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El arte de la guerra civil

En 1905, trece años antes de que estallara en Rusia la guerra civil entre rojos y blancos, Lenin exhortaba al proletariado ruso a aprender «el arte de la guerra civil», tan necesario, según él, para afrontar con éxito los retos del nuevo siglo: «La revolución es la guerra», sentenciaba con ese tono inapelable que le haría famoso. No era aquella la primera vez que elogiaba las propiedades históricas de la guerra civil. Un año antes, en su ensayo Un paso adelante, dos pasos atrás, había incluido una extraña referencia a ella al definir al Partido Socialdemócrata ruso, recientemente dividido en dos facciones (bolchevique y menchevique), como el partido de una clase social que se encuentra «casi toda» representada en él. Y sin casi, porque en tiempos de guerra civil, añadía, esa clase está «toda entera» en el partido . Aquí se advierte ya, en fecha muy temprana, una de las razones de su fascinación por un concepto omnipresente en su voluminosa producción doctrinal y política. 

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Recuerdo de Trujillo

No he olvidado su aspecto ni su voz, pero no recuerdo sus nombres. Él era alto, con los ojos azules y una calvicie aliviada por una hilera de pelo blanco que corría por su nuca. Su voz era grave y solemne, casi de barítono. A medio camino entre los cuarenta y los cincuenta, su altura descomunal le obligaba a inclinarse para mantener una conversación, acentuando su aspecto de gigante tranquilo. Más tarde averigüé que participaba en las procesiones de Semana Santa con hábito de nazareno, rompiendo la simetría de su cofradía con un capuchón puntiagudo que sobresalía como un viejo ciprés plantado tras la pequeña tapia de un cementerio. Desde lejos, el cirio que portaba casi parecía un faro en mitad de un mar cárdeno, rojo y blanco. Ella era morena, con los ojos castaños y con una estatura mediana que se encogía cuando caminaba al paso de su marido, lento y ceremonioso. 

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Tiempo para la ira (I)

En otoño de 1922, la Galleria Pesaro de Milán acogió la primera exposición colectiva del grupo de artistas pronto conocidos como Novecento Italiano, quienes, junto a los pintores romanos reunidos alrededor de la revista Valori Plastici, conforman el grueso de un movimiento significativamente denominado «Vuelta al orden». Durante los primeros meses de este año, hemos podido ver en la Fundación Mapfre de Madrid una exposición a ellos dedicada, jalonada así por la obra de artistas tan notables como Giorgio de Chirico y su hermano Alberto Savinio, Felice Casorati o Giorgio Morandi. Retorno a la belleza es el título elegido por los organizadores, pero merece la pena tomar en consideración el sentido del «orden» al que pretendían regresar los miembros del movimiento y las razones que explican ese deseo de restauración: la Primera Guerra Mundial había dejado Europa llena de cadáveres y se imponía un sentimiento de nostalgia por la armonía perdida. No es casualidad que el mismísimo Benito Mussolini asistiera a esa exposición inicial, cercanos como eran muchos de los novecentistas a una familia política que el 30 de octubre de ese mismo año se había hecho con el poder en la joven Italia. 

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