La extravagancia del amor

RAPSODIA

Pere Gimferrer

Seix Barral, Barcelona

87 pp.

16,50 €

Pere Gimferrer (Barcelona, 1945) escribió los últimos poemas de su libro anterior, Tornado, a principios de 2008. Los que integran esta Rapsodia se compusieron en seis días, entre finales de enero y principios de febrero de 2010, aunque fueron objeto de una dilatada corrección, hasta junio de ese mismo año, según nos informa el autor en una nota prologal. No se advierten diferencias sustanciales entre buena parte de aquellos y estos: Rapsodia parece ser, más bien, una réplica –en el sentido sísmico del término–, una rebaba resinosa de los primeros. El motor de ambos es el amor: un amor detonante y, al mismo tiempo, fluvial, que excita la sensibilidad del poeta e incendia su percepción del mundo, y que le induce a considerar los poemas simples instrumentos para proclamarlo: «tanta palabra por decir tan solo / la esclavina de plata del amor». La historia de ese sentimiento es, en su origen, individual: tiene nombre –Cuca–, a la que está dedicado el volumen –al igual que Tornado–, y da cuerpo a algunas piezas de inflamado romanticismo, en las que el poeta confiesa morir de amor, u otras en las que, prolongando la audacia coprofílica de Mascarada –«nalgas que […] / regalan monedas de moka»–, el impulso carnal se vuelca en las nalgas de la amada, que son un dije de oro, una hoguera rosa o un fulgor combado. En la experiencia del amor, el recuerdo del ya vivido, del desgarrado en las aristas del pasado, o del nunca amanecido, frustrado por la imposibilidad o el azar, se integra en su misma realidad presente, como otra faceta de su jubilosa perturbación. A su vez, esta melancolía erótica se integra en una reflexión más amplia sobre el paso del tiempo, serena pero no carente de acidez, con la que Gimferrer se enfrenta a la constancia de los años vencidos, acaso desperdiciados, a la luz del sentimiento que ahora preside su vida: «Here I am, in the middle way, having had twenty years–twenty years largely wasted», dice T. S. Eliot en un pasaje que encabeza el primer poema de Rapsodia, cuyo verso inicial suma ecos dantianos a la paráfrasis del angloestadounidense: «Se ha desen-cuadernado por la mitad mi vida».

Pero el amor que siente el poeta por una persona, y que motiva su canto, alcanza también, como una onda expansiva, al mundo circundante y a su propia relación con la palabra que lo designa. Gimferrer desgrana entonces una visión lustral de la naturaleza. La luz, descrita con flexibilidad y minucia, próxima al esplendor, invade los poemas y configura escenas renacentistas, con paisajes italianos y alusiones mitológicas, o bien prerrafaelitas, repletas de quietudes doradas. Las horas esenciales del día, el amanecer y el anochecer –metáforas del nacimiento y de la muerte–, se acumulan en los versos e irradian un ritmo visual de claridades laberínticas, emborronadas por tinieblas de nácar. También el aire y el viento, muy frecuentes en Rapsodia, simbolizan el ajetreo germinativo, el estremecimiento de un mundo vivificado por el entusiasmo. El libro es un festín para los sentidos: las imágenes privilegian lo material de los objetos y los poemas se enjoyan de grosores y destellos. A este derroche sensorial se suma el derroche cultural, característico de Gimferrer desde sus orígenes novísimos. Así, en muchos pasajes de Rapsodia, se entrelazan cincelados coloristas y arabescos intertextuales, cuyo resultado son prietos acúmulos de materia y memoria. En el poema VI, por ejemplo, después de mencionar a Tourneur, Orfeo, Cocteau y Darío Carmona, leemos: «la luz de mandarina magullada, / con la vinaza del atardecer: / en el loto de adobe, en la alcazaba, / en el punzón del canesú del día». Las imágenes de Gimferrer no pretenden sustituir una realidad insuficiente y exhausta por otra, autónoma o inverosímil, sino extraer de aquella los rasgos preteridos o los matices sepultados que permitan regenerarla: no destruirla, sino obligarla a renacer. El fruto de ese ímpetu oblicuamente creacionista son metáforas vigorosas, muchas de complemento preposicional («la naranja del viento», «la porcelana del pestañear»), aguijoneadas por la aliteración –en algún caso, tomada directamente en préstamo de su inventor, como el garcilasiano «susurro de abejas que sonaba» del poema V–, que se embuten en diligentes metros clásicos, como el endecasílabo o el alejandrino (pese a que la contracubierta del libro diga, con manifiesto error, que «Rapsodia en un solo poema unitario en verso libre»), aunque a veces incurran en el exceso («en el lento ofertorio de celajes nupciales ») o, empujadas por el afán alumbrador, coqueteen con lo ridículo: en el poema X se habla, por ejemplo, de una «sodomización de mármol».
 

Rapsodia, en fin, es también una declaración de amor a la palabra, y varias composiciones, como el poema XIV, en el que se recrea la obra de Góngora –pero donde también aparecen Quevedo y Garcilaso, Baudelaire y Rimbaud, Dante y Matisse–, exponen la creencia en una poesía serpenteante e imantadora, de encrespamientos órficos, que no significa, sino que es; una poesía llameante, que no requiere glosa ni explicación, porque su propia existencia la explica, y que encuentra su verdad, como quería Valéry, en una vacilación interminable entre el sonido y el sentido. Acaso no sea este el mejor libro de Gimferrer, autor de algunos de los títulos imprescindibles de la lírica española del último tercio del siglo pasado, pero su fe en una poesía radicalmente creadora, de efectos a menudo brillantes –y que no teme la caída en su persecución obsesiva de lo inédito–, su convicción de que el lenguaje nos salva, lo justifican.?

Ficha técnica

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