Crónica de la impostura

Un hombre de provecho

FÉLIX BAYÓN

Algaida, Sevilla, 1998

Sin ideas no hay literatura que valga, pero sólo con ellas tampoco se hace literatura valiosa. Esta es la consecuencia a la que cabe llegar cuando se finaliza la lectura de Un hombre deprovecho, de Félix Bayón, y se compara lo mucho que promete el planteamiento intelectual que articula el texto y el insatisfactorio resultado que se logra. El principio del que parte el autor, o, mejor, el conjunto de actitudes aglutinado en torno a un principio, gira alrededor de la falsedad como rasgo caracterizador de nuestra época y se desarrolla en varios ámbitos. El primero se centra en cómo pueden forjarse biografías falsas, síntoma de una sociedad capaz de vivir sin desasosiego sobre el engaño. Esta especie de síndrome de Roldán (en la novela, lo mismo que en la historia reciente, el protagonista finge en su currículum unos estudios que no cursó) conecta con otros ámbitos de la actualidad, sobre todo con el peso difícilmente ineludible de los medios de comunicación y de otras formas de márqueting en el establecimiento de modelos sociales. Se abisma, pues, el autor en el sugeridor campo de la impostura como tónica peculiar de nuestro tiempo.

Para encarnar en una fábula imaginaria este punto de partida, Bayón dispone un relato bastante sencillo y concentrado. Dos personajes un tanto atípicos respecto a las convenciones colectivas, o, al menos, gustosos de su condición solitaria, averiguan cómo la imagen pública de un famoso empresario, Aurelio Manzana, ha sido adulterada. La falsedad se comprueba a través de una leve trama de suspense, que incluye una apariencia de secuestro. El final deja todo como estaba al comienzo del relato, salvo que irrumpen unos valores emotivos que parecen decir que aún queda, en este fin de siglo, un espacio para la autenticidad frente a la farsa.

Esa leve trama, desarrollada con agilidad y con una prosa de frase corta que ayuda al ritmo acelerado de los sucesos, se va llenando de variados signos relevantes de hoy mismo. De entre esos síntomas destacan unos cuantos: la privacidad amenazada por los grandes ficheros informáticos, la distancia entre apariencias y realidad, la incomunicación humana y la frialdad en las relaciones personales. A ellos hay que añadir otro de mayor importancia por su presencia material en la novela y porque constituye la almendra de una negativa visión de nuestro mundo, quiero decir de la sociedad capitalista tal como funciona en estas fechas. Me refiero al gran engaño en que se sustenta la empresa de comercialización de productos para perros que ha hecho inmensamente rico a Aurelio: las acciones cotizan en bolsa a precios astronómicos cuando en realidad el negocio no vale nada, no produce nada y no genera más que unas plusvalías artificiales.

Esta anécdota tiene que ver con noticias no escasas de las páginas de la prensa reciente y con ella Bayón busca una eficacia inmediata de su novela, pues no se trata de establecer vagas alegorías para representar en la ficción la realidad. Cualquiera sabe que esa clase de cosas son ciertas y todos hemos oído hablar de la ingeniería financiera y de otras sutilezas con que los ricos multiplican su dinero. De ahí que Un hombre de provecho pertenezca a una clase de literatura de vocación crítica y didáctica. Lo cual es muy de agradecer en momentos de refinamientos estetizantes y culturalistas que suelen olvidar las clases prosaicas que rigen el mundo, que ordenan nuestras vidas y esquilman nuestros modestos capitales.

Este sentido alerta, este concienzudo alegato contra las falsedades actuales, en fin, este aviso para caminantes, es el mérito básico de Bayón, la idea que preside su escritura, a la que me refería al comienzo. Pero todo ello no cuaja en un relato que convierta en materia artística satisfactoria esa desiderata. Cae el autor –y pienso que sin pretenderlo– en esa ligereza postmoderna que es lo correspondiente en literatura al fenómeno social que se censura. Esa ligereza pasa por encima de los personajes como de puntillas y apenas quedan en otra cosa que en estereotipo, sin la profundidad psicológica que viene exigida, además, por su peculiaridad. Asimismo, la materia sobre la que se ejerce la crítica necesitaría un desarrollo más amplio. Los sucesos se presentan de forma demasiado escueta, casi precipitada. Faltan precisiones que hagan ver, de verdad, los hechos aludidos en su complejidad, en su detalle. En ambos sentidos –en la escasa enjundia de las anécdotas y en el trazo esquemático de los personajes– se queda corto Bayón, a pesar de su plausible buena voluntad.

Ficha técnica

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