La inutilidad de negar la sangre
Tengo mucha simpatía a Martín Casariego (se entiende que al escritor; no conozco a la persona). Desde una edad temprana (nació en 1962) ha dado muestras de una vocación firme con un puñado de títulos personales e interesantes. Tiene su propio mundo, en torno al conflicto de los sentimientos, que se distingue por una mirada amable sobre la vida, bañada en humor y en algo de escepticismo y desilusión. Además posee un buen instinto de narrador que le permite contar historias con naturalidad y eficacia. Este conjunto de rasgos se dan la mano en su última narración juvenil, Qué poca prisa se da el amor, que parte del desencuentro de dos adolescentes y termina con sus arrumacos en una feliz






