de un movimiento secesionista de naturaleza esencialmente espontánea y enraizado en aspiraciones culturales e identitarias transversales (5,9,14,15,28). La respuesta ante ese «despropósito pikettiano», por parte de estudiosos del campo secesionista, no se hizo esperar. A principios de diciembre de 2021 vio la luz un estudio que pretendía desmontar por entero ese diagnóstico (21), con refutaciones varias. La más importante consistió en mostrar la inconsistencia o debilidad de la relación positiva entre los niveles de renta y el apoyo a la secesión en Cataluña. El estudio utilizó un periscopio doble: las respuestas sobre los ingresos mensuales en los sondeos CEO del período 2014 -2020 y los datos fiscales individuales dados a conocer en los censos oficiales de 2017. En ambos casos se conseguía mostrar que la contribución de los niveles de renta al posicionamiento favorable a la secesión se atenúa muchísimo si se tienen en cuenta otros vectores como la lengua familiar, la ascendencia de origen, la edad o el lugar de residencia. Sin embargo, esa atenuación no conseguía borrar la influencia de los niveles de ingresos en el apoyo a la secesión. Todo lo cual no hace sino fortalecer el panorama descrito en nuestros estudios (24,25,32).

                   Por otro lado, el hecho de mostrar que la relación entre niveles de renta y apoyo secesionista no es lineal y que en el estrato social más privilegiado (el 1% con rentas más elevadas), se daba un acusado descenso del apoyo a la independencia, no sólo no desdibuja la presente descripción, sino que la complementa. Ese dato es revelador y remite a la falta de estudios sistemáticos sobre las élites catalanas y sus posturas en relación con el pulso por la secesión. Indiqué en mi ensayo (32) que los rasgos distintivos, las posiciones y los intereses de las élites secesionistas y las no-secesionistas merecían diseccionarse en detalle, porque los datos entresacados de sondeos en muestras de población general pueden señalar indicios útiles, sin ser resolutivos al provenir de contrastes demasiado groserosVéanse datos, en la Figura 9, por ejemplo, que muestran una tendencia que se aparta, en apariencia, de unos patrones generales muy consistentes. Al comparar los segmentos pudientes y los desfavorecidos de la ciudadanía catalana (en función de un umbral de ingresos mensuales), la diferencia relativa en el apoyo a la secesión era más acusada en las franjas cuya lengua familiar era el castellano que en aquellas cuya lengua familiar era el catalán. Es decir, la escueta minoría de catalanes privilegiados que tiene el castellano como primera lengua se distingue en mayor medida, de su propio grupo idiomático, en el apoyo a la secesión, que los estratos privilegiados cuya lengua familiar es la catalana. Eso podría, quizás, pre-dibujar un rasgo singular de una fracción privilegiada de la ciudadanía que convendría delimitar con precisión, ya que emerge de contrastes demasiado generales.

          2.4. Eventos de ruptura.

                   Los gráficos longitudinales de las Figuras 3-5 vienen atravesados por varios trazos discontinuos verticales que señalan fechas o eventos potencialmente relevantes a lo largo de la campaña secesionista. Dos «puntos de ruptura» protagonizaron saltos destacables hacia una polarización acentuada en los dos segmentos mayores de la ciudadanía, secesionistas y unionistas. El primero, en 2010, surgió varios meses antes de la sentencia del Tribunal Constitucional que cercenaba el Estatuto de Autonomía que se había aprobado el 2006. El segundo «punto de ruptura» fue mucho más determinante: el viraje de la coalición nacionalista moderada que había dirigido el Gobierno Autónomo durante décadas (Convergencia i Unió, CiU), adoptando una agenda secesionista durante el otoño de 2012. Elliot (11) identificó esos mismos «puntos de ruptura» en su crónica sintética, en paralelo, de los itinerarios históricos de Escocia y Cataluña, al contrastar la irreprochable apuesta escocesa por la independencia que condujo al referéndum acordado de 2014, con la vía unilateral y abiertamente ilegal seguida en Cataluña (otoño de 2017).

             El primer «punto de ruptura» contradice la habitual presentación del brote secesionista catalán como una reacción de indignación popular ante el «agravio profundo» que provocó la sentencia del Alto Tribunal, recortando o modificando varios artículos del nuevo Estatuto de Autonomía de 2006, que había sido votado, por cierto, por una minoría de ciudadanos (38% del censo electoral). Las preferencias por la secesión ya se movían al alza bastantes meses antes de esa sentencia, en un apreciable segmento de la ciudadanía. Eso es compatible con sostener que el impacto de dicho dictamen del Tribunal Constitucional acabó influyendo, sobre todo porque se utilizó como un ariete propagandístico para dinamizar el activismo secesionista.

               Fue mucho más decisivo, en cambio, el período que condujo a las elecciones autonómicas del 25 de noviembre de 2012. Esos comicios supusieron, de hecho, el despegue definitivo de la aventura secesionista, cuando el presidente del gobierno autónomo entonces, Artur Mas, líder de aquella coalición política de signo nacionalista moderado (CiU), perdió la mayoría en el parlamento autonómico. A partir de ese momento, la mayoría parlamentaria y con ella, todas las palancas del formidable poder regional dependían de las fuerzas secesionistas. El ejecutivo autónomo, con todos sus resortes activados, y buena parte de los restos de aquella coalición moderada, optaron por la secesión de España como estrategia dominante (1,3,4,11).

                 Las figuras 4 y 5 ilustran cómo, alrededor de aquellas elecciones, un segmento de la ciudadanía formado, sobre todo, por personas de lengua familiar catalana, viró desde una suave progresión de su adscripción identitaria unívoca «sólo catalán», hacia una aceleración brusca y potentísima de esa auto-asignación a una identidad nacional exclusiva. Los porcentajes alcanzaron máximos durante la primera consulta ilegal sobre la independencia (9 de noviembre de 2014) y el incremento se estabilizó en niveles muy altos a lo largo del litigio entre la administración española y la catalana que todavía perdura.

                Ese grupo formado, esencialmente, por ciudadanos cuya primera lengua es el catalán mostró preferencias sincrónicas y concordantes en varias medidas: identidad nacional monolítica (sentimiento de pertenencia «sólo catalán»), preferencia por la soberanía política de Cataluña (optando sin titubeos por la «independencia»), y apoyo explícito a la secesión en un hipotético referéndum de autodeterminación. Esa restricción de la auto-identificación nacional asociada a las preferencias por la secesión, en ese gran segmento de «catalanes nativos», no se dio en otros segmentos cruciales de la ciudadanía (los que tienen el castellano o ambas lenguas, como idioma familiar). Esos grupos tendieron a mantener una considerable estabilidad en sus identidades nacionales duales y en su rechazo a la secesión, sin cambios notorios.

                Hay que insistir, por tanto, en que la consecuencia principal del prolongado pulso por la secesión liderado desde las instituciones autonómicas fue la creación de una profunda fractura política y social entre dos grandes segmentos de la ciudadanía catalana, secesionistas y unionistas, que no existía antes de la eclosión de unas urgencias fabricadas por segregarse de España (1,8,11,35). La ausencia de una mayoría social clara detrás del vigoroso empuje secesionista, abrió aprensiones y fricciones desconocidas hasta entonces. Vecinos, colegas, conocidos e incluso amigos y familiares que habían compartido sentimientos de vinculación con Cataluña y España (en diferentes grados), como parte de sus variados afectos y valores, siguen divididos en el tema de la secesión y deben convivir en medio de una tensión no resuelta (1,8,11,32).

3. Resumen provisional.

              En este punto de la conferencia madrileña pasé a leer las conclusiones que se enumeran en la página final del epílogo de mi libro (32), una vez comentados los resultados de las últimas elecciones autonómicas celebradas el 14 de febrero de 2021.

         «En conclusión, las elecciones del día de San Valentín dejaron intocado el panorama general que se ha descrito en el presente ensayo. Un panorama que puede resumirse de la siguiente manera:

  1. La sociedad catalana permanece dividida en el tema de la secesión:
  • Un 45% de la ciudadanía (aproximadamente), quiere abandonar España.
  • Otro 45% de la ciudadanía (aproximadamente), quiere permanecer en ella.
  • Un 10% (aproximadamente), son agnósticos en ese asunto.

2. La sociedad catalana está profundamente polarizada en la cuestión de la independencia:

  • Los secesionistas repudian a los unionistas, del mismo modo que estos últimos repudian a su vez a los primeros.
  • Los agnósticos están exhaustos de tener que vivir en un conflicto enquistado, bajo una cascada incesante de propaganda y en un ambiente de tensiones irresueltas; un estado de ánimo que suele ser bastante habitual, asimismo, en el campo unionista.

3. Esas divisiones y la polarización social acompañante siguen tres fronteras o líneas de fractura primordiales.

  • Una frontera lingüística que se reconoce por el uso habitual de la lengua catalana o de la castellana, en las interacciones cotidianas de la ciudadanía.
  • Una frontera referible al origen familiar, distinguiendo a los catalanes nativos de larga ascendencia local (o los asimilados), de los catalanes procedentes de diversas migraciones de todos los territorios españoles (tanto los de larga implantación, como los más recientes), y que no se han asimilado del todo al entorno cultural catalán.
  • Un hiato socio-económico que divide la ciudadanía entre:

          – clases medias y segmentos con un nivel educativo y profesional alto, que se identifican mayoritariamente con el campo secesionista.

          –  estratos socio-económicos bajos y con un nivel educativo y profesional inferior, que se identifican de manera preferente con el campo unionista. 

          Por consiguiente, la división política catalana obedece a una combinación de líneas de fractura etno-lingüísticas y socioeconómicas claramente discernibles».  

              Eso me llevó a recordar las conclusiones de un estudio basado en un sondeo de GAD3GAD3 (https://www.gad3.com/). donde se inquirió sobre el estado de ánimo de ambos bandos, en la primavera de 2018, mediante entrevistas telefónicas efectuadas a un millar de ciudadanos que conformaban una muestra representativa de la población catalana (22). En ese momento, después de la renovación de la mayoría secesionista en las elecciones de diciembre de 2017, convocadas a toda prisa para cerrar el período de suspensión de la Autonomía, promulgada a raíz de la proclamación (fallida) de independencia, los resultados indicaron que:   

              Los secesionistas (comparados con los unionistas):

• estaban más comprometidos políticamente y eran más apasionados; estaban también mucho más convencidos de poder lograr sus objetivos finales.

 • tenían una identificación nacional más intensa, unos hábitos lingüísticos más homogéneos y sus preferencias en el consumo de medios estaban más constreñidas a la «burbuja» autonómica.

• tenían una situación económica más desahogada y veían el futuro, además, con mejores perspectivas.

              Es decir, pertenecían a segmentos privilegiados de la sociedad y estaban mucho más fanatizados e implicados. Condiciones, todas ellas, claramente favorables para la seguir alimentando el envite secesionista y perpetuando la división (22).

              No tengo constancia de que se haya repetido un sondeo con esas características. Ha corrido bastante tiempo desde entonces, con post-efectos múltiples de la fallida intentona de segregación que se han ido surfeando. Según un sondeo de Metroscopia de setiembre de 2019, efectuado con una metodología muy similar al anteriorCataluña, cuatro años después del 1-O: https://metroscopia.org/2021/10/01/cataluna-cuatro-anos-despues-del-1-o/, el 75% de la ciudadanía catalana consideraba que el envite secesionista había fracasado, y esa sensación de derrota superaba el 50% incluso entre los votantes de ERC y CUP, aunque no así en los de JuntsxCAT. Al inquirir sobre las perspectivas de futuro para la independencia de Cataluña el pesimismo se imponía de nuevo, con unos porcentajes casi idénticos. Esta vez, incluso los votantes de JuntsxCAT se acomodaban a él.

             Por consiguiente, debiera colegirse que el estado de ánimo de los segmentos unionista y secesionista habrá ido variando a medida que el momento álgido del envite y sus secuelas más aparatosas y tumultuosas iban quedando atrás. De todos modos, en ese mismo sondeo reapareció la división social taxativa: al inquirir sobre si el liderazgo político en Cataluña representaba a toda la ciudadanía, el segmento secesionista contestaba de manera afirmativa y el unionista de manera negativa, partiéndose el diagnóstico contrapuesto, de nuevo, en dos mitades. Y en otro sondeo de GAD3 en el primer tercio de 2020 dedicado a explorar opiniones sobre cuestiones educativas (26), y que incluía diversas preguntas sobre el posible daño a la convivencia infringido por la larga campaña secesionista, la división rebrotaba intocada con los secesionistas negando cualquier problema y los unionistas destacándolos, partiéndose otra vez la opinión de la ciudadanía, sobre ese particular, en dos mitades casi perfectas.                           

4. El momento actual: la hibernación de la efervescencia secesionista.

                     Todo ello me llevó a la parte final de la charla, donde abordé el momento actual. Me condujo hasta ahí, con comodidad, un estudio publicado a principios de diciembre de 2021 por el académico que dirigió el CEO durante los últimos diez años (2). Comparó la importancia de una serie de variables en el apoyo a la independencia a Cataluña, usando como base de partida las opiniones auscultadas en 1996, por el CIS, respecto de los tres Barómetros efectuados por el CEO en 2020.  Es decir, contrastando un momento plácido del acontecer político hispano, con la coalición nacionalista moderada Convergència i Unió (CiU) coadyuvando a un periplo de gobierno conservador en España, con la situación actual, donde el partido secesionista mayoritario, Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), apuntala también a un gobierno de otro signo en Madrid. Las variables escogidas fueron la edad, el sexo, el lugar del nacimiento de los encuestados y el de sus progenitores, el tamaño del municipio de residencia, el nivel educativo y la primera lengua (el idioma familiar/materno). El objetivo primordial del trabajo era comprobar si la lengua era el mayor predictor de las aspiraciones de independencia en Cataluña.

                  Y lo era, de forma rotunda. Lo era en 1996, cuando esas aspiraciones eran tenues y volvía a serlo en 2020, cuando alcanzaban a casi la mitad de la ciudadanía y reflejaban el respaldo a los sucesivos Gobiernos secesionistas que han estado al timón desde hace casi una década. La lengua familiar era, de hecho, la variable más potente para predecir el apoyo a la secesión, aunque otros vectores también intervenían con mucho menos vigor. Coadyuvaban con la primera lengua, el haber nacido en Cataluña o, más todavía, el hecho de tener ascendencia familiar catalana. También lo hacía el haber conseguido un nivel educativo superior y tener una edad por encima de los cuarenta años. En cambio, residir en municipios con una población superior a los 10.000 habitantes iba en contra del apoyo a la secesiónEse es un hallazgo sistemático y muy robusto: el predomino secesionista se concentra, sobre todo, en extensos territorios de las comarcas del interior de Cataluña, donde abundan las localidades de tamaño medio y pequeño, mientras que el predominio unionista se da en las grandes ciudades y su entorno metropolitano, en las pobladas conurbaciones de las franjas costeras, así como en algunas comarcas limítrofes con regiones vecinas. Esa frontera también puede delimitarse en el interior de los ámbitos urbanos, distinguiendo los barrios pudientes de los más abigarrados y desfavorecidos (26,32). . Son resultados óptimos, puesto que confirman plenamente los hallazgos de nuestros estudios longitudinales usando todos los Barómetros CEO (23,24,25), en un único contraste de conveniencia elegido, además, por el propio autor.  

                Pero había más ingredientes aprovechables en ese estudio (2). Aunque partía de opiniones en un contexto concreto, las expresadas en 2020, el hecho de disponer de las aserciones individuales favorables o contrarias a la secesión y las respuestas sobre la lengua familiar, permitía hacer estimaciones sobre las magnitudes aproximadas de los diferentes segmentos de la ciudadanía. En base a esos supuestos tentativos, se concluía que hay un 13,9% de catalanes, cuya primera lengua es el castellano, que son favorables a la secesión y que hay también, por otro lado, un 7,4% cuya primera lengua es el catalán que no lo son en absoluto. Es decir, que los campos políticos unionista y secesionista, a pesar de tener su anclaje o frontera primordial en la primera lengua, cobijan en su interior unas franjas no-triviales de adscripción por parte de individuos pertenecientes a la fracción idiomática contrapuesta. Ese resultado permitió al autor (2) llegar a unas conclusiones que vale la pena reproducir, y así lo hice aquel viernes de diciembre del 2021, en Madrid:

                 «La primera lengua era, y sigue siendo, el predictor más poderoso de la preferencia por la secesión, aunque no es del todo determinante. El movimiento secesionista no solo reúne a una pluralidad de hablantes nativos de catalán, sino que recibe un apoyo no despreciable entre quienes tienen al español como primera lengua. Por el contrario, el grupo unionista, a pesar de estar compuesto principalmente por personas que tienen el castellano como primera lengua y sus orígenes familiares fuera de Cataluña, tiene en su interior una minoría nativa de habla catalana. Esa división imperfecta, que se basa en alineamientos etno-lingüísticos cuya relevancia no puede minusvalorarse, atenúa la probabilidad de un conflicto de base étnica» (2).

                 Se trata de una conclusión relevante por tres razones, al menos: 1. Se reconoce por primera vez, entre las voces estudiosas del ámbito secesionista, que existe una división social, aunque sea imperfecta; 2. Se reconoce también por primera vez, en ese ámbito, que esa división política se refleja en unos alineamientos etno-lingüísticos que no deben obviarse; 3. Se alerta de que existe alguna posibilidad de conflicto étnico, aunque haya ingredientes que alivian el peligro.

                Notable, todo ello, y digno de ser destacado porque se ha dedicado mucho esfuerzo académico a negar cualquier posibilidad de que tales cosas pudieran haber ocurrido (33,34).

                 4.1. El «efecto ILLA»

                        Decía que me vino muy bien ese estudio porque pretendía finiquitar la conferencia con una incursión interpretativa en algunos aspectos del contexto político de los últimos dos años, que podían anunciar, quizás, un viraje en el litigio secesionista. Un viraje que podía contribuir a aligerar la tensión que había dejado un intento de secesión forzada y una división social que ahora comenzaban a reconocerse, como se ha visto. El primer ingrediente de ese nuevo panorama fue la consolidación de un Gobierno coaligado de izquierdas en Madrid, en 2020, gracias a la colaboración decisiva de ERC. El segundo, fue la sustitución de los revoltosos e inestables epígonos de CIU, por parte de ERC, al frente de la Generalitat, a partir de las elecciones autonómicas de febrero de 2021.

                        Eso fue gestándose de manera gradual y laboriosa, pero tuvo su momento culminante con el denominado «efecto ILLA». En efecto, Salvador Illa, un bregado dirigente del Partido Socialista de Cataluña (PSC-PSOE), ganó esas elecciones autonómicas a las que acudió después de haber coordinado, desde el Ministerio de Sanidad, la respuesta a la devastadora crisis pandémica a lo largo de 2020. Su calma, prudencia y sensatez en tiempos de gran zozobra le valieron una cima de popularidad, que todos los sondeos captaron y fue lanzado a la contienda autonómica. Con él se consagró una tendencia que ya había comenzado a entreverse en las elecciones generales que se celebraron en España los dos años anteriores. Es decir, el grueso del electorado popular en Cataluña había regresado al PSC-PSOE, después de haberlo abandonado.

                 La Figura 11 proviene también del análisis longitudinal de todos los Barómetros CEO (25,32) y muestra cómo el segmento de ciudadanía catalana cuya primera lengua es el castellano, abandonó su posicionamiento habitual en la izquierda, para pasarse a posiciones de centroderecha a partir del año 2014, manteniéndose ahí hasta 2020. Hay que notar que a lo largo del periplo que va del 2006 hasta el 2014 no había diferencias entre ambos segmentos lingüísticos, en ese aspecto, pero a partir de ese año el segmento de lengua castellana se catapulta hacia posiciones de centroderecha. Probablemente captó que las fuerzas de la izquierda catalana no defendían sus intereses, de forma consistente, y viró hacia posiciones que llevaron al sensacional y en último término baldío triunfo de Ciudadanos (C’s), en las elecciones autonómicas de 2017.      

Figura 11. Posicionamiento ideológico y primera lengua en Cataluña. Curso evolutivo del autodiagnóstico ideológico en una escala «Izquierda-Derecha», en los Barómetros CEO 2006-2020, en función de la primera lengua. El eje de ordenadas indica las medianas estimadas de ese auto-posicionamiento ideológico en los segmentos de ciudadania divididos por su primera lengua. LM Catalan: Lengua familiar/materna el Catalán; LM Español: lengua familiar/materna el Castellano.

    

                      Pero eso cambió, de forma rotunda,  en 2021. En la Figura 12 puede apreciarse que el grueso de las capas más desfavorecidas en Cataluña otorgó su voto al PSC-PSOE, en la elecciones autonómicas de febrero de 2021, hasta el punto de conducirlo a la victoria por un margen mínimo, eso síLa reticencia a visitar las urnas por parte de casi un millón de votantes que sí habían acudido en masa, en la convocatoria del convulso 2017, motivó que la victoria del PSC-PSOE no se convirtiera en una ventaja suficiente para poder conformar una mayoría de Gobierno en Cataluña. Esa abstención diferencial del campo unionista recuperó una tendencia al retraimiento (en los comicios autonómicos, sobre todo), que venía de antiguo y que deriva, en primera instancia, de factores de naturaleza económica y educativa. Las rentas medias y altas no se retrajeron tanto, en 2021, a pesar del contexto pandémico y eso, claro, acabó favoreciendo a las opciones secesionistas. No es nada nuevo, ese hallazgo: en buena parte de los rincones del mundo, los segmentos privilegiados de la ciudadanía tienden a ejercer, con mayor regularidad, el derecho al voto.. ERC le seguía algo lejos en esas franjas populares y apuntaba también VOX, por vez primera y de forma tímida, en una pequeña porción de ese electoradoLa eclosión de VOX como fuerza parlamentaria relevante en Cataluña y en el resto de España, cabe considerarla como otra de las consecuencias primordiales del pulso sostenido por la secesión (32). El segregacionismo catalán consiguió clausurar, de ese modo, lo que se había considerado como una curiosa excepción en el concierto europeo: la mínima vitalidad de la derecha radical, en España.. En cambio, C’s se hundió de manera aparatosa por el abandono masivo de una clientela que había recogido provisionalmente. Por otro lado, en los segmentos de rentas más altas seguían por delante los epígonos ultramontanos de CiU, con PSC-PSOE y ERC pisándoles los talones. 

          Esos grandes cambios electorales propiciaron un pacto tácito entre PSOE y ERC, para el país entero, que se cimentaba en el enorme peso que tiene el voto de los segmentos populares en Cataluña para decidir la composición del parlamento en la Carrera de San Jerónimo y en la gobernación de las Españas. Ese pacto implicaba que ERC contribuye a que el PSOE se mantenga al timón en Madrid, mientras ella misma se asienta, confortablemente, en la Generalitat con la aquiescencia y la colaboración (discreta) del PSC-PSOE.

Figura 12. Como votó la ciudadanía catalana el 14 de febrero de 2021: de los más pobres a los más ricos. Datos censales de la renta-2017 (instuto Nacional de Estadística, INE). Datos electorales oficiales, Gobierno de la Generalitat. De Gutiérrez, Bigorra F y Enrubia M (2021) Asi votaron los barrios más pobres y los más ricos en Cataluña el 14F-2021. (https://www.ccma.cat/324/aixi-van-votar-els-barris-mes-pobres-i-els-mes-rics-a-catalunya-el-14f/noticia-amp/3078187/).

             Los ingredientes que conforman esa presunción diagnóstica tal como los enumeré en Madrid, son los siguientes (Tabla II):

              La combinación de todos esos factores, junto a la sensación de provisionalidad inducida por el oscilante y prolongado contexto pandémico, ha propiciado una atenuación o hibernación de la efervescencia secesionista. Una hibernación que quizás lleve a un largo periplo de colaboración entre esas fuerzas políticas ahora al mando en Madrid y en Barcelona.

  • La anomalía española.

             Así culminé el recorrido por los datos, pero no quise dar por concluida la disertación sin presentar una brevísima recapitulación dedicada a algunas curiosidades de la política hispana, que presenté con el título que lleva este cierre. Quise recordar a los presentes, en aquel distinguido auditorio del Parlamento, que la fractura catalana que había estado analizando durante una hora entera se había producido en un marco, el español, que cabía etiquetar como anómalo. Enumero aquí (Tabla III), tal como los desglosé aquel día, los ingredientes que podían justificar la etiqueta de «anomalía» que les otorgué.

Cabe denotar que todo eso es muy peculiar. Nada habitual, quiero decir, en el club de las democracias occidentales avanzadas, del cual España forma parte. Aunque es bien conocido, eso sí, que España tiene una larga tradición en alumbrar fenómenos políticos peculiares o «anómalos» y eso resulta difícil de borrar. Puede incluso que esas características «anómalas» hayan contribuido a mermar (en parte, al menos), los esfuerzos que la diplomacia y múltiples instancias de influencia hispana en el mundo han dedicado, en los últimos años, para hacer entender lo que estaba ocurriendo y conseguir signos o gestos foráneos de comprensión o sintonía franca. Signos y gestos que, a menudo, han brillado por su ausencia (7).

En definitiva, que a pesar de la hibernación de la efervescencia secesionista que parece haberse instalado, por el momento, en el panorama político catalán, se siguen dando un conjunto de rasgos que apuntan al enquistamiento de la honda división social y política en Cataluña. Eso, junto a la reiteración de ingredientes «anómalos» en el discurrir de la gobernación democrática de las Españas, incita a pensar que estamos ante la perpetuación de un empate corrosivo del cual nadie conoce la salida

Adolf Tobeña
Dpto. de Psiquiatría y Medicina Legal. Instituto de Neurociencias
Facultad de Medicina. Universidad Autónoma de Barcelona

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