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El feliz regreso de la historia militar

La Edad Media en 21 batallas

Federico Canaccini

Pasado y Presente, Barcelona, 2023. 1º ed. italiana, Il Medioevo in 21 battaglie, Laterza, Roma, 2022

Trad. Carlos Gumpert

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En el libro de Federico Canaccini convergen dos tradiciones historiográficas recurrentes. Por un lado, y se trata quizás de la más habitual, la idea de contar la historia a través de hechos, efemérides o personajes que se consideran de relieve singular y que parecen simbolizar, de algún modo, el conjunto sobre el que se proyecta el estudio. Como señala el propio Canaccini en la introducción, «veintiún batallas para indagar en veintiún contextos, en veintiún mundos, siempre con la mirada elevada en el horizonte». Resulta significativo a ese respecto que el título no sea «21 batallas de la Edad Media» sino La Edad Media en 21 batallas.

El ejemplo más conocido de esta línea de propuestas esla colección que la editorial Gallimard publicó entre 1959 y 1984 bajo el nombre Trente journées qui ont fait la France (Treinta jornadas que hicieron Francia), seguida, años más tarde, de Les journées qui ont fait la France (2005-2019). Allí, como aquí, aparecen dos imprescindibles: la batalla de Poitiers, analizada por Jean-Henri Roy y Jean Devoisse (1966), y El domingo de Bouvines,de la mano de Georges Duby, (1972), que contó con una edición española (Alianza, 1988).

El volumen que nos ocupa es una propuesta más modesta, cuenta con un único texto, aunque no por ello es menos interesante. Esta publicación se centra, además, en choques bélicos singulares de la Edad Media, y surge casi en paralelo a otros títulos que siguen la misma línea, como Fechos de armas. 15 hitos bélicos del Medievo Hispano, coordinado por Martín Alvira y Miguel G. Martins (La Ergástula, 2021). El modelo es recurrente, e incluso cuenta con un precedente singular: Great Battles of the World (1901), escrito por el periodista especializado en temas militares Stephen Crane, autor además de la novela en que se basó el clásico cinematográfico La roja insignia del valor.

Nuestras 21 batallas participan del encomiable afán de la divulgación especializada y por especialistas, lo que ya supone, como punto de partida, una garantía de calidad. Federico Canaccini es conocido por sus monografías (Laterza, 2018 y 2021) en torno a dos afamadas batallas del ámbito italiano: las de Tagliacozzo, con el triunfo de los Anjou de Sicilia sobre los gibelinos en 1268, y la victoria güelfa florentina sobre los gibelinos de Arezzo en Campaldino (1289) que Dante, testigo del encuentro desde las filas florentinas, recordaría en la Divina Comedia (Infierno, XXII, 1-6).

Pero además, este volumen participa del regreso de una línea de estudio, la historia militar, que parecía abocada a un papel secundario con la decadencia del mal llamado positivismo histórico, y que, sin embargo, se ha revitalizado en este siglo XXI, en paralelo al nuevo y renovado impulso de la historia política. Baste señalar un título reciente que resume muy bien las aspiraciones de los investigadores, War and Conflict in the Middle Ages. A global Perspective, de Stephen Morillo (Polity Press, 2022), autor que, por cierto, inicia su obra analizando tres batallas que considera relevantes y de singular significado (ninguna de ellas, empero, recogida por Canaccini), como trasunto de otros tantos choques ideológicos, institucionales y hasta de modelo social: al-Qadisiyyah, en 638; la victoria decisiva del califato Rāshidūn de Umar sobre el imperio sasánida; Xiangyang, 1268-1272, ciudad del imperio Song asediada y conquistada por el kanato mongol de Kublai Khan; y Morat/Murten, 1476, donde el duque Carlos el Temerario de Borgoña fue derrotado por la Confederación Helvética.

Volviendo a nuestro libro, una última indicación previa: quizás los editores debieran empezar a buscar otras frases «gancho» para la contracubierta en las que no se referieran a la Edad media con ese lugar común de «un periodo tan mitificado y al mismo tiempo tan poco conocido». Tal vez lo primero contenga todavía un cierto poso de verdad, pero lo segundo, sin duda, no. Es la única pega que se le puede poner a una cuidada edición que cuenta además con una estupenda traducción al castellano y una pertinente actualización de las ediciones españolas de las obras citadas en la bibliografía; todo ello debe ser elogiado.

Cualquier selección cuenta con un elemento de discrecionalidad al que se le pueden encontrar objeciones. Por qué «21» y no veinticinco, o veinte, por aquello del redondeo, y por qué estas y no otras (por ejemplo, alguna de las que señala Morillo). Cada lector tendrá su opinión y, por eso mismo, poco hay que objetar aquí a la efectuada por Canaccini. También cabría discutirse que se extienda el término «Edad Media» a espacios donde encaja con suma dificultad (China, Japón) o a tiempos que se consideran nuevos en la historiografía (la conquista española del imperio mexica); pero en paralelo, se agradece mucho más la idea de apertura del horizonte mental a otras culturas a las que la historiografía sobre el medievo, precisamente por esas dificultades, acostumbra injustamente a dejar de lado.

Con todo, el aparente universalismo de la propuesta debe matizarse, pese a la afirmación del propio autor en su breve introducción de que «se altera la visión eurocéntrica» (p. 7). Los escenarios clásicos del medievalismo ―Europa Occidental y Oriental y el espacio islámico― copan la inmensa mayoría de los ejemplos, y algunos de los más distantes cuentan también con actores procedentes de esos ámbitos. En la práctica, solo el intento de Kublai Khan por conquistar Japón puede considerarse completamente excéntrico de ese círculo, y solo cuatro enfrentamientos no cuentan entre sus contendientes con alguna potencia del ámbito cristiano. Hasta qué punto el problema de las fuentes, de la atención historiográfica o del acceso a la información habrán limitado las opciones es algo que solo podemos suponer.

Puede resultar chocante, aunque es cosa muy menor, por último, que se elija una victoria inglesa, por mucho que Shakespeare nos ayudase así a conocer que existe un día dedicado a san Crispín, para reseñar una guerra, la de los Cien años, que finalizó con el aplastante triunfo de Francia, aunque la elección se justifica en lo «revolucionario» de la estrategia seguida; o que a propósito de los veintiún episodios se hable a la postre de bastantes más, lo que demuestra que no siempre es sencillo condensar una guerra en una batalla. Pero más allá de eso, ninguna de las elecciones resulta inesperada.

De acuerdo a un orden cronológico, el repertorio se inicia con los Campos Cataláunicos, en 451, en esa compleja fase de asentamiento de los pueblos «bárbaros» ―mejor que germanos, por cuanto no todos lo eran― en la zona occidental del Imperio romano, y finaliza con la conquista de Tenochtitlán en 1521 por otros «bárbaros», porque esa imagen ofrecían también a los invadidos mexicas los españoles ―quizás mejor castellanos― acaudillados por Hernán Cortés.

Por el camino, tres capítulos, y cinco enfrentamientos, protagonizados por los romanos «bizantinos»: Tricamerón y Casilino entre las campañas de Justiniano en África e Italia; Badr y Yarmuk, y alguna más de rebote, como Nínive, entre las de Heraclio frente a persas y árabes, y la final de la toma de Constantinopla por los turcos otomanos en 1453. En el Occidente europeo se escogen, además de los Campos Cataláunicos, la batalla de Poitiers entre francos y omeyas (732); el asalto a París por los normandos en 885; el freno a los húngaros por Otón I en Lechfeld (955); la victoria de los normandos en Hastings que abrió a Guillermo I las puertas del trono inglés (1066); la derrota almohade a manos de la coalición hispano cristiana en las Navas de Tolosa (1212); el triunfo del rey francés Felipe Augusto sobre la coalición imperial-angevina en Bouvines en 1214; el fracaso francés en Courtrai (Cortrique) en el primer intento (1302) de Felipe IV por someter a los poderes nobiliarios y burgueses flamencos; la victoria de Enrique V de Inglaterra (y de Francia, según se proclamaba) sobre las tropas de Carlos VI de Francia en Azincourt el día de san Crispín de 1415; y, por último, la batalla de Anghiari (1440) que simboliza las seculares luchas internas entre los poderes presentes en Italia.

Las Cruzadas figuran representadas por la conquista de Jerusalén por los contingentes latinos en 1099 y, en cierto modo, por su antítesis del lago Peipus (1242), donde los caballeros teutones fueron masacrados por las tropas «rusas» de Aleksandr Nevski, en un imaginario que todos retenemos, y Canaccini recuerda, a través del cine de Serguéi Eisenstein y la música de otro Serguéi, Prokófiev.

El mundo islámico, además de en Yarmuk, Poitiers, Jerusalén, Las Navas y Constantinopla, se hace presente en el enfrentamiento victorioso del califato abbasí contra los chinos de la dinastía Tang, en otro de los grandes clásicos del repertorio medieval de batallas: Talas (751); en el triunfo de los mamelucos sobre los mongoles en Ayn Yalut (1260); en la expansión de los sultanes gúridas sobre la India que simbolizan las dos batallas de Tarain de 1192 y, también en la India, el choque por el control comercial entre mamelucos y portugueses en Diu (1509). Por último, los mongoles, siquiera a través de la «chinificada» dinastía Yuan de Kublai Khan, son igualmente protagonistas en el fallido intento de invasión de Japón a partir de 1274.

En conjunto, la estructura de cada capítulo sigue los mismos patrones. Cabría señalar, de hecho, que la batalla, cada batalla, es en sí misma lo menos desarrollado, pese a los planos y mapas explicativos que inician cada episodio. Como se indicaba al principio, y el autor también señala en la introducción, lo que destaca en cada caso es el contexto previo y coetáneo, la presentación de las causas de los conflictos de los que esas batallas forman parte, en ocasiones muy lejanas, y de las consecuencias del resultado, que llegan incluso hasta la actualidad de la guerra ruso-ucraniana, del mandato del presidente mexicano López Obrador o de la reciente reconversión de Santa Sofía en mezquita en 2020 por decreto del presidente Erdogan; el autor no ahorra comentarios y opiniones propias sobre estas notas de actualidad.

Se muestra además la «fotografía» ampliada y detallada de los protagonistas y de los personajes secundarios, y de sus circunstancias. Detrás de todo ello, pero de modo evidente, aparecen las luchas ideológicas: el conflicto entre poderes políticos emergentes y otros que inician o culminan su declive; las relaciones que se establecen entre ámbitos cuyas diferencias no siempre resultan tan evidentes como pareciera a primera vista; el relieve de las causas económicas y sociales que subyacen tras una retórica que prefiere otros argumentos; el despliegue de la autoridad monárquica y de la estructuras estatales en la Europa Occidental junto a la evidencia de que, en Oriente, Cercano y Extremo, o en América, perviven y se extienden modelos institucionales tanto o más desarrollados e igualmente expansionistas y beligerantes («el otro […], en el fondo, no es tan diferente de nosotros»).

Dejamos al lector su opinión sobre cómo se presenta el conjunto y cada uno de los apartados. El acuerdo (o el desacuerdo) con el contenido no está garantizado, pese a que el diseño resulta convincente, incluso muy convincente. Pero permítaseme discrepar de algunos de los títulos escogidos para los diferentes capítulos y epígrafes.

El afán por atraer la atención del lector es evidente y encomiable, sobre todo porque el interés divulgativo del texto, pese a la profundidad del análisis, resulta palmario. Pero parece quizás excesivo definir a Aecio, siguiendo a la historiografía más tradicional, como «el último gran general de Roma», asumiendo así el tópico del fin del Imperio en 476, o presentar las campañas de Justiniano (y de su general Belisario), como «el retorno del Imperio», en un lema que recuerda más a la serie cinematográfica de La guerra de las galaxias que a la realidad de un imperio que se mantenía muy vivo, porque, como insiste toda la historiografía reciente, no había caído. En ocasiones, los lemas no quedan aclarados en el texto, y eso chirría cuando, por ejemplo, y a propósito del Lago Peipus, se utilizan expresiones como Drang nach Osten («Empuje hacia el Este»), cuyo empleo rechaza la historiografía germana actual por estar vinculado al pangermanismo de finales del XIX y el XX, y de modo singular al nazismo. Quizás subyace la identificación que Eisenstein hizo de nazis y teutones en su largometraje, pero hubiera convenido explicarlo, si no eludir el término. De hecho, ese mismo problema sí se resuelve, con unos apuntes iniciales sobre el término «Reconquista» y el debate historiográfico que le acompaña, en el relato sobre Las Navas de Tolosa, al margen del acuerdo que se tenga con la propuesta.

Mayor discrepancia merece, no solo con Las Navas, pero singularmente con Las Navas ―sobre todo para esta edición en español―, la bibliografía recogida al final de la obra y repartida por capítulos. Que, tras la intensa producción historiográfica surgida del centenario de 2012, la obra más reciente reseñada sea el manual de Historia de España de O’Callaghan de 1975 (la obra mencionada de Sánchez-Albornoz es en realidad una reedición de un texto de 1942 revisado en 1977), no dice mucho acerca del esfuerzo por manejar los textos más renovadores publicados (Alvira, García Fitz…), que ayudan a entender mejor el conflicto y la interacción entre los contendientes. En el mismo sentido, puede que tenga una mayor justificación que un libro publicado inicialmente en 2022 no hubiera llegado a incluir nada de la numerosa producción que generó otro centenario, el de la conquista de México en 1521; pero queda todo un rastro bibliográfico previo de autores españoles y mexicanos que se ha decidido ignorar. Quizás el problema estribe en el conocimiento del idioma que pueda tener o no el autor, pero no parece que leer el español desde el italiano resulte tan complicado, o que ello justifique la ausencia de la bibliografía más interesante.

Estas posible carencias no empañan el resultado general, ampliamente satisfactorio, del libro. Es una selección acorde a los objetivos, con un abanico muy diverso de ejemplos que permite analizar diferentes tipos de choques y de motivaciones; análisis inclusivo que pretende cubrir elementos muy diversos y se cimenta en la amplia contextualización de los diferentes ejemplos; todo ello con un lenguaje preciso, pero también cercano. Quien se sienta atraído por las tácticas militares encontrará algunos ejemplos detallados, aunque se verá defraudado en otros, sin duda por menos conocidos en este terreno. Quien aprecie los valores de las estrategias a largo plazo hallará en general interesantes recompensas. Quien, en fin, coincida con el autor en que el valor estriba en la visión global del conflicto y su encaje en el proceso histórico, disfrutará ampliamente de la lectura y, al tiempo, se mostrará crítico con algunas de las propuestas.

Pero de eso se trata precisamente en Historia.

Fermín Miranda García es doctor en Historia por la Universidad de Navarra y profesor Titular de Historia Medieval en la Universidad Autónoma de Madrid.

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Miniatura medieval de la obra de Guillermo de Tiro Histoire d'Outremer. Imagen: Wikipedia
Miniatura medieval de la obra de Guillermo de Tiro Histoire d'Outremer. Imagen: Wikipedia

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