Los sueños vanos

DELIRIOS

Aurelio Loureiro

Junta de Castilla y León, Salamanca

Hay en el último libro de relatos de Aurelio Loureiro un sutil equilibrio entre la realidad y la quimera que ésta ofrece en sus últimas capas de cebolla coriácea, dispuesta aun así a que sus usuarios avancen por ella, conscientes de que nada es lo que parece y que entre el sueño y el vivir cotidiano apenas hay una frontera perfectamente superable, con alivio o –tal vez– con pena. Dicho lo cual, y antes de entrar en materia, conviene señalar que Loureiro nutre sus relatos de una estrategia bien realista, los personajes que los protagonizan son seres de carne y hueso, vallejianamente mediocres, dispuestos a luchar en la brega diaria con argumentos primitivos (en lo que vivir tiene tres o cuatro elementos básicos) y, precisamente por ello, abocados a situaciones bien kafkianas, enfocadas desde una perplejidad de raíz camusiana, y en este sentido el relato «Yo no soy Meursault», tal vez el mejor del libro, resulta de lo más esclarecedor. Porque en él, ya desde su comienzo («A diferencia de Mersault, Julio Ponte sí sabía por qué había matado»), el lector avisado sabe que se halla ante una muestra de metaliteratura en la que el diálogo Camus-Loureiro encuentra sabrosa desviación en la doble vuelta de tuerca que el autor leonés propina a su relato, pues el protagonista va a sufrir la guillotina en un país «donde la pena de muerte hacía tiempo que había sido erradicada». Es decir, que Loureiro proyecta sus modelos con disparos por elevación, también cuando los personajes por él creados se vean catapultados, en una especie de desdoblamiento astral, a toda casta de programas televisivos, contemplando desde su sillón cómo protagonizan concursos, reality-shows o asuntos sentimentales. De nuevo Aurelio Loureiro fagocita seres al alcance de todos, pero para moverlos por esferas turbulentas, incorporándolos –en proceso inverso– de la realidad visual a la ensoñación, resuelta en varios de los casos en pesadilla violenta. Es el caso del relato «Delirio», en el que un sujeto anodino lee su muerte en el periódico y, como aquel condenado a morir que huía inútilmente a Samarkanda, escapa en un ascensor que lo lleva directamente a la vecina viuda, testigo de su muerte, más convertida en noticia que anunciada. Parecido, pero más tópico es «La esquela», con óbito publicitado en la clásica «papeleta» que, a pesar del sabor a déjà-vu, tiene un final rotundo: «Y ya no tuvo otro remedio que volver al ataúd». Menos convincente me pareció el remate de «El último vuelo del comandante Pertierra», excesivamente hecatómbico en las ensoñaciones eróticas del protagonista, no bien empastadas, y en el homérico desenlace.Y lo que en este cuento es sal gorda se hace sal finísima y, por tanto, muy sutil en «Esa voz», otro de los hallazgos de Delirios, una buena muestra de equívocos causados por una probable alucinación, acústica en este caso, y acompañada de la buena música que el relato breve ha de tener, con la debida economía expresiva y la sorpresa, no necesariamente impactante, que se encierra en el colofón. Quedan todavía un par de relatos, «El sueño cómplice» y «El desahucio»: más de lo mismo en el recorrido alucinado, y un punto alucinante, que Loureiro hace por los entresijos de la mente humana cuando ésta se encuentra ante situaciones inesperadamente límites, kafkianas –en lo que el adjetivo tiene de moneda común–, pero no sin ciertas contaminaciones líricas.Viene este libro de Aurelio Loureiro precedido de un lúcido «Prólogo, desdoblamientos y bifurcaciones» de José María Merino, un texto valioso no solamente en su aplicación al volumen loureiriano, sino también como declaración de intenciones.

 

Ficha técnica

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