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De Tár a Pablo González: ficción y realidad

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Un viernes, al atardecer, me levanté algo renqueante del ordenador por eso de cumplir con las recomendaciones de internet —y de mis hijos— sobre cada cuánto tiempo hay que despegar los ojos de la pantalla y estirar el cuerpo y demás prevenciones. Me senté en el sofá que tiene delante el televisor —que no deja de ser otra pantalla, pero, al parecer, menos nociva— y lo encendí. No suelo ver la televisión. Solo la utilizo para ver películas o documentales a través de plataformas. Me sorprendió que apareciese de golpe y porrazo Javier Perianes, el pianista onubense, tocando con una orquesta. Me pareció que sonaba Mozart —pero el final me confirmó Beethoven— y el teatro me recordó al Monumental de Madrid, al que hace tiempo que no voy.

Caí en la cuenta de que los conciertos de la Orquesta Sinfónica RTVE se retransmiten también por televisión… y no solo por la radio. Así que me quedé encantada mirando. De vez en cuando enfocaban al director, que estaba camuflado tras la tapa abierta del piano. Aventuré que era un inglés, un tipo muy delgado, ágil de movimientos, preciso en las indicaciones… muy expresivo, con un ocasional gesto en la cara que me recordó a Petroushka, la marioneta trágica de Stravinsky y Diáguilev que encarnaba Nijinski. Recordé súbitamente que había visto anunciado que el programa incluía Así habló Zaratustra, con ese comienzo que hiela la sangre y que ha impactado a millones de espectadores, aunque haya sido a través de la película de Kubrick, 2001: Una odisea del espacio, y a pesar de que todos, Strauss, Zaratustra y Nietzsche, incluso Kubrick, hayan sido olvidados por muchos espectadores de los que alguna vez los conocieron. Seguramente nunca fueron conscientes de que, cuando les latía el corazón en la película con solo contemplar la salida del sol, el verdadero motivo que provocaba su emoción era lo que sonaba: el Amanecer de Strauss.

Antes de darme cuenta, ya estaba allí de nuevo el director de orquesta que ya había visto antes, pero no era inglés —aunque había estudiado en la Guildhall School de Londres—, sino español —asturiano, para más señas— y era Pablo González. Curiosamente, se colocó de frente al público y las cámaras lo enfocaron de cerca. No solo lo enfocaron de cerca, sino que lo iluminaron de manera especial, dejando la sala en penumbra. De repente, el director empezó a declamar el Prólogo de Así habló Zaratustra de Nietzsche. Yo no salía de mi asombro. Al principio, su voz no me llamó tanto la atención y mi actitud general era vigilante, de una cierta desconfianza, pero mi escucha quedó prendida y casi sin darme cuenta dejé de estar en guardia. Todo sonaba convincente; las pausas estaban en su sitio, la emisión de la voz sucedió sin vacilaciones, la dicción clara, la prosodia adecuada, la entonación justa. Yo grabo programas de música clásica desde hace años, conozco la dificultad de leer un guion para grabar un programa, por mucho que uno sea el autor de lo que lee. Hablar en directo es muy difícil, se puede uno columpiar al menor descuido… Eso en una entrevista, así que ya en un recitado, ni te cuento. ¡No daba crédito! Me quedé en el sofá sin pestañear, rememorando también el texto que conocí en su día y que es todo menos fácil. Y por más que busqué el truco, tuve que aceptar que, además, el director lo estaba recitando de memoria.

Cuando Pablo González acabó su inesperada e insólita declamación, se giró y, sin más preámbulo, marcó con la batuta el comienzo del Amanecer, la primera sección de las nueve que tiene esta fabulosa obra de Richard Strauss. La compuso en 1896 y la consideró, entonces, su mejor obra.

Naturalmente, ya no me pude levantar del sofá. La orquesta sonó especialmente bien, el director me pareció claro de gesto, incluso afectuoso, diría yo, hacia sus músicos. En el Amanecer, el último golpe de las dos emocionantes intervenciones de los timbales, que suelen acabar con un ligero ritardando, coincidió exactamente con la entrada de la trompeta y eso sí que me confirmó que lo que estaba viendo no era corriente. Desde siempre he buscado en vídeos de internet versiones de ese comienzo con muchas y diversas orquestas —siempre grabaciones en directo, porque esos desajustes los arreglan los técnicos en un pispás— y siempre me ha parecido que debe de ser muy difícil que el viento-metal entre a tiempo exactamente, porque entre que ellos soplan por la boquilla y que sale el sonido hay un «delay» —que dirían los técnicos— que, como ya se sabe a qué se debe, siempre se comprende. ¿Tuvieron que coincidir, quizá, tres grandes músicos: el trompetista, el timbalero y el director para lograr ese clímax de perfección que tuve la suerte de presenciar?

Tár: directora de orquesta en 2023

 Hace poco hemos visto la película Tár que trata de las peripecias de una directora de orquesta situada en la cumbre de la fama. En realidad, la película trata de lo que conlleva estar en la cima del poder, más bien un poder «antiguo», «de antes», sobre cómo la fama crea un halo de impunidad que permite una deriva a la corrupción.  Sin duda, refleja un estereotipo de aquellos directores de orquesta de la vieja guardia… En Tár asistimos a una embriaguez de poder, todo ello aderezado con el carácter neurótico y falto de empatía de la protagonista, hasta que la suma de errores la lleva a recibir inquietantes amenazas y, al final, a tener que huir y perderlo todo. También trata de las reglas y mecanismos legales e institucionales a los que actualmente se puede recurrir para atajar las situaciones de arbitrariedad y falta de respeto a las normas que rigen la institución que es una orquesta.

 Anecdóticamente, la trama sucede en un entorno musical bastante cuidado (hasta los chistes están pensados para quienes somos músicos). Como en casi todas las películas que bregan con la música clásica, los compositores, los intérpretes, los gestos, las frases pueden ser exagerados y a veces bordean lo ridículo o lo patético. Como muestra un botón: sólo en las películas saca un violinista el violín del estuche, o lo descubre abandonado en una cueva, y procede a tocarlo sin más, no solo ya sin afinarlo, incluso sin ni siquiera comprobar la afinación… como hacen los más preclaros intérpretes de ese instrumento —incluso con todo el público presente y en silencio— segundos antes de comenzar cualquier recital. Pero el cine, siguiendo un generalizado sentir, considera a los músicos o bien como unos pobres bohemios, ejemplos paradigmáticos de una inestabilidad laboral que de ninguna manera querrían para sus hijos, o bien como unos genios caprichosos que van soltando frases rotundas por la vida y que tienen arrebatos de inspiración en los que no importa que la casa se queme si están presos de la iluminación compositiva.

Unos días más tarde, después de aquella impactante retransmisión de Zaratustra, hablé por teléfono con Michael Thallium, compañero de blog, que había estado en el concierto. Le comenté que el director me había parecido un músico fuera de lo común. Entonces me dijo que lo conocía en persona y que podíamos acudir unas semanas más tarde a Asturias, donde Pablo González dirigiría la Sinfonía n.º 4 de Szymanowski y las Danzas sinfónicas de Rachmaninov. No quedó ahí la cosa, porque fuimos, y al día siguiente de aquel concierto en Oviedo, Pablo González nos recibió en su casa y pudimos mantener una conversación de esas que difícilmente se pueden olvidar. Pudimos hablar de sus circunstancias, de su vocación musical y de cómo es la vida —no la película— de un director de orquesta hoy día.

         Cuando uno ve a un artista encima del escenario —y, sobre todo, cuando lo que hace lo hace muy bien— se tiende a pensar que la vida del artista está colmada de éxitos. Pablo González es un gran director y su carrera está llena de éxitos, pero lo que el público en general y los que siguen su carrera no tienen por qué saber es que antes de llegar ahí, Pablo González, muy deportista en su juventud, tuvo que superar una enfermedad que lo apartó de la música durante cinco años.  Felizmente, pudo remontarlo y es difícil no concluir que aquella prueba cambió su forma de trabajar y su sensibilidad, no sólo para la música, sino también hacia los músicos a los que dirige.

         Pablo González había estudiado flauta travesera y cuando le preguntamos qué tipo de música escuchaba de pequeño nos sorprende con el siguiente comentario: «Es curioso que de pequeño no me gustaba nada Mozart. Y, fíjate, que ahora adoro su música. Luego, de mayor, he descubierto que en realidad lo que no soportaba era el vibrato tan fuerte con el que se tocaba entonces, hasta los años 80 del pasado siglo, porque en aquella época todo se interpretaba con ese vibrato. Luego llegó el movimiento de interpretación histórica y todos pasamos a tocar con un sonido más liso para Mozart, Haydn, etc. Ese nuevo modo de interpretar se aceptó tanto que ahora, paradójicamente, tengo que luchar por lo contrario, es decir, para que los músicos de las orquestas toquen con un vibrato generoso para interpretar Mahler, Rachmaninov».

         Sus primeros pasos como flautista los dio en la Joven Orquesta Nacional de España, con Edmon Colomer. Fue allí donde empezó a interesarse por los demás instrumentos de la orquesta y su labor como flautista fue quedando poco a poco en un segundo plano. Tras terminar los estudios de flauta en España consideró hacer un doctorado con el que quizá hubiera perdido dos años investigando sobre, por ejemplo, «la flauta en Asiria». Así que decidió marcharse a Inglaterra…y estamos de acuerdo en lo de que «hubiera perdido dos años». Porque para que el título superior de instrumento (14 cursos anuales de estudios e innumerables asignaturas) tenga una validez universitaria, el Ministerio de Educación, decidió, en su lejanía del mundo musical —por no decir, su ignorancia—, que los intérpretes musicales tienen que tener el equivalente de una tesis, o doctorado, un escrito teórico de investigación («la flauta en Asiria», efectivamente) sobre algún sujeto relacionado con el instrumento o la época o la historia del instrumento que se estudia. Los que somos músicos intérpretes siempre hemos pensado que la tesis es el concierto. No un concierto cualquiera, un concierto con unas exigencias que podrían capacitarte para participar en un concurso de los que hay por el mundo. Un acto, el concierto, que incuestionablemente denota tu destreza y arte. No sé si es porque les parece poco que ese cierre de oro pueda hacerse en una tarde (dado que igualan escuchar a interpretar), o porque ellos trabajan en el ordenador dos años para sacar un escrito que no solo no va a emocionar a nadie —con lo que desde el punto de vista artístico es perfectamente prescindible— sino que, además, es fácilmente plagiable, como nos informan los periódicos con desoladora frecuencia: algo que es sencillamente imposible en la interpretación musical presencial que es la culminación de todos los años dedicados al estudio de un instrumento.

         Nos cuenta Pablo González que en la Guildhall School of London lo hacían todo al revés. No había clase de dirección de orquesta.

La dirección no se podía enseñar… pero sí aprender

»Me dieron una beca para estudiar la carrera de flauta otra vez en Londres. Yo ya la había terminado en España, pero esa era la única forma de poder pagarme los estudios en Inglaterra. Aproveché esa beca para negociar con los profesores sobre mi formación como director de orquesta. Me dijeron que creían que la dirección de orquesta no se podía enseñar, pero sí que se podía aprender. Tuve que conseguir más horas para aprender a dirigir. Me indicaron cuatro gestos elementales —que quizá debían haber enseñado a Tár, que en su película nunca da la impresión de que verdaderamente dirige— y me dijeron que buscase amigos para formar una orquesta y que, sencillamente, los dirigiese. La historia es que yo tenía que hacer todo: buscar a la gente, colocar las sillas, llevar los atriles, alquilar las partituras (luego me las pagaban), poner las partituras en los atriles… y, finalmente, dirigirlos. En aquellos años, a principios de los 90, siempre andaba yo a la caza del alumno nuevo para incorporarlo a la orquesta. El caso es que logré reunir a cincuenta y cuatro amigos”, y así fue como tuvo lugar mi primer concierto de director, allá por 1995, al que asistieron profesores y público, donde interpretamos el Concierto para flauta y arpa de Mozart y la Primera de Beethoven. Como los profesores opinaron que podía seguir intentando la dirección de orquesta, paulatinamente, fui dejando la flauta, el instrumento que yo había estudiado, pero que cada vez sentía menos mío. Tenía claro que lo que deseaba era dirigir, así que hice caso y busqué amigos que estuvieran dispuestos a formar una orquesta bajo mi dirección para seguir practicando. De aquel primer concierto recuerdo algo que jamás después me ha vuelto a ocurrir. Cuando sonaron los aplausos, después de la Primera de Beethoven, me desperté, quiero decir, que sentí que realmente me había transportado a otro lugar, a otra dimensión, y fueron esos aplausos los que me devolvieron al lugar y al momento que estaba viviendo. Había desconectado por completo, no existía nada más que la música y yo. Fue un sueño emocionante, conmovedor… y me desperté. Jamás olvidaré esa sensación que no he podido volver a experimentar ninguna otra vez. Mi concierto de graduación, mi primer concierto importante, porque me jugaba el título de dirección orquestal fue en el Barbican Hall, sede de la London Symphony y dirigí el Concierto para orquesta de Béla Bartók, en 1998. A partir de ahí me llamaron para trabajar de director asociado de la Orquesta Sinfónica de Bournemouth».

La Orquesta Sinfónica de Bournemouth se fundó en 1893 y ha trabajado con muchos de los más destacados compositores, directores e intérpretes del mundo. Pablo obtuvo el primer premio del concurso de dirección Donatella Flick. Quizá el trabajo extenuante o las muchas y largas horas de estudio, quién sabe, lo cierto es que un buen día, Pablo fue notando un agotamiento que gradualmente le fue quitando hasta las ganas de vivir. 

«Si uno logra salir del infierno, sale hecho una persona nueva. Yo descendí hasta tocar fondo y pude superar, después de cinco años,  una enfermedad de difícil diagnóstico, el  “síndrome de fatiga crónica”. No quería saber nada sobre música, ni escucharla. Mi terapia fueron la pintura y el teatro. Llegué a hacer una lista de las cosas que haría si me curaba. Cosas muy sencillas, tan sencillas como ir al cine, hacer la compra o caminar por la montaña. De hecho, recuerdo que una de las primeras cosas que hice cuando me recuperé fue ir al cine, en agosto, con 30 grados de temperatura. Estaba yo solo en la sala y la película, después de todo lo que había pasado, tampoco es que tuviera un título muy halagüeño: “Wilbur se quiere suicidar”. ¡Pero qué maravilla poder volver a ver una película en una sala de cine! Ir al cine, para mí, fue una liberación. Por fin podía hacer cosas normales que todo el mundo hace habitualmente. Luego, regresé unos meses a Londres, y mi antiguo profesor de dirección me ofreció compartir un concierto con la Carinthian Chamber Orchestra en una iglesia de Londres y así fue como retomé la dirección de orquesta. Ya en España gané el Primer Premio del concurso de Cadaqués y empecé a trabajar en la Orquesta Sinfónica de Barcelona».

         Después de retomar su carrera de director de orquesta, Pablo González conoció a su mujer y ahora tienen dos niñas pequeñas. Procura pasar el mayor tiempo posible con su familia. Todos los días comienza y acaba con unos 15 minutos de meditación. La meditación y el mindfulness, la atención concentrada, el reconocer lo que está sucediendo mientras está sucediendo, le ayudaron muchísimo a salir de su enfermedad: «Hay que cuidar la mente». Si le preguntas cómo estudia las obras responde con naturalidad: «Cuando estudio no pienso en el gesto, interiorizo el sonido. A veces me acompaño del piano, pero cada vez menos». Es, quizá, ese proceso de interiorización sonora lo que hace que Pablo González conecte con su mundo interior, del que surge el gesto cuando se sube al podio.

         Son mayoría los directores y directoras de orquesta —cada vez más numerosas— que trabajan con las orquestas en colaboración profesional e incluso Tár, tan «supermoderna», no solo es un personaje ficticio —por mucho que la directora Marin Alsop se haya ofendido pensando que era su trasunto—, sino que ya nace conformada por los típicos tópicos del morbo popular, los directores déspotas, como cuando los cantantes eran los reyes caprichosos de la escena.

         Los directores y directoras de orquesta no se construyen ni explican por sus tendencias sexuales; la directoras no tienen que ser lesbianas, ni psicópatas sociales, y si tienen a sus parejas en las orquestas que dirigen, esas parejas tienen que tener una clara cualificación y una titulación que acredite su nivel y adecuación al puesto, es decir, que se compite con otros titulados y, aunque eso no excluya las eventuales preferencias, todas las personas juegan en igualdad de condiciones. Créanme, hay mil ojos vigilantes que impedirían o, al menos, harían difícil y arriesgada cualquier preferencia injustificada.

Este año es la última temporada de Pablo González como titular de la Orquesta Sinfónica y Coro RTVE. En el futuro le esperan los debuts con la Staatsorchester Stuttgart y con la Sinfónica de Nueva Zelanda, una gira por España con la Filarmónica de Dresde. Seguirá colaborando con varias orquestas internacionales y se guarda para él un proyecto secreto…

Después de haberlo visto como director y de haber conversado con él, no olvidaremos al hombre que aprendió a dirigir, que descendió al infierno y ascendió para recordarnos que la música es un amanecer.

Ecos y Consonanciases un programa de Inés Fernández Arias en Radio Clásica-Radiotelevisión Española.

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Ficha técnica

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