La historia no es solo cambio. Es también permanencia, de formas de organización social y política, de instituciones, de componentes simbólicos, de ideas, usos y mentalidades, no siempre detectables desde un primer examen. En la década de 1780, un inquisidor sevillano afirmaba que la intolerancia era una ley fundamental de la nación española, no la había establecido la plebe y no le tocaba a la plebe abolirla. No sin idas y venidas, la Inquisición fue suprimida, pero su legado de intolerancia y de represión fue mucho más duradero.
Una forma extrema de permanencia se da cuando secularmente persisten en una sociedad unos rasgos esenciales, a partir de la organización del poder, y la articulación en la misma, tanto de unas relaciones económicas y sociales consolidadas como de las mentalidades. Cabría hablar entonces de una estructura histórica, en cuyo interior los procesos de cambio no alteran en lo fundamental ese orden establecido.
Un ejemplo inmediato es el Egipto clásico, una teocracia de regularidad donde el medio geográfico dictó su ley, determinando una ordenación del poder de apariencia inmutable, fundada sobre los criterios de simetría y de ordenación armónica de sus componentes. El principio de armonía, personificado por la diosa Ma’at, a un tiempo verdad, orden y justicia, es la clave de una construcción excepcionalmente estable, protegida del exterior por la peculiar insularidad que crea el desierto1.
Excepcionalmente, la insularidad en sentido estricto hizo posible la supervivencia milenaria en Japón de una estructura histórica. La intensidad y la violencia de los cambios que se sucedieron a partir del siglo XI no alteraron la vigencia de unas formas estables, acuñadas desde el siglo VII por una convergencia religiosa de budismo y confucionismo sobre el módulo sintoísta. La continuidad estuvo asegurada por los rituales y por unas permanencias institucionales y simbólicas que pudieron ser postergadas, nunca suprimidas. El emperador (tenno, hijo del cielo) perdió el poder efectivo a fines del siglo XII, pero mantuvo una preeminencia simbólica que le permitió resurgir en 1868. Tras la derrota de 1945, Hirohito se vio forzado a renegar de su condición divina, que reapareció sin embargo en el ritual con la diosa Amaterasu en el siguiente acto de sucesión. Hasta el emblema de la inseguridad producto de la guerra, el samurái acabó atrapado en la red de los rituales. Fue siempre como si un biombo preservase tras de sí los grandes cambios2. Los ritos siguen formando hoy el hilo conductor de la vida japonesa, según anota el politólogo francés Jean-Marie Bouissou en Les leçons du Japon (Fayard, París, 2020).
La intensidad del cambio histórico en el mundo contemporáneo parece, en principio, menos favorable para la formación de estructuras históricas. Sin embargo, existe una gran excepción, el comunismo soviético, producto además de un proceso de construcción doctrinal, de Marx a Lenin, destinado, como ocurriera con el islam, a convertirse en realidad salvífica. Según sabemos, el ensayo acabó fracasando, tras insistir hacia el último momento en su permanencia como «socialismo realmente existente». Pero el designio era claro: crear, revolución mediante, una nueva forma de vida para la humanidad; perdón, para los trabajadores.
No obstante, aun cuando fracasó y se hundió la estructura histórica revolucionaria inaugurada por Lenin en Rusia, en 1917, los distintos procesos revolucionarios surgidos de ella, las ramas nacidas del tronco comunista, en China, Corea del Norte, Cuba, han sobrevivido hasta hoy gracias a la actuación en todos ellos de un aparato represivo implacable: de Tiananmen al 21-J cubano. E incluso en Rusia, sin su contenido fundacional ideológico, el legado del estalinismo se ha recompuesto en el Estado-KGB de Putin. Es un recorrido histórico que he intentado reflejar en mi ensayo Comunismo (Madrid, Catarata, 2024) y que encuentra un complemento en la reedición ampliada de Queridos camaradas. La Internacional Comunista y España, 1919-1939, estudio que escribí con Marta Bizcarrondo y que publicó Planeta en 1999. Tras el fallecimiento de mi compañera, he llevado ahora el texto hasta el presente en una nueva edición publicada por Arzalia en 2026.
El vuelo impropio de un búho
El proyecto de forjar una estructura histórica de rasgos claramente definidos, mediante una revolución, se encuentra diseñado a lo largo de la evolución doctrinal que arranca del Manifiesto comunista, de Marx y Engels, va desarrollándose en las sucesivas obras de ambos, y se concreta con éxito, partiendo del anterior, en otro trayecto ideológico, el de Lenin, de ¿Qué hacer? a El Estado y la revolución. La raíz hegeliana del pensamiento de Marx sirvió de guía, al hacer necesaria la formalización del enlace entre la fase previa, la necesidad de la revolución proletaria, y la fijación del contenido de la posrevolución. Hegel proporcionó esa gran ventaja, la coherencia de la construcción doctrinal, ya que el proceso se veía forzado a atenerse a una rigurosa lógica interna. Con una grave deficiencia, al otro lado del análisis de la realidad prerrevolucionaria, el proyecto se desplaza a la esfera de las ideas y entra en una disyunción insalvable con su puesta en práctica.
Lo anuncia el propio Hegel. En la Filosofía del derecho, el búho de Minerva solo emprende su vuelo al anochecer, cuando una forma histórica llega a su término, reconstruyéndola como imperio de ideas, y es el supuesto que Marx cumple con rigor en la primera parte del Manifiesto comunista, el ascenso y la configuración del poder de la burguesía, si bien cerrado con el diagnóstico voluntarista de su agotamiento. Lo que ya emprende otro vuelo, este por encima de la realidad, es el supuesto lógico de que la superación, vía revolucionaria, de la contradicción entre el dominio de la burguesía y la explotación del proletariado, vaya a consistir en una superación, de contenido enteramente positivo para la humanidad. A nuestro búho no le toca predecir la aurora.
Marx dejó en suspenso sus ideas acerca de ese imprescindible orden posrevolucionario, más allá de ofrecer la fórmula de la «dictadura del proletariado», cuyo único significado político apreciable es la supresión de la democracia. Como justificación profetiza, siempre en el plano de las ideas, el necesario desenlace de la lucha de clases, resultado de tal dictadura como fase de transición: la abolición de las clases y, consecuentemente, una sociedad sin clases3. Engels añade que en ese proceso tendrá lugar la extinción progresiva del Estado. En uno y otro, la mediación política debe desaparecer.
Con Lenin, el círculo se cierra definitivamente en vísperas de la revolución rusa de 1917. En la serie de escritos que sigue a ¿Qué hacer?, el enfoque realista de la prerrevolución en Marx se completa con la precisión de que el proletariado no puede ser por sí mismo y de modo inmediato el sujeto de la revolución conducente a su dictadura. Un partido dotado de una estructura militar, nacido de la intelligentsia, y organizado mediante el «centralismo democrático», resultará ser el sujeto imprescindible para ejecutar la toma violenta del poder. Fue un esquema que se reveló eficaz para hacer la revolución y que incluso flexibiliza la posición de Marx, con la aceptación estadiológica de la democracia, en cuanto plataforma para acumular recursos de cara al asalto final.
En 1917, ante una estructura de oportunidad excepcional, creada por la guerra, Lenin acelera sus expectativas, elimina la fase democrática en las Tesis de abril y desarrolla su proyecto político revolucionario en El Estado y la revolución. Su particularidad consistirá precisamente en la supresión total de la política. Lo que era un supuesto lógico en Marx abre paso a una simplificación del proyecto sobre la posrevolución, que resulta decisiva cuando las ideas se transformen en hechos. Se hará realidad, propone Lenin, el pronóstico que hiciera Engels en carta a Bebel: una vez que el Estado, en manos del proletariado, «someta a sus adversarios, dejará de existir».
Estamos ante una falsa utopía irenista, un reino de la libertad instaurado mediante una extrema violencia, la destrucción del orden social existente, que acaba envuelto en una descripción idílica para ocultar su contenido efectivo. Lenin anuncia un futuro en el cual los obreros armados gestionarán la sociedad haciendo «desaparecer la necesidad de toda administración en general». De la violencia extrema a la total armonía. Un cuento de hadas, legitimador de la futura represión.
Lenin volverá sobre este tipo de ensoñación en sus últimos escritos, al proclamar su deseo de que «el partido sea una gota en el mar del pueblo», pero la función de esta aparente huida de la realidad no es otra que la necesidad de encubrir que la revolución y la posrevolución serán nuda violencia. Ni siquiera cuando avanza en el reconocimiento de su fracaso con la NEP (Nueva Política Económica), atenúa su voluntad represiva. Los escritos de Lenin, revelados por Richard Pipes en los años 90, con El Lenin desconocido, reflejan su vocación de llegar al límite de la ferocidad en el exterminio del adversario de clase… y de todo aquel que, como los socialistas revolucionarios o los intelectuales críticos, supusiera un obstáculo a esa revolución, absolutamente necesaria. A pesar de que en sus últimos escritos la considera fracasada. Suprimir la política, ver en el Estado, como Marx, solo un instrumento de opresión, tenía ese coste.
Nace el totalitarismo
En Comunismo, destaco la significación de ese abismo abierto entre la prometida extinción del Estado, auténtica culminación del desarrollo capitalista —«toda la sociedad será una sola oficina y una sola fábrica» (expresión ya amenazadora)— y la construcción de un Estado que pretende controlar todos y cada uno de los componentes de la vida social. Un Estado totalitario, tal y como pone de relieve Stéphane Courtois en Lenin, el inventor del totalitarismo (2021). Lo supo ver Mussolini justo un siglo antes:
«Así pues, nada de crisis de la autoridad estatal en Rusia, sino un Estado superestado, un Estado que absorbe y aplasta al individuo y regula toda la vida (…) El Estado ruso es el Estado por excelencia, y se entiende que, habiéndose estatizado la vida económica en sus innumerables instituciones, se haya formado todo un ejército de burócratas»4.
Un modelo a imitar, al cual, en la lúcida descripción de Mussolini, solo falta subrayar que ese aplastamiento del individuo constituye la pieza clave que permite el mantenimiento de un sistema de poder, que elimina de entrada tanto la participación como el disentimiento. En una palabra, un régimen que, de Lenin al principio hasta el final, se apoya sobre la Cheka (luego KGB, etc.), un aparato policial secreto, ejerciendo el terror, ajeno a todo respeto de los derechos humanos. Violencia revolucionaria forever. Paralelamente, como la gestión tampoco admite el vacío previsto por Lenin, el partido revolucionario se transformará en «el ejército de burócratas» detectado por el Duce.
En la estela de Marx, Lenin había forjado el diseño de una estructura histórica, de impronta milenarista, forzada por la realidad a incumplir su objetivo histórico, pero dispuesta a perpetuarse, hasta ese ocaso en que se presentaba como «socialismo realmente existente». Al cabo de la culminación del dominio de la burguesía, la revolución proletaria, por necesidad lógica, debía haber abierto paso a una organización social y económica llamada a eternizarse, habiendo borrado toda explotación en su seno. El problema residía en que el orden posrevolucionario no trajo consigo la extinción del Estado, sino su contrario, un Estado totalitario, donde «los obreros armados» se desdoblaron, por un lado, en una enorme burocracia y, por otro, en un implacable aparato represivo.
En el vértice del sistema, un liderazgo personal, objeto pronto de sacralización, en calidad de recurso de excepción, heredado del absolutismo, para encubrir la incapacidad de generar un mínimo consenso social desde una penuria generalizada (hasta la desesperación en el mundo agrario). Como siempre, la fe en la infalibilidad del jefe sirve de base a una moral de consolación.
Era, por último, un sistema expansivo por su propia naturaleza, al responder al planteamiento universal heredado del Manifiesto comunista. El partido triunfante de Lenin debía convertirse en el agente de una revolución mundial. De ahí la fundación de la Internacional Comunista, un diseño utópico, desaforado, pero acorde con la concepción revolucionaria de Marx, que Lenin intentó siempre poner en práctica.
El sistema hacía aguas por todas partes, según anota el último Lenin, con desesperación, pero sin rectificar nada (y menos en la represión). El conflicto más aparente era su sucesión, pero las cuestiones de fondo seguían ahí: el justificado malestar agrario, visible en las elecciones de soviets, la inseguridad de la NEP, una burocracia corrupta e ineficaz, incluso el callejón sin salida de un costoso «partido mundial de la revolución», sin que se produjeran las esperadas revoluciones nacionales.
Stalin cortará, uno tras otro, esos nudos gordianos, procediendo siempre en beneficio propio, mediante una estabilización en todos los órdenes, él como protagonista absoluto, con Lenin definitivamente sacralizado, la depuración como norma —más el gulag, luego vendrá el gran terror—, el alejamiento de la NEP y el brutal salto adelante de la colectivización. La reindustrialización acelerada fue un hecho. Y evitando las costosas aventuras de los primeros años, la Comintern se replegó sobre los intereses de la URSS, convertida en «la patria del socialismo».
Todos los conflictos que angustiaron al último Lenin quedaban definitivamente superados bajo el mando de un líder infalible. Aun antes del Gran Terror, el fracaso inicial quedaba definitivamente conjurado. Hacia el exterior, el comunismo aparecía como una estructura histórica inmutable, que ofrecía además con la URSS la fórmula viva para la revolución comunista mundial. En su libro Los que susurran (The Whisperers),un pueblo que no se atreve a hablar en voz alta, Orlando Figes evaluó el precio pagado por ese brillante orden aherrojado: 25 millones, uno de cada ocho rusos afectado de un modo u otro por la represión de Stalin entre 1928 y 1953.
El comunismo imaginario
Cobraba así forma definitiva una nueva religión secular, y en ello desempeñó un papel esencial un componente visto casi siempre aparte de la historia de la experiencia soviética. Entra en escena un comunismo imaginario, que compensará, sobre todo hacia el exterior, las malformaciones del realmente existente.
Lenin, por medio de Lunacharski y de un brillante elenco de artistas, lo había puesto en marcha desde los prolegómenos de la revolución, en un doble sentido: destrucción de la imagen del Antiguo Régimen y eclosión de un universo de representaciones utópicas, llamadas a encubrir una terrible realidad. No solo en Rusia, sino a escala mundial, y de modo muy visible en España, la revolución, por su simple aparición, creaba ya la impresión de un «mundo nuevo». Y de 1917 a 1923, salvo en la arquitectura, por falta de materiales —el edificio deIzvestia fue la excepción—, el arte cubrió sobradamente las demandas de la propaganda revolucionaria. Solo que las noticias de la anarquía y del hambre en Rusia apagaron ese inicial resplandor. Hacia dentro, el agitprop —la agitación y la propaganda— cubría sus objetivos a duras penas5.
Aun sin la creatividad estética de los primeros años, por la orientación conservadora del «realismo socialista», la era de Stalin supondrá un salto adelante decisivo para la expansión de ese comunismo imaginario. Nuestro estudio citado sobre La Internacional Comunista y España, 1919-1939 (1999, 2026), explica cómo en los años 30 el sueño de la URSS suscita una enorme movilización de las conciencias, favorecida por la amenaza de los fascismos. Un impulso que se verá agotado a mediados del siglo XX, justo cuando la victoria de la URSS en 1945 pone en marcha la formación de un sistema comunista mundial. Salvo para los creyentes, el estalinismo se hizo indigerible.
Pero existirá un recambio. Al llegar los años 60, la imagen negativa de la era estaliniana se ve compensada por el atractivo de una revolución de apariencia romántica e innovadora, la de Cuba, con la guerra de Vietnam desempeñando el papel de antagonista legitimador que tuvieran los fascismos treinta años antes. Y cuando las nuevas imágenes sufran un rápido desgaste, entrará en juego la coartada del bloqueo estadounidense, confirmando la validez del paraíso perdido.
Para subsistir, la estructura histórica comunista requería ese componente imaginario. La evolución de la URSS y del bloque soviético de 1945 a 1989-91 había revelado una quiebra irreparable del equilibrio entre el liderazgo postestaliniano en declive, una burocracia anquilosada y el aparato de seguridad (KGB), único pilar sólido del sistema, con el consenso social en caída libre. El resultado fue la crisis definitiva del sistema soviético, interpretada erróneamente como fin del comunismo.
Renacimiento y muertos vivientes
El certificado general de defunción suponía ignorar que en la China Popular existían recursos más que suficientes para superar incluso hundimientos tales como el Gran Salto Adelante. Una deriva democrática fue impedida por la represión de Tiananmen. Y si en la sociedad rusa la ausencia de antecedentes democráticos favoreció el salto inmediato al comunismo, palabra de Stalin, en China unos hábitos secularmente consolidados por el confucionismo, de obediencia y disciplina en el trabajo y en la vida, hicieron posible la inesperada recuperación del poder comunista, más el crecimiento en flecha de la economía, bajo los mandarines rojos. La fórmula fue la ya prevista por Deng Xiaoping y Liu Shaoqi en los años 60: monopolio de poder en el PCCh (Partido Comunista Chino) y capitalismo de Estado. Entre una abundante bibliografía, los libros de Frank Dikötter, La gran hambruna en la China de Mao (2017) y China After Mao (2022) explican el proceso en toda su complejidad. El resultado final, bajo la dirección de Xi Jinping, presenta ya todos los rasgos que permiten hablar de una sinización definitiva del modelo comunista.
Respecto del modelo soviético clásico, destacan en China la centralidad similar del liderazgo personal, con un abrumador culto de la personalidad; pero también la diferencia sustancial en relación a la burocracia y a la nomenklatura anquilosadas de la URSS, origen de un capitalismo mafioso. En China, se ha dado integración activa de estructuras de poder político, formas capitalistas y renovación tecnológica, ahora mismo visible en el proyecto de vanguardia DeepSeek V4 de inteligencia artificial. Como contrapunto: la agudización orwelliana bajo Xi Jinping del control social, de una cohesión totalitaria que hace innecesario el terror.
Al margen de la variante vietnamita de un modelo cercano al chino en cuanto monopolio de poder del Partido Comunista y dinamismo económico, en los márgenes del antiguo sistema soviético, sobreviven dos casos residuales. La protección de Pekín y el blindaje totalitario han hecho posible la invulnerabilidad de Corea del Norte, bajo la fórmula neoestaliniana de liderazgo sacralizado (y hereditario) / Partido monolítico integrado con la estructura militar /sociedad militarizada. La emancipación del proletariado ha acabado en un despotismo oriental6. Los libros más interesantes recogen experiencias personales en el mundo kafkiano de Kim Il-sung, como Querido Líder (2021), de Barbara Demick.
La Cuba castrista, por su parte, confirma tanto el absoluto fracaso de la organización política de apariencia original (democracia de la plaza pública, espíritu revolucionario, pseudopoder popular), como el no menos total de introducir desde los años 90 fragmentos de capitalismo en una economía estatizada. Al modo soviético, el castrismo se mantiene por la implacable aplicación de los mecanismos represivos que se establecieran en sus orígenes. Un balance de la impotencia reformadora del castrismo, en Carmelo Mesa-Lago, Cuba en la era de Raúl Castro (2012). Autor también del capital Comparing Socialist Approaches. Economics and Social Security in Cuba, China and Vietnam (2025).
Una vez clausurada la historia del comunismo soviético, la era restauradora de Putin prueba hasta qué punto aquel dependía de una policía secreta dispuesta a ejercer una ilimitada represión. El Estado-KGB sigue siendo tal, pasado más de un tercio de siglo desde el fin de la URSS7. De aquella estructura histórica permanece su más firme pilar: las «operaciones especiales» de carácter criminal hacia el interior, y las «operaciones especiales militares». Así etiqueta el propio Putin la invasión de Ucrania. La KGB ha alcanzado el vértice del poder y define su lógica de actuación, legado de la fallida estructura de poder soviética.
Bibliografía citada
Assmann, Jan, Maât. L’Égypte pharaonique et l’idée de justice sociale, París, Julliard, 1989, 302 págs.
Bouissou, Jean-Marie, Les leçons du Japon. Un pays très incorrect, París, Fayard, 2020, 432 págs.
Brovkin, Vladimir, Russia After Lenin: Politics, Culture and Society, 1921-1929, Londres/Nueva York, Routledge, 1998, 240 págs.
Courtois, Stéphane, El libro negro de Vladímir Putin, Barcelona, Espasa, 2023, 336 págs.
Courtois, Stéphane, Lenin, inventor del totalitarismo, Barcelona, Ediciones B, 2022, 384 págs.
Demick, Barbara, Querido líder. Mi huida de Corea del Norte, Madrid, Capitán Swing, 2011 (reed. 2023), 352 págs.
Dikötter, Frank, China After Mao: The Rise of a Superpower, Londres, Bloomsbury, 2022, 432 págs.
Dikötter, Frank, La gran hambruna en la China de Mao. Historia de la catástrofe más devastadora de China, 1958-1962, Barcelona, Acantilado, 2017, 592 págs.
Elorza, Antonio, «El biombo protector», en La Aventura de la Historia, Madrid, n.º 328, abril de 2026, págs. 44-49.
Elorza, Antonio, Comunismo: De Lenin a Xi Jinping, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2024, 272 págs.
Elorza, Antonio y Bizcarrondo, Marta, Queridos camaradas. La Internacional Comunista y España, 1912-1939, Madrid, Arzalia Ediciones, 2026, 644 págs.
Elorza, Antonio y Bizcarrondo, Marta, Queridos camaradas. La Internacional Comunista y España, 1919-1939, Barcelona, Planeta, 1999, 711 págs.
Figes, Orlando, Los que susurran. La represión en la Rusia de Stalin, Barcelona, Edhasa, 2009, 912 págs.
Gentile, Emilio, Mussolini contra Lenin, Madrid, Alianza Editorial, 2019, 256 págs.
Hegel, Georg Wilhelm Friedrich, Principios de la filosofía del derecho, Madrid, Tecnos, 2017, 576 págs.
Lenin, Vladímir Ilich, ¿Qué hacer? Problemas candentes de nuestro movimiento, Madrid, Akal, 2009, 240 págs.
Lenin, Vladímir Ilich, El Estado y la revolución, Madrid, Alianza Editorial, 2010, 192 págs.
Marx, Karl, «Carta a Joseph Weydemeyer, 5 de marzo de 1852», en Marx y Engels. Obras escogidas, Moscú, Editorial Progreso, 1974, vol. II, págs. 56-59.
Marx, Karl y Engels, Friedrich, Manifiesto del Partido Comunista, Madrid, Akal, 2011, 128 págs.
Mesa-Lago, Carmelo, Comparing Socialist Approaches: Cuba, China, and Vietnam, Oxford, Oxford University Press, 2025, 368 págs.
Mesa-Lago, Carmelo, Cuba en la era de Raúl Castro. Reformas económico-sociales y sus efectos, Madrid, Editorial Colibrí, 2012, 312 págs.
Pipes, Richard, El Lenin desconocido. Del archivo secreto al mito, Madrid, Debate, 1999, 224 págs.
Politkóvskaya, Anna, La Rusia de Putin, Madrid, Debate, 2005, 336 págs.
Antonio Elorza es catedrático emérito de Ciencia Política. Sus libros a menudo tratan sobre historia del pensamiento político (Liberalismo e Ilustración en España, La razón y la sombra) y fenómenos totalitarios (El círculo de la yihad global, La invención del nacionalismo vasco, Genocidios). Fundador de Izquierda Unida, aúna experiencia personal e investigación en Comunismo y Queridos camaradas.
- Una buena introducción, en Jan Assmann, Ma’at, accesible en alemán y en francés. ↩︎
- Véase «El biombo protector», La Aventura de la Historia, abril de 2026. ↩︎
- Carta a Weydemeyer, 1852. ↩︎
- Il Popolo d’Italia, cit. en Comunismo y en E. Gentile, Mussolini contra Lenin, 2019. ↩︎
- Ver Russia After Lenin, de Vladímir Brovkin. ↩︎
- Peor había sido antes la experiencia de los jemeres rojos, donde la formación de una elite colonial en el comunismo francés desembocó en un genocidio: lo explico en Comunismo. ↩︎
- Entre una bibliografía relativamente abundante, es muy útil, de S. Courtois, El libro negro de Vladímir Putin, 2022. Y también, La Rusia de Putin, 2005, de Anna Politkovskaya, testigo y víctima. ↩︎






