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Del coro al caño

Yerra en grave quien pretenda poner puertas al campo, porque la vida fluye al margen de toda norma. Ni el mismísimo Concilio de Trento, convertido en ley para los reinos de España por decreto de Felipe II, ni los afanes represivos de la Iglesia con su brazo inquisitorial, fueron suficientes para sosegar esas leyes del gusto, que, según Cervantes, eran «poderosas sobremodo». Así lo prueba a las claras la obra de fray Melchor de la Serna, que, después de haber tenido vida en el mundo, y hasta una incipiente carrera como hombre de leyes, terminó por ser monje benedictino en el conventual salmantino de San Vicente. Acaso esa experiencia más allá de los muros eclesiales y sus muchos conocimientos del latín pudieron ser causa y excusa para justificar sus ires y venires por entre una literatura profana y muy carnal.

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