Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

¿Puede el humor cambiar el mundo? (y II)

Quienes tuvieron en su momento su cachito de educación sentimental con la Mafalda de Quino recordarán seguramente aquella viñeta en la que la combativa criatura daba caña a sus atribulados compis con la típica proclama progre que muchos queríamos creernos: «¡Sonamos, muchachos! ¡Resulta que si uno no se apura a cambiar el mundo, después es el mundo el que lo cambia a uno!» Como digo, era una cuestión de voluntarismo o, si prefieren, un asunto de ímpetu juvenil más que propiamente revolucionario. Quedaba bien y, como todas las consignas de ese tenor, tan universales, tan aparentemente apodícticas, en el fondo comprometía poco, casi nada. Después uno se hacía más cínico de una manera natural y paulatina y, casi sin darse cuenta, terminaba suscribiendo con una sonrisa resignada el dictamen del Forges en otra viñeta no menos clásica: «Nos creíamos que íbamos a cambiar el mundo… / … y casi no podemos cambiar ni de compañía de móvil». 

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Si la demografía es el destino…

En julio de 2016, la población de la República Popular china rozaba los mil cuatrocientos millones de personas, lo que la convertía en la sociedad más numerosa del planeta. En demografía, como en tantas otras cosas, China estaba en su apogeo. Como en otras tantas cosas, haber alcanzado esa cima también resultaba una estadística efímera, cuando no engañosa. A partir de 2030 la curva demográfica comenzará a venirse hacia abajo y se colocará en 1,3 millardos en 2050. Las previsiones demográficas que se extienden más allá de los próximos treinta años son, en general, poco fiables, pero, en cualquier caso, Naciones Unidas estima que en 2100 el país contará con novecientos cuarenta millones de habitantes, es decir, habrá perdido unos cuatrocientos cincuenta millones, diez veces la población actual de España. Otras predicciones, mucho peores, hablan de una caída cercana a los ochocientos.

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Un yanqui en Innisfree

Cuando fantaseamos con el paraíso, solemos caracterizarlo como un espacio –casi siempre, un jardín y, en algunos casos, una isla? en el que los ríos corren bulliciosamente entre todos los matices del verde, celebrando el triunfo de la vida sobre la muerte. En The Quiet Man (Un hombre tranquilo, 1952), John Ford sitúa el paraíso en Innisfree, un pueblecito irlandés con un pequeño río de aguas verdes, un viejo puente de piedra, una alegre taberna con barriles repletos de cerveza negra y una iglesia antigua, con vitrales policromados y una torre puntiaguda. El río atraviesa la población –levantada sobre un istmo?, comunicado con dos lagos rodeados de llanuras verdes, con infinidad de muros de piedra semiderruidos, que dividen laderas, colinas y planicies en cuadrados y rectángulos. La naturaleza convive con una imprecisa geometría que recuerda a cada paso la acción del hombre. 

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Ducharse en chubasquero

Paterson, la última película de Jim Jarmusch, gira en torno a la vida cotidiana de un poeta del mismo nombre que vive en la ciudad homónima de Paterson, título a su vez de un poemario de William Carlos Williams. Éste, médico en este municipio de Nueva Jersey durante toda su vida, trató de reflejar en sus cinco volúmenes la correspondencia entre la vida de la ciudad y la mente del hombre moderno. Jarmusch es muy aficionado a estos juegos de palabras algo pueriles, que tienen también considerable protagonismo en Dead Man, espléndido western místico cuyo prosaico protagonista, llamado William Blake, es tomado por el peculiar indio que lo acompaña durante todo el metraje por el auténtico William Blake.

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Esbozo sobre el ensayo (y II)

Poco queda hoy de la figura del intelectual-profesor de universidad. Los requisitos imprescindibles para ascender en el escalafón académico impiden al profesor pensar en nombre propio, escribir en publicaciones divulgativas o reflejar sus ideas en forma de ensayo e intentar con todo ello influir en el pensamiento colectivo. A lo que se suma una complejidad creciente del texto académico en el ámbito de las humanidades: lo que se dice es menos claro, la teoría domina el discurso y el lenguaje del intelectual devenido en académico se ha vuelto farragoso y hasta críptico: no se debe decir claro lo que se puede esconder tras lenguaje complicado: ¿o se esconde tras lenguaje complicado lo que no se sabe decir claro o que no quiere decir nada?

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