Archivo Revista de Libros

One nation under a populist (I)

En 1978, Funkadelic publicó su single más exitoso: «One nation under a Groove», primer corte del álbum del mismo título y el único entre los suyos que traspasó la barrera del millón de copias vendidas. Aunque la que se inclinaba más abiertamente por el funk era Parliament, la otra banda que comandaba al mismo tiempo el inigualable George Clinton, Funkadelic hizo en esta ocasión honor a su nombre y manufacturó un memorable hit de ritmo irresistible. El mensaje hace honor a la música: bailar se presenta como un camino hacia la libertad y de ahí el deseo de unificar a la nación «bajo un solo Groove». Por otro lado, no está claro si la nación de marras es Estados Unidos o la Nación Negra fundada por Elijah Muhammad en 1930. Sea como fuere, han pasado casi cuarenta años desde que el tema sonara por vez primera en las radios norteamericanas y en ese tiempo el groove ha sido reemplazado por el populismo. 

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Entra en vigor el nuevo etiquetado de los alimentos

Tras un período de adaptación de cinco años, acaba de entrar en pleno vigor el Reglamento europeo 1169/2011 del Parlamento y el Consejo de la Unión Europea, que regula el etiquetado nutricional armonizado de los alimentos. Se trata de un contundente documento de cuarenta y seis páginas que consolida varias disposiciones previas y establece un sistema de información para los consumidores que es de obligada aplicación en todos los países de la Unión Europea. Me apresuro a añadir que, para que esta norma surta los efectos deseados, resulta imprescindible que se cumplan dos circunstancias cuya ocurrencia es más azarosa: la voluntad por parte del consumidor de leer lo que la etiqueta dice y la capacidad de éste para entender lo que dice y poder sacar las conclusiones pertinentes.

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Calabuch: utopía en el istmo

Las únicas utopías que no resultan dañinas acontecen en el arte. Si alguien intentara trasladarlas a la realidad, fracasaría estrepitosamente, pues jamás pretendieron trascender lo imaginario. Muchas de esas utopías son ficciones cinematográficas, como es el caso de Calabuch, la entrañable película de Luis García Berlanga rodada en 1956. Calabuch es el nombre ficticio de Peñíscola (Castellón), una localidad de unos ocho mil habitantes que compone una península rocosa comunicada con el interior por un estrecho istmo de arena. En esas fechas, el turismo aún no había transformado la costa mediterránea y los pueblos vivían en una quietud reacia a cualquier forma de cambio. Calabuch es una especie de Arcadia donde «cada persona puede ser ella misma», según el físico nuclear Jorge Serra Hamilton, un adorable Edmund Gwenn que interpreta con solvencia un papel que siempre me ha recordado al Clarence Odbody (Henry Travers) de ¡Qué bello es vivir! (Frank Capra, 1946), pues revela a los habitantes del pueblo el carácter edénico de su aparentemente monótono estilo de vida. 

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