Seducir cansa

LA VIDA COTIDIANA

Daniel Gascón

Alfabia, Barcelona

173 pp.

17,50 €

EL FUMADOR PASIVO

Daniel Gascón

Xordica, Zaragoza

189 pp.

12 €

En la contracubierta de El fumador pasivo, Ignacio Martínez de Pisón afirma que las cinco historias que componen el volumen «inician e inauguran una más que prometedora carrera de novelista: la del gran novelista que Daniel Gascón está llamado a ser». El autor de Carreteras secundarias lleva razón. Leyendo estos episodios protagonizados por un mismo personaje –no hablamos de cuentos, sino de momentos narrativos evaluables en lo que Volpi llama «media distancia»–, se constata que si Gascón (Zaragoza, 1981) los hubiera engarzado imprimiendo más profundidad a los personajes –sobre todo, a esas «muchachas en flor» que transitan por las habitaciones del narrador– ya podría haberse estrenado como novelista.

Publicado en 2005, El fumador pasivo compendia el universo biográfico y los motivos literarios del escritor zaragozano: destacan sus experiencias universitarias y la irrupción de un profesor heterodoxo y carismático («La generación perdida») que comparte con su alumno predilecto la admiración por la prosa desnuda de Cheever, Fante y Carver, las borracheras, el desprecio por la endogamia académica, la adicción a las mujeres y, cómo no, el horror al compromiso que lleva a la soledad hasta encontrar otra compañía femenina y, de nuevo, a experimentar el pánico a perder la libertad. Porque esa es la ecuación existencial que atraviesa las historias «gasconianas». La aventura lleva a la seducción y esta a compartir cama y alcoholes hasta que sobrevenga el compromiso, este se rompa e irrumpa, otra vez, la nostalgia. Parafraseando a Pavese, el lema sería «seducir cansa». El perpetuo movimiento entre las ganas de tener y la abulia respecto a lo que ya se tiene nos conduce a la filosofía perenne de Schopenhauer: el fatídico péndulo entre la tristeza y el aburrimiento. O dicho por el autor, citando a Robert Graves, el único tema de la literatura es la búsqueda: «Y pensé que muchas veces es difícil separar la búsqueda de la vida».

Si nos centramos en la búsqueda literaria, en El fumador pasivo Gascón ya ha encontrado a sus personajes inspiradores. El profesor «iniciático» se complementaba con las relaciones familiares: su tío de Barcelona, el abuelo que pierde la memoria, las peripecias sexuales de erasmista en Norwich con la figura de Sebald en el telón de fondo y un verano en Zaragoza con una chica que le sirve de modelo para comparar a otras inquilinas de sus noches de porros y vino tinto. Como decíamos, esas cinco historias podían haberse ensamblado en una novela, pero parece que el autor no quiso llegar más allá.

Cinco años después de El fumador pasivo, Gascón publica La vida cotidiana y vuelve a confirmar lo expuesto. Su estilo sigue siendo depurado, aborda la realidad sin alharacas, en la línea de los clásicos estadounidenses –Cheever y compañía– y el dream team británico, pero el universo temático del escritor aragonés sigue sin experimentar ningún cambio. Se refirma como un cuentista solvente –ahora mide más el tramo de la acción, en lugar de quedarse en la tierra de nadie de su anterior entrega–, aunque los personajes de sus historias siguen perteneciendo demasiado a la literatura de formación. Si, estilísticamente, Gascón «ya» ha demostrado que sabe describir, como anuncia el título del libro, las pequeñas emociones y mentiras de la vida cotidiana, sus cuentos siguen varados en la representación autobiográfica asociada a una etapa vital tan concreta que los hace muy parecidos.

En este apartado figurarían los que se centran en relaciones sentimentales basculando entre la infidelidad y la necesidad de compañía: el problemático equilibro entre amor y sexo aliñado con mentiras, el pavor al compromiso y el anecdotario estudiantil. Sucede así en «La despedida», «Abdominales», «La fiesta», «El cuaderno», «La vida cotidiana», «Una novia en San Francisco», «El mentiroso» y «Nunca nieva en Zaragoza». Como escribe Gascón en este último cuento: «Me gustaba clasificar mis amantes por la geografía y las cicatrices». Hay mucha geografía y, seguramente, cicatrices en estos relatos, pero la mayoría de situaciones resultan intercambiables: el olor a sábanas revueltas de habitaciones universitarias, las referencias a los estudios de Filología, el consumo de botellas de vino y el homenaje a los amigos y novietas «reaparecidas». Leído conjuntamente con El fumador pasivo, La vida cotidiana se revela redundante.

De los relatos, nos quedamos con «La escritora», una acertada combinación entre la experiencia sexual de un joven con una autora sesentona y una situación poscoital inesperada que mantiene la tensión del lector (el mejor del libro); «El traductor», o las miserias del mundo editorial: el escritor en ciernes traduciendo el prospecto de un todoterreno a 0,04 euros la palabra; «La manifestación», o la visión irónica de la generación progre que se manifestó contra la OTAN encarnada por la madre del narrador; «Clases de conversación», en torno a los hábitos sexuales de un abogado gay, y «La maestra», evocación de la escuela de la infancia con una entrañable profesora y la irónica parodia de un escritor local de novela histórica.

De lo leído se infiere que Gascón se mueve como pez en el agua en la distancia corta, pero esa cotidianeidad gris –tal vez porque «seducir cansa»– debería enriquecer el repertorio temático: evitar que esa forma sencilla de narrar que aparece como virtud no acabe siendo una fórmula rutinaria. Y, aunque sabemos que el cuento no es en manera alguna un género menor, quizá, como sugería Martínez de Pisón, sea hora de que Gascón plantee una evolución creadora en sus historias hasta seducirnos, por fin, con la esperada novela.

Ficha técnica

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