Una red compleja de líneas

Frente a los cerrojos, seguido de Puntos de referencia

HENRI MICHAUX

Pre-Textos, Valencia, 452 págs.

Trad. de Julia Escobar

Escritos sobre pintura

HENRI MICHAUX

Col. ARquitectura. Colegio oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos, Librería Yerba, Caja Murcia, 240 págs.

Ed., trad. y prólogo de Chantal Maillard

Vivió durante años con los ojos vueltos a la cuenca interior. De toda su compleja aventura literaria lo más destacable es la búsqueda constante de una manera personal de expresarse desde la interioridad, siempre con esos ojos vueltos a la cuenca entrañable. Pero no hay que desdeñar otro aspecto –en este caso, exterior de su literatura– igual de valioso en cuanto a la obtención de interesantes resultados: su obsesión ilimitada por las sucesivas capas que subyacen en la realidad aparente.

Descubramos a Michaux, decía André Gide. Intentémoslo, su complejidad no debe ahuyentarnos. Adentrémonos en su estilo seco teniendo siempre bien presente que él solía preguntarse dónde estaba su vida, una vida que a veces se le aparecía hacia delante, raramente pasada o actual, más bien por hacer; la manoseaba, la orientaba, la probaba, no la veía. No obstante, era su vida.

Nace a esa vida en Bélgica, país que no parece que le convenciera mucho, tampoco la vida misma le complace. Escribió de su nacimiento en Namur (Bélgica) en 1889: «Nacimiento en una familia burguesa belga. Lejana ascendencia española. Indiferencia. Inapetencia. Resistencia. Desinteresado. Mal soporta la vida, tuerce los ojos, desprecia los entretenimientos, los cambios. Comer le repugna».

Descubramos a Michaux. Adentrémonos en su estilo seco. ¿En su estilo he dicho? Toda su escritura es una lucha contra el estilo. Leemos en Poteaux d'angle (Puntos de referencia): «El estilo, esa facilidad para instalarse e instalar el mundo, ¿será el hombre? ¿Esa sospechosa adquisición por la que se elogia al regocijado escritor? Su presunto don se le va a quedar pegado, anquilosándolo sordamente». Su literatura siempre fue «a la contra» del estilo, no quería quedarse atascado con cuatro conceptos y tópicos literarios tontamente aceptados por la historia de la escritura. Vio siempre en el estilo una falta de valor por parte del escritor, una falta de apertura, de reapertura: en suma, una invalidez: «Intenta salir. Ve lo suficientemente lejos dentro de ti como para que tu estilo no te pueda seguir».

Malestar con su país de origen. Algo así como una imposibilidad de viajar por la campiña belga, enrarecida por la bruma y el olor de caca humana de los barbechos recién abandonados. Ya sólo le faltó definir a su país tal como un día lo resumió Álvaro Mutis, que pasó su infancia en la tierra de Michaux: «Bélgica. País de grandes ciclistas y cazadores».

Malestar existencial muy profundo, que se refleja en sus primeras obras, no exentas de un personalísimo sentido del humor. Un tal Plume es una de las joyas de la corona del reino de Michaux, está escrita en 1930, cuando veía en Charlot a un dadaísta que realizaba sin inhibición o censura alguno de los impulsos primarios que sentía, como dar un puntapié al trasero de un hombre inclinado, sin pensar en las consecuencias de sus actos. Ese sentido del humor remitiría veinticinco años después, tras su experiencia literaria con las drogas. Una lástima. O no. En cualquier caso, hasta Face aux verrous (Frente a los cerrojos, 1951), que es un libro misceláneo en el que se incluyen textos en verso y en prosa, así como ilustraciones, su humor es una serpiente de alto alcance venenoso, su humor –tal vez procedente de su ascendencia española– es de estirpe ramoniana. Conexiones intravenosas con Gómez de la Serna, muy visibles en Frente a los cerrojos: «La cuerda no llega a oír al ahorcado», «Visto por un perro Nueva York, tiene que inclinarse», «La camisa del apicultor pica», «el loco oye otro tic-tac».

Ese «otro tic-tac» le aleja de la retórica literaria y de la búsqueda de un estilo propio, se adentra peligrosamente por los pasajes de una travesía interior que en los años cincuenta le lleva a experimentar con la droga, especialmente con la mescalina. Como ha escrito Marta Segarra: «Lo que distingue a Michaux de otros escritores que, antes o después de él, experimentaron con las drogas, es su actitud fría y desconfiada, unida a una precisión casi científica, ante los paraísos artificiales». Para Michaux, éstos no constituyen una tentativa de evasión, sino que al fin y al cabo se muestran más bien decepcionantes, de ahí el título de uno de sus libros: Miserable miracle (Miserable milagro). Hay bebedores que dicen «no encontrar nada en el alcohol», Michaux parece estar diciendo que no encontró nada en la mescalina. Desencanto en su experiencia con las drogas. Curiosamente, hay textos anteriores suyos a esas experiencias con la mescalina, que tienen mayor interés, como el que encontramos en Plume, cuando nos describe que bajo los efectos del éter la voz en el gramófono de Marianne Oswald cantando una canción moderna, Sourabaya Johnny, «entró en mi habitación expresando al fin, realmente, la verdad de su amor desdichado y que valía la pena, que se dirigía a mí, que yo debía entender».

Es paradójico, pero es así: es más bello este fragmento sobre la voz de Marianne Oswald que cualquier página de las que dedicó a la mescalina, ese miserable milagro en su vida. Aunque del desencanto de ese milagro frustrado surgió una mayor potencia de su faceta de pintor influido de forma fundamental por Klee y De Chirico, sobre todo por el primero. Leemos en Escritos sobre pintura, en un admirable texto titulado Aventura de líneas: «Cuando vi la primera exposición de pinturas de Paul Klee, volví, lo recuerdo, encorvado bajo un gran silencio […]. La red compleja de las líneas aparecía poco a poco […]. Una línea se encuentra con otra línea. Una línea esquiva otra línea. Aventura de líneas».

Ese «otro tic-tac» que es toda su obra literaria –red compleja de líneas– fue vivida con la necesidad de atravesar los pasajes de su travesía interior siempre encorvado bajo un gran silencio, que le lleva a pintar con ojos al silencio humano. Porque aunque parezca mentira, hay ojos, imperceptibles para la vista ordinaria, en las figuras de tinta de la obra pictórica de Michaux. Esos ojos los vio Alain Jouffroy, que ingirió una sustancia próxima a la mescalina, la psilocibina, con la intención de adentrarse en la pintura de Michaux. Su testimonio es conmovedor: «No sólo su pintura contenía ojos imperceptibles para la vista ordinaria, no sólo era aquel paisaje mescaliano un paisaje-cabeza, sino que aquel paisaje sufría: era el retrato de una conciencia dividida en mil pedazos, la conciencia misma de Michaux disgregada, diseminada como resultado de la mescalina».

Pintara o escribiera o viajara al Ecuador o a China, lo que Michaux siempre intentó fue una aventura metafísica, dijo Claude Mauriac. Hay quien piensa que éste se equivoca y que la aventura de Michaux no es metafísica, sino física. Hay quien piensa que lo que Michaux precisamente descubrió es que la mente es materia, que el pensamiento es un fenómeno natural. Miserable milagro. Para semejante viaje no eran necesarias tantas alforjas de mescalina. Tragedia humana. Malestar añadido al malestar inicial, que dinamitó miserablemente su humor de los primeros años. Se refleja con amargura en Puntos de referencia, donde un Michaux maduro y más desesperado que nunca nos dice que cuanto más hayamos conseguido escribir (si es que escribimos), más lejos estaremos de cumplir el puro, fuerte, original deseo, el deseo fundamental de no dejar huella.

Nueva paradoja: su expedición a las «selvas interiores del ser» ha terminado por dejar huella y hoy se encuentra en la Pleiade, ambición de todo escritor que se precie y que Michaux no tenía, lo dejó dicho bien claro: «El que no acepta este mundo no levanta una casa en él». A su muerte, le han levantado esa casa. Pero todo lleva a pensar que Michaux preveía que esto ocurriría y no le disgustaba especialmente, tal vez porque atravesó su vida una idea fría: «Al haber tocado fondo, podría mirar de frente a la naturaleza entera, a los animales, a los animales, a la tierra». Miserable destino.

Ficha técnica

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