La historia no es solo cambio. Es también permanencia, de formas de organización social y política, de instituciones, de componentes simbólicos, de ideas, usos y mentalidades, no siempre detectables desde un primer examen. En la década de 1780, un inquisidor sevillano afirmaba que la intolerancia era una ley fundamental de la nación española, no la había establecido la plebe y no le tocaba a la plebe abolirla. No sin idas y venidas, la Inquisición fue suprimida, pero su legado de intolerancia y de represión fue mucho más duradero.
Una forma extrema de permanencia se da cuando secularmente persisten en una sociedad unos rasgos esenciales, a partir de la organización del poder, y la articulación en la misma, tanto de unas relaciones económicas y sociales consolidadas como de las mentalidades. Cabría hablar entonces de una estructura histórica, en cuyo interior los procesos de cambio no alteran en lo fundamental ese orden establecido.






