Hay algo de doblemente paradójico en las fronteras que demarcan las comunidades políticas soberanas, esas unidades a las que comúnmente nos referimos como «Estados»: son contingencias sin pedigrí moral, pero su existencia y eventual modificación no son asuntos moralmente baladíes. Me explico.

El trazado de las fronteras políticas es arbitrario –en el sentido de que no demarcan realidad ontológica o natural alguna, como la membrana plasmática o el pericardio−, si bien su existencia genera consecuencias de relevancia moral indudable a poco que miremos cómo está el mundo, es decir, cuáles son las muy distintas oportunidades de que disfrutan los seres humanos dependiendo de cuál sea el lado de la frontera en el que les haya tocado nacer: una pura lotería, esta sí, natural. Comparen ustedes la esperanza de vida, la renta disponible y cualquier otro indicador socioeconómico de los surcoreanos de Daeseong-dong con los norcoreanos de Kijŏng-dong, distanciados por metros.
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SANTOS JULIÁ

El desprecio teñido de paternalismo que Stanley Payne muestra en «Mitos y tópicos de la Guerra Civil», Revista de libros, 79-80, julio-agosto de 2003, pp. 3-5, hacia los historiadores españoles que se han ocupado en años recientes de la Guerra Civil, produce perplejidad y decepción. Payne es un [...]

 
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