Gato por liebre

Gato por liebre

Claudia Hernández de Valle-Arizpe

Universidad Autónoma Metropolitana, México, 2023

Hace ya 17 años el Fondo de Cultura Económica publicó mi libro Sin biografía, un volumen de poesía centrado en los usos menos conocidos de plantas, piedras, minerales y sustancias. Transitan por ese volumen usos rituales, culinarios, agrícolas, mágicos y eróticos. Desde muy joven me ha fascinado descubrir que una piedra, la raíz de una planta, un cordón umbilical o la bilis del toro puedan tener usos que, de entrada, nos resulten extraños y hasta inimaginables. Mi afán de indagar, de preguntar al que sabe lo que yo ignoro, me parece que, de por sí, forma parte del ejercicio poético. La poesía, tan cercana a la filosofía, difícilmente se contenta con lo que ve de buenas a primeras. Tras publicar Sin biografía supe que se trataba de un primer volumen de uno o quizá de varios que escribiría después. Lo supe no solamente por mi curiosidad de renovadas pasiones, sino porque el tema de los otros usos es inagotable, y así sucedió: Gato por liebre apareció hace unos meses bajo el sello editorial de la UAM, la Universidad Autónoma Metropolitana, en su colección de poesía La lengua que habito, y es, sin duda, la continuación de un libro que se me antoja inacabado siempre.  

Creo que lo que me lleva a escribir sobre estos temas se relaciona, en su origen, con el hecho de que las apariencias engañen. ¿Todo lo que vemos es lo que nos dicen o creemos ver?, escribí en la contraportada, respondiéndome que «Si la poesía ya es revelación, este libro es un doble descubrimiento porque cada poema se adentra en la materia oculta de lo visible». Su título no es exacto, porque gato por liebre, esa locución acuñada en la Edad Media europea, se refiere, como es bien sabido, a un estricto engaño, y en estos poemas, más que engaño, lo que hay es un llamado a ver más allá de la superficie: si estoy admirando una pintura, digamos, de Rogier van der Weyden, puedo contemplar la escena religiosa sin preguntarme por el origen de los colores; del azul de María en su atuendo, de los rojos, blancos y dorados que iluminan el cuadro, o bien, puedo averiguar de qué plantas, bulbos y raíces provenían aquellos colores a mediados del siglo XV. Gato por liebre, entonces, es un título que elegí por su sonoridad, pero también porque se acerca a la idea que me domina cuando escribo sobre estos menesteres: no dar nada por sentado.

Comencé a escribirlo en 2018 y lo seguí trabajando hasta 2022. Entre Sin biografía (FCE, México, 2009) y Gato por liebre, aunque se trate de libros hermanos, hay diferencias claras, producto del paso de los años y de lo que estos dejan en materia de experiencias e intereses personales. Lo que sucedió fue que el abanico temático se abrió. Al incluir los otros usos del barro, por ejemplo, me detuve en la bucarofagia como una práctica alucinógena de belleza, pero también como abortivo en el siglo XVII español y, de paso, como asunto relacionado con la feminización de los vicios en una sociedad altamente misógina. Lo anterior lo vinculé con sustancias abortivas peligrosas de los siglos XX y XXI, así como con el barbasco mexicano, planta cuyas moléculas permitieron la creación de los primeros anticonceptivos en los años 60 del siglo pasado.

Grupos de poemas armaron así las distintas partes del libro; la de las cenizas o la de los pigmentos naturales. La sección de la pigmentación resultó europea y mexicana porque ahí caben por igual el xiquilite para obtener el azul añil o el azul de Prusia, ambos fascinantes. En «Desvelando capas» lo asiento:

«Verdísimo xiquilite azul / en muros que no logran borrar, /de los templos, /ni el sol ni el agua», seguido de la estrofa: «Maya o prusiano, es símbolo, sedante, / fondo de mar muy hondo», y hermano los colores de continentes distantes usados para el arte, al mencionar minerales, carbonato, yeso, carbón o azurita. Los pigmentos para el cuerpo humano (especialmente para los guerreros) también están presentes en estas páginas, sea en los antiguos mexicanos o en celtas y germanos.  

Forman otro grupo los aceites obtenidos de semillas y de frutos. Aceite de camelia o de marañón, de cidra o de hongo del maíz, sorprendentes usos curativos, medicinales y alimenticios de diversos países se mezclan con otros más que, ejemplo de error y ensayo, resultaron inútiles y hasta letales para los seres humanos. Investigar sobre estos procedimientos que buscaban obtener algo útil significa, por otra parte, asomarse a la Historia. Me asomé a la sífilis, por ejemplo, y a algunas de las prácticas para combatirla, hasta antes de la llegada de la penicilina.

La parte titulada «Veladuras» me fue guiando a través de usos ancestrales en México. Al entrar a la Capilla del Rosario en la ciudad de Puebla, un guía explicará a los turistas perplejos, ciertos usos para pegar y pintar que se aplicaron en el siglo XVII para lograr ese barroco y majestuoso resultado. Escribí:       

En el estuco hay sangre de toro;
en manos y boca,
miel de abeja, flores,
harina de agua y claras
para unir cientos de láminas.

A la misma parte del libro pertenece el poema en el que volví a mirar a ojos cerrados, después de haberlo hecho presencialmente en el desierto de Sonora, ramas, flores y raíces transformadas por tejedoras seri en exquisitas cestas con figuras geométricas. También está el texto sobre la cochinilla, de la que se obtiene desde hace siglos un brillante color rojo, y que tiene, hoy en día, otras aplicaciones en maquillaje y alimentación.

A las preguntas ¿de qué están hechas muchas máscaras, y tantos cristos novohispanos de impronta indígena?, se sumaron otras sobre tatuajes (sobre todo, carcelarios), remedios para el dolor y contra el contagio, técnicas de conservación de alimentos y de obras de arte, hilos quirúrgicos, maderas y cuerdas de instrumentos musicales. Respondieron tripas de animales, grasa y huesos de ballena, bolsitas de especias colgadas al cuello, cuernos de toro, cortezas de roble blanco, maderas de roble y de cerezo, fluoruro, glicerina, orina de vaca, o carbonato de calcio..  

En estos poemas me di la oportunidad de conectar el pasado con el presente a través de ejemplos de la curiosidad humana que conducen a la creatividad, y de esbozar algunas preocupaciones sobre el futuro de nuestro planeta. Me acompañaron las lecturas de novelistas, de ensayistas, de poetas que admiro y que me disparaban flechas de ideas. Desde Emily Dickinson hasta Bejamín Labatut, siempre Robert Louis Stevenson en sus libros de viaje, Henry David Thoreau con sus pájaros, el Alfabeto de Inger Christensen, el hermoso libro Rojo mexicano. La grana cochinilla en el arte. También, las conversaciones con mi vecino ―un ingeniero químico que dedicó gran parte de su vida al teñido de telas―, además de mucha fotografía, tanta música, y el difícil tiempo pandémico que me hizo apreciar el jardín de casa en medio de la gran ciudad no sólo como una tabla de salvación contra el aislamiento, sino como un reino encantado; un lugar en el que viento, lluvia y granizo, semillas y frutos, huerto, árboles, pájaros y otros animales, me enseñaron una vibración y una paciencia distintas. Gato por liebre termina justamente así:                     

En un jardín
Pero el mejor remedio
llegó más tarde.
El día en que sanos y convalecientes
percibieron la redondez de la Tierra,
aquí, desde abajo,
y se logró ver su círculo azul
de moteados blancos,
su brocal de pájaros.
Por primera vez el cielo
fue un aviario
sin malla ni estructura;
sólo una vasta cúpula
sin miedo.          

Claudia Hernández de Valle-Arizpe es poeta. En 1997 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta por Deshielo. Premio Iberoamericano de Poesía Jaime Sabines para Obra Publicada 2010 por Perros muy azules. Ganadora del Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2016 en el género de poesía por el trabajo titulado A salvo de la destrucción. Sus poemas han sido traducidos al chino mandarín, francés, inglés y neerlandés.

Imagen de Clément Falize
Imagen de Clément Falize

Ficha técnica

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