ARTÍCULO

Rubias peligrosas, novela de Jean Echenoz

 

Rubias peligrosas o, dicho en el francés original, grandes blondes, algo así como si se dijera los grandes felinos, en evocación de una presencia tan sinuosa y lejana como aplastante, pero sobre todo mítica; desde el tigre de Siberia al puma americano, desde Brigite Bardot a Kim Novak, desde Marlene a Marilyn, un repertorio de leyenda con una fascinación y resonancias exclusivamente cinematográficas.

Lo que quiero decir es que esta tipología de la rubia peligrosa es bastante menos literaria que cinematográfica, estando esencialmente ligada además al componente plástico que introduce el cine en la narración y del que es su sustancia. Me quedo con esta frase de la novela: «La rubia artificial es a veces más pertinente, más representativa que la verdadera».

Y es que la presión osmótica que se da entre literatura y cine y que debiera de ser, por naturaleza o ley física, recíproca, parece ejercerse de un tiempo a esta parte en una sola dirección, la que va del cine a la novela, o al menos a lo que se llama novela negra o policiaca. Aunque, a decir verdad, lo cinematográfico se ha colado con fuerza en toda clase de novelística, impregnando sus tramas y atmósferas y contaminando con dengues hollywoodenses las actitudes y hasta los nombres de sus personajes.

No es extraño, pues, que al empezar la lectura de la novela de Echenoz no tuviera yo conciencia clara de a qué se me convocaba. Y es que arranca así Echenoz: «Es usted Paul Salvador y anda en busca de alguien. Pero no le gusta buscar solo y dispone de poco tiempo, así que se pone en contacto con Jouve». Mas como tales palabras no forman parte de un diálogo, sino que es el autor el que me habla a mí como lector, me dispongo a seguir el juego. Y no puedo, porque enseguida Echenoz añade, dirigiéndose de nuevo al lector: «Pero usted no es Paul Salvador, que llega con mucha antelación a todas sus citas». ¿Qué soy entonces? Interpreto que alguien que previamente se ha identificado con el personaje y al que ahora se le invita a distanciarse de él como el espectador que se sienta en su butaca.

Pero tampoco. Porque la historia sigue, una historia no demasiado interesante que está siendo contada por esa misma voz que me ha propuesto que sea y no sea Paul Salvador y que parece saberlo todo, aunque a veces se distraiga y se pregunte: «¿Por dónde íbamos?» Una voz que cuenta con liberalidad más que notable, sin pararse en minucias, dotando de humanidad a objetos y a fenómenos, como cuando dice de un cangrejo partido en dos de un hachazo que «las dos mitades del animal siguen agitándose débilmente animadas por la ciega esperanza de acercarse para soldarse de nuevo». O cuando dice: «Benévolamente, con objeto de colmar el pesado silencio que siguió, un coche se sacrificó y pasó por la Avenida Général Brunet». O cuando escribe que «el sol, al salir, se la encuentra en mitad del jardín». O que se demora treinta y seis líneas para abrir la puerta de un portal mientras emplea sólo ocho líneas para viajar a Sidney en persecución de la rubia peligrosa, comprobar que ya no está allí y regresar a París.

El lector recorre así medio mundo acompañando a la protagonista, una de las rubias, una estrella, digamos la verdad, de medio pelo, una tal Gloire Stella, en el siglo Gloria Abgrall, en su huida de los sabuesos que envía tras ella una cadena de televisión que pretende hacer una serie sobre las «grandes blondes». Lo curioso es que no se trata de una anciana a lo Greta Garbo que pugna para impedir que su rostro ajado y decrépito desplace de la memoria colectiva su icono de belleza mítica. Esta Gloire Stella es, por el contrario, muy joven todavía, y su rechazo a la televisión resulta tan antinatural como una mariposa que huyera de la luz. Los motivos no parecen demasiado convincentes, pero además en su huida mata a quien se le ponga por delante, a veces sola, a veces con la ayuda de un homúnculo que la acompaña sobre el hombro a modo de curioso pajarraco, definido así por el narrador: «En el mejor de los casos, Beliard es una ilusión. En el mejor de los casos, es una alucinación de la mente trastocada de la mujer. En el peor, es una especie de ángel custodio, o, al menos, puede estar emparentado con dicha congregación, consideremos el peor».

Acaso deba entonar mi mea culpa por lo mal lector que soy del género policiaco. Lo cierto es que con la novela más que mediada mi única preocupación era despejar la incógnita de quién me la estaba contando y cuando ya casi me había olvidado del interpelante usted de la primera página, en la 119 surge un restallante «Observa usted», y en la 120 un «usted mismo» y un «Usted vigila la escena desde lejos», y en la 121 un «Usted se queda todavía un rato, entreabre la puerta y...».

Pero la revelación, por decirlo de algún modo, no se produce hasta la página 173. Dice el narrador: «Bellard (el homúnculo) no opinaba nada y yo tampoco tenía una idea clara». Es la primera vez que el narrador habla en primera persona. Antes o lo había hecho en tercera o, según ya sabemos, había interpelado impersonalmente al lector. Y la revelación parece hacerse definitiva en la página 224 cuando el narrador se confiesa: «Lo cierto es que Donatienne es mucho más guapa que yo».

Ya lo entendemos: incluso ese usted puede ser el mismo Paul Salvador. Se ha resuelto el misterio. Porque quien nos ha contado la historia, que culmina en happy end dentro de un funicular, o sea sobre el abismo, ella en los brazos de él, de Paul Salvador, ha sido la propia Gloire Stella.

Entendemos también la peculiar complacencia con que se contemplan su neura y sus acciones homicidas, ese hobby de lanzar al abismo a cuanto varón cree que la importuna. Nada que ver, pues, con la posmodernidad: es la propia Gloire Stella la que se absuelve a sí misma, como no podía ser menos.

01/04/1998

 
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