
La meritocracia contra el populismo
Según transcurren los meses y seguimos instalados en esta multiforme crisis global, se multiplican las propuestas para salir de donde estamos, sin que tengamos muy claro dónde estamos ni por qué, menos aún cuál es posición relativa de cada uno frente a un fenómeno cuya denominación omnicomprensiva –la crisis– esconde realidades muy distintas. No es lo mismo ser Estados Unidos que China, Alemania que España, Malasia que Perú. Esta aparente perogrullada es dejada un lado cuando tratamos de identificar los rasgos comunes en detrimento de los particulares, por ejemplo centrándonos en una burbuja crediticia que bien puede ser el síntoma que revela tendencias subterráneas de más hondo calado. Y esas tendencias –entre las que se cuentan la dualización de los mercados de trabajo, el impacto de las nuevas tecnologías, la declinante demografía europea, la incorporación a la competencia económica global de naciones antes postergadas, la fragmentación del público y de los relatos comunes por el impacto de las redes sociales, o la tendencia a las megaurbes– apuntarían a un metaproblema, a saber, cómo gobernar sociedades complejas e interdependientes donde los parámetros de la legitimidad y la eficacia parecieran chocar irremediablemente.