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El pasado que supura (y II): de héroes, mártires y monstruos


Prisioneros de la historia. Monumentos y Segunda Guerra Mundial
Keith Lowe
Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2021
336 p.

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Cruces de memoria y olvido, el libro que nos ocupó en la primera parte de este artículo, planteaba el problema de cómo lidiar con un pasado reciente, traumático y, por ende, perturbador, tomando un punto de referencia concreto, los monumentos a los caídos de la guerra civil española. Partía de una constatación elemental: los monumentos en cuestión se construyeron poco después de la guerra civil, sobre todo en la década de los años cuarenta, en un pasado, no ya lejano, sino lejanísimo para las generaciones que vinieron después y, sobre todo, para los más jóvenes. Y, sin embargo, en buena parte de los casos, ahí siguen, algunos en el mismo emplazamiento y hasta con la misma disposición con que fueron concebidos, como recuerdo y testimonio de lo que sucedió, golpeando muchas sensibilidades con su mera presencia. El Valle de los Caídos es el símbolo más espectacular, el que compendia toda la parafernalia franquista, pero es tan solo el más llamativo y conocido entre otros muchos monumentos similares que, a más pequeña escala, pueblan la geografía española. Bien podría decirse que todos ellos representan una especie de materialización del pasado, en una forma además particularmente sólida y duradera, pues se trata de cruces, esculturas, altares, inscripciones o monolitos en piedra, como emblemas desafiantes, inconmovibles ante el paso del tiempo. ¿Qué hacer ante ellos? ¿Ignorar su presencia? ¿Desmontarlos? ¿Trasladarlos? ¿Esconderlos? ¿Demolerlos? Ninguna de las opciones es plenamente satisfactoria, aserto por lo demás que no puede extrañar a nadie porque las actitudes ante el pasado en una sociedad democrática, plural y abierta tienen que ser a la fuerza muy heterogéneas y acaso también irreductibles. Apelar, como se hace a menudo en nuestros debates políticos, a una memoria histórica que ejerza de memoria democrática no deja de ser, en el mejor de los casos, una simplificación que cumple una función partidista o coyuntural pero que no resuelve el fondo del problema.

Todas estas cuestiones están, naturalmente, en el libro citado, pero bien es verdad que hasta cierto punto de soslayo, pues la obra es, con todas sus virtudes y defectos, un meticuloso estudio de carácter histórico sobre la erección de los monumentos franquistas, las cruces en particular. Su autor, el historiador Miguel Ángel del Arco Blanco, se plantea en sus páginas dar cumplida respuesta a las cuestiones de cuándo, cómo, dónde, por qué y por quiénes se alzaron esas edificaciones conmemorativas tras la guerra civil a lo largo y ancho del territorio peninsular. Señalé en su momento que, frente a las proclamas demagógicas de ciertos sectores políticos, no puede plantearse el asunto de la memoria en clave exclusivamente doméstica sino todo lo contrario. Los fantasmas del pasado acechan a cada colectividad con distintos ropajes y formas pero los dilemas son más o menos los mismos, o muy parecidos. Por si hubiera alguna duda, la publicación de la que me voy a ocupar seguidamente me permite demostrarlo de modo concluyente, no por lo que yo argumente o lo que sostenga el autor de la misma, sino simplemente porque la misma materia que aborda es por sí sola lo suficientemente expresiva de hasta qué punto nos condiciona el pasado. De hecho, sin ir más lejos, el propio título que, como verá luego el lector, constituye al mismo tiempo la quintaesencia de la obra, así lo indica claramente: Prisioneros de la historia. Y bajo este epígrafe comprobamos que también se aborda la materialización del pasado en forma de monumentos conmemorativos, en este caso a lo largo y ancho del mundo y exaltando o vituperando los episodios más controvertidos de la última gran conflagración bélica del siglo XX. Su autor, Keith Lowe, un reputado historiador inglés, debe ser suficientemente conocido del público español, aunque solo sea porque a nuestro idioma y con amplia atención mediática se han traducido recientemente obras tan deslumbrantes como Continente salvaje. Europa después de la Segunda Guerra Mundial y El miedo y la libertad. Cómo nos cambió la Segunda Guerra Mundial, ambas en Galaxia Gutenberg (2024 y 2017, respectivamente).

            Frente a los dos últimos volúmenes que acabo de citar, Prisioneros de la historia tiene un carácter más abiertamente divulgativo, que se manifiesta no ya solo en su concepción general sino en su estructura y el tono ágil y casi trepidante con el que está escrito. Sus veinticinco breves capítulos se distribuyen en cinco bloques dedicados respectivamente a «Héroes», «Mártires», «Monstruos», «Apocalipsis» y «Renacimiento», aunque más esclarecedor sería decir que con cada uno de esos cinco conceptos se trata de otorgar en cada caso un sentido específico o hallar un común denominador a conjuntos monumentales que en puridad son disímiles en casi todos los sentidos. Así, el primero de dichos bloques, es decir, el que corresponde a los héroes, compendia seis monumentos que exaltan hazañas diversas –y enaltecen a sus artífices, claro- en lugares tan variopintos como Rusia, Polonia, Estados Unidos, Filipinas, Inglaterra o Italia. En el siguiente, mártires, vemos cómo se ha rendido tributo a las víctimas, desde Ámsterdam a Auschwitz, pasando por Nankín, Seúl o Budapest. Los denominados monstruos de la tercera parte fueron en su momento reputados como héroes o, al menos, considerados así por sus seguidores, aunque ahora sean (casi) universalmente repudiados, de Mussolini a Hitler o Stalin. El «Apocalipsis» que sigue comprende los monumentos conmemorativos de las grandes tragedias o hecatombes, desde los pueblos arrasados (como el francés Oradour-sur-Glane) a las matanzas masivas de judíos y las grandes ciudades devastadas por los bombardeos (entre ellas, Hamburgo, Hiroshima y Nagasaki). La última parte, bajo la advocación de «Renacimiento», describe los monumentos que abren una ventana a la esperanza y la superación de los desgarros en Naciones Unidas, Israel, Inglaterra y la Unión Europea.

            Lowe procura que su punto de partida sea el del observador común. ¿Qué está pasando con los monumentos o, al menos, con algunos de ellos? ¿Por qué se han vuelto conflictivos? ¿Por qué tantas manifestaciones de grupos diversos que piden su retirada o su demolición, que convocan actos de protesta frente a ellos o que incluso no dudan en ejecutar ataques audaces, desde pintadas o profanaciones hasta agresiones contundentes con explosivos? Hace medio siglo, poco más o menos, esos mismos monumentos no suscitaban agravio alguno y eran contemplados mayoritariamente con indiferencia, casi como parte del paisaje o incluso, podría decirse, como mero mobiliario urbano. Aunque no fuéramos conscientes entonces, aquellas estatuas que presidían plazas o jardines o aquellos símbolos pétreos en lo alto de colinas urbanas habían sido erigidos por algo y allí estaban, representando unos valores antaño hegemónicos. Pero, pese a las ilusiones de sus promotores sobre la perdurabilidad de esos valores, estos mutan, como todo lo que nos rodea. Con el matiz añadido de que el cambio paulatino de antaño se ha trocado en las últimas décadas cambio frenético y en algunos aspectos radical. Por poner un ejemplo trivial pero revelador, la mayor parte –no todos, desde luego- de los próceres tradicionales, a caballo o con espada, suscitan no ya sospechas sino abierto repudio y mucho más si han ido dejando a su paso una larga estela de sangre inocente. Hoy somos mucho más sensibles a las razones de los oprimidos, los postergados y los desfavorecidos, entendiendo estos sectores con criterios de etnia, clase y género. Hoy resulta intolerable en el mundo desarrollado admitir honra alguna en forma de monumento a quien presente en su biografía una sombra infamante, no digo ya de crímenes nefandos –un genocida, un tirano, un esclavista- sino tan solo de comportamientos inadecuados en su moral o su vida privada.

            El criterio de identidad ha envenenado el debate de todos esos aspectos hasta límites que rozan lo grotesco. La reivindicación identitaria de los más diversos sectores étnicos, sexuales, sociales y culturales –sin olvidar el caso especial de los nacionalistas- no ha llevado por lo general a la convivencia multicultural que algunos preconizaban, ni a una mayor tolerancia, sino todo lo contrario. Baste decir como leve apunte que ahora a la censura, al boicot y a la prohibición se les llama… ¡cultura! de la cancelación. La tradicional lucha de clases ha sido sustituida por una implacable lucha de identidades. En demasiados casos se pretende lo que vulgarmente se llama dar la vuelta a la tortilla, no debatir seriamente sobre el pasado. En el ámbito hispano sabemos mucho de eso, pues las estatuas de Colón, de los descubridores, conquistadores y misioneros son de un tiempo a esta parte objeto privilegiado de las iras progresistas y emancipadoras. Pero es algo que sucede en todo el mundo. En Estados Unidos, señala Lowe, se derriban las estatuas de Robert E. Lee y se erigen a Rosa Parks o Martin Luther King. En Sudáfrica, Mandela sustituye a Cecil Rhodes. En el este europeo, Tomáš Masaryk, Józef Piłsudski y otros héroes nacionalistas eclipsan a Lenin y Marx. Pensamos que estas nuevas estatuas, más acordes con nuestros valores actuales, persistirán pero… ¿quién nos puede asegurar que no sufrirán dentro de poco la misma suerte que sus antecesoras? Lo que todo ello pone de relieve es que apenas se va más allá de un anhelo impulsivo y un tanto pueril de reparación de injusticias reales o imaginadas. Eso, en el mejor de los casos, presuponiendo la buena intención. En el peor, estamos ante una instrumentación sectaria del pasado para sacar beneficios presentes y ganar posiciones en el futuro.

            Cuando la controversia raya a este nivel, cuando las memorias sectoriales entran en liza persiguiendo la aniquilación del adversario o del discrepante en nombre de determinadas legitimidades o agravios pretéritos, la historia como conocimiento estricto del pasado tiene poco margen de actuación. Y, sin embargo, de una u otra forma resulta imprescindible volver la vista atrás: primero, porque sin historia no hay siquiera posibilidad de construir identidad alguna y segundo, porque nos guste o no, somos lo que somos como consecuencia de ese pasado próximo o lejano. Como ya apunté, Lowe ha escogido veinticinco monumentos conmemorativos de diversos episodios de la Segunda Guerra Mundial, ubicados en los más diversos lugares del globo, para analizar por qué se levantaron, qué representan, qué versión del pasado nos transmiten, cómo fueron acogidos en su momento, qué debates promovieron, cómo se han mantenido a lo largo de los años, qué impresiones suscitan hoy y, en fin, qué balance puede establecerse en el lapso transcurrido desde su construcción hasta nuestros días. Paralela a la amplísima diversidad geográfica, la selección se ha hecho con la voluntad de dar cabida a todo tipo de conjuntos conmemorativos, desde los más sencillos y minimalistas a los más llamativos y desmesurados. Por estas páginas desfilan esculturas de corte tradicional pero también innovadoras, así como elementos arquitectónicos de diversa factura, murales, santuarios, mausoleos, jardines o lápidas. Algunos de estos elementos tienen un innegable valor artístico mientras que en otros casos su valor es meramente testimonial. Asimismo, hay una gran disparidad en cuanto a su significación, que puede ser puramente local o internacional, aunque en la mayoría de los casos predomina la impronta nacional. El historiador adelanta ya en la introducción el propósito fundamental que subyace al estudio de este variopinto conglomerado: «demostrar que ninguno de estos monumentos trata en realidad del pasado: más bien son una expresión de una historia que todavía hoy sigue viva, y que continúa gobernando nuestras vidas, lo queramos o no».

            Como bien puede comprenderse, no puedo detallar por obvias razones de espacio todo lo que dice Lowe acerca de cada uno de los monumentos que analiza. Sí creo imprescindible, en cambio, señalar algunos rasgos comunes a sus estimaciones, siempre agudas, documentadas y, por supuesto, profundamente críticas con la manipulación del pasado. El primer y casi diría principal elemento que se repite es precisamente este: todo monumento representa implícita o explícitamente una simplificación (en el mejor de los casos), que encubre en la mayoría de las ocasiones una interpretación del episodio histórico, como poco discutible. El monumento se alza por lo común para exaltar a héroes, llorar a víctimas o rememorar un acontecimiento trágico o trascendental. En cualquiera de esas posibilidades, los promotores del memorial asumen la tarea de asignar los papeles correspondientes, de tal modo que unos quedan estigmatizados como verdugos, otros como patriotas, algunos como inocentes y así sucesivamente. En estas coordenadas ya de por sí es difícil contemplar los claroscuros que acompañan siempre a la realidad. Menos, cuando no hay voluntad de hacerlo o cuando se trata de ganar un rédito político o imponer una determinada memoria de los hechos. El maniqueísmo es siempre, por principio, una deformación: rara vez en los asuntos humanos, ya sea en el presente o el pasado, las líneas de demarcación entre unos sectores y otros están tan nítidamente trazadas que pueda hablarse sin más de buenos y malos. Incluso en la Shoah, que nadie duraría en calificar como uno de los más insondables momentos de crueldad humana, hubo zonas de sombra entre víctimas y criminales. Lowe señala de manera sistemática esas líneas sombrías: en Budapest, por ejemplo, hay un célebre recordatorio de los judíos arrojados al Danubio. Fueron asesinados cientos de judíos húngaros, pero las fuerzas del III Reich contaron con la colaboración entusiasta de otros húngaros en las atroces masacres. Otro tanto pasó con los ucranianos, víctimas de los nazis, pero al mismo tiempo decididos antisemitas que ejecutaron con saña a miles de inocentes. 

            En este orden de cosas, la reflexión debe llevarnos a la reconsideración misma de las categorías que comúnmente aplicamos. Me explico: nadie alberga la menor duda de lo que significan las estimaciones de héroes, mártires, monstruos y todos sus equivalentes, pero la cuestión no es esa, no es la aceptación sin más de las catalogaciones, sino más bien la pregunta acerca de los criterios que empleamos para adjudicar esos papeles. Aquí se imponen varios pasos: por encima de todo, como subraya Lowe, los conceptos mencionados en las líneas anteriores se necesitan mutuamente: no hay héroes sin situaciones trágicas, del mismo modo que no hay mártires sin verdugos ni, en términos políticos, víctimas sin tiranos o monstruos. Bien podría hablarse de una relación dialéctica que, llevada a sus últimas consecuencias, conllevaría no solo la necesidad ontológica del otro (para declarar, por ejemplo, a una colectividad mártir necesitamos alguien que desempeñe el papel de verdugo) sino a la permuta de papeles. No se trata de una mera especulación. En la sección dedicada a los llamados monstruos, el historiador debe partir de la base de que los monumentos a ellos dedicados fueron erigidos, no ya solo cuando no eran considerados tales, sino cuando eran auténticos héroes que arrastraban multitudes (Hitler y Mussolini como paradigma, pero también todos los caudillos fascistas y nacionalistas de la época). Nos encontramos aquí con la paradoja inherente a todos los monumentos: constituyen la expresión de los valores predominantes o impuestos en un momento dado, pero son siempre concebidos para que duren, para que permanezcan, sin reparar en que esta perdurabilidad es precisamente su talón de Aquiles o, para afinar más la metáfora, como un cáncer oculto que los corroe. Esa es su sentencia de muerte pues el cambio social llevará a que su presencia sea cada vez más extraña e incomprensible, cuando no directamente más insoportable.

Pero los valores sociales y culturales van evolucionando en más de un sentido. El heroísmo parece en principio una cualidad atractiva, pero ¿qué es exactamente un héroe? Levante usted por un momento la cabeza, mire a su alrededor y dígame con sinceridad: ¿a quién aplicaría usted ahora mismo ese calificativo? En la coyuntura actual hemos visto que muchos hablan de Zelenski como héroe pero… ¿lo seguirá siendo si sobrevive a la guerra y alcanza un pacto, necesariamente precario e imperfecto, con Putin? Los héroes representan nuestros valores en su grado más excelso, pero una época como la nuestra desconfía de ideales, pues no hay cualidad que no despierte suspicacia: el liderazgo, la fuerza o la capacidad de sacrificio, pongo por caso, deben ir acompañados de tolerancia, piedad y empatía, en una amalgama que a fin de cuentas es difícil que pueda encarnar un individuo concreto. Esto que digo no solo vale para aquí y ahora, sino para nuestra mirada al ayer. La prueba está en que los antaño llamados héroes no resisten el escrutinio de hoy. Sostiene Lowe que esto conduce a una curiosa paradoja y es que los héroes, que parecían las figuras más incuestionables de nuestro pasado, resultan ser por el contrario las más vulnerables. Por si fuera poco, nuestro tiempo ha sustituido el culto a los héroes por el culto a las víctimas de un modo que sigue siendo tan acrítico y maniqueo como el primero. Pero el victimismo tiene una ventaja evidente sobre el heroísmo: el héroe debe dar cuenta de sus acciones, pero el mártir no está obligado a ello, su mero sacrificio le legitima o, al menos, le redime. El héroe se desdibuja, el mártir permanece. En un tiempo tan obsesionado con la identidad, el martirio es mucho más útil para crear cohesión y solidaridad que el heroísmo. A las víctimas no se les puede criticar sin caer en un distanciamiento culpable que nuestra moral no quiere asumir, pues supondría no saber reconocer el sufrimiento ajeno. En consecuencia, en términos colectivos, el grupo que se proclama victimizado reclama no solo reconocimiento sino muy a menudo reparaciones. En términos nacionales, un país de héroes tiene unas responsabilidades de las que queda exenta la nación mártir. Haga lo que haga, aquel siempre será juzgado con severidad mientras que esta reclamará que se le perdonen sus defectos, que siempre serán atribuidos a su condición damnificada.

Lowe hace aquí una diferenciación interesante: Estados Unidos, por lo menos hasta ahora, ha tendido a dedicar monumentos a sus héroes, mientras que Europa ha optado por las víctimas. Ello en gran medida es consecuencia del sufrimiento generado por la contienda en el Viejo Continente, nada comparable al que vivieron en su tierra los norteamericanos, pero esta razón, con ser fundamental, no agota la explicación de los rasgos diferenciales entre estadounidenses y europeos respecto al pasado en general y a la Segunda Guerra Mundial en particular. Los monumentos estadounidenses, sostiene el historiador inglés, son triunfantes; los europeos, melancólicos. Más aún: los memoriales norteamericanos son idealistas, pero los europeos moralmente ambiguos. Expresado así, soy consciente de que se corre el peligro de ver en estas distinciones una esquematización abusiva, pero en el libro se desgranan estas consideraciones y sobre todo se aplican a casos concretos. Europeos y norteamericanos también diferían en cuestiones simbólicas que bajo ningún concepto podían considerarse irrelevantes. La bandera propia, por ejemplo, constituía según los estadounidenses el emblema de la libertad, la señal inequívoca de liberación allí donde ondeaba o se plantaba. Las banderas, por el contrario, representaban para las naciones europeas el símbolo maldito de las disputas nacionales que habían conducido a la hecatombe. Lo cierto, en cualquier caso, es que las naciones sacaron enseñanzas muy distintas de la guerra y así lo plasmaron en sus monumentos conmemorativos. Los soviéticos, por centrarme en lo más evidente, hicieron alarde de liberar a las naciones de su entorno (toda la Europa Oriental) y así lo plasmaron -lo impusieron- en cientos de monumentos grandilocuentes pero su concepto de liberación, obvio es decirlo, no tenía nada que ver con el concepto de libertad que regía en Occidente.

Hay otra cuestión importantísima que subyace a todo esto y que todavía no he mencionado. Lo expresaré en términos elementales: ¿qué es lo que hace que un personaje o un acontecimiento deba ser recordado en forma monumental? Dicho de otra manera, ¿quién o quiénes deciden qué se recuerda o, más exactamente, qué debe recordarse y por qué? Empezaré, como hice antes, por lo que parece menos controvertido: Auschwitz. Parece fuera de toda duda que el campo de concentración-exterminio de Auschwitz-Birkenau debe permanecer ahí como símbolo supremo de una de las mayores barbaries conocidas en la historia de la humanidad. Pero el consenso casi universal en este punto se ha convertido paradójicamente en su mayor estridencia: cualquiera que haya visitado Auschwitz sabe que el complejo se ha convertido en una especie de parque temático en el que horror queda inevitablemente banalizado hasta extremos casi grotescos por la riada incontenible de turistas que no siempre saben adaptar su comportamiento a las características del lugar. «Hoy Auschwitz –escribe Lowe- constituye una parada más dentro de los itinerarios de vacaciones, junto a palacios, galerías de arte, parques acuáticos y fiestas de la cerveza». La cuestión esencial, con todo, no queda aquí. Las nuevas sensibilidades cuestionan el canon establecido también en el capítulo de los horrores. ¿No implicaría la preeminencia de Auschwitz un desprecio implícito para otras víctimas o, dando un paso más, una muestra injustificable de eurocentrismo que lleva a considerar mayores los crímenes cuando las víctimas son occidentales? «¿Por qué debería ser más importante este lugar que el monumento en memoria de las víctimas de la masacre de Nankín? ¿Por qué debería considerarse el sufrimiento de los judíos sustancialmente peor que el de las “mujeres de solaz” de Corea?» La impugnación trasciende incluso el marco de la Segunda Guerra Mundial. «¿Qué hay del millón de armenios, aproximadamente, masacrados por los soldados turcos en fechas anteriores del mismo siglo? ¿Y de los seis millones de ucranianos que Stalin mató de hambre en la década de 1930? ¿Y de todos los que murieron en los campos de la muerte de Camboya en la década de 1970, o en los genocidios de Ruanda y Yugoslavia de la década de 1990? Cuando hay tantas otras víctimas en el mundo, ¿por qué deberíamos seguir considerando el Holocausto como algo especial?»

Como en tantos otros aspectos a lo largo del libro, Lowe no está tan interesado en dar respuestas como en plantear interrogantes. Pero en todo caso, no podemos menos que reconocer que no hay respuestas fáciles o, si se quiere, que no podemos dar respuestas que satisfagan las peticiones o reivindicaciones de sectores de por sí enfrentados, no solo en sus intereses o sus identidades sino en cuanto a la propia memoria. Y no hemos tocado fondo. Porque, sean cuales sean nuestros puntos de referencia, tenemos que enfrentarnos a una idea más perturbadora: en palabras de Lowe, nos guste o no, lo cierto es que «Auschwitz no es solamente un monumento a las víctimas del Holocausto, sino también a sus verdugos». Esto remite al viejo dilema de qué hacemos con nuestros fantasmas, o sea, qué hacemos con nuestros monstruos, o con lo que quede de ellos. Los monstruos existieron, los crímenes horrendos existieron: sus víctimas se cuentan por millones ¿Qué hacemos con las huellas de tantas atrocidades, con sus símbolos, con sus rescoldos? ¿Perseguirlos? ¿Prohibirlos? ¿Abstenernos? Tanto en Italia como en Alemania intentaron que no quedara vestigio material alguno del Duce y del Führer para evitar que sus seguidores se congregaran en algún punto concreto que se convirtiera en lugar de culto y peregrinación. Los gobiernos democráticos tuvieron un relativo éxito en ello, no completo desde luego. Siendo honestos, hay que reconocer, y esto es lo más desazonador, que ese esfuerzo es hasta cierto punto inútil: «hoy, en pleno siglo XXI, la memoria de Hitler parece más fuerte que nunca. Para volverle a la vida, apenas se necesita más que levantar el brazo o dibujar un flequillo peinado oblicuamente sobre un bigote negro». Cuando el novelista alemán Timur Vermes publicó en 2012 su sátira política Ha vuelto, no hubo qué explicarle a nadie quién era el que «había vuelto». Hitler no tiene tumba, pero lo cierto es que no tiene necesidad de ella. El pasado está ahí y nos mira fijamente. En cierto modo, somos sus prisioneros. No podemos escapar a su aliento poderoso.

Héroes, mártires, monstruos. Titanes, víctimas, tiranos. Podemos llamarles de múltiples formas distintas y quizá de ese modo sin darnos cuenta estamos velando lo esencial. Ni unos ni otros, ninguno de ellos, eran superhombres, semidioses o demonios con poderes sobrehumanos. No pertenecían a una especie distinta sino que eran simplemente seres humanos, como usted y como yo, con sus virtudes y sus defectos, a los que una coyuntura histórica determinada los puso en una situación especial. En no pocos casos, las mismas personas pasaron de un extremo a otro. Bien sabemos que las víctimas pueden convertirse en verdugos en cuanto se les da oportunidad para ello, del mismo modo que, como hemos visto, los roles de héroes y monstruos dependen no tanto de los sujetos que encarnen dichos papeles como de la catalogación que les otorguen seguidores o víctimas. Lejos de servirnos de consuelo, la humanidad común a todos ellos resulta inquietante y deshace las coartadas habituales. Trasladado a la historia, ello supone la destrucción de todas las mitologías, justo lo contrario de lo que pretenden los monumentos conmemorativos. Pero el historiador se ve en la obligación de trocar la simplicidad y la delimitación maniquea por una complejidad de sombras, una mezcla inextricable en la que las nociones habituales de culpabilidad e inocencia pierden todo su sentido. Los ciudadanos de la arrasada Coventry eran inocentes, pero… ¿no lo eran igualmente los de Hamburgo o Dresde? ¿Cómo entonces justificar el monumento a los bombarderos ingleses? Las cientos, quizá miles, de mujeres violadas y asesinadas en Berlín por los liberadores del ejército ruso ¿se merecían ese castigo por ser alemanas? El salvajismo inconmensurable de las tropas imperiales niponas en Corea y China… ¿puede lavarse con tibias peticiones de perdón? ¿Y qué otra cosa se puede hacer en todos esos casos, cuando los hechos se han consumado?

Hay quien cree hallar la piedra filosofal recetando el olvido. No es obligatorio recordar, arguyen. Incluso puede ser contraproducente o paralizador. El presente no adquiere sentido mirando al pasado, se argumenta, sino todo lo contrario, proyectando el futuro. En algunas naciones como Alemania y Japón tras la Segunda Guerra Mundial lo que Ian Buruma denominó El precio de la culpa era tan oneroso que no había otro remedio que condonar la deuda contraída. Aun en esos casos, como demuestra Lowe, el problema dista mucho de estar resuelto y el pasado surge cuando menos se espera como esos muertos vivientes de las películas de zombis, persiguiendo a los vivos con sus cuerpos sanguinolentos. Es congruente por todo ello que el autor hable con insistencia a lo largo de los diversos capítulos del libro de «la tiranía del pasado». Es otra manera de decir lo mismo que ya está expresado en el título: queramos o no, nos guste o no, somos prisioneros de la historia. Prolongando esta reflexión hasta sus últimas consecuencias y aplicándola a su objeto de estudio, los monumentos conmemorativos, Lowe sostiene dos tesis atrevidas, que yo suscribiría solo hasta cierto punto y, desde luego, no con la contundencia con la que él la expresa. La primera «es que da igual que construyas un monumento con un mensaje concreto en mente: es imposible predecir cómo lo utilizará y lo interpretará el público una vez sea erigido. La segunda es que, si se construye un monumento con la intención de reescribir la historia, no funcionará. De una forma u otra, al final la historia siempre te alcanza». La misma heterogeneidad de las conmemoraciones que se registran en estas páginas aconsejaría desde mi punto de vista una mayor prudencia: lo que sostiene el historiador británico se cumple en muchos casos pero no en todos, ni mucho menos. Lo dejo aquí como simple apunte para no extenderme de manera desmesurada.

La conjugación de memoria y olvido me ha recordado el ensayo de David Rieff, que reseñé en estas mismas páginas de Revista de Libros: la «memoria como imperativo», pero «el olvido como terapia», señalaba yo entonces. Lowe utiliza aquí otros dos conceptos para referirse a la actitud ante las conmociones del pasado: el reconocimiento y la negación. Ninguno puede tener un valor absoluto. El énfasis que nuestro tiempo ha puesto en la necesidad de recuerdo difumina, como decía Rieff, la importancia de un cierto olvido consciente para superar situaciones traumáticas. Si la prioridad en un momento dado es dar paso a la paz y la convivencia, ¿cumplen esa función los monumentos o, más bien tratan de esculpir el odio en piedra o, al menos, imponer una determinada visión de la historia? ¿Se puede rendir homenaje a los muertos, como pasa en Japón, obviando que muchos de ellos son criminales de guerra, autores de asesinatos atroces? Es fácil usar el calificativo de monstruos cuando los monstruos son los otros pero ¿qué hacemos con los nuestros? El lector que haya tenido la paciencia de llegar hasta aquí habrá comprobado que al final las preguntas –esas que yo he señalado, pero otras muchas más que me dejo en el tintero- predominan sobre las respuestas. Lo señalé también al comentar el libro de Miguel Ángel del Arco sobre las cruces franquistas y la construcción más megalómana de todas, el Valle de los Caídos. No sabemos qué hacer con muchos de los monumentos conmemorativos del pasado, sobre todo cuando nos recuerdan una historia trágica o ignominiosa, pero están ahí y eso no hay quien lo cambie. En realidad, a la obra que más se parece Prisioneros de la historia, tanto en su enfoque como en sus conclusiones, es a otro notable volumen de un historiador español, Xosé M. Núñez Seixas, aparecido no hace mucho. Me refiero a Guaridas del lobo. Memorias de la Europa autoritaria, 1945-2020 (Crítica, Barcelona, 2021). Las guaridas del lobo del autor español son, como bien puede suponerse, los «lugares de memoria» de los tiranos europeos: refugios, fincas, casas de verano, palacios y, en fin, todas las edificaciones o recintos en los que un dictador haya dejado su impronta y sea reconocida como tal por sus seguidores. Las sociedades actuales suelen mirar al pasado con una cierta displicencia, como si nuestro tiempo, debido a los grandes avances tecnológicos, constituyera un borrón y cuenta nueva. Lowe demuestra en su obra no ya solo la falta de fundamento de esa actitud sino algo más profundo, que aborda en sus conclusiones: la actitud dubitativa de los sistemas democráticos para enfrentarse cara a cara con el pasado, reconocer su legado y dar una respuesta valiente a sus aristas más conflictivas.

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