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Viaje a Tierra Santa
Juan Eslava Galán y Antonio Piñero
Planeta, 2022

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A veces llamamos a esa conflictiva región Oriente medio y en otras ocasiones nos referimos –partiendo de la idea del imperialismo británico de que en rigor lo que se encuentra a la mitad de aquella zona del mundo es sólo la India- al cercano Oriente; porque desde Londres se llega antes. Lo cierto es que el mapa actual, proveniente de los acuerdos Sykes-Picot de 16 de mayo de 1916 al desmembrarse el Imperio Otomano –o preverse que se iba a desmembrar, como en efecto termino sucediendo: el fatal destino de todos los Imperios, por muy felices que un día se las prometieran-, no debiera hacernos olvidar que Estados, si se permite el grosero anacronismo, o civilizaciones con un espacio amplio y más o menos determinado, ha habido allí históricamente cuatro.

La primera y más importante ha sido Mesopotamia -todo lo ubicado entre los ríos Tigris y Éufrates-, dividida, para decirlo simplificando mucho, entre Asiria (al norte) y Sumeria o Babilonia (al Sur). Y, dentro del ésta, Acadia (parte alta) y Caldea (parte baja).

A su noroeste, y alcanzando hasta el mar Caspio, tenemos lo que hoy se conoce cono Irán, la legendaria Persia, en cuyo dominio se han sucedido, como pueblos más importantes, los medos, las aqueménidas –Ciro, Darío y Jerjes, que se dice pronto- y los sasánidas.

A ello esas dos áreas (Mesopotamia y Persia) hay que añadir la actual Turquía al norte o noroeste –la península de Anatolia- y en fin, y desde siempre, Egipto al oeste, al otro lado del Mar Rojo. El póker está ya completo.

Tampoco hará falta recordar que no han faltado intentos –exitosos- de unificar el dominio de la región, como sucedió con  Alejandro Magno en el siglo IV antes de Cristo o, ya tras la islamización, las selyúcidas, de la época de los cruzados, con Saladino -un kurdo- como estrella. Del propio Imperio Otomano, sobre todo a partir de 1453, puede predicarse, en buena medida, algo parecido.

Así las cosas, acerca de Israel cabría decir –página 91 del texto que ahora se está glosando, referido a los siglos IX a VII antes de Cristo, en época de Josías, rey de Judá, personaje de los Libros de los Reyes y las Crónicas, siempre dentro del Antiguo Testamento- que «era un reino pequeño que ocupaba una porción estratégica y estaba perfectamente amenazado por sus poderosos vecinos del este (Mesopotamia) y del oeste (egipcios). Los dos aspiraban a controlar una ruta caravanera que evitaba el gran desierto arábigo». Y, desde el siglo VI antes de Cristo, cuando Ciro se apoderó de Babilonia y liberó a los judíos, su historia, como leemos en página 93, «siguió siendo una sucesión de desgracias», porque «después de los persas estuvieron sometidos a las potencias que se iban sucediendo en la zona: otomanos de Egipto, seléucidas de Siria y, finalmente, romanos, lo que nos lleva a la época de Jesús. Después de la rebelión del caudillo Bar Kojba contra Adriano (132-135) [ya obviamente después de Cristo], el imperio romano decidió expulsarlos de esta tierra». Luego, en página 183, en el Capítulo 19 («De cruzadas, templarios y el malvado Chatillon»), se vuelve a recordar, ya actualizando el discurso, que «en esta disputada franja de tierra se han sucedido, desde el comienzo de la historia, por lo menos media docena de dominadores y cada uno de ellos se la ha arrebatado al precedente: judíos, romanos, bizantinos, árabes, turcos, cruzados y nuevamente turcos, hasta la conquista por los ingleses durante la Primera Guerra Mundial. Este territorio jamás ha tenido entidad política propia, exceptuando los reinos y condados cruzados y el Israel bíblico».

O en página 378, hablando del golfo Sarónico, camino de la ciudad de Corinto: «Aquí se extienden ante nosotros (…) las aguas en las que se riñó la batalla de Salamina en el año 480 a.C. Los persas intentaban por segunda vez conquistar a los griegos y para ello Jerjes I, el Gran Rey, armó una escuadra gigantesca que impremeditadamente metió en estos estrechos, en los que, estorbadas las maniobras, resultaron derrotados por las naves griegas, más ligeras y maniobreras. En esa batalla se decidió el porvenir del mundo y ello dicho sin exagerar: si hubieran ganado los persas, probablemente la evolución de Europa habría sido muy distinta».

Otro lugar emblemático resulta ser Esmirna, «la ciudad más europea de Oriente» -página 397-, donde «siempre ha habido potentes comunidades de comerciantes occidentales, especialmente griegas. También, por cierto, una importante comunidad sefardí que se estableció después de la expulsión decretada por los Reyes Católicos». Y donde, y esto lo añado yo, nació en 1906 el griego más griego (y más occidental) del siglo XX, Aristóteles Sócrates Onassis, en título compartido, eso sí, con María Callas, que vio la luz, en 1923, en Nueva York. Y es que los griegos, como los de Bilbao, nacen donde quieren.

Pero cosa muy distinta a esos hechos es lo que ahora conocemos como el relato, el narrative -la batalla cultural, si se quiere-, porque los originarios de aquella tierra, pequeña en efecto y sometida a las que en cada momento han sido los poderosos del mundo, han conseguido elaborarse, a base de su deseo de autoafirmación, un pasado mítico y además imponer su marco mental no sólo a Occidente sino –dejando China y la India al margen: es otro planeta- al mundo entero. Tan ingente tarea se debe a la Biblia, tanto al Antiguo como al Nuevo Testamento. Ahora, en estos comienzos del siglo XXI, tan incultos –no sólo tan secularizados: son o podrían haber resultado fenómenos perfectamente disociables-, las cosas han dejado de ser así, pero bien puede decirse que no hay europeo de más de cincuenta o sesenta años, y desde luego no hay español, hubiese estudiado en su infancia y juventud en un colegio de curas o no, que no acierte a mostrar con algunos accidentes geográficos de la región –el lago Tiberiades o Mar de Galilea, el río Jordán o el Mar Muerto, por poner sólo referencias más a mano- una familiaridad que no tiene nada que envidiar a lo que pudiera sucederle con los cauces fluviales o los pantanos de la comarca en la que han nacido o vivido. Las que conocemos como religiones abrahámicas –judaísmo y también cristianismo e islam: sus dos «hijuelos o hermanastros», como se les califica en página 59- han salido precisamente de allí. El nombre de Tierra Santa no podía estar mejor puesto.

Este libro constituye -entremos ya en él- una reelaboración amena –divertida, incluso, y desde luego escéptica a fuer de irónica- del relato bíblico y se presenta como un libro de viajes, al modo de lo que España en el último medio siglo han elaborado (y muy bien) un Manu Leguineche, un Javier Reverte o una Ángela Rodicio, para, una vez más, mencionar sólo a los más notorios de nuestros Odiseos. Los dos autores, Juan Eslava Galán y Antonio Piñero –cada uno con una personalidad muy conocida para la gente medianamente culta, o al menos no alérgica a la letra impresa- se encarnan respectivamente en Bonoso y Antonio y –así lo explica la contraportada- «viajan a Tierra Santa, Turquía y Grecia para indagar los orígenes del cristianismo y, de paso, observar la variedad del mundo, las peculiares costumbres de aquellas tierras y de sus gastronomías». En efecto, «durante este largo periplo por los lugares clave de las Escrituras, los dos amigos reflexionan sobre la veracidad de los distintos episodios bíblicos, discuten acerca de conceptos universales como la muerte y la resurrección y arrojan luz sobre temas tan candentes como Israel y Palestina». Una mezcla conseguida, y no era fácil, de rigor histórico y el entretenimiento: lo mejor, sí, de los relatos de viajes.

Las casi 450 páginas, a lo que hay que añadir la lista bibliográfica y además un índice onomástico y de topónimos bíblicos, se dividen en 53 capítulos, por tanto con una media de 10 páginas por cada uno de ellos. Y, aunque los autores no pretenden  seguir un orden cronológico, lo cierto es que las cosas empiezan por el principio, el nacimiento de las ideas religiosas, hace unos 200.000 años, y de los religiosos como gremio (o, lo que es lo mismo, de los sacerdotes, sea cual sea su nombre), hace unos 70.000 –páginas 15 y 17-, cuando «todo en la naturaleza era puro misterio» y «por eso las primeras religiones fueron astronómicas y agrícolas»: no podía ser de otra manera.

Luego se pone el foco en el segundo de los libros del Antiguo Testamento, el Éxodo, lo que significa que se pasa a hablar de Moisés. Probablemente, un personaje legendario (como suele suceder con los fundadores: Rómulo y Remo no fueron los únicos ni los primeros), que lideraba una tribu semita que siglos atrás –o sea, antes de tener que huir a Egipto- «se había establecido en las tierras de Canaán, entre el Mediterráneo y el río Sudán»: página 40.  El retorno, a través del Sinaí y que se tomó –se dice- unos cuarenta años, coincidió con uno de esos momentos álgidos de pugna dialéctica entre el monoteísmo y el politeísmo –cuando el primero se empeña en imponerse, cosa nada sencilla por resultar en cierto sentido casi antinatural- y de ahí, para apoyar la primera de las maneras de pensar, todo lo que sabemos: la historia de Yahvé en la zarza –ardiendo aunque sin quemarse-, los Diez Mandamientos –las tablas de la ley: lex scripta, que dirían luego los romanos y en nuestra era, en estos últimos dos siglos, proclamaron los padres de la codificación  y  del  constitucionalismo-, el becerro de oro y en general todo lo que nos enseña lo que hace no tantos años los planes de estudio del bachillerato llamaban la historia sagrada. Los autores explican en página 90 que «la imposición del monoteísmo fue gradual y duró cuatro siglos (del IX al V a. C.)», porque «analizando los múltiples indicios de politeísmo que los redactores de la Biblia no logran derrotar se deduce que durante siglos el pueblo hebreo se debatió entre Yahvé y sus antiguos dioses. Israel fue politeísta hasta al menos el siglo V a.C».

A partir del Capítulo 8 entran en juego personajes -esta vez, probablemente históricos, aunque no pasaron de ser poco más que caudillos tribales-, como David –sí, el que derrotó al gigante Goliat: son nombres que una vez más se han incorporado, vía metáfora, al lenguaje común- y su hijo Salomón, que sin embargo no pudo conservar la unidad, escindiéndose el reino entre Israel (capital Samaria) y Judá, con centro en Jerusalén, bien que con Yahvé como divinidad compartida. Pero, si la primitiva entidad política era por sí frágil, ¡qué no decir si se encontraba dividida! Y en efecto Israel cayó en manos de los asirios hacia 721 antes de Cristo y, en cuanto a Judá, sucedió que en 589 los babilonios tomaron Jerusalén. Un momento clave, por cierto, porque a partir de ahí se terminarían de perfilar los que en el Antiguo Testamento se conocen como «libros históricos»: Josué, Jueces, Samuel y, en fin, 1 y 2 Reyes.

La ciudad de Jerusalén merece, por supuesto, no un Capítulo propio, sino dos, el 9 y el 10. Tras tantos siglos de dominio otomano, resulta hoy inevitable que, por ejemplo, la gastronomía –de ella se habla mucho en el libro, por cierto- obedezca a esas raíces. Pero eso no significa que haya dejado de estar presente el abrumador pasado cristiano y sobre todo la realidad judía de ayer y hoy. El espacio de la explanada de las mezquitas se califica –página 100- como «las quince hectáreas de tierra más conflictivas del mundo», donde, según la leyenda, se levantaba (hasta su destrucción por el babilonio Nabucodonosor en el citado e infeliz año 589 antes de Cristo) el templo de Salomón –si es que acaso tuvo existencia real- e igualmente el que le sustituyó, el llamado Segundo Templo, que duró hasta el año 70 después de Cristo.

También se ubica allí el monte de los Olivos, que continúa siendo el cementerio. Cada palmo cuadrado puede dar lugar en cualquier momento a una nueva intifada, aun sabiendo –página 95- que «en realidad no existen diferencias sustanciales entre palestinos, sirios, libaneses o jordanos. Son todos ellos un mismo pueblo. El mantenimiento de la identidad palestina se debe solamente a razones políticas». Y es que, si el nacionalismo ya resulta conflictivo, más aún si tiene la ocurrencia de venir  mezclado con las religiones. Lo que se acaba produciendo es toda una reacción química.

Del Nuevo Testamento se ocupa el libro a partir del Capítulo 11 y, una vez más, la visión que se ofrece –del embarazo de María, del bautismo de Jesús, de la pasión, de la resurrección…- no es la convencional. El lector, sea creyente –a su vez, cristiano o no- va a aprender mucho y, en la primera de las hipótesis, a reflexionar con su lectura.

A partir de los Capítulos 41 («El carajal del paleocristianismo») y sobre todo 42 («Cristianos a la gresca») se entra en la exposición de lo que ha venido -hasta nuestros días- después. «A la muerte de Jesús quedaron dos grupos de seguidores suyos: el de Jerusalén y el de Galilea, los dos convencidos de que Jesús había resucitado, un milagro divino que mantenía e incluso acrecentaba el prestigio de su figura a pesar de la muerte infamante de sedicioso o de esclavo fugado, en la cruz (…)»: página 358. Y eso que  –página 359- «estos primeros judíos no pensaban que Jesús fuera Dios, sino un profeta, un nazareno consagrado a Dios a quien el Altísimo había acreditado entre el pueblo con milagros, prodigios y señales. Las cosas cambiaron luego, con Pablo, un helenista que, como explican los Hechos de los Apóstoles –por tres veces y no sin contradicciones-, camino de Damasco se cayó del caballo –otra imagen que sigue dando lugar a metáforas a diario- y ya se sabe lo que sucedió. «A partir de la figura de un profeta andante y mal conocido llamado Jesús creó Pablo a lo largo de múltiples prédicas y cartas en su largo peregrinar, un dios –hijo de Dios- llamado Cristo»: página 364. De Pablo se continúa hablando en el Capítulo 46, «Corinto, la pecadora», para explicar que permaneció allí –«era artesano del lienzo y fabricaba tiendas de campaña y velas para los barcos. Con dos puertos muy concurridos a su alcance podemos imaginar que no le faltó el trabajo»: páginas 391 y 392- casi dieciocho meses. De hecho, es en las Cartas a los corintios donde aparece, antes que en los Evangelios, la primera mención a lo que hoy conocemos como la Santa Cena: página 395.

En el bien entendido, y así se explica en página 430 y 431, que «Jesús nunca dejó de ser judío practicante» y que «el Jesús de la historia jamás rompió los lazos con el judaísmo ni se le ocurrió fundar religión nueva alguna».

Capítulos propios merecen «El mito de Constantino» (43), «Los acuerdos de Nicea» (48), «Los visigodos españoles que siguieron a Arrio» (49, donde obviamente aparecen los que a ojos españoles son los sospechosos habituales: Leovigildo, Hermenegildo y Recaredo). Y, vinculado con ello, y con el posterior Cisma de Oriente del año 1.054, las páginas «Donde se intenta explicar qué significa el espíritu santo» (50).

Pero, puestos a clasificar y seleccionar por Capítulos, los más interesados en asuntos de enjundia –la historia de las religiones o, como también se dice, la ciencia de las religiones-  debieran poner el foco en el Capítulo 45, «Los misterios de Eleusis», donde se entra en la que es la cuestión de las cuestiones: la inmortalidad del alma. Sabido es que no se trata de una aportación original del cristianismo, porque proviene de los cultos mistéricos («salvación a cambio de secreto», para entendernos). Y en ese contexto es donde precisamente debe interpretarse –página 431- lo que dice Pablo sobre la última cena: «Está dirigido a sus conversos de Corinto, tan lejanos al judaísmo y al propio tiempo tan familiarizados con los ritos de los cultos de salvación de las  religiones de misterio. Pablo les construye una religión a la medida. Recuerda: no os preocupéis por la circuncisión y otras prácticas obsoletas del judaísmo que Jesús ha venido a renovar. Con la Eucaristía (y, antes también, naturalmente con el bautismo) lograreis el perdón de los pecados y os unís de forma íntima con el mesías por medio de la ingestión simbólica del pan y del vino». Y es que, dicho ya a modo de conclusión, «Marx es a Lenin como Jesús de Nazaret es a San Pablo».

Tampoco el Cristianismo puede anotarse como propio (y a eso se dedica otro Capítulo, el 51, «El pecado original») precisamente eso del vicio de origen, porque proviene de un cuentecillo mesopotámico –ya se sabe, la tentación de Eva y la manzana, pero sabiendo todos a estas alturas que si «la doctrina del pecado original se mantiene (es) porque todo el mito de la redención descansa en ese mástil central». Y siendo igualmente notorio que «sólo se impuso en la Iglesia en tiempos de San Agustín, o sea, trescientos años después de Jesús, cuando este antiguo libertino reconvertido en cristiano y metido a teólogo machacó dialécticamente la opinión mucho más liberal de otros teólogos», como típicamente Pelagio.

El libro, dicho sea para concluir, resulta en efecto facilísimo de leer: es de los que enganchan. Pero, por mucha que sea la ciencia de Eslava Galán y Piñero y su oficio en el manejo de la pluma, no les ha debido resultar sencillo escribirlo. Porque estar permanentemente yendo y viniendo de lo más elevado –las cumbres del pensamiento, dicho sea sin exagerar y sin ponerse cursi- a lo más prosaico –tal o cual detalle geográfico, por ejemplo-  exige mucho trajín.

Para los que, en este verano de 2022 están singularmente preocupados por la falta de agua –ya no un problema privativo español- les resultarán de especial interés las citas del profeta Elías. La historia es conocida: según 1 Reyes y 2 Reyes, era el enemigo del rey Acab (años 874 a 853 antes de Cristo) que, actuando como emisario de Yahvé, vaticinó la sequía, que habría de durar tres años y medio, y luego también anunció la vuelta de las lluvias. A Elías hay en el libro dos menciones. Una en página 206, acerca del debate sobre el preciso lugar donde se produjo el bautizo de Jesús, una de cuyas hipótesis señala justo al sitio donde el profeta pudo apartar las aguas del Jordán y así escapar al fuego, lugar en que el libro indica que «quedó en terreno militar tras la Guerra de los Seis Días y ha permanecido cerrado a los peregrinos hasta 2011. Ahora lo han vuelto a abrir y en 2015 la UNESCO lo ha declarado Patrimonio de Humanidad, lo que abarca Al-maghtas, en la parte jordana, y Tabal Mar-Elías (La colina de Elías) en la israelí». La segunda de las referencias se encuentra en páginas 244-245 y tiene que ver con el Monte Carmelo (si, el que tanto entusiasmó en el siglo XIV a nuestro San Juan de la Cruz), en una de cuyas cuevas fue donde, según la leyenda, se refugió el propio Elías para dar lugar a lo que se considera la fundación del monacato. Recordemos por cierto que la orden de frailes que porta el nombre del Carmelo fue una de las cuatro que, junto con los dominicos, franciscanos y agustinos, se conocen como mendicantes, o sea, los que aspiraban a vivir de la limosna de los fieles.

Piensa uno en esos lectores que, en España, responden a los esquemas por así decir más tradicionalistas: los católicos de Pedro el Ermitaño, que diría el gran Octavio Paz para contraponerlos a que en la Revolución Francesa fueron los jacobinos como prototipo de los más modernos. Para ellos, estamos sin duda ante un panfleto –y con un tono especialmente hiriente por lo sarcástico- no sólo herético sino incluso blasfemo y casi echan en falta el Índice para incluirlo en él o incluso arrojar sus páginas a las llamas. Diríase que los autores lo saben y que han escrito el libro precisamente para provocarles, en singular Capítulos como el 16, titulado «El prodigio divino de la Virgen preñada».

Pero, en la sociedad pluralista que tenemos, hay públicos para todos los gustos. También los que no saben nada del pasado pero sí se toman el trabajo de leer el periódico a diario y están al cabo de la calle de los rifirrafes, casi permanentes, sobre todo a partir de las conquistas islámicas del siglo VII, de -por ejemplo- la franja de Gaza, que hoy es el epicentro del eterno conflicto, o aquellos que tienen por objeto el llamado «programa nuclear de Irán», que según sus gobernantes tiene sólo fines arcangélicos pero del que, conociendo el paño (a los ayatolás, se entiende), todo el mundo en su sano juicio se malicia lo peor. Y es que, para comprender las raíces del conflicto, tiene uno que remontarse muy atrás. Como  suele decirse, no hay más historia que la historia contemporánea –si el pasado se somete a escrutinio es sólo en función del presente- y eso explica que la arqueología sea en aquellas zonas lo más politizado del mundo, porque cualquier pedrusco puede valer para apoyar a quien pretenda sostener que fue él quien llegó primero, de suerte que el otro, el que se demoró apenas unos minutos, es ya un invasor -horrible palabra- y merece ser considerado (él y todos los suyos por los siglos de los siglos y de manera imprescriptible e irremediable) un enemigo del género humano. La interpretación de las piedras se acaba pareciendo -con más sangre, eso sí- a un debate parlamentario de los nuestros, esos tan encarnizados y que nunca concluyen en nada. Al inicio de estas líneas se mencionó el pacto Sykes-Picot. Oficialmente, “Acuerdo de Asia Menor”, suscrito, clandestinamente, entre las diplomacias de Gran Bretaña y Francia. Pero es que, sólo en los poco más de cien años transcurridos desde entonces, han pasado muchísimas cosas: la declaración Balfour de 2 de noviembre de 1917, el Tratado de Lausana de 24 de julio de 1923, el acuerdo Paulet-Newcombe (otra vez entre las dos mismas potencias) también de 1923, el establecimiento del Estado de Israel en 1948, con la guerra de ese año y el armisticio de 1949, así como la guerra de los seis días de 1967. En cada una de esas ocasiones se movieron fronteras. Y aun así hay dos de ellas (la de Israel con el Golán y Cisjordania, en Palestina) que siguen siendo controvertidas. Algo tiene, sí, aquella tierra. Y lo que este libro nos ofrece es una panorámica que se remonta a hace miles de años. Para aprender muchísimo y, además, reírse. Muy bien por los autores.

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