El precio de la salida humillante de Afganistán

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«Deterrance», o disuasión en español, es el acto de prevenir o desincentivar una acción o evento insuflando duda o miedo sobre las consecuencias de llevarlos a cabo. La teoría de la disuasión en el contexto militar fue ampliamente discutida durante la Guerra Fría en relación al armamento nuclear. La amenaza del uso de armas nucleares, si es creíble y dada la certeza de una destrucción mutua entre países que las posean, incrementa tanto el costo de la guerra que la hace menos probable. Paradójicamente, el poseer un arma de un poder destructor enorme hace más probable la paz. Pero la disuasión es solo efectiva en la medida en que un país posea suficiente capacidad destructora (un ejército profesional, bien y poderosamente armado, con capacidad logística…) y la voluntad de usar dicha capacidad destructora llegado el caso.

El periodo que antecedió a la Segunda Guerra Mundial se caracterizó por un Reino Unido que se había quedado atrás en su capacidad armamentística tras el rearme alemán y que, personificado en Chamberlain, no quería emplear la fuerza para confrontar al régimen nazi. Era un imperio sin medios ni voluntad para luchar hasta que, para mayo de 1940, ambos factores habían cambiado. Por un lado, Chamberlain acompañó su política de apaciguamiento con un programa de rearme muy sustancial, y por otro, con la elección de Winston Churchill como primer ministro, se hizo creíble la voluntad de confrontar el peligro nazi independientemente de lo que pasara en Francia—a días del colapso, cuando fue nombrado primer ministro—: por años si fuera necesario, en solitario si fuera necesario (y ambos fueron necesarios). Las lecciones de los peligros que se crean cuando la potencia dominante del momento pierde la «deterrance» y lo costoso que es recuperarla se han repetido a lo largo de la historia y son relevantes en la reciente humillación americana en Afganistán. Un Reino Unido debilitado y reacio a la guerra incentivó a un Hitler imperialista a hacer la guerra. Lo que querían evitar a toda costa, se hizo prácticamente inevitable.

Para entender adecuadamente la reciente evacuación de Afganistán por parte de Occidente, es importante entender el contexto político en el que esta decisión tiene lugar en Estados Unidos. Cuando Trump llega inesperadamente a la Casa Blanca, se rodea de un equipo de generales y expertos que diseñan una política exterior basada en la premisa de que, bajo la presidencia de Obama, la capacidad de disuasión de los Estados Unidos había menguado de forma peligrosa para la estabilidad y paz mundial. Es por ello que diseñan una estrategia para recuperar el poderío americano y la credibilidad que, creían, se había perdido.

Como primera medida rearma al ejército de Estados Unidos para recordar que su capacidad destructiva es casi ilimitada. Al mismo tiempo, y ante el estupor de los expertos tradicionales, cuestiona la viabilidad de la OTAN si sus miembros no cumplen sus compromisos financieros en relación al gasto militar. Finalmente, toma decisiones concretas, algunas de ellas de fuerza y muchas de ellas lejos de la ortodoxia hasta entonces reinante. Así, acaba con ISIS en Iraq; en Siria aprueba varias operaciones militares en donde mueren decenas de contratistas rusos; se sale del acuerdo nuclear iraní y establece nuevas y severas sanciones contra el régimen; en respuesta a un ataque finalmente fallido a la embajada americana en Bagdad que recordaba a uno similar años antes en Libia, donde murió el embajador americano, aprueba el asesinato del general Soleimani—para muchos, la tercera personalidad del régimen iraní—de visita en Iraq; mueve la embajada americana de Tel Aviv a Jerusalén y excluye a los representantes palestinos de cualquier conversación de paz sobre Oriente Medio, además de cortar toda ayuda económica americana a los Territorios Palestinos; confronta al dictador de Corea del Norte por su política de provocación y chantaje a Occidente; enfrentándose a Rusia, provee de armamento ofensivo y no solo defensivo al gobierno ucraniano; y obliga a China a negociar nuevos acuerdos comerciales creando un nuevo consenso, dentro y fuera de Estados Unidos, de que es una potencia a confrontar y no a acomodar. Por todo esto, Trump argumenta que, bajo su presidencia, los Estados Unidos habían recuperado de forma creíble el poder de disuasión.

Con este contexto presente, centrémonos ahora en Afganistán. Recuérdese que Afganistán fue siempre considerada la guerra «buena» o necesaria como reacción a los ataques del 11 de septiembre de 2001 frente a la guerra «mala» u opcional en Iraq iniciada por los Estados Unidos sin una causa inmediata que la justificara. Las diferencias entre ambas guerras paralelas son muy interesantes.

La guerra de Iraq, tras un breve conflicto bélico, derivó en una guerra civil muy cruenta y costosa para el ejército americano, que estuvo, en dos ocasiones, muy cerca de sufrir una humillante derrota. Primero, antes de la escalada diseñada por el general Petraeus y aprobada por el presidente Bush en su último año de mandato, en medio de una gran impopularidad y bajo la crítica de tanto demócratas como republicanos—recuérdese que fue el voto de un senador demócrata el que permitió que se financiara dicha estrategia-; tan cerca estuvo de no poder llevarse a cabo. Los proponentes tenían una gran preocupación por el daño al prestigio de Estados Unidos y la pérdida de «deterrance» que una salida humillante de Iraq supondría. La escalada, o «surge», fue un rotundo éxito que solo se vio amenazado cuando, de forma precipitada, el presidente Obama, apoyado por el entonces vicepresidente Biden, retiró todas las tropas estadounidenses de Iraq y permitió que ISIS estuviera a punto de hacerse con el control del país. Este error fue corregido y ha resultado en un Iraq que, si bien tiene todavía muchos retos por delante, es un país independiente y, según parece, viable.

Con estos antecedentes, ¿cómo es posible que Estados Unidos haya sufrido la mayor derrota y humillación desde la caída de Saigon en 1975? Son varios los factores que explican este sinsentido. La guerra de Afganistán, paradójicamente, empezó con éxito; la presencia militar aliada fue inicialmente limitada y se obtuvo una estabilidad razonable del país, con un gobierno de cierto consenso entre las diferentes facciones anti-talibán que representaban a las diferentes etnias y regiones del país y que redactaron una Constitución que era importante, al menos, desde un punto de vista político y simbólico.  Es cierto que estos gobiernos tenían un control limitado sobre las diferentes regiones—algo que se fue evidenciando en mayor medida con el paso de los años—. En ellas hacían y disponían los señores de la guerra, cuya «lealtad» compraba Occidente y a través de cuyas manos pasaba el tráfico del opio (un seguro frente a un posible abandono del país por parte de Occidente, como así ha acabado sucediendo). El control del gobierno de Karzai y posteriormente de Ghani se circunscribía sobre todo a la capital Kabul, con un peso económico creciente dentro del país.

Tras este revés inicial y un tiempo de repliegue y reorganización, los talibanes pronto volvieron a la carga y de forma gradual intensificaron la lucha con cada vez mayor crudeza y no poca eficacia. Tras un apoyo militar y civil masivo a las autoridades afganas, la estrategia militar de Occidente pasó de protagonizar las operaciones militares, dada la falta de un ejército afgano digno de recibir tal nombre, a desarrollar dicho ejército, entrenarlo y armarlo para que tuviera la capacidad suficiente (y en teoría cada vez mayor) de combatir. Al mismo tiempo, la eficacia del ejército afgano dependió hasta el último día del apoyo logístico y aéreo de Occidente, fundamentalmente Estados Unidos, aparte, obviamente, del apoyo material en forma de sueldos y armamento. Es decir, se llegó a un equilibrio en el que el combate directo, y por tanto las bajas, las sufriría el ejercito afgano (no en vano luchaban por su país), mientras que las tropas occidentales cada vez menos numerosas proveían apoyo logístico, entrenamiento y recursos materiales. Es en este contexto en el que las tropas norteamericanas se habían reducido a poco menos de cinco mil soldados, complementados por ocho mil soldados de la OTAN en el año y medio previo a la retirada, periodo en el que no había habido una sola baja de tropas americanas. De hecho, frente a las aproximadamente 3,500 bajas militares aliadas (2,300 de militares norteamericanos) desde 2001, se estima que las fuerzas de seguridad afganas han sufrido más de 64,000. Las tropas afganas lucharon mientras recibieron apoyo logístico y económico de Estados Unidos y dejaron las armas cuando el abandono de Occidente se materializó y fue aprovechado por los talibanes para recuperar el control del país.

Pero ¿había, y cuál era, la estrategia militar americana en Afganistán una vez se alcanzó este equilibrio? Y, ¿había, y cuál era, la estrategia global en Afganistán que complementara a la militar? Los estrategas militares temen iniciar un conflicto bélico en el que los objetivos militares, y por tanto la definición de qué constituye la victoria, no están claramente definidos. El conflicto de Afganistán se inició con objetivos muy específicos: acabar con el santuario de Al-Qaeda en Afganistán. Por muy aberrante que fuera el régimen talibán, ellos no eran el enemigo inicialmente y, de hecho, el presidente Bush les dio un ultimátum—entregar a Bin Laden y echar a los terroristas de Al-Qaeda—que, de haberlo cumplido, les hubiera permitido continuar en el poder. Aunque finiquitar a Bin Laden llevó más tiempo, estos objetivos se cumplieron de forma relativamente rápida y pronto Afganistán dejó de ser el centro terrorista desde donde se planeaban y ejecutaban atentados en el resto del mundo. Pero, en vez de limitar su presencia militar y civil y dejar al nuevo gobierno afgano que encontrara su camino de forma autónoma, los norteamericanos permitieron que la guerra de Afganistán fuese reorientándose hacia unos objetivos mucho más abstractos y, por tanto, difíciles de cuantificar, como son la creación de una democracia cuasi-liberal que reflejara en buena medida los valores occidentales y el desarrollo económico del país. Bajo estos objetivos, ¿que constituiría una victoria y el fin de la intervención militar? ¿Tendría Afganistán que parecer Suiza? Esta confusión llevó, con los años, a un imperialismo esquizofrénico.

Mientras que, en el terreno social y cultural, se imponía a los afganos valores occidentales, muchos de ellos cuestionados incluso en nuestros países,  como cuotas femeninas de diputados (que en la práctica no eran más que títeres de los líderes regionales de la guerra) o de profesoras (a las que no se les exigía saber leer ni escribir), o se hacía ondear la bandera arcoíris del orgullo gay en la legación americana o se imponía un curso de posgrado sobre género en la universidad de Kabul, mientras ocurría todo esto, se reducía poco a poco, pero de forma irreversible, la presencia y asistencia militar indispensables para que las tropas afganas pudieran resistir las embestidas de los talibanes. Por un lado se imponían una serie de valores, lo que no deja de ser una forma evidente de imperialismo, pero, por otro, no se estaba dispuesto a asumir el costo militar y económico.

Con el paso del tiempo, el hartazgo por las guerras de Iraq y Afganistán en Estados Unidos fue creciendo y se aceleró con la crisis de 2008 y sus graves consecuencias económicas. ¿Por qué gastar miles de millones de dólares en tierras lejanas mientras, se argumenta, faltan oportunidades económicas en casa? Mientras que el costo de la guerra en vidas y recursos era evidente, el beneficio geoestratégico de impedir la vuelta talibán era defendido por cada vez menos y más sesudos académicos y antiguos militares. Sorprende que, ni siquiera cuando se salió de forma innecesariamente precipitada de Iraq permitiendo el avance, en principio irrefrenable, de Isis en 2011, se aprendió la lección para no repetir el error en Afganistán. Así, Trump llegó a un acuerdo con los talibanes para la salida definitiva del país en la que la posibilidad, quizás no inmediata, pero sí probable, de que en algún momento volvieran a controlar el país no se podía descartar. Y ese acuerdo, y la salida de las últimas tropas en Afganistán contaba con el apoyo generalizado de demócratas y republicanos, bajo el argumento de que los Estados Unidos no podían permanecer para siempre en Afganistán después de 20 años con escasos progresos. Muy pocos (y entre ellos escasísimos políticos o comentaristas de renombre) recordaron que en Alemania hay tropas de Estados Unidos desde hace más de 75 años o en Corea desde hace casi 70. Nadie parecía querer recordar tampoco que, a los 20 años de presencia militar tras concluir la guerra, Corea era una dictadura militar represiva y que su caída bajo las tropas del norte hubiera sido casi una certeza de haber abandonado los Estados Unidos la península en ese momento. Lo que pasó es sabido por todos. Estados Unidos permaneció en Corea y la dictadura, que permitió un desarrollo económico espectacular, sufrió un final que, si bien fue muy agitado, no impidió el establecimiento de una democracia avanzada. No parece probable que Afganistán hubiera corrido una suerte similar a la de Corea si las tropas occidentales se hubieran quedado otros cincuenta años. Pero habiendo llegado a un equilibrio en que apenas había bajas militares y el apoyo militar y económico norteamericano era perfectamente asumible, ¿era el precio de seguir en Afganistán tan prohibitivo frente a la humillación de que los talibanes recuperaran el poder en el país?

Al error geoestratégico de Trump de acordar con los talibanes la salida de Afganistán, se unió el desastre en la forma en que finalmente esta salida se llevó a cabo por la administración Biden. La humillación para los Estados Unidos no es ya solo política, sino también militar. Un ejército de desarrapados, apenas armados con pistolas y cohetes que cuestan unos pocos cientos de dólares y que se mueven en coches Toyota o en mulas, derrotó al mayor y mejor equipado ejército del planeta, que, como recompensa, les dejó equipo militar por valor de entre 60 y 80 mil millones de dólares—por comparación, y dado lo mucho que se critica, el apoyo militar de Estados Unidos a Israel desde la creación del estado israelí ha sido de poco más de 100 mil millones de dólares-. En los próximos meses y años sabremos los detalles de cómo se llegó a esta situación por parte de una administración que, se nos decía, volvía a traer la profesionalidad tras el amateurismo vulgar de Trump.

La defensa de Biden de que nada pudo hacer porque los acuerdos de Trump con los talibanes no le daban margen de maniobra, no son más que una excusa a tenor de la facilidad con la que ha revertido prácticamente todas las políticas de Trump en otras áreas, y es inconsistente con su propio argumento de que la decisión de abandonar Afganistán es la correcta. No es necesario ser un sofisticado estratega militar para darse cuenta de que abandonar la base de Bagram antes de salir del país, y con una gran ofensiva talibán en marcha, no era una buena idea. De hecho, ahora ya se sabe que el terrorista suicida que acabó con la vida de trece marines en el aeropuerto de Kabul durante la evacuación que siguió a la caída de la ciudad, era un prisionero de Bagram liberado durante la toma talibán de esa base militar unos pocos días antes. Los factores políticos dominaron y desplazaron a cualquier consideración estratégica o militar. Cabe la sospecha de que Biden hizo un cínico cálculo político en el que la salida de las tropas de Afganistán, fijada por él mismo para el simbólico 11 de septiembre, sería vendido como un hito de su administración (no en vano los presidentes que le precedieron desde Bush quisieron hacerlo, pero no pudieron). Esto cimentaría esa narrativa de que el gobierno estaba ahora en buenas manos y le ayudaría a empujar su agenda económica doméstica, que estaba puesta en entredicho. Los talibanes terminarían tomando el control del país, pero si esto sucedía en meses, o mejor años, después de la salida de las tropas americanas, la culpa sería, en exclusiva, del gobierno de Afganistán. Los talibanes necesitaron días, no semanas o meses, para tomar Kabul y hacerse con el control del país, mientras que Estados Unido tuvo que sufrir la humillación de estar a merced de éstos para evacuar a buena parte, que no todos, de los norteamericanos que seguían en el país.

No es fácil especular sobre qué hubiera pasado de ser Trump presidente y si el resultado no hubiera sido el mismo. Trump es una persona de un egotismo desmedido. Para él, cualquier humillación, real o aparente, es enfrentada de forma radical y a veces agresiva. En todas las polémicas en que se ha metido, que no han sido pocas, es difícil encontrar un caso en el que él haya iniciado las hostilidades, pero cuando siente que alguien pone en duda su liderazgo, o intenta criticarlo, y mucho más si esa crítica es percibida como una potencial humillación, por pequeña que ésta sea, responde de forma desproporcionada e incluso cruel, aunque, para el observador imparcial, la causa de su ira no justifique la violencia de su reacción. Es razonable pensar que los talibanes, una vez llegado a un acuerdo con Trump, decidieran no antagonizarle y esperar a saber si seguiría siendo presidente, lo que explica en parte que no hubiera bajas americanas en Afganistán en el año y medio previo a este verano. Es también razonable pensar que, fuera quien fuera el presidente, los talibanes habrían tratado de comprobar si, cada vez más cerca de la fecha acordada para la salida de las tropas, se podrían salir con la suya y violar el acuerdo haciéndose cada vez con más y más poder dentro del país en vez de compartirlo con el gobierno de Kabul. Si a la toma de una provincia no recibían respuesta, tratarían de tomar otra, y así sucesivamente. Mientras que Biden nunca respondió a estas provocaciones, ni siquiera cuando el colapso definitivo, con la consecuente humillación, era cada vez más evidente, es difícil imaginar que Trump hubiera permitido tal cosa sin una respuesta radical en forma, cuando menos, de bombardeos masivos de las posiciones talibanas y de sus lideres. Mas allá de esta especulación, es imposible saber cuán distintas hubieran sido las cosas.

Lo que Trump puede argumentar con no poca razón es que, hasta el día que dejó la presidencia, los Estados Unidos tenían un poder de disuasión o «deterrance» que era creíble y mantenía a raya a prácticamente todos sus enemigos, incluidos los talibanes. En pocos meses, apenas medio año, Biden lo ha perdido casi por completo. A la humillación y pérdida de prestigio por la salida de Afganistán se han sumado acciones de prácticamente todos los enemigos de Estados Unidos, que es lo mismo que decir de Occidente, lo que sugiere que le han dejado de tener miedo: Irán inició un conflicto con Israel por primera vez en años a través de Hezbollah y ha vuelto a sus ambiciones nucleares con inusitado ímpetu; China realiza vuelos militares sobre Taiwan de forma casi diaria; el dictador de Corea del Norte ha vuelto a sus viejas tácticas chantajistas; y en general, los aliados de Estados Unidos se preguntan, con razón, si éste sigue siendo un aliado fiel.

Por paradójico que parezca, Trump, un presidente no convencional si lo juzgamos con los paradigmas de la política americana, en apariencia más volátil e impredecible y cuya política exterior es la negación de buena parte de los consensos existentes hasta ese momento, presidió una situación mundial mucho más predecible y pacífica que su sucesor, éste, sí, bienvenido y bendecido por todos los expertos. Las ganas de reemplazar a Trump llevó a mucha gente a no concederle ningún crédito por su política exterior y a ignorar unos antecedentes nada halagüeños de Biden—se dice que Obama ya avisó a un compañero demócrata de no «subestimar la capacidad de Joe de joder las cosas» o en palabras de Robert Gates, ministro de defensa de Bush y Obama y que apoyó la candidatura de Biden a la presidencia frente a Trump, «Biden ha estado equivocado en prácticamente todas las decisiones importantes de política exterior y seguridad nacional de las últimas cuatro décadas»-. Decía el general Matthew Ridgway, que salvó la guerra de Corea cuando todo parecía perdido frente al avance de las tropas chinas, refiriéndose a la guerra de Vietnam: «hay algo peor que iniciar una guerra poco prudente e impopular, y es perderla».

La historia, por desgracia, muestra de forma muy tozuda que cuando el «súper poder» dominante pierde su capacidad de disuasión, recuperarla suele ser muy costoso y requiere de una demostración clara y contundente de fuerza frente a unos enemigos envalentonados. Por desgracia, vivimos hoy en un mundo mucho menos seguro que hace apenas un año y recuperar la seguridad perdida puede que sea muy costoso.

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