Una edición solvente

Historia de la orden de San Jerónimo

JOSÉ SIGÜENZA

Entre 1595 y 1605 publica el padre Sigüenza su Historia de la orden de San Jerónimo en tres partes: la primera narra la vida del «fundador» de la orden, la segunda la historia de la misma desde 1373 (año de su «restauración» en España) a 1473, y la tercera desde ese año a 1573. Al llegar a tal fecha, el historiador da por conclusa su obra, «porque ya alcanza a muchos que son vivos… Otros tomarán el cargo, y basta haber llegado aquí con el hilo della». La estructura que acabamos de referir tiene una sólida coherencia interna: la biografía del fundador es esencial, pues no sólo narra los avatares de su existencia individual, sino que establece los parámetros que regirán su fundación, sus métodos de trabajo, su perfil distintivo… Publicar la Historia amputándole esta parte desfigura el plan del autor, para quien el resto del libro no es sino una dialéctica fidelidad/infidelidad a los principios establecidos en la biografía. Sin ella, la obra carece de causa ejemplar. Esa ha sido, sin embargo, la práctica empleada en las ediciones modernas de esta obra. Así lo hizo la de la Nueva Biblioteca de Autores Españoles (Madrid, 1907-1909), y lo repite la que hoy reseñamos.

Hecha esta advertencia, justo es reconocer la calidad de la misma. El «estudio preliminar» de Francisco J. Campos sitúa con acierto el libro en el marco de las rivalidades que sobre la antigüedad mantuvieron las órdenes religiosas en nuestro Siglo de Oro. El padre Sigüenza (ca. 1544-1606) redactó su libro por encargo de sus superiores. Para ello fue reuniendo materiales archivísticos, bibliográficos, de tradición o adquiridos por propia experiencia. Luego los aprovecha con objetividad y sentido crítico. Sigüenza es prototipo de historiador humanista, convencido de que la historia ha de ser a la par veraz y bella. Para conseguirlo hace gala de un gran respeto por la verdad y de una amplia formación literaria y lingüística. No es, en suma, un fraile de mentalidad medieval, sino «un hombre de los tiempos nuevos».

Ello se demuestra en la maestría con que adereza su obra. La vida de San Jerónimo y el relato de la fundación del monasterio de El Escorial se estructuran en «discursos», mientras el resto del libro lo hace en «capítulos». Los primeros se sirven de una sabia retórica, en que priman la armonía, la naturalidad, corrección y claridad, buscando enseñar y conmover. «Discursos los llamo –dice– para tomar lición más amplia de lo que sufren las leyes de pura historia». Los «capítulos», en cambio, son más ceñidos y técnicos, evitando digresiones morales o ensayísticas. Estas diferencias han llevado a algunos a pensar que los «discursos» serían de Sigüenza, y los «capítulos« de fray Juan de la Cruz. El editor, pienso que con buen criterio, defiende la autoría única de aquél, que habría variado el estilo conforme demandaba el tema tratado. En cualquier caso, creo que hay que proceder en esto con gran cautela, pues en materia de crítica textual las conclusiones obtenidas opeingenii son siempre arriesgadas.

La introducción de Campos toca otros temas de interés: criterios de redacción, motivos, dificultades, emblemas que encabezan los tomos originales –lástima que no se hayan incluido sus facsímiles en la edición–, continuadores, etc. En cuanto a la lista de juicios críticos emitidos sobre la obra, creo que hubiera sido preferible ordenarlos cronológicamente –mostrando su dialéctica evolutiva–, frente al mecanismo de la ordenación alfabética empleada, donde se suceden nombres tan heterogéneos como Alaejos, Alborg, Bataillon, Cabrera de Córdoba, el padre Flórez, Pfandl, fray A. Ximénez, Zarco, etc., con avances y retrocesos temporales muy desorientadores. Los apéndices biográficos sobre Sigüenza están bien, y la reproducción de la necrología de fray Bartolomé de Santiago, muy certera y significativa. La bibliografía es sobria y suficiente. El texto carece prácticamente de notas a pie de página.

La lectura de Sigüenza nos interesa siempre, y a veces nos cautiva. A falta de la biografía de san Jerónimo, entretienen nuestra curiosidad multitud de noticias sobre personajes, conocidos o ignotos, que se suceden en el correr de la historia: fray Pedro Fernández Pecha, fray Martín de Vizcaya, fray Alfonso de Oropesa, doña María García, fray Juan Ortega, fray Hernando de Talavera, la seráfica María de Ajofrín… Son figuras que, por un momento, cobran vida y pasión, para sumirse de inmediato en la nada, sustituidos por otros. Pero hay páginas que recordaremos siempre. Sirvan de ejemplo las referentes a la estancia y muerte de Carlos V en Yuste –III, 1, 37-40–, donde se aúnan magistralmente Job, Boecio, el estoicismo clásico y los libros de casibus virorum illustrium. O el lienzo entusiasta de la construcción y descripción del monasterio de El Escorial (IV, 3-4), donde el patriotismo, los ideales contrarreformistas, la sensibilidad artística y la admiración por un monarca y un estilo de vida se armonizan ejemplarmente. Aquí habla el religioso, el erudito y el humanista, pero nunca el político –«de esto no tengo que tratar, pues no es mi oficio»–. Sobre un fondo de vidas de oscuros frailes y beatas, de facecias diversas y virtudes calladas, estas páginas cobran inusitado relieve. Ellas bastan, junto a su prosa recia y «herreriana», para dar a Sigüenza prestigio perdurable en nuestra historia y en nuestras letras.

Ficha técnica

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