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Sesión doble: Murieron con las botas puestas y Río Bravo

En los años ochenta aún había varios cines en el barrio de Argüelles, pero casi todos desaparecieron a la vez, incapaces de soportar la competencia del vídeo, que puso a disposición de las familias un creciente catálogo de clásicos y novedades a precios asequibles. Aunque todavía no habían aparecido las pantallas de grandes dimensiones, se impuso la comodidad de ver las películas en casa. Las generaciones que habían crecido con pequeños televisores de tubo en blanco y negro consideraron un lujo poseer una copia de CasablancaSolo ante el peligro o Testigo de cargo. Yo empecé una colección de cintas en VHS que creció hasta bordear el mágico número de mil películas. Cuando apareció el DVD y, algo más tarde, el Blu-ray, experimenté el mismo trauma que otros coleccionistas insaciables, pues de repente descubrí que había acumulado un formato condenado a extinguirse. Nos habían asegurado que las películas durarían siempre, que soportarían el paso del tiempo, pero el tiempo había pasado y se cobraba una vez más su tributo, evidenciando la irremediable caducidad de cualquier objeto o forma de vida. 

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