En el rubro del «realismo mágico» tan preciado de los escritores latinoamericanos, el presidente Hugo Chávez ya les había proporcionado a sus estudiosos material suficiente como para ilustrar ampliamente la idiosincrasia local y abordar en toda su diversidad el culto bolivariano que el carismático «Comandante Supremo», «Comandante galáctico» y «mago de las emociones» reinventó a su antojo hasta su desaparición en 2013. Con esta obra «espectral» de Irina Troconis, se da un nuevo paso hacia la consideración de elementos aparentemente alejados del racionalismo que se espera de las ciencias sociales y humanas. Sin embargo, algunos antropólogos, como Michaelle Ascencio, ya habían esbozado este tipo de análisis, al destacar la permanencia de los «imaginarios religiosos» en la Revolución. En este aspecto, el libro entabla el diálogo más bien con autores tales como Rafael Sánchez (Dancing Jacobins, 2016) y Michael Taussig (The Magic of the State, 1997). El estudio de Irina Troconis llega hasta nuestros días, en una coyuntura en que no sólo se ha desvanecido el poder de convicción de la Revolución Bolivariana con la desaparición de su líder carismático, sino que ha desembocado en una dictadura condenada por las izquierdas democráticas del continente. También aparece en un momento en que las ciencias sociales y las disciplinas artísticas tienden a unirse para descifrar, representar y reinterpretar el funcionamiento de un Estado que antes se calificaba de «mágico» (Fernando Coronil).
En el ocaso prolongado de la Revolución, la propuesta de I. Troconis no carece de interés. Se basa en la afirmación de J. Derrida, quien señaló que el investigador del futuro y el intelectual de mañana tendrán que conversar con fantasmas (en referencia a Marx…) o incluso de Giorgio Agamben, también convencido por este poder inusitado de los espectros. Reiterando el deambular de los filósofos pero en Caracas (y también desde la ciudad andina de Mérida), la autora da cuenta de una sensación fantasmal asociada a los lugares recorridos, en una acepción más divertida que aterradora: desde el Panteón Nacional, último lugar de descanso de los «Libertadores», pero donde sólo descansa el «primer Libertador» Simón Bolívar (Chávez se encuentra todavía en el «lugar de memoria» del Cuartel de la Montaña), hasta los edificios oficiales que exhiben sus retratos, a veces junto con el de su sucesor, o hasta las paredes que los acogen con un grafismo de trazos más coloridos y populares. En este decálogo de prácticas encaminadas a reivindicar y perpetuar el espíritu del Comandante, habría que incluir asimismo los hologramas minimalistas de Chávez, que surgen por la noche caraqueña, conviviendo con sus transeúntes, y de forma sistemática en las redes sociales (incluso oficialistas) que subrayan constantemente la presencia inmaterial del Comandante en la vida cotidiana de sus conciudadanos.
La tendencia a las apariciones fantasmales se habría afianzado en América Latina a partir de los años noventa, mediante espectros, fantasmas y otras fuerzas insólitas y hasta subversivas que han pasado a formar parte de la vida cotidiana. En este sentido, las transiciones políticas hacia la democracia, las secuelas de las dictaduras y otros conceptos elaborados por las ciencias políticas no resultan tan operativos a la hora de evaluar la situación emocional de Venezuela tras la muerte de Chávez, la «atmósfera cargada de emotividad» que generó, en un contexto de incertidumbre política y mayores tensiones sociales. Una precisión imprescindible: este libro está escrito sobre y con fantasmas, en la medida en que trata de la vida después de la muerte, del más allá, por no decir de la eternidad de Chávez, cuyo espectro acecha al país desde su desaparición en 2013, pese a la acentuación de una crisis a la vez política, económica y humanitaria. Durante este período se han ido multiplicando, como por arte de… magia, los objetos, las imágenes y las representaciones dedicadas al «Comandante eterno». La obra, originalmente una tesis leída en Estados Unidos, pretende ser, por lo tanto, un «experimento» inserto en un determinado entorno historiográfico. No se trata de un juicio o de un balance, en la medida en que ya existe una nutrida y variopinta historiografía sobre la Revolución Bolivariana y su inspirador, entre estudios académicos de comprobada validez, y aseveraciones o prédicas militantes.
Sin descuidar los hechos históricos y la actualidad, la autora reivindica este experimento basado en la teoría de los afectos, el estudio de las «representaciones», los estudios memoriales y culturales y, por último, el estudio de los medios de comunicación. La obra también es una oportunidad para demostrar que en el Estado mismo pueden originarse las representaciones. De este modo, se desmarca de la corriente historiográfica que privilegia la figura de Chávez en sus dimensiones carismáticas, autoritarias, populistas y heroicas, o incluso el estudio de la Revolución «desde abajo», en términos de movimientos sociales y activismo político, sus éxitos pregonados o sus fracasos pasados por alto. Al remitirse a aquellas iniciativas que pertenecen al ámbito de la creación artística y de la puesta en escena cotidiana, la reflexión sitúa al espectro en el centro. Mediante estos dispositivos visuales, el Estado intenta conjurar la muerte, la ausencia, movilizando con este fin el «poder espectral», particularmente cuando se ven cuestionadas su autoridad y su legitimidad, en un contexto de crisis duradera.
Los comportamientos y las palabras que se derivan de estas mediaciones influyen, sin lugar a dudas, en las relaciones entre el Estado y la sociedad civil. Rechazando clasificaciones binarias, I. Troconis recorre los itinerarios del espectro de Chávez y del Estado mágico: nigromancia, restos espectrales, sus últimas apariciones, poder hechizante de los fantasmas, recordando además el culto a Bolívar, fundador de la identidad venezolana y abordado desde diversos ángulos en estudios críticos (Germán Carrera Damas, Luis Castro Leiva, Ana Teresa Torres, Elías Pino Iturrieta, y otros más). A las investigaciones acerca del mito bolivariano (del Bolívar de la revolución de Independencia al «Bolívar del siglo XX/XXI»), se suman las aproximaciones conceptuales de Michael Taussig y Jacques Derrida, ya citados, así como las de Avery Gordon para la sociología de las cuestiones relacionadas con los fantasmas. La exhumación de los restos de Bolívar y las invocaciones de Chávez aparecen debidamente mencionadas, al igual que los orígenes populares de este culto, para y por el pueblo. Se destaca la omnipresencia de las imágenes (retratos de Chávez, su firma o incluso sus ojos que observan y vigilan a su pueblo —se merecen un capítulo entero—, en las paredes, pegatinas, tarjetas telefónicas, tazas, camisetas, «memes» de las redes sociales, tatuajes, etc.). Estas representaciones propias del espacio urbano van acompañadas de otras referencias discursivas o artísticas al héroe de la Independencia y a su avatar en el siglo XX o XXI, incluidas, precisamente, las invocaciones… rituales («Chávez por siempre, Maduro presidente», «Chávez corazón del pueblo», etc.). Lo mismo ocurre con el retrato digital realizado en 2012 a petición de Chávez por expertos en nuevas tecnologías, mucho más parecido a su patrocinador que al aristócrata mantuano de la revolución de Independencia, y con la guerra de imágenes que se desató en esa oportunidad en la clase política, en la calle y en la opinión pública. Se trata, por lo tanto, de un fantasma familiar que volvería a rondar el espacio público en busca de justicia y de una reescritura selectiva del pasado, hablándole a su sucesor, N. Maduro, mediante pajaritos o mariposas. Sin embargo, el Estado nigromántico y su retórica figurativa no son ninguna novedad en Venezuela si recordamos prácticas como el culto sincrético a la diosa indígena María Lionza, seguido anteriormente por varios presidentes, o también la magia negra y otras variantes espiritistas regionales como la santería.
Teniendo en cuenta factores tan diversos como la difusión de las herramientas digitales, la crisis política y social que rodeó la desaparición de Chávez y la llegada de un sucesor carente de carisma y, consiguientemente, de apoyo popular y poco favorecido por los precios del oro negro, la ausencia de una solución viable por parte de la oposición o las divisiones del partido oficialista, la figura de Chávez sigue siendo el eje central de la retórica bolivariana. Es el «gigante», el inmortal, el «Comandante galáctico» y «eterno», mientras Maduro se presenta como su «hijo», etc., en un contexto de continua polarización de la opinión pública: debe vivir el mayor tiempo posible para que el Estado mágico (y el presidente de turno) logre conjurar una situación inestable, sin por eso descartar el uso de la violencia, en una actuación conjunta con su pueblo, gracias a las nuevas tecnologías. El espectro encierra, en cierta medida, virtudes tranquilizadoras, a diferencia de los fantasmas. La autora expone sus dimensiones afectivas y prácticas que no son exclusivamente metafóricas, tanto en la esfera pública como en la privada, combinando de este modo la imaginación y la continuidad en la representación ubicua del Comandante Supremo, durante sus últimos años, tras su desaparición, y de sus avatares, incluyendo el cuerpo de la nación («Todos somos Chávez», «Tú también eres Chávez»). Las creaciones artísticas y otras performances no dejan de inspirar este estudio, especialmente a través de las obras de Deborah Castillo. La lectura de esta obra resulta, por ende, un viaje en el tiempo, en lo indecible y lo invisible, que no renegarían los apóstoles esta vez del surrealismo (hoy en día no tan mágico, habida cuenta de la catástrofe humanitaria). Basado en un enfoque conceptual preciso, en referencias igualmente documentadas (incluye además numerosas fotos tomadas por la autora) con las que el historiador no siempre está familiarizado —a diferencia de los antropólogos, como lo señalamos— abre perspectivas inéditas sobre el poder de las nuevas tecnologías en la construcción de identidades ficticias, y más en un contexto de crisis política y de tragedia social y humanitaria caracterizada por la represión y el exilio. Es una creación en sí misma, a imagen y semejanza de las irreverentes realizaciones artísticas que pueblan sus últimas páginas. Solo cabe esperar que este estudio, a la vez preciso y original en sus planteamientos, se traduzca al español, en una síntesis que no sólo sea accesible a los especialistas del país o de los conceptos movilizados.
Frédérique Langue es directora de investigación en el CNRS – Instituto de Historia del Tiempo Presente (IHTP).






