DISCUSIÓN

El centrismo: un manifiesto moderado

 

CentrismoEste texto apareció publicado originalmente publicado en Quillette el 29 de agosto de 2017.. Es decididamente un término debilucho y poco excitante y con frecuencia inspira escarnio, como una suerte de pálido purgatorio para quienes temen actuar con audacia o proponer ideas políticas creativas. O incluso algo peor: lejos de ser una filosofía coherente, es un popurrí de consideraciones, quejas y ansiedades relativas a otras filosofías. El centro es ese lugar donde prefieren aterrizar aquellos que no pueden comprometerse del todo con algo. Y el centrista es ese amigo formal que pide pudin de vainilla por miedo a que algo distinto pueda ofender a su delicado paladar.

Estas quejas comunes contienen más de una pizca de verdad, pero el centrismo no es necesariamente gris o incoherente. Propiamente entendido, el centrismo es un sistema filosófico consistente que pretende guiar a los sistemas políticos y culturales a través del cambio sin los paroxismos de la revolución y la violencia. El centrista, en este sentido, cree que ese progreso político y cultural se logra mejor con cautela, templanza y compromiso, no con extremismo, radicalismo o violencia.

Al igual que el conservador, el centrista arranca con una observación pesimista sobre la naturaleza humana: es imperfecta (o, en términos religiosos, pecaminosa). Los seres humanos no son infinitamente flexibles o perfectibles. No pueden usar la razón para trascender completamente sus impulsos básicos y sus prejuicios. Nuestra mejor comprensión de la naturaleza humana hoy día deriva de las ciencias evolutivas, que muestran robustamente que los humanos están «diseñados» para navegar por una sociedad de pequeñas dimensiones; y que son limitados, estrechos de miras, partidistas, proclives a la violencia, a la pugna por el estatus y al casi inexorable tribalismo. Si bien la psicología evolutiva de primera hora enfatizó en exceso la medida en que se produce un «desajuste» entre los «cerebros para la edad de piedra» y la sociedad moderna posindustrial, es indudablemente cierto que las estructuras del moderno Occidente desafían a la naturaleza humana de maneras que las sociedades más pequeñas no lo hacen.

Dado que los seres humanos son tendentes a favorecer el vínculo familiar y tribal sobre otros, resulta difícil de lograr un complejo orden social basado en el Derecho. Sin duda, muchas colectividades no han superado una estructura social nepotista basada en la afinidad tribal y en los caprichos de quienes ejercen el poder. Por tanto, los logros de la civilización occidental –los mercados, la igualdad ante la ley, la admiración por la investigación libre‒ deben despertar nuestra admiración y respeto reverencial. Un radical mira a la moderna sociedad occidental y ve una panoplia de patologías y desgracias; un centrista comprueba con alivio que la lista sea tan breve. Es más, el centrista contrapone los males a los logros extraordinarios. Los más poderosos y ricos reyes de épocas pretéritas se habrían sonrojado ante los lujos que hoy damos por sentados. Incluso darse el humilde gusto de poder comprar una ensalada de rúcula en la tienda por unos pocos euros es algo que habría asombrado y deleitado a nuestros ancestros.

El centrista cree que el progreso político y cultural se logra mejor con cautela, templanza y compromiso, no con extremismo, radicalismo o violencia

El centrista, como el conservador, está, por tanto, preocupado por las propuestas radicales utópicas, porque el centrista teme que puedan inspirar alteraciones dramáticas que desbaraten un orden social razonablemente satisfactorio. Las teorías abstractas sobre el altruismo humano y la felicidad son atractivas, pero no han sido puestas a prueba por las despiadadas realidades del mundo. Cuando se han ensayado teorías inspiradoras que malinterpretan o comprenden deficientemente la naturaleza humana, los resultados han sido invariablemente trágicos. El centrista, sin embargo, es igualmente escéptico en relación con el neoliberalismo radical de la derecha. El Estado de bienestar moderno, más allá de sus déficits, ha hecho un buen trabajo cohesionando una sociedad amplia y masivamente urbanizada en la que la caridad privada no puede resolver los problemas más graves de la pobreza. Muchos teóricos del neoliberalismo (aunque no todos, por supuesto) parecen estar tan errados sobre la naturaleza humana como los socialistas y otros utópicos. No todos los seres humanos pueden prosperar en la moderna economía de la información. La educación es, obviamente, un bien social enorme, pero no puede convertir a una persona con un coeficiente intelectual de 85 en un ingeniero. Crear mejores incentivos no producirá una sociedad de Einsteins.

Además, los mercados, aunque brillantes generadores de riqueza, son frecuentemente corrosivos a los valores sociales. Es por ello, entre otras razones, por lo que los líderes políticos y culturales han establecido siempre reglas para disciplinar el mercado y han solido intentar eliminar por completo ciertos bienes del sistema de mercado. En buena parte de Estados Unidos, por ejemplo, el sexo no puede comprarse y venderse legalmente. Existen, por supuesto, argumentos razonables para la legalización de la prostitución, pero no resulta inmediatamente obvio que la sociedad sería mejor si se permitieran todas las potenciales transacciones del mercado. El o la centrista no necesita adoptar una posición firme en este punto; debería más bien examinar cuidadosamente la evidencia disponible y futura sobre los efectos de la legalización. El punto más importante es que el libertarismo de mercado es una filosofía política radical y, por tanto, debe ser acogida con escepticismo.

Hasta ahora, buenas dosis de conservadurismo; esto suena como una versión modernizada de la filosofía política de Edmund Burke. Pero hay dos diferencias significativas entre el centrismo tal y como aquí se concibe y el conservadurismo: 1) el centrismo no se resiste al cambio y 2) no acepta un orden moral trascendental (religioso).

Los grandes conservadores del pasado –Edmund Burke, Joseph de Maistre, Klemens von Metternich, John Calhoun, T. S. Eliot, etc.‒ mostraron con frecuencia un particular y ferviente apego al orden social vigente, un apego que como mejor queda quizá resumido es en la ocurrencia de Bierce de que un conservador es aquel que «está prendado de los males existentes, a diferencia del liberal, que quiere reemplazarlos por otros». Admito que esto es una simplificación, y que la mayoría de los conservadores se han dado cuenta de que el cambio paulatino es necesario para preservar el orden social. Sin embargo, se trata de una simplificación justa, y no es intelectualmente deshonesto imaginar a los conservadores en el lado estático de un continuum de cambio, mientras que los progresistas se sitúan al otro lado (cambio radical).

El centrista, y esto no debiera sorprender, desea permanecer en el centro de este continuum, animando al cambio cuando sea prudente, pero desaconsejando los vaivenes radicales o abruptos. El centrista cree, mucho más que el conservador, en el progreso social y cree que los seres humanos han hecho notables avances morales y económicos en los últimos quinientos años. El conservador está en lo cierto cuando afirma que el pasado está repleto de lecciones para el futuro, pero al progresista no le falta razón al afirmar que el pasado está también lleno de errores, dogmas y barbarie. Quizá podría decirse del modo siguiente: el pasado es como una biblioteca vieja, inutilizada y decadente; los libros contienen sabiduría a raudales, pero el edificio está en la ruina por el deterioro y los insectos. El conservador quiere mantener la biblioteca, mientras que el centrista desea mantener los libros. Y el radical quiere quemarlo todo y empezar de nuevo.

Los grandes conservadores del pasado también creyeron en un orden moral trascendental, una estructura social sancionada por la divinidad cuya corrección primordial estaba determinada por Dios. Los conservadores modernos están, en términos generales, menos persuadidos de la existencia de un orden moral trascendental, pero la mayoría aún abrazaría alguna versión del mundo social guiado o inspirado por la divinidad. El centrista rechaza tal cosa como algo fantasioso. El mundo social no se mantiene unido por valores trascendentales, sino por leyes laicas. La guía apropiada para la política social es la ciencia, no el dogma religioso. Así y todo, el centrista no rechaza el valor de la religión. Es muy posible que la creencia religiosa pueda vincular a los individuos, aportar propósito y sentido, y pueda guiar y disciplinar prejuicios y propensiones de maneras saludables. El valor último que tiene la religión en la sociedad es una cuestión empírica abierta, y el centrista no ve ninguna razón para decidir de antemano sin disponer de la evidencia. Y, en cualquier caso, incluso si los investigadores llegan a la conclusión de que la religión, porque falta en última instancia a la verdad y fomenta el sectarismo irracional, es destructiva de los valores sociales modernos, será extraordinariamente difícil de eliminar. Las atronadoras denuncias de la religión son probablemente tan peligrosas como la creencia ferviente e irreflexiva.

El centrismo, por tanto, se define por un conjunto de asunciones y tendencias, y no por dogmas políticos. A continuación figura una lista, sin duda incompleta, pero útil, de tales asunciones y actitudes:

1) Desconfianza y desdén por las propuestas y las acciones extremas. No debe ponerse freno a las ideas y propuestas políticas innovadoras, pero aquellas que precisan de cambios radicales del actual statu quo deben moderarse para así resultar atractivas al conjunto del electorado. Las propuestas extremas son a menudo erróneas, pero incluso cuando son correctas requieren una consideración cuidadosa y una implementación pausada. La acción violenta es casi siempre errónea y contraproducente, como lo es limitar libertades básicas que permiten florecer a las sociedades liberales.

2) Desconfianza respecto de las grandes teorías o sistemas políticos. Las sociedades y comunidades políticas son increíblemente complejas y nuestra comprensión del modo en que los sistemas sociales y la naturaleza humana interactúan es extremadamente limitada. Las grandes teorías son casi siempre incorrectas y fomentan el dogmatismo y el extremismo. El pensamiento utópico es quizás el tipo de gran teoría más peligrosa y seductora. Las ideas que requieren un daño significativo hoy para dar lugar a un mañana mejor son particularmente perniciosas. La incertidumbre sobre el futuro exige humildad y un compromiso con el orden y el bienestar en el aquí y ahora.

3) Escepticismo sobre la bondad de la naturaleza humana. Aunque nuestra comprensión de la naturaleza humana es limitada, la mejor evidencia, científica e histórica, sugiere que los seres humanos suelen ser sectarios, tribales y tendentes a la violencia. Esto no significa que los seres humanos sean irremediablemente «pecadores» o malvados. No lo son. A veces son pacíficos y cooperativos. Pero la paz y la armonía entre grupos religiosos, culturales y étnicos diversos es la excepción, no la regla. Los sistemas políticos y culturales deben lidiar con los seres humanos tal y como son, y entender sus propensiones básicas. El optimismo excesivo sobre la naturaleza humana ha conducido a menudo a la tragedia. Y el sistema político actual, cualesquiera que sean sus fallos, suele ser sabio, porque ha sido condicionado por años de lenta experimentación con seres humanos reales. Una sociedad decente en el mundo vale por mil utopías mentales.

4) Deseo de buscar pactos y formar grandes coaliciones. El buen gobierno y la armonía social requieren al menos un consenso implícito entre los gobernados. Las propuestas políticas que se desvían de este consenso, aun si resultan ser correctas en última instancia, amenazan con alienar a las personas y fomentar el descontento. Ganar la batalla de las ideas antes de implementar una política que suponga un cambio significativo del statu quo reviste, por tanto, una importancia crucial. Como mejor se hace esto es apelando a los valores comunes y a los compromisos entre distintos partidos.

5) Énfasis pragmático en la ciencia, la evidencia y la verdad. Como las sociedades son exquisitamente complejas, las mejores políticas sociales se alcanzan por medio de la experimentación pausada y cuidadosa, y no del dogma. Aunque la ciencia no puede resolver todos los problemas sociales, es el mejor instrumento con que contamos para medir el éxito o fracaso de las políticas concretas. Por tanto, es importante proteger de manera vigilante la libertad de expresión y de investigación para que las mejores ideas se debatan con rigor en el foro público. Las ideologías políticas tienden a cegar a la gente frente a las mejores medidas. Uno no debe buscar la respuesta «conservadora» a la pobreza, o la respuesta «progresista» a la inmigración. Uno debe buscar la mejor respuesta. Es muy improbable que ningún partido político tenga el monopolio de la verdad.

6) Una admiración sana por el patriotismo y la desconfianza frente a la política de la identidad. Los Estados-nación, aunque no dejan de tener fallos, son uno de los pocos instrumentos sociales capaces de forjar identidades amplias no basadas en marcadores tribales sectarios, tales como la raza o la religión. Permiten a los individuos beneficiarse de las empresas colectivas de gran alcance, un empeño admirablemente comprometido con un credo más que con los ancestros. Aunque el patriotismo puede ser peligroso, también puede resultar saludable. La política de la identidad tiende a dividir a la gente y a crear agrias facciones que compiten por lo que perciben como sus intereses. Dado que los seres humanos son de naturaleza tribal, este faccionalismo es fácil de crear y peligroso para la unión cooperativa más amplia entre personas distintas.

7) Una adhesión firme al imperio de la ley y fidelidad a los principios constitucionales. El imperio de la ley es uno de los logros más grandes y frágiles de la civilización occidental. Crea una sensación de equidad y protege a los ciudadanos de los caprichos de sus dirigentes. Debe ser elogiado y protegido frente a posibles corrosiones. Y aunque personas muy formadas no precisen de apelaciones a la autoridad («Madison dijo X, Y y Z»), la sociedad no está integrada sólo por expertos con una educación superior. Los prejuicios de las personas requieren atención y no pueden ser pasados por alto. Tener un documento escrito (o un legado de leyes y principios que son objeto de veneración) que inspira reverencia ayuda a asegurar la preservación del imperio de la ley.

El centrismo en nuestros tiempos

Para el centrista, una de las tendencias más perturbadoras de los últimos quince años es la radical moralización de las preferencias políticas. Resulta cada vez más difícil discutir abiertamente sobre política sin ser tildado de racista o sexista. Esto es aborrecible para un centrista, porque circunscribe el discurso de un modo tan marcado que la gente pierde la oportunidad de debatir todos los ángulos de las políticas sociales importantes. Tómese la inmigración como ejemplo. Es un asunto extraordinariamente complejo y cualquier política inmigratoria global incluirá sacrificios dolorosos. Si se limita la tasa de la inmigración legal, muchos individuos con ambición y buena fisonomía moral verán denegadas sus aspiraciones de integrarse en sociedades pujantes en las que poder desarrollar sus capacidades. Por otro lado, si se amplía extraordinariamente la tasa de la inmigración legal, ello causará una disrupción social y cultural y un resentimiento continuados y, posiblemente, salarios más bajos.

Hay mucha gente de buen corazón a ambos lados del debate. Sin embargo, muchos situados en la izquierda no sólo están en desacuerdo con las leyes de inmigración restrictivas, sino que denuncian a quienes las apoyan. Este es un patrón que se repite en muchas otras discusiones políticas: la discriminación positiva, la libertad de expresión, la reforma penal, la seguridad, la brecha salarial, y suma y sigue. La imputación de motivos espurios a las personas que alzan su voz expresando sus bienintencionadas preocupaciones o preferencias es un acto de extremismo porque provoca hostilidad y polarización. Aquellos a quienes se denigra como fanáticos trogloditas se irritan comprensiblemente y se radicalizan aún más. Y a medida que las acusaciones morales erosionan la confianza y la buena voluntad, el centro se desmorona.

Es útil ser escéptico sobre la naturaleza humana en sentido amplio, pero benévolo con las personas

No parece irrazonable, y de hecho es probablemente necesario, regular las lindes del diálogo político aceptable. Ello no significa que la sociedad deba hacerlo jurídicamente; significa que las sociedades pueden sacralizar ciertas ideas, estigmatizando a aquellos que las rechazan o contradicen públicamente. En Estados Unidos, por ejemplo, la idea de que todos somos iguales ante la ley y debemos ser tratados como individuos constituye un valor sagrado. Quienes muestran su oposición a este valor sagrado no deben ser detenidos, por supuesto, pero sí parece razonable estigmatizarlos. Sin embargo, es crucial que nos protejamos frente a una especie de regresión a un tabú según el cual las ideas que resultan perfectamente compatibles con los ideales de una sociedad cosmopolita se estigmatizan y aquellos que las divulgan sufren el escarnio público y son moralmente vilipendiados.

El centrismo acepta la imperfección de los seres humanos: son tribales, agresivos, ávidos de estatus y a menudo cargados de prejuicios. Pero también acepta que pueden ser sociales, tolerantes y pacíficos. Es útil ser escéptico sobre la naturaleza humana en sentido amplio, pero benévolo con las personas, especialmente en el ámbito del discurso público. Esta benevolencia fomenta el debate público y el discurso libre y provechoso, y, permaneciendo el resto de factores constantes, el debate libre lleva a las mejores soluciones para los problemas sociales complejos.

Los acontecimientos del año pasado en Charlottesville y la reacción posterior de Donald Trump han hecho del debate cívico público algo aún más difícil, especialmente en relación con cuestiones moralmente sensibles. Y ha provocado que algunos respetables izquierdistas elogien las tácticas extremistas de «Antifa» y otros grupos de la izquierda radical. Por supuesto que el nacionalismo blanco debe ser denunciado, y el centrista no siente ninguna simpatía por las masas que gritan «Los judíos no nos reemplazarán». Pero es crucial que mantengamos firme el compromiso con el imperio de la ley y que protejamos la libertad de expresión. La fealdad y el extremismo que han aflorado en Virginia no deben provocar el ciego aplauso para los movimientos igualmente extremistas de la izquierda. Que el movimiento «Antifa» afirme detestar a los nazis no lo convierte ipso facto en noble. No estamos, como han sugerido algunos, ante el equivalente moral de los soldados que desembarcaron en Normandía para luchar contra los nazis. Y, de hecho, muchas de sus acciones son repelentes y merecen ser condenadas.

El centrismo, propiamente entendido, no es debilucho ni poco excitante. De hecho, el vigoroso debate que promueve debería ser estimulante. Si su insistencia en la humildad resulta una suerte de sedante, su entusiasmo favorable y su disponibilidad para considerar ideas procedentes de todas partes sirve de compensación. La civilización es un logro brillante y el centrista quiere celebrarla. Pero tal celebración no requiere ignorar sus defectos o sus innovaciones desalentadoras. El progreso moral es innegable, y los futuros ciudadanos nos juzgarán ciertamente tan deficitarios como nosotros consideramos a nuestros antepasados. Esa reflexión debe servirnos de lección y hacer que seamos tan tolerantes con los fallos de nuestros conciudadanos como queremos que lo sean nuestros descendientes con nosotros. Quizás el centrismo es realmente esto: una sonrisa tolerante ante el reconocimiento de que somos humanos, demasiado humanos.

Bo Winegard, licenciado en Psicología por la Florida State University, es ensayista.

Traducción de Pablo de Lora

17/01/2018

 
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