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El que escribe un ensayo se lanza
a un etéreo espacio,
donde prácticamente nada cohíbe
ni dirige su albedrío.

José Ortega y Gasset

Se confunden ensayo y texto académico. Similares ambos, claro, aparentemente al menos, uno y otro textos de no ficción y en que se habla de algo real. Algo, digamos, con existencia previa al momento de la escritura y a la mera imaginación del escritor, pero distintos en el resto, en lo fundamental, ejercicios diferentes movidos por impulsos y empeños diferentes.

Cada vez más, por cierto. La práctica universitaria que para obtener puntos en el cursus honorum académico ha impuesto la necesidad de publicar libros y textos indexados que a menudo nada aportan y a nadie interesan ha demostrado ser perversa y convertido la publicación universitaria en un fin en sí mismo: lo importante no es qué se escribe, sino publicarlo. Así que buena parte de lo que se publica está mal escrito: por interesante que sea el asunto, lo que dice no atrae por lo mal dicho que queda. Más importante, mucho más, que escribir bien es justificar lo que se escribe, esa exigencia irritante de motivar cualquier afirmación, basarla en algo y dar referencia exacta y detallada hasta del más nimio dato («José Ortega Gasset nació en Madrid», y a pie de página nota completa de la fuente que demuestra tal afirmación). Lo que está muy bien para el rigor pero muy mal para el aporte intelectual. Y para el disfrute, sobre todo: no hay lectura más ingrata hoy, más plúmbea, más molesta, que la de tesis doctorales y otros textos académicos.

El ensayo, en cambio, no necesita justificarse. El autor escribe a nombre propio y dice lo que quiere decir, lo que piensa, cree o siente. Lo que le parece. Su texto se basa más en quién lo escribe, y cómo, que en lo que dice.

El ensayo, es claro, ensaya. Adorno habla «de la experiencia del tanteo que siempre sugiere la palabra ensayo». Y el que ensaya, y tantea, arriesga. Arriesga con lo que dice y se arriesga entero. Su exposición no se basa en que lo hayan dicho otros o en el prestigio, incorporado en una cita, de un tercero: se sostiene sola. O no, sola no, se apoya en sí mismo, en el autor. Si cita es porque al hilo de lo que escribe viene a cuento algo que alguien ha pensado antes ?como yo cito aquí a Adorno, a Barthes, a Paz?, no porque necesite apoyar lo que dice en que ya otro lo dijera. No hay una colección de citas, un collage de argumentos, un enhebramiento más torpe o más brillante de ideas ajenas. En el ensayo hay sólo una idea, un solo argumento: los del autor. Él sabe qué quiere decir, lo dice él, con su lenguaje ?placer del texto?, y se responsabiliza en su propio nombre de eso que dice. Se arriesga y se expone en cada frase como el torero se arriesga en cada pase.

No hay en el ensayo voluntad sistemática. No es un tratado, no busca la totalidad. No es siquiera un esbozo o un índice en el camino hacia algo mayor. No pretende ser más de lo que es: texto fragmentario. «El ensayista ?dice György Lukács? es un Schopenhauer que escribe los Parerga a la espera de su Mundo como voluntad y representación».

Tampoco se basa en aparatos críticos, datos, gráficos, tablas, estadísticas ?nunca, desde luego, en estadísticas: literatura y cifras, más aún porcentuales, mal pueden ir juntas?. Si hay notas a pie de página es para reforzar el argumento, para dar la referencia acaso de una cita pertinente, nunca para que el lector amplíe: no cabe ampliar lo que dice un ensayo porque su límite está en sí mismo, en cómo dice lo que dice.

No tiene por qué ser de actualidad el tema de un ensayo. Es más, es mejor que no lo sea. Cuando preguntaron a Montaigne, hora era ya de nombrarlo, por qué no escribía sobre unas guerras civiles en Francia de que podía ser víctima, dijo que también se le podía caer en la cabeza la teja de algún techo y no por eso iba a hacerle el honor de pensar en ello. El ensayo incorpora su propia actualidad. La crea. Su autor está pensando y escribiendo en un momento determinado de la historia y el ensayo refleja ese momento, da cuenta del estado entonces de las cosas. Un ensayo de hoy sobre Shakespeare puede decirnos más de la vida, la nuestra, lo que somos o cómo es la sociedad en que se produce, que sobre el propio Shakespeare y su tiempo.

Hay en el ensayo voluntad de trascender. No busca mostrar conocimiento reciente, no resulta de una investigación, de un análisis, del estudio de algo. Hay mucho más en juego: todo lo que el autor sabe, eso que ha permanecido y se ha sedimentado de lo que ha aprendido con el tiempo de su disciplina y del resto del mundo. José Carlos Mariátegui decía: «Ninguno de estos ensayos está acabado: no lo estarán mientras yo viva y piense y tenga algo que añadir a lo por mí escrito, vivido y pensado».

Voluntad de trascender implica ir más allá de lo individual. No es que hable de lo genérico ?el ensayo es mejor cuanto más pequeño y concreto sea aquello de que habla?, sino que desde lo individual se muestra el mundo. He ahí el verdadero ensayo, el que es capaz de desbordar conocimientos, disciplinas, ámbitos. El que construye y muestra algo grande a partir de lo pequeño y concreto.

No cabe hablar de verdadero o falso en un ensayo. No cabe, afortunadamente, decir que faltan fuentes o que el autor ha desconocido determinada bibliografía. No cabe estar en desacuerdo. No se escribe un ensayo para aportar nada ?o sí, para aportar la visión de uno, el autor, la suya propia, su forma de ver algo concreto y, con ello, el mundo?; no se lee para aprender ?o sí, para aprender cómo el autor ve las cosas?. Para aprender, en última instancia, sobre él. El ensayo no dice: «Esto es así»; dice: «Yo lo veo así». Por eso podían reprochar a Ortega ser sólo un ensayista: porque escribía lo que quería para decir lo que quería. «Ainsi, lecteur, je suis moy-mesmes la matière de mon livre», escribe Montaigne.

Cuando Octavio Paz afirma «Entre el uno y el cero, combate incesante y abrazo instantáneo, se despliega la historia del pensamiento indio», no cabe refutación, ni siquiera de quien conozca a fondo la cultura india. ¿Quién puede decir si eso es así o no? Paz lo ve así y así es entonces. Así es lo que ve Paz, aclaremos, que es lo que estamos leyendo: cómo ve Paz la India. Para saber datos del país o su cultura vayamos a la Britannica o a Wikipedia. Cuando Barthes habla del studium y el punctum en la fotografía no se refiere a algo preexistente, no está interpretando realidad alguna, sino creándola: dos categorías nuevas fundamentales desde entonces cuando hablamos de fotografía. El ensayo crea, es creación como la narrativa o la poesía.

Más cerca de ésta que de aquélla, más de la poesía que de la novela: fundamental en el ensayo es la contención, la síntesis, el understatement. El ensayo es corto. Muchos libros largos de ensayo o no son ensayo o son una recopilación de varios. Conectados, como lo están los poemas de un mismo poemario, pero distinto cada uno, independiente, hasta separables. El texto sobre Las Meninas de Foucault puede escindirse de Las palabras y las cosas, como podrían escindirse cada uno de los que integran Sobre la fotografía de Susan Sontag o Mil mesetas de Gilles Deleuze y Félix Guattari.

El ensayo nos interesa menos por lo que dice que por quién lo dice. Y cómo lo dice. La forma es tan importante o más que el contenido. «¿Por qué leemos ensayo?», preguntaba Lukács, y responde Martín CerdaMartín Cerda, La palabra quebrada. Ensayo sobre el ensayo, Madrid, Veintisiete Letras, 2008.: «el interés o, más exactamente, la fascinación que produce el ensayo no reside tanto en su virtual valor educativo o informativo, sino, más bien, en ciertas cualidades tangibles que motivan eso que Roland Barthes llamó certeramente el placer del texto». Ésa es la clave del ensayo, el placer del texto, que quiera uno leerlo como lee literatura, por el gozo de leer y no, o no sólo, por voluntad de aprender. Por eso seguimos leyendo ensayos con que no estamos de acuerdo, cuyo objeto no nos interesa o cuyos argumentos han sido superados y vueltos obsoletos. No importa: el placer del texto permanece.

Al ensayo hay que llegar ya aprendido y sabido: los datos, los hechos incluso, debe conocerlos el lector previamente y llevarlos consigo a la lectura; el autor no se los va a dar. El ensayista interpreta a partir de cosas que él sabe y supone que el lector también. Quien quiera aprender historia de Europa que no lea Europa. Las claves de su historia de José Enrique Ruiz-Domènec; que lo haga, en cambio, quien tenga conocimiento suficiente y quiera trascender o reinterpretar lo que ya sabe.

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