Partidarios de la felicidad

En la distancia

JOSEFINA ALDECOA

Alfaguara, Madrid

236 págs.

19 €


«Partidarios de la felicidad», sí, porque estas memorias de Josefina Aldecoa son recuento de su vida, pero también quiere ella que, de alguna manera, sean las memorias de un grupo, y casi de una generación; y, a veces, de todo un país. Ignacio Aldecoa (1925-1969) murió joven y no escribió sus memorias. Luis Martín-Santos (19241964) también murió joven y tampoco escribió sus memorias. Juan Benet (1927-1993) y Jesús Fernández Santos (1926-1988) murieron sin haber escrito sus memorias. Rafael Sánchez Ferlosio (1927) no ha escrito sus memorias. Carmen Martín Gaite (1925-2000), «testigo» de la vida de Josefina Aldecoa, «memoria extraordinaria», no escribió sus memorias, aunque dejó unos interesantes diarios, Cuadernos de todo (Areté), cuya fortuna ha sido incomprensiblemente escasa. Rafael Azcona (1926) tampoco ha escrito sus memorias. Ni Ana María Matute (1926). Ni Juan García Hortelano (1928-1992). Partidarios de la felicidad, sin duda, porque la felicidad fue la mejor estrategia para sobrellevar una guerra negra y larga y una posguerra muy negra y más larga. Todos esos escritores, todos esos partidarios de la felicidad, vivieron una infancia arrebatada por la violencia, y Josefina Aldecoa (La Robla, León, 1926) los reunió en una antología, Los niños de la guerra (Anaya). Quizá por ese afán de ser una «memoria compartida», En la distancia es un libro que mira más lo exterior que lo propio, que prefiere los acontecimientos sociohistóricos que los accidentes íntimos, que retrata tanto la transformación de un país como el transcurso de una vida. A menudo se lee en el libro: «todos los que vivimos ese momento» o «los españoles estábamos nerviosos» o «los españoles asistimos estupefactos».

«Aun cuando la persona que escribe sus memorias –afirmaba Josefina Aldecoa en el prólogo a Los niños de la guerra – sea un personaje admirado por su obra anterior, hay siempre un elemento de complacencia y paralelamente un deseo de estima en el hecho de desplegar ante los otros la vida pasada. Contamos lo que somos, lo que hemos hecho, para que los otros nos comprendan mejor y en consecuencia nos quieran más». Pese a haber pasado más de veinte años, no parece que hayan variado mucho los propósitos de su «poética» de la memoria: «Con mis libros he pretendido –señala al final de En la distancia – que me conozcan mejor y, en consecuencia, me quieran más». Pero sí que ha introducido un tercer elemento, de carácter más pedagógico y que ocupa la última parte del libro, en el que esboza teorías personales sobre el mundo, secretos que debe revelar: sobre la mujer, la educación, la amistad, la vejez, la maternidad, el trabajo, la escritura y la literatura escrita por mujeres… y sobre la necesidad de conservar la memoria, el combustible que ha utilizado en todas sus ficciones. Aunque En la distancia hay que entenderlo más como una explicación a los otros de ella misma de forma razonada que como un análisis, una indagación, una confesión. Como si el camino ya se hubiera realizado y se explicaran las etapas y la huella que han dejado esas etapas.

No es tan extraño comparar estas memorias con un viaje, porque realmente estas memorias están llenas de viajes. Los viajes han sido una válvula de escape para Josefina Aldecoa. Lo fueron en su juventud, cuando salir de España era muy complicado y poco frecuente. Su primer viaje a Inglaterra, en 1950, fue el de la comprensión de lo que significaba la libertad, una libertad que apenas había podido intuir en su niñez, en una escuela republicana que intentaba abrirse al presente y a la realidad. En Londres conoció y frecuentó a Alys Russell, la primera mujer de Bertrand Rusell, por la que se sintió muy fascinada y que, en más de un sentido, la preparó para entender la condición de una mujer intelectual. Y también, aunque esto no resulte tan explícito, para ser la mujer de un intelectual. Lo fueron cuando se movió con Ignacio Aldecoa: sobre todo su estancia en Nueva York a finales de los años cincuenta, una ciudad que abandonó con «nostalgia anticipada», pero también sus visitas a Polonia y a París. Lo fueron cuando necesitó consuelo tras el fallecimiento de Ignacio Aldecoa. Los viajes casi fueron lo más importante de sus años ochenta y esa época es en En la distancia un cuaderno de viajes: Moscú, 1980; Cuba, 1983; México, 1986; India, 1986.

En la distancia cuenta una vida en la que influye más el azar que la determinación. Y Josefina Aldecoa parece que nunca haya renunciado al azar. Su trabajo de más de treinta años en el colegio Estilo, que fundó con una amiga, tenía que ver con sus estudios pedagógicos, y con su tradición familiar, pero no parecía que ella se hubiera dedicado a enseñar. Su vuelta a la literatura se debió más a la presión de un encargo editorial que a un deseo larvado, aunque luego haya sido la literatura su «máxima compensación». El azar, que convierte la fotografía ordenada en un puzzle: cómo tras la desdicha y el desconsuelo sigue la felicidad.

Todo fluye en En la distancia. A veces se echa de menos que afloren los «espacios vacíos» y los «recuerdos intolerables» de los que reniega, a propósito, Josefina Aldecoa. Es posible que querer ser memoria de muchos le impida una mayor desnudez.

Ficha técnica

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