Retrato del artista con su hija

LA LARGA ESPERA DEL ÁNGEL

Melania G. Mazzucco

Anagrama, Barcelona

La primera novela sobre Tintoretto empezó a escribirse viviendo aún el pintor, y era de aventuras. Los fundamentos novelescos los puso en 1545 el poeta Pietro Aretino, elogioso con el joven artista al agradecerle los dos cuadros que le había pintado para su casa veneciana; tres años después, sin embargo, Aretino se muestra en otra carta reticente y hasta maligno al reprocharle su presteza pictórica, que podría hacerle caer en «el curso de la negligencia tan prevaleciente en la juventud impetuosa y apresurada». Fue, con todo, Giorgio Vasari quien, en la segunda edición de sus famosas Vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos, publicada en 1568, difundió para siempre el perfil turbulento de quien nació llamándose Jacopo Robusti, «un ser extravagante, caprichoso, pronto y resuelto, el cerebro más terrible que jamás haya conocido la pintura».

Desde el Renacimiento, los escritores (y no pocos artistas plásticos) han vuelto una y otra vez a sublimar, a sentir recelo y a volcar sus delirios sobre la figura del «pintor de los amantes de la literatura», como lo llamó Mary McCarthy. No habiendo puesto fin el más exaltado de todos, Jean-Paul Sartre, a su ambicioso proyecto de metaficción «tintorettiana» El secuestrado de Venecia, le cabe a Melania G. Mazzucco el honor de haber escrito la gran novela del pintor veneciano y de la Venecia del Cinquecento, en un libro extenso pero rara vez prolijo, elaborado a partir de una sólida documentación en una prosa dramáticamente vigorosa y rica en imágenes, algo que transmite bien la traducción castellana de Xavier González Rovira.
 

La larga espera del ángel empieza con la confesión que el moribundo Tintoretto le hace a Dios, un dios no pocas veces desobedecido en una vida de constantes pecados de la carne. La agonía dura quince días, y en cada uno el correspondiente capítulo recuenta, en el monólogo interior del pintor, su densa vida familiar, sus logros, sus frustraciones, sus trapacerías, sobre el fondo siempre bullente de la ciudad lagunar. Desde que aparece mencionada ya en el «primer día de fiebre» al nacer, como fruto ilegítimo de la relación de Tintoretto con una musculosa prostituta alemana llamada Cornelia, la hija Marietta se convierte en figura antagónica del libro, cobrando, más allá del perfil filial, categoría de mujer inteligente, rebelde, cultivada y, tal vez, con su muerte a los treinta y seis años, una de las «promesas incumplidas» del arte occidental. Padre e hija se amaron, según las evidencias y alguna que otra maledicencia quimérica (la de Cezanne, hablándole al doctor Gasquet de su admirado Robusti como de «un cascarrabias, devorado por deseos sacrílegos»), hasta el límite donde empieza el incesto, y uno de los logros compositivos de la novela de Mazzucco es que la pasión recíproca que esos dos seres sienten, sin ser esquivada en los detalles y situaciones de escabroso contacto físico, nunca llega a la consumación palmaria. Hay, en la jornada final, la del 31 de mayo de 1594, decimoquinto día de fiebre, un bellísimo pasaje de rememoración, en gran medida imaginaria, de una larga estancia pictórica de los Tintoretto en Mantua, donde Marietta, gravemente enferma, e intuyendo que su muerte precederá a la del padre, vive con él un delicado romance íntimo, lleno de confidencias («amé [la pintura] porque tú la amabas, Jacomo […] pero nunca me perteneció plenamente») y también de tiernas atenciones paternas con la hija moribunda: «Le peinaba el cabello, le cambiaba la camisa. Le lavaba los brazos y la frente con la esponja. Limpiaba la bacinilla, hacía lo que fuera […] Ella rechazaba su cuerpo, y yo me ocupaba de él. Era a mí a quien se lo había confiado. Y tal vez siempre lo había hecho. Pero yo no había podido ocuparme».

Mazzucco (que publicó un año después de la novela un extenso volumen erudito, Jacomo Tintoretto e i suoi figli. Storia di una famiglia veneziana, Milán Rizzoli, 2009) no se desvía, sin embargo, de su ambicioso propósito novelístico: contar las vidas de los Tintoretto –padre, mujer, hijos y amantes–  y a la vez pintar, con la fogosidad y el color de un gran lienzo de la escuela véneta, el marco histórico y el lugar por donde transitaron aquellos y otros muchos personajes secundarios (algunos, como el de la pintora y bruja doña Jacoma o la modelo suicida que se hacía llamar La Tintoretta, muy fascinantes). Tan solo la voluntad exhaustiva de la autora en reconstruir con minucia las trayectorias de todos los hijos del artista llega a pesar en ciertos momentos de La larga espera del ángel, sobre todo los que atañen a la hija monja, Lucrecia. Son, al contrario, muy incisivos los pasajes en que Mazzucco, personificando al pintor, expone la sencilla grandeza de su arte, como en la reflexión del 18 de mayo de 1594, segundo día de fiebre, acerca de los clientes curiosos que acuden al taller del artista a descubrir el secreto de sus utensilios («nada más que baquetas de madera, trapos ásperos, pelos de la nariz, de las orejas y del culo de mugrientos animales»), a preguntar por sus modos de invención y a observar de cerca cómo se realizan esas obras portentosas, sin ver –añade Tintoretto en su soliloquio– «nada más que a hombres cualesquiera: jóvenes insolentes, a veces frívolos e incluso ignorantes y zafios, o viejos aquejados de alifafes».

Como ya sabíamos por sus anteriores novelas Ella, tan amada o Vita, Melania G. Mazzucco sabe interrumpir épicamente el flujo de su relato, y en esta última hay al menos dos set pieces de extraordinario empuje coral: la epidemia de peste veneciana del verano de 1576, en la que murió Tiziano, y el incendio del Palacio Ducal. Todo ello sin que la escritora pierda nunca el dominio de la filigrana verbal, con metáforas muy felices («El canal y la laguna bullían de barcas como pulgas en una manta») y hermosas descripciones, como la que en la página 259 va enumerando lo que la marea baja revela en una Venecia desprovista de su «vestido de agua».

¿Habría sido Marietta, con una vida más larga, una gran pintora del siglo de Tiziano, Tintoretto y Veronese? ¿O fue solo una replicante mañosa del arte del padre, que, como este dice en la novela de Mazzucco, todo lo miraba a través de sus ojos? Quizás el trabajo de los expertos ofrezca en el futuro una respuesta verídica. Pero mientras llega el día de ese juicio, La larga espera del ángel nos permite darle a esta hija tan impetuosa y atractiva el rango de un personaje novelesco que, sin duda, será duradero.

Ficha técnica

4 '
0

Compartir

También de interés.

El intelectual y la pantalla


…

Recordamos a nuestros suscriptores que, con ocasión del regreso al papel de Revista de Libros, el día 10 de diciembre, a las 19.00h., en la Fundación Ramón Areces, la escritora Elvira Navarro, el periodista cultural Jesús García Calero y el filósofo Javier Moscoso dialogarán sobre cómo se transforman los géneros literarios y cambian los lectores; sobre cómo, en nuestros tiempos, las ficciones conviven con realidades, ya sea en la historia o en la literatura, o cómo el formato, ya sea digital o material, determina nuestra relación con los libros y sus críticos.

El mundo del libro, ese maravilloso invento que nos acompaña desde hace milenios, sufre en la actualidad transformaciones en su diseño, en su público y en sus propósitos. Así que, mientras aprendemos a leer en diagonal en los formatos digitales, seguimos pasando páginas, cuestionando premios y jurados, formando comunidades y asociaciones, y anunciando una y otra vez la muerte del papel que, afortunadamente, nunca llega a producirse.

Elvira Navarro es escritora de fama internacional. Su última obra publicada es La sangre está cayendo al patio.

Jesús García Calero es periodista, director de ABC Cultural.

Javier Moscoso, profesor de investigación del CSIC, es director de Revista de Libros.

Premio a la mejor contribución, reseña o ensayo, para menores de 35 años.

Con objeto de fomentar y poner en valor la escritura y la lectura crítica entre jóvenes talentos, y con la colaboración de la Fundació Banc Sabadell, Revista de Libros convoca el premio «Nuevas voces» destinado a reconocer reseñas y breves ensayos publicados en nuestras páginas. El premio, de carácter anual, tendrá una dotación económica de 1.000 euros, que se entregarán en un acto institucional en octubre de este año.