Rosenzweig, Benjamin, Scholem
STÉPHANE MOSES

El ángel de la historia
STÉPHANE MOSES
Ediciones Cátedra, Madrid, 1997
224 págs.

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Stéphane Moses, un filósofo judío de origen alemán y afincado en Jerusalén, presenta a tres autores representativos del pensamiento judío contemporáneo. Tres nombres nacidos en el siglo XIX y que descifran claves fundamentales del XX .

Franz Rosenzweig, el más veterano de los tres (1886-1929), es también el más desconocido aunque, sin ninguna duda, el más original e influyente de todos ellos. Este discípulo de F. Meinecke y autor de Hegel y el Estado, fue en su juventud ferviente hegeliano, lo que no le ahorró la dolorosa pregunta de cualquier judío ilustrado: ¿cómo mantenerse en judío cuando la razón se había manifestado como griega o, como diría Hegel, europeo-germánica y cristiana? Acarició la idea de la conversión al cristianismo pero optó finalmente por mantenerse en judío. Por una razón. Para Rosenzweig la I Guerra Mundial era la prueba del nueve del proyecto ilustrado: ¿acaso no se había hartado de decir Hegel que la historia era el tribunal de la razón? Pues ahí estaba Europa, la protagonista del espíritu universal, mostrando al mundo cómo se realizaba: desangrándose a manos de la irracionalidad nacionalista.

Pues bien, el judío, outsider de esta trama, comprendió enseguida que lo que estaba en juego era todo el pensamiento occidental «desde los jónicos hasta Jena». Y para que el desastre metafísico no acabara en otro físico, había que arriesgarse a pensar de nuevo. Esa fue la osadía de Franz Rosenzweig, con su Nuevo pensamiento, expuesto en La estrella de la redención, uno de esos libros que marcan una época aunque, eso sí, más leído que citado.

Walter Benjamin (1892-1940) desarrolla genialmente el carácter outsider del pensamiento judío. Ser judío no consiste tanto en creer en Moisés cuanto en poder juzgar la historia. Si para el griego Hegel la historia juzga al hombre, para el judío Benjamin lo propio del hombre es intervenir en la historia para interrumpir los tiempos que corren. Benjamin se enfrenta a las dos concepciones del tiempo que ha imaginado el occidente griego: la del progreso y la del historicismo. La teoría del progreso convierte a la filosofía de la historia en teodicea, como si el futuro fuera la parusía del sentido que ahora se nos escapa; para el historicismo, el pasado es inamovible. No hay quien mueva el «érase una vez».

Benjamin, por el contrario, piensa tener en sus manos una palanca inhabitual, capaz de romper el continuum del progreso y de rescatar la presa del historicismo. Esa palanca es la memoria que para él tiene un valor heurístico y también moral. La memoria, en efecto, es un modo de conocimiento y sabe lo que la ciencia no sospecha. Sabe, en concreto, que bajo la presencia del presente hay una ausencia que es el pasado de los vencidos. Y no es un conocimiento moralmente neutro pues la memoria está presta a escuchar sus demandas y hacer valer sus derechos pendientes.

G. Scholem prosigue a su manera la crítica cultural de su tiempo llevada a cabo desde la experiencia judía. Scholem, a diferencia de los otros dos, sí aceptó vivir en el nuevo Estado de Israel. Para cualquier pensador judío, sobre todo si se dedica al estudio de la Cábala y del mesianismo, como él, eso suponía hacer frente a una grave contradicción. ¿No había escrito Rosenzweig que lo que caracteriza al pueblo judío es una relación especial con la lengua, la tierra y las leyes? Esa particularidad se venía abajo si Israel se convertía en un Estado como los demás. El sionismo podía poner en entredicho la identidad del pueblo judío y, desde luego, su significación universal. Este maître-à-penser judío acomete la aventura de mostrar que el mesianismo es utopía y, también, política. Ese es el gran problema que tiene el judaísmo contemporáneo. Y el problema sigue abierto…

Tiene este libro el mérito de ser una introducción clara a tres pensamientos difíciles sin los que no hay manera de entender el siglo que acaba, aunque en este momento sean, salvo en el caso de Benjamin, unos perfectos desconocidos.

En Los derechos humanos en la Biblia y en el Talmud, Haim H. Cohen no cae en la tentación de reconstruir la prehistoria de los derechos humanos en la Biblia, pero sí brinda elementos de una tradición como la judía que ha contribuido a esa historia general pero desde sus propias fuentes, algunas no agotadas, sobre todo a la hora de pensar la diferencia o lo marginal.

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