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Memeces aparte, una de las características principales de los pueblos y ciudades españolas, especialmente de las pequeñas, es su extremada fealdad. Claro que todos conocemos maravillas como Santillana del Mar, Ronda o Pedraza, pero no nos engañemos: son excepciones. La mayoría de los pueblos y ciudades españolas, dejando aparte las obvias maravillas de todos conocidas, son horrorosos.

El clima es en parte responsable de esta fealdad. Un pueblo inglés se llenará automáticamente de poéticos árboles, románticas enredaderas, verdes prados y abundantes flores, y eso sin hacer el menor esfuerzo, mientras que los pueblos españoles a duras penas pueden mantener unos pocos arbolillos que, de cualquier modo, tampoco crecen mucho. La sequedad espantosa de nuestro clima, nuestro famoso «buen tiempo», crea una forma de vida extrovertida y un carácter expansivo y abierto, pero ayuda muy poco a la belleza de nuestro paisaje físico y humano.

Pero no es sólo la falta de lluvia, el horrible secarral que aqueja a la mayor parte de España, dejando aparte la franja verde del norte, lo que hace que nuestros pueblos, ciudades y urbanizaciones sean tan feas. Hay también un elemento puramente civil, voluntario, en ese océano de hormigón que sepulta a tantos pueblos, en esas espantosas esculturas que afean plazas y rotondas, en la agresiva fealdad de las partes «modernas» de nuestras ciudades, donde el buen gusto y a veces el simple sentido común parecen haber sido desterrados por decreto.

Nuestros pueblos y ciudades no son sólo feos en conjunto, sino también en detalle. Los pueblos más pequeños son aquellos en que los disparates arquitectónicos son más llamativos. Pero tampoco la naturaleza que los rodea se libra de esta fealdad endémica. Los campos están llenos de plásticos, de redes verdes, de alambradas desnudas, de somieres que hacen la función de puertas, y los basureros, vertederos y escombreras afloran por doquier en cuanto tomamos un camino con idea de adentrarnos en la naturaleza. El cutrerío nos acecha por todas partes.

Por cada establecimiento rural ejecutado con encanto e inteligencia, diez mil baretos llenos de moscas. Por cada edificio restaurado con gusto y sensatez, diez mil horrores.

Pero no es sólo una cuestión de fealdad. Hay otra cosa quizá peor y es el aburrimiento, la falta de cosas que hacer. Claro que en todos los pueblos hay ludotecas, bibliotecas públicas, concursos de fotografía, clases de yoga, liguillas de baloncesto o de fútbol, cines de verano y cosas parecidas, pero el súmmum de la diversión siguen siendo las corridas de toros y las añoradas fiestas del santo patrón o de la santa patrona, paraísos del chorizo a la brasa, los churros, la noria, los coches de choque, los tenderetes variados y, de noche, el ruido estremecedor bum-bum-bum hasta las cuatro de la mañana.

¿Qué puede hacerse en un país así? Ir a la playa, donde haya playa y cuando haga buen tiempo, hacer obras en casa, comprarse un coche nuevo, ver la tele y, en general, cultivar las relaciones humanas, dado que otra cosa no se puede hacer ni merece tampoco la pena intentarlo. La conversación, la tertulia, la charla, el vermú, las comidas, las cenas, la copa, el tapeo, el bailoteo, el cachondeo, la charla, la risa, el ser gracioso, el tener labia, el ser buena gente, en fin, la amistad. Y la familia, sin duda. En resumen, hablar, comer y beber.

España es un gran país para ser niño. La diversión comienza a desvanecerse a los catorce años, cuando uno empieza a presentir que hay más cosas aparte de jugar con los amigos. Entonces comienza el horror.

 

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