Inconsolable: diálogo con Javier Gomá
La muerte del padre siempre produce una herida, pero su extensión y profundidad depende del momento en que acontezca. Perder al padre en la madurez nos recuerda la propia finitud y nos hace experimentar un inesperado desamparo. Nuestra vida ya ha rodado un buen trecho y los años que nos quedan serán el escenario de nuevas pérdidas. Los seres queridos que nos han acompañado durante años nos dejarán un día, quizás no muy lejano. Nos espera la última vuelta del camino y, después, la oscuridad. Quizás exista algo más, pero se esconde a nuestra mirada. La nada parece ser la estación final. Yo pasé mi niñez y juventud en el barrio de Argüelles. Desde el balcón de mi casa, contemplaba cada mañana los árboles de la Casa de Campo, desfilando hacia el horizonte.






