«Furor anticatalanista» de Manuel Azaña

Azaña y Cataluña. Historia de un desencuentro

Josep Contreras

Edhasa, Barcelona

Muchas páginas de este libro será preciso recorrer antes de tropezar con los prolegómenos de lo que su título anuncia: Azaña y Cataluña. No habría en esto ningún problema si esas páginas aportaran un adarme siquiera de mayor conocimiento, o de interpretación personal construida sobre nuevas lecturas, a la biografía, el pensamiento, la obra literaria o la acción de gobierno de Manuel Azaña. Pero es el caso que, además de no tratar de Cataluña, esas páginas son no más que una reiteración de los tópicos que sobre Azaña han caído desde su salida a la escena pública y que se refieren, cómo no, a cuestiones de carácter: indeciso, esperando que los hechos vinieran a él, refugiado en la vida rutinaria del burócrata solitario y frío, anodino y frustrado, de muy pocos amigos, tres a lo sumo, Azaña se habría forjado una compleja personalidad que combinaba incredulidad, soberbia, lucidez, orgullo, pragmatismo y sarcasmo, en cantidades variables según las necesidades del guión.

Con tal diagnóstico, ¿para qué proceder a aburridos análisis sobre la obra de Azaña o su acción política? Todo Azaña se explica por su personalidad, una afirmación que no está lejos de compartir el prologuista del volumen, Enric Ucelay-Da Cal, quien, echando en esta ocasión a paseo su habitual ingenio y agudeza, no sale de su asombro ante el persistente «culto a Azaña», evitando plantear la cuestión central: por qué un personaje tan inane como el que nos presenta en su prólogo pudo desempeñar un papel tan fundamental en la política española –y catalana, puesto que a él se debió el texto final del Estatut de 1932– de los años treinta. Repetir otra vez que su fracaso consistió en no haber sabido domesticar a los socialistas es una salida por la tangente, aunque habrá que reconocer que es estupenda la broma de que en los círculos de «la izquierda hispánica sigue siendo una candente cuestión decidir quién fue el mejor, si Ortega o Azaña». Y así le va a la izquierda hispánica, que se quema.

El desparpajo con que Ucelay trata datos fácilmente verificables e imputa candentes cuestiones se convierte en verdadera fiesta en el texto de su prologado. Por señalar unas cuantas distracciones que pudieron haberse corregido con sólo tomarse la molestia de comprobar lo que se escribe: el padre de Azaña no fue alcalde de Alcalá desde 1878 hasta 1890: hubo un corte entre medias; los agustinos no regentaban en El Escorial una universidad; Azaña nunca se presentó a una oposición a un imposible «Cuerpo de Registros y Notarios del Ministerio de Gracia y Justicia, aspirando a plaza en Madrid»; Romanones sí se presentó, pero no logró la presidencia del Ateneo en 1913; Unamuno no era rector de Salamanca cuando viajó al frente italiano, ni Berenguer, ministro de la Guerra en 1918, pudo ser ascendido a general después del golpe de Estado de Primo de Rivera, en 1923; Azaña no redactó una serie de artículos para el Bulletin Hispanique, ni emprendió un viaje a Francia a principios de 1919, ni publicó en su vida un ensayo titulado Don Juan Valera (1824-1905), ni…

Cuando se llevan más de cien páginas leyendo estas y otras amenidades de similar enjundia y precisión, y sin que Cataluña haya asomado todavía su faz más que de soslayo, y se encuentra uno a Marcelino Menéndez Pelayo calificado de «erudito católico y muy carca», y a su muy querido amigo Juan Valera –aquel abuelo pagano que predicaba el regocijo, según escribió de él ABC hace ya cien años– presentado, para no ser menos que su biógrafo, como «tedioso burócrata», uno dice: no puede ser. Si alguien califica de tedioso burócrata a Juan Valera sin saber de qué ni de quién está hablando, malo; si lo sabe, peor: en cualquier caso, lo que quede de lo que tenga que decir se hará muy cuesta arriba. Pero, en fin, habrá que seguir leyendo, aunque lo que nos depare el resto del libro sea una glosa de largas citas de Manuel Azaña que demuestran lo que ya desde el comienzo se presentía, esto es: que como era un anticatalanista de tomo y lomo, su desencuentro con Cataluña estaba cantado.

Que Manuel Azaña tuvo una relación conflictiva con buena parte de los políticos catalanes es una evidencia para cualquiera que se haya asomado a sus diarios; que la tuvo muy cordial y cercana con otros, también. La cuestión consistirá, entonces, en dar razón de una y otra con argumentos que vayan más allá del clásico recurso al carácter y a esa especie de comodín passe-partout que es el anticatalanismo. Una hipótesis podría ser que quizás el cambio de actitud de Azaña ante los dirigentes de Esquerra Republicana tuviera algo que ver con la política desarrollada por éstos desde octubre de 1934 hasta finales de 1938, incluidos los proyectos de conseguir una paz separada –separada de la España roja y de la España blanca, como se decía en un memorándum elevado por la presidencia de la Generalitat de Catalunya al Foreign Office y al Quai d’Orsay– bajo la tutela de Gran Bretaña y Francia. Pero, en lugar de indagar a fondo en el conflicto, Contreras tiene una explicación lista desde antes de comenzar el libro: Azaña, tras un falso idilio con Cataluña, dio rienda suelta a su «furor anticatalanista». Pues qué bien.

Ficha técnica

3 '
0

Compartir

También de interés.

Lo correcto en medio de lo falso

Recordamos a nuestros suscriptores que, con ocasión del regreso al papel de Revista de Libros, el día 10 de diciembre, a las 19.00h., en la Fundación Ramón Areces, la escritora Elvira Navarro, el periodista cultural Jesús García Calero y el filósofo Javier Moscoso dialogarán sobre cómo se transforman los géneros literarios y cambian los lectores; sobre cómo, en nuestros tiempos, las ficciones conviven con realidades, ya sea en la historia o en la literatura, o cómo el formato, ya sea digital o material, determina nuestra relación con los libros y sus críticos.

El mundo del libro, ese maravilloso invento que nos acompaña desde hace milenios, sufre en la actualidad transformaciones en su diseño, en su público y en sus propósitos. Así que, mientras aprendemos a leer en diagonal en los formatos digitales, seguimos pasando páginas, cuestionando premios y jurados, formando comunidades y asociaciones, y anunciando una y otra vez la muerte del papel que, afortunadamente, nunca llega a producirse.

Elvira Navarro es escritora de fama internacional. Su última obra publicada es La sangre está cayendo al patio.

Jesús García Calero es periodista, director de ABC Cultural.

Javier Moscoso, profesor de investigación del CSIC, es director de Revista de Libros.

Premio a la mejor contribución, reseña o ensayo, para menores de 35 años.

Con objeto de fomentar y poner en valor la escritura y la lectura crítica entre jóvenes talentos, y con la colaboración de la Fundació Banc Sabadell, Revista de Libros convoca el premio «Nuevas voces» destinado a reconocer reseñas y breves ensayos publicados en nuestras páginas. El premio, de carácter anual, tendrá una dotación económica de 1.000 euros, que se entregarán en un acto institucional en octubre de este año.