Los tiempos que corren no son especialmente buenos para el estudio de la Historia de España. O mejor, diríamos, para el conocimiento de la Historia de España. Si alguna vez lo fueron, en la actualidad la fragmentación educativa producto del modelo autonómico lo ha hecho más difícil. Me temo que nuestros niños estudian hoy Historia de Murcia, Aragón, Valencia o Cataluña más que Historia de España, y no acierto a ver el día en que tal situación vaya a corregirse.

El resultado es una ignorancia preocupante. Hace algunos años, en casa de unos amigos en Mallorca, y conversando sobre una próxima excursión a la isla de Cabrera, se me ocurrió comentar que en ella estuvieron internados los prisioneros franceses de la batalla de Bailén. Ante la cara de desconcierto de los hijos de mis anfitriones –jovencitos pijos a los que se les supondría una esmerada educación–, no se me ocurrió cosa mejor que preguntarles con sorna si acaso no sabían qué batalla fue esa. Y, en efecto, no lo sabían. Nunca habían oído hablar de ella. Mi estupor fue tal que no atiné a seguir con el tema. 
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