RESEÑAS

Nueva demostración de que es imposible vivir

Enrique Vila-Matas
Mac y su contratiempo
Barcelona, Seix Barral, 2017
304 pp. 19,50 €

Cada vez que leo una novela de Enrique Vila-Matas me acuerdo de Seis propuestas para el próximo milenio, de Italo Calvino: «Podemos decir que dos vocaciones opuestas se disputan el campo de la literatura a través de los siglos: una tiende a hacer del lenguaje un elemento sin peso que flota sobre las cosas como una nube, o mejor, como un polvillo sutil, o mejor aún, como un campo de impulsos magnéticos; la otra tiende a comunicar al lenguaje el peso, el espesor, lo concreto de las cosas, de los cuerpos, de las sensaciones». Calvino se confesaba practicante de la primera vocación, la de la levedad, que descubrió tras tratar en vano de identificarse «con la energía despiadada que mueve la historia» (por ejemplo, en la neorrealista El sendero de los nidos de araña): de pronto se dio cuenta de «la pesadez, la inercia, la opacidad del mundo, características que se adhieren rápidamente a la escritura si no se encuentra la manera de evitarlas». «Mi labor ‒escribe‒ ha consistido las más de las veces en sustraer peso; he tratado de quitar peso a las figuras humanas, a los cuerpos celestes, a las ciudades; he tratado, sobre todo, de quitar peso a la estructura del relato y al lenguaje».

Las novelas de Vila-Matas, en un sentido muy similar, son cada vez más transparentes, más ligeras lingüísticamente, están cada vez más despojadas de referentes externos «realistas». Uno piensa en ciertos grandes escritores (pero, ¿cuáles?) que, pasado el ecuador de su carrera, comienzan a escribir libros desnudos, esquemáticos, testarudos y exasperantes, llenos de un nerviosismo que es, en el fondo, una especie de serenidad. La ligereza es para Vila-Matas una forma de huida. Él lo llama «fuga radical». Bartleby y sus descendientes ‒la estirpe de los personajes vilamatianos‒ renuncian suavemente, levemente, a la vida y a la muerte, huyen de «la pesadez, la inercia, la opacidad del mundo». En el plano literario, Vila-Matas lleva décadas ejerciendo una «fuga radical» de cierta agotadora gravidez de la literatura española, y cabría visualizarlo, como en una especie de divisa móvil, como a Guido Cavalcanti en cierto episodio del Decamerón recordado por Calvino: el poeta florentino («che leggerissimo era», nos dice Boccaccio), para librarse de unos muy pesados bromistas, salta por encima de un sepulcro y desaparece de la vista.

Mac y su contratiempo se presenta como el diario de Mac, que hace poco, según afirma, ha perdido su empresa de construcción. Su vecino, Ander Sánchez, es un famoso escritor que, años atrás, escribió una novela de la que ahora se avergüenza: Walter y su contratiempo. Mac, espectador de la vida y proclive a caprichosos impulsos, como otros personajes vilamatianos, se propone reescribir y mejorar esa vieja novela de su vecino. Su diario se compone, pues, de los vagabundeos físicos y teóricos de Mac, y de análisis y juegos de variaciones de cada capítulo de la vieja novela de Sánchez, que los lectores de Vila-Matas enseguida reconocemos como Una casa para siempre (1988), que era al tiempo novela y libro de cuentos. Como se ve, escasa materia novelesca.

Por supuesto, lo que normalmente llamamos novelesco importa cada vez menos en los libros de Vila-Matas, que son en realidad una especie de ensayos caleidoscópicos sobre el arte de la novela (de la misma forma que, para Wallace Stevens, «la poesía es el tema del poema», para Vila-Matas el arte de la novela es el tema de la novela). Cada tema, idea, motivo, cita de otro autor, es una suelta tesela espejada de un mosaico o puzle irresoluble. Por supuesto, al puzle siempre le falta una pieza central, con lo cual llegamos al primero de los motivos de Mac y su contratiempo: la fisura en el corazón de la obra. «Lo decisivo ‒dice Benjamin, citado por Mac‒ no es avanzar de un conocimiento a otro, sino la brecha que se abre en cada uno de esos contrasentidos». En Ciudadano Kane, explica nuestro narrador, los huecos y las contradicciones del fragmentado relato no permiten nunca comprender del todo a Kane. La de Vila-Matas sería, pues, una poética de la fisura, de la pieza faltante en el centro del puzle. «Hoy en día ‒dice Mac‒, sin esas fisuras que abren caminos y hacen trabajar a nuestra imaginación y son la marca de la obra de arte incompleta, no podríamos seguramente ya ni dar un paso, tal vez ni respirar».

Segundo motivo: la relación entre la literatura y la «realidad» (palabra que, según Nabokov, sólo puede escribirse entre comillas). «La narrativa ‒para Mac‒ es un proceso que desconoce el punto de llegada». Vila-Matas no aspira a reflejar la «realidad», sino a penetrar en lo desconocido, a «acceder a algo que está en el mundo de lo indecible». En un cuento/capítulo de la novela de Sánchez, un personaje actúa como «el representante de los que piensan que la realidad se puede reproducir con exactitud y, por lo tanto, no ha de ir entrecomillada, puesto que verdad sólo hay una». En «La gota gorda», cuento de Exploradores del abismo (2007), el narrador, un escritor, relata que sus «odiadores» le reprochan la «ausencia absoluta de sangre, de vida, de realidad, de apego a la existencia normal de las personas normales» en sus obras y le exigen historias «con sangre e hígado». Por ello, suda la proverbial gota para «contar historias sobre personas normales» y para «reprimir [su] tendencia a divertir[se] con textos metaliterarios». Para Vila-Matas, como para Francisco Ayala (citado en «La gota gorda»), no existe nada que no sea literatura.

La repetición es el tercer motivo, un motivo con carácter estructural. La novela se ordena en variaciones casi musicales sobre unos pocos motivos. Hay algo serio y grave debajo de ese juego de repeticiones y variaciones y de la deliciosa ligereza del estilo de Vila-Matas. Mac habla del «oscuro parásito de la repetición que se oculta en el centro de toda creación literaria. Un parásito que tiene la forma de esa gota gris solitaria que irremediablemente se halla en el centro de toda lluvia o tempestad y a la vez en el centro mismo del universo, donde, como es sabido, se acometen, una y otra vez, de forma imperturbable, las mismas rutinas, siempre las mismas, pues todo se repite allí del modo más incesante y mortal». Es raro este súbito tono de Vila-Matas; cuando aparece, hay que prestar atención. Más tarde, cita a Chesterton: «Lo que en realidad a todos nos aterra es un laberinto que no tenga centro, por eso el ateísmo no es más que una pesadilla». Esa misma frase aparece, según recuerdo, en una reseña de Borges sobre Ciudadano Kane en la cual, para describir el mosaico incompleto de la vida del personaje, se menciona a Hume, para quien sólo la repetición de ciertas impresiones nos daba la ilusión de un yo que permanece en el tiempo. Debajo de esas repeticiones, no hay nada. No hay yo, no hay identidad: «Yo soy uno y muchos y tampoco sé quién soy», dice Mac. Y, sin embargo, la ilusión de un yo, o de muchos yoes, es en realidad lo más importante. Mac cita (ya se sabe que las novelas de Vila-Matas son además inacabables repertorios de citas filosóficas y literarias) la idea de ficción suprema, de Wallace Stevens: «Creer en una ficción que se reconoce como ficción, saber que no existe nada más y que la exquisita verdad consiste en ser consciente de que se trata de una ficción y, aun así, creer en ella». Es una idea relacionada con la «voluntad de creer» de William James, pero aplicada en exclusiva al arte. La literatura, para Vila-Matas, es esa ficción suficiente y suprema que nos salva de la pesadez de la vida y de la muerte. No es casualidad que Mac y su contratiempo (como Una casa para siempre) termine en un país árabe: el territorio del que, para Vila-Matas, uno de los novelistas españoles más importantes y originales del último siglo, surge el antiguo arte de la narración.

La segunda parte de Descripción de una lucha, de Kafka (uno de los autores centrales de la poética vilamatiana), se titula «Diversiones o demostración de que es imposible vivir». Los Bartlebys de este mundo, y del mundo vilamatiano, descubren un buen día la paradoja de que la vida es imposible (tan imposible como la muerte) y toman un camino diferente. La literatura de Vila-Matas es, pues, literatura de evasión en el sentido más puro: literatura de «fuga radical». ¿Hay quizás en las novelas más recientes de Vila-Matas, camuflada de forma elegante bajo preocupaciones puramente estéticas, una continua reflexión sobre la muerte? Al igual que Cavalcanti se apoyaba con una mano en un sepulcro para saltar y esfumarse (precisamente cuando los pesados bromistas le cuestionaban sobre la vida de ultratumba), Vila-Matas, con su elegancia característica, escapa y pasa por encima del lado escuro de la existencia.

Al libro, es cierto, le sobran quizá cincuenta o sesenta páginas, sobre todo a partir de la segunda mitad, donde parece estancarse un poco, pero esa textura imposiblemente pausada, repetitiva (como una espiral que asciende o desciende, cada una de cuyas espiras es una repetición de la anterior en un nivel diferente) es quizá lo que necesita el libro. Por otra parte, algunos de los pequeños temas que se articulan a modo de piezas de un puzle, como el hilarante Puthoróscopo, parecen tentativas desechadas. ¿Son esas leves inconsistencias, esos flecos o desgarrones en el tejido de la novela, ejemplos de la fisura esencial que debe contener el arte?

Es indispensable recalcar, por último, el sentido del humor, particularmente en las escenas de cierto hilarante personaje, uno de los «odiadores» del novelista Ander Sánchez, que se hace pasar por su sobrino y que va por ahí echando pestes de la literatura de la levedad de su supuesto tío y reclamando una vuelta de la pesadez a la literatura.

Ismael Belda es crítico literario y escritor. Es autor de La Universidad Blanca (Madrid, La Palma, 2015).

25/09/2017

 
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