A la gente de mi edad nos salieron los dientes en el cine, pero no cualquier película estaba a nuestro alcance. Los que, ya creciditos, éramos izquierdistas tuvimos que esperar años –un viaje a París o una sesión clandestina en algún colegio mayor– para ver Octubre, la aclamada versión cinematográfica del golpe de Estado bolchevique en 1917. El calendario ruso de la época aún no se había puesto al paso del gregoriano –el cambio se produjo el 14 de febrero de 1918– y la toma del Palacio de Invierno en la noche del 24 al 25 de octubre en Petrogrado cayó en la del 6 al 7 de noviembre en la Europa Occidental. La ciudad que fundara en 1703 Pedro el Grande había estrenado ese nuevo nombre el 1 de septiembre de 1914, porque en el suyo original –Sankt-Petersburg o, en grafía cirílica, Санкт-Петербу́рг– el adjetivo Sankt y la desinencia -burg resultaban incómodamente teutones en el trance de la Primera Guerra Mundial, cuando Rusia y sus aliados, Francia y Gran Bretaña (la Triple Entente), se enfrentaron a los imperios centrales (el Segundo Reich alemán, la Monarquía Dual austrohúngara y la Sublime Puerta otomana).
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Antonio Morales Moya

Hace unos años, Ignacio Peiró publicó Los guardianes de la Historia. La historiografía académica de la Restauración. Mostraba el autor cómo bajo los moderados, y en especial durante los cinco años de mandato de la Unión Liberal, el academicismo, un conjunto de conocimientos, valores y prácticas sociales, regido [...]

 
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