Acerca de los judíos de EEUU y el Holocausto

En su entusiasta discurso ante la convención demócrata de Los Ángeles (agosto) Joseph Lieberman, que de vencer Al Gore se convertiría en el primer judío ortodoxo que accede a la vicepresidencia de los Estados Unidos, se refirió repetidas veces a Dios, un dios más allá de toda fe religiosa concreta en el que residiría el fundamento de la salud moral y el dinamismo del «pueblo americano». Le aplaudieron a rabiar no sólo los militantes agnósticos o los cristianos de todas las confesiones, fuera cual fuera el color de su piel, sino hasta los mismos musulmanes. El sujeto del entusiasta God bless America con el que finalizó su intervención era un dios consensuado y sin aristas, ideal para una nación en la que los sentimientos religiosos de amplios sectores de la población, empezando por los de los judíos, han experimentado en los últimos tiempos notable incremento.

Hasta hace treinta años, la cohesión de los judíos americanos se basaba principalmente en la identificación con su propia cultura secular y con un conjunto de tradiciones y prácticas derivadas del común sentir religioso. Y, desde luego, también en la memoria del sufrimiento provocado por el antisemitismo histórico, intensificada posteriormente por el compartido espanto ante el descubrimiento de los horrores de la Shoah. Desde hace un par de décadas, sin embargo, las cosas han cambiado. Un libro reciente de expresivo título, Jew versus Jew: The Struggle for the Soul of American Jewry, de Samuel G. Freedman, da cuenta de la transformación del concepto de identidad judía y de la importancia que en él han cobrado los elementos específicamente religiosos. Hasta el punto de haber provocado serios conflictos entre los «pluralistas», más asimilados a la cultura norteamericana y, por tanto, menos estrictos en el cumplimiento de los deberes religiosos, y los cada vez más influyentes «unitarios», convencidos de que el camino de la salvación lo señala la Torah y el cumplimiento de sus famosos 613 mandamientos. Freedman concluye su libro pronosticando un aumento de la influencia de ortodoxos y ultraortodoxos y, a la vez, una segregación progresiva de quienes quieren hacer compatible sus creencias con asuntos tan candentes en la sociedad estadounidense como los derechos de la mujer o de las minorías sexuales.

La misma situación de enfrentamiento entre distintas formas de comprender el judaísmo se encuentra en la raíz de las encontradas reacciones suscitadas por la publicación de dos polémicos libros publicados en los últimos meses: The Holocaust in American Life, de Peter Novick, y The Holocaust Industry, de Norman G. Finkelstein. El autor del primero, de expresión y planteamiento más moderados, se pregunta acerca de la indiferencia de los norteamericanos durante los quince años que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial, y la compara con la actual obsesión que la memoria de la Shoah suscita en la sociedad estadounidense. A las tradicionales explicaciones psicológicas –necesidad de olvido tras el horror–, Novick opone argumentos políticos. En los años cincuenta el enemigo principal era la Unión Soviética y los alemanes los mejores aliados de los defensores del mundo libre. Al mismo tiempo, la mayoría de los judíos norteamericanos, que participaban de la prosperidad económica de la época, precisaba demostrar su lealtad al país que los había adoptado, algo tanto más urgente si se tiene en cuenta el significativo número de ellos que militaban o simpatizaban con las organizaciones comunistas. De manera que no faltaban razones que aconsejaran que lo mejor era no menear demasiado el recuerdo de la Solución Final.

El cambio en la sensibilidad hacia el Holocausto se produjo más tarde. El proceso de Adolf Eichmann en 1961, cuyas motivaciones políticas fueron reconocidas por los propios israelíes, constituyó un punto de no retorno en la conciencia norteamericana de la masacre. Pero fue necesario esperar al temor suscitado por el estallido de la Guerra de los Seis Días para que se produjera la total identificación entre los judíos americanos y el Estado judío. Ese proceso se aceleró tras la guerra árabe-israelí de 1973. El enorme éxito de audiencia de la serie televisiva Holocausto en 1978, fue una de las muestras del modo en que podía rentabilizarse política y económicamente la Shoah. De entonces acá la omnipresencia del Holocausto en la sociedad americana es tan absoluta, y tan total el prestigio de sus víctimas, que Novick se refiere a un síndrome de «envidia» por parte de grupos sociales o étnicos desfavorecidos.

El planteamiento de Finkelstein es más agresivo. Como hacía también Novick, su libro pone en cuestión la presunta excepcionalidad –uniqueness– de la Shoah entre los genocidios ocurridos a lo largo de la historia, lo que ha producido la indignación de los guardianes de las esencias victimistas. Pero va más lejos en el diagnóstico de las causas de la actual hipersensibilidad norteamericana con el Holocausto. La aplastante victoria de la guerra de 1963 convenció al gobierno de los Estados Unidos de que Israel era no sólo el único país fiable en el proceloso escenario de Oriente Próximo, sino un aliado imprescindible en su confrontación con la potencia comunista, muy influyente en el mundo árabe. Esa alianza, básicamente antiárabe, requería el soporte interno de los judíos estadounidenses: para eso nació lo que llama «la industria del Holocausto». La institución de un Día del Holocausto, la construcción de museos temáticos en torno al genocidio judío en muchas ciudades norteamericanas (el de Washington recibe más de dos millones de visitantes al año), son algunos de los hitos del proceso que ha llevado a convertir la Shoah en algo absolutamente presente en la sociedad norteamericana. Finkelstein arremete contra los «explotadores» (intelectuales, publicistas, hombres de negocios, Elie Wiesel) del sufrimiento del pueblo judío y contra la «corrupción» de las organizaciones que, según él, habrían desviado para otros fines los fondos obtenidos de países, empresas y gobiernos que se incautaron del dinero y los bienes de las principales víctimas del odio racial nazi.

No es de extrañar que se hayan alzado contra el libro voces airadas. Las simpatías izquierdistas del autor no le han salvado de las acusaciones de «revisionista» procedentes de quienes le consideran –como también hicieron en su momento con Noam Chomsky– un renegado. Más aún cuando se sabe que su libro está recomendado en páginas de la Red que sí pertenecen a organizaciones o individuos que niegan el Holocausto, como la del historiador británico David Irving. La defensa de las tesis de Finkelstein no proviene sólo de la izquierda antisionista, sin embargo. A menos de que la izquierda se haya vuelto definitivamente loca: en Amazon.com puede leerse un comentario de un lector que, tras hablar entusiásticamente del libro y de su denuncia de la «mercantilización del sufrimiento», termina con la siguiente reflexión: «quizás Shylock no estuvo tan equivocado, cuando Shakespeare representó a los judíos…».

Si Al Gore y su vicepresidente se llevan el gato al agua «el primer martes después del primer lunes de noviembre», el influyente lobby judío habrá logrado una importante victoria simbólica. Sin embargo, no todos los judíos se han mostrado igualmente contentos ante esa posibilidad. Una cosa es la identidad de grupo y otra los intereses y la ideología de cada cual. Especialmente en un momento en el que hay quienes se empeñan en acercar la cerilla al polvorín de Oriente Próximo. Si llega a prender, que el difuso dios electoral de Lieberman nos coja confesados.

REFERENCIAS

SAMUEL G. FREEDMAN: Jew versus Jew: The Struggle for the Soul of American Jewry. Simon & Schuster. Nueva York, 2000. 400 págs.
PETER NOVICK: The Holocaust in American Life. Houghton Mifflin. Nueva York, 1999. 320 págs.
NORMAN G. FINKELSTEIN: The Holocaust Industry. Reflections on the Explotation of Jewis Suffering. Verso. Nueva York, 2000.160 págs.
RABBI JOSEPH TELUSHKIN: Jewish Literacy. William Morrow and Co. Nueva York, 1991. 688 págs.

Ficha técnica

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